Para quien frecuenta los grimorios crepusculares y es asiduo aficionado a la magia talismánica, es sabido que si se graba en plomo un cuadrado mágico con los números de Saturno y éste se entierra en los cimientos de una casa en construcción, se atraerá la desgracia y el infortunio a sus ocupantes, especialmente si ha sido fabricado con un Saturno mal aspectado…
Junto a este conocimiento, debo a un inusitada confluencia de razonamientos, elucubraciones nocturnas bajo el efecto de un hígado sobrecargado, lecturas heterogéneas y comentarios sueltos de muchas personas, que mi inconsciente, en su fantástica tarea demiúrgica, haya pergeñado con auténtica vocación de cirujano mental o zapatero remendón, la explicación de lo que le sucedió a un conocido, quien puso en mi conocimiento cierto suceso que le ha tocado vivir hace unos meses, para ver si yo podía desentrañar, señor como soy de un pequeño predio de mi inconsciente, la médula de su noche impenetrable.
¿Qué energía, que magia se oculta en el norte de Argentina, que nace en la puna, y extiende sus vibraciones por Bolivia hasta el Perú? (pero cuyos tentáculos ya laten desde Córdoba y Tucumán con epicentro en Quilino, a través de la leyenda de la salamanca y sus infernales pactos de endiablada virtuosidad guitarrera)… ¿qué fuerza se gesta en las entrañas de la Madre Tierra y sale a relumbrar en la riqueza femenina de la plata del Potosí? ¿es una fuerza del bien, una maligna, o está en la duermevela de las divinidades primitivas, oscilando en un falso equilibrio inquietante entre una suma bondad y la equívoca y viciosa generosidad de un Zupay permisivo, amante de los excesos báquicos, como el exabrupto del macho cabrío que arrastran Pan, Marsias, sus cabiros y sus sátiros y que corrompe a sus fieles? El viejo de la bolsa y el pombero son sus encarnaciones criollas, sus degenerados descendientes americanos. No lo se, sólo sé que ríe en el dintel de la Casa de la Moneda de Potosí un mascarón inquietante, que la mayoría endosará al simple gusto de la decoración barroca, pero que secretamente honra, en realidad, a Mamón, el dios semita del dinero, con su carcajada soez que preside la vasta acuñación de la plata del cerro, en la Villa Imperial. Intersectando todos estos misterios se abrió paso la energía que curó a la madre de mi amigo.
Juan Pablo recuerda que volvía de trabajar en un edificio cuyos cimientos se estaban recién levantando en el ya casi extinto Barrio Güemes. Ese día los albañiles habían estado cavando los cimientos, cuando una de las palas trajo reverberos de metal. Habían vuelto a ver la luz, después de más de ciento sesenta años, unos pantáculos que dormían en la noche de la tierra desde que los había enterrado ahí, con manifiestos fines aviesos, un nieto de la Pancha, la vieja mestiza oriunda de Quilino que se había establecido en el Abrojal en 1756. Al chico aquel, que era famoso por sus ojos color mar, parece que lo había concebido una de las hijas de la Pancha, a quien su madre había prostituido a la fuerza, de uno de los desesperados ingleses traídos a estos pagos, y hechos prisioneros en la primera de las dos invasiones, por allá por 1806. Que esos medallones eran precisamente los que había descubierto los albañiles, me lo aseguraba mi exploración de los actos notariales de 1815 del archivo de la ciudad, donde se consignaba, a la ligera, la entrecortada confesión del muchacho arrepentido, quien aseguraba haber provocado una tragedia con la colocación subrepticia de los discos de estaño en el umbral de un vecino que se había suicidado. Nunca se le creyó y se le había tildado de loco sin mayores pesquisas.
El primero que tocó esas medallas empañadas, creyendo que eran valiosas monedas, fue Juan Pablo. Se abalanzó sobre ellas con la avidez propia del obraje empapado en ginebra a la siesta. Cuando descubrió que eran de humilde estaño, las escondió rápidamente en el bolsillo y no las mostró, temeroso de la mofa de sus compañeros.
Previsiblemente, a esos discos de estaño con sellos degenerados de demonios, los había cruzado por el mar un soldado anglosajón de ojos azules, con la pérfida intención de clavarlos en la casa del Virrey, si tenía la ocasión, para maldecir al puerto de Buenos Ayres y poder así hacerlo débil, entregándolo a la rapiña de su majestad el rey Jorge III. Los discos -nadie lo sabía, nadie podía saberlo- portaban nombres malditos de entidades atlantes en alfabeto enoquiano, conjuradas por John Dee en el atardecer del siglo XVI, tal como Giordano Bruno le había enseñado a invocarlos. Pero no había podido llevar a cabo su plan. Tanto el soldado como los talismanes tintineantes en su faltriquera habían sido traídos cautivos, con algunos compañeros, hasta Córdoba, y en un arrebato de lujuria los había usado para comprar los favores de la hija de la Pancha, una prostituta de rasgos aindiados que los aceptó después de sonsacarle, en un español muy corrompido, el fin para el que servían: el infortunio de los enemigos bajo cuyo piso se enterrasen. Nunca los había usado la chica, y se los entregó a su hijo de ojos azules cuando murió tuberculosa, en 1816. Tal vez le pareció que se los devolvía a su dueño primero, en medio de los delirios que la acosaban cuando partió de este mundo, sin que por eso dejara de enseñarle cómo usarlos para agostar la hacienda de los ocasionales enemigos.
Ese extraño hallazgo se vio cebado por otro, quizás no casual y en sintonía astral con el que acabo de comentar. Por ese entonces, Juan Pablo vivía en Guiñazú, y al anochecer, cuando desde la avenida Juan B. Justo, donde lo dejaba el colectivo 31, salvaba a pie apurado el descampado, se topó a medio camino con una mesa servida particularmente generosa. Al verla, apretó el puño con los discos recién conseguidos y esquivó el mantel en el piso, en el que ardían tres velas rojas, humeaba el tabaco en una yesquera y yacía un suculento puchero de gallina para el demonio… brillaba la caña barata, en unos vasos turbios.
Sus cosas no iban del todo bien. Su madre estaba aquejada de fiebres desde hacía un mes, le zumbaban los oídos, le dolían los riñones, la columna y la cintura, y tenía los pies helados. En su desesperación, una comadre le había comprado en Catamarca unos exvotos de plata que debía tener colgados todo el día, y que debían ser llevados a la Virgen del Valle cuando (y sólo si) se curara. Eran pequeñas medallitas en forma de cabeza, de riñones, pies, oídos y en forma de tronco humano (para la cadera y la columna) repujadas en plata.
A la confluencia de la energía ya lejana de los discos de estaño y de la mesa servida se debe, me parece, la enconada eficacia de la manifestación que tuvo lugar después en la casa de Juan Pablo.
Hay una inclinación por un fetichismo pagano en el barroco americano que hunde sus raíces en las culturas prehispánicas, y a las que la iglesia no pudo borrar, es más, tuvo que permitirlas para sobrevivir y la simbiosis de fiestas patronales y antiguas festividades aborígenes son sus frutos. Los arcángeles arcabuceros enmascaran divinidades emplumadas del altiplano que casan el culto de los antepasados incas con el mundo de las inteligencias angélicas, en un carnaval americano que conjuga a la perfección la cábala de jesuitas conversos con el travestismo castrado de voces celestiales en los oratorios indianos.
Es un culto por la magia de los pequeños objetos, por la fascinación de las miniaturas que se llevan sobre el cuerpo, como los escarabajos que en las momias faraónicas garantizaban la inmortalidad si eran puestos sobre determinadas partes energéticas del cuerpo del difunto… el culto de santos articulados que visten las solteronas, de cristos policromados por la maestría de los imagineros, de primorosas muñecas de porcelana que se confiesan sus secretos a la medianoche, de las que el ekeco es un hermano bastardo, híbrido, deforme y degenerado, pero -por esa misma circunstancia- poderoso como el que más.
Cuando Juan Pablo mencionó los exvotos, despertó realmente mi interés por el relato. Hasta entonces lo había seguido sin especial fervor, pero bastó la sola mención de esas pequeñas promesas de plata que se regalan a la Virgen o a algún santo en el norte argentino, pues siempre me habían intrigado. Los había visto por primera vez en alguna oscura herboristería del centro de Córdoba, en las sórdidas calles que se acercan al río, y no me había resultado ajeno su inconfundible sabor a “cosas de la gente del norte”. Cuando una tarde de invierno me llamaron la atención desde el escaparate polvoriento, no los asocié con mi pasión, el de las monedas macuquinas de Potosí, especialmente en su rarísima especie con forma de corazón coronado. Pero después entendí la sutil relación entre ambos tipos de objetos.
La macuquina es esa moneda irregular, de formas caprichosas que, según se cree, por falta de técnicas mejores, acuñaban los españoles desde 1573 en Potosí con la plata del cerro. El imaginario que rodea a estas monedas es curioso. Apasionaban hasta años atrás a los coleccionistas con una magnética atracción. Las primeras monedas macuquinas, las del siglo XVII, digamos, son grandes, generosas, peninsulares, magnánimas, de porte galano y bizarro… pero con el paso del tiempo y la entrada del siglo XVIII se van achaparrando y engrosando, a la vez que pierden esbeltez, pero no misterio. Se produce un acriollamiento de las monedas, en la misma medida en que se afirma la identidad colonial del virreinato de manera independiente con respecto a la madre patria.
Siempre me había pasmado ese reflejo de lo que pasa en el imaginario humano, posible de ser rastreado en la iconografía y aún en el aspecto de las monedas, y más me había inquietado la existencia de las macuquinas con forma de corazón. Este fenómeno también era evidente en la evolución del número cinco en los cuños potosinos con el paso del tiempo. El guarismo para el cinco muta, pasando por dos etapas: en la primera, al cinco de las macuquinas habsbúrguicas, se lo llama “cinco español” por el porte galano y cuadrado, anguloso, que ostenta. El cinco de las macuquinas a partir del 1700, con la entrada de los borbones, se vuelve redondo y su trazo es más infantil y hasta fácil, aunque confunde a los novatos pareciendo un dos invertido. En la evolución de ese cinco estaba la evolución de las macuquinas y en éstas la del imaginario humano.
La existencia de las macuquinas con forma de corazón coronado por corona de tres rayos tiene muchas explicaciones plausibles, pero ninguna satisfactoria; que se trata de piezas de presentación para los funcionarios españoles que venían a inspeccionar el funcionamiento de la ceca es una, pero harto simplista, porque para esa ocasión lo que se acuñaba eran piezas redondas de gran módulo, mientras que las macuquinas de corazón son otra cosa. Yo había descubierto, cuando vi los exvotos en la herboristería, su verdadero y esotérico origen.
En general las macuquinas irregulares presentan formas extrañas, pero misteriosamente similares a la forma de determinados órganos del cuerpo, como riñones o pulmones, lo cual parece haberse debido a que las pinzas o tixeras para cortar el metal que venía “en rama” (en forma de cilindros o barras cilíndricas) eran barrocas; en otras palabras, estos formones no podían dejar de tener una curva graciosa que se imprimía en negativo en la silueta del trozo de plata, el cual, una vez acuñado, constituiría la moneda macuquina, tal como puede verse en la mayoría de los ejemplares que han llegado hasta nosotros. Así sucedía que en estas herramientas de corte, la forma del filo aprovechaba la gracia de su diseño facilitando a su vez el corte por la curva que presentaba, del mismo modo que en el imaginario humano del barroco indiano aún no se habían divorciado los conceptos de lo útil y de lo bello.
De acuerdo a su forma, las monedas más parecidas a órganos eran atesoradas por los supersticiosos a cuyas manos llegaban y ya no circulaban, sino que las agujereaban y portaban en el cuello como garantía para la inmunidad por sobre las enfermedades propias de los órganos a cuya forma se asemejaba el contorno de la pieza. Así, una macuquina, digamos, arriñonada, protegía contra los males del riñón, y una con forma de corazón prevenía los infartos, si no es que aseguraba, también, fortuna en los asuntos sentimentales.
Debo la génesis de este pensamiento a la insinuación perpleja y casual de otro amigo de que cierta macuquina que estaba en mi poder se asemejaba a un órgano:
_ Se parece a un órgano! –recuerdo claramente que dijo, con evidente peligro en su tono de voz, como si lo que descubría fuese esotéricamente peligroso y pudiera tocar las fibras de la ira de alguna fuerza astral vengativa…
Era cierto: la macuquina parecía un riñón, o un pulmón, tenía algo de víscera, no sólo en su forma oblonga sino también en el tono gris de su pátina, como el color lustroso de un hígado… esto me hizo relacionar, con las vueltas de las madrugadas de delirio insomne, esta forma “casual” de esa macuquina que yo poseía con las otras de las que ya hablé, esas en que la forma es más manifiesta y voluntaria por parte del capricho de los maestros acuñadores: las macuquinas de corazón coronado, en las que el flan ha sido deliberadamente recortado con la silueta de un corazón inclinado, rematado por una corona de tres rayos, muchas de los cuales ostentan un orificio que delata su uso como talismán o amuleto colgante.
Hay además otro indicio muy oscuro que nos permite entrever el uso de las monedas potosinas como amuleto contra el mal de ojo, la vocación talismánica que frenaba los efluvios de la envidia por quien las portase en el cuello. Sucede que los orificios de la macuquina, que el populacho y la canalla usaban en el cuello, se explica generalmente porque al ostentar la macuquina una cruz en su anverso, ésta suplía la carencia de medallas religiosas y crucifijos, a falta de mejores distintivos piadosos del católico pobre, pero lo curioso es que el orificio está dispuesto de tal manera, en un gran número de macuquinas, que al colgarse la moneda de un cordón, la cruz no queda dispuesta tal como debería serlo, sino que se dispone de tal manera, que se transforma en una cruz de san Andrés… es decir, como una cruz en equis, lo cual -elucubro yo- la convierte en un escudo que niega el paso a todo aojamiento, como una prohibición de que se abra camino para dañar al portador de este talismán.
La confirmación de mis ensoñaciones me fue dada por la existencia de exvotos, precisamente del norte argentino, de Bolivia y del Perú, con forma de corazón flamígero, forma tan cara al barroco indiano, y numerosísimos exvotos con formas de otros órganos del cuerpo según la dolencia que había sido curada por intercesión de los santos, que el creyente entregaba para exhibición o atesoramiento en alguna iglesia. Exvotos hechos siempre en plata repujada. Entendí que eran hechos con plata de moneda circulante, pero que debía fundirse para que obtuvieran una forma conveniente, desde el momento en que la costumbre siguió viva, pero no la acuñación de monedas macuquinas, sino que se usaba la plata de las monedas redondas de cordoncillo que se comenzaron a acuñar desde 1773.
Los exvotos, en la mentalidad de los fervorosos, eran la moneda del mundo espiritual, el pago y la consolidación de la promesa hecha a alguna potencia superior que se le llevaba y con que se le pagaba, al colgarla de la pared de alguna iglesia, una vez que el bienaventurado se había dignado curar la enfermedad del doliente. Era una gala que el santo podía vestir en el mundo espiritual, y que le garantizaba su brillo y esplendor. El revés del exvoto, en los mundos superiores, era “una lentejuela más” en la gloria de los halos de los santos, y estas galas celestiales eran proporcionalmente mayores en la medida en que el santo más milagros realizaba y consecuentemente más exvotos recibía. Al menos, esta era la lógica operante en el pensamiento contractual del fiel que recurría a semejante hechicería, a quien su ignorancia y su ingenuidad disculpaban.
Juan Pablo continuó con su relato, deteniéndose en la exacerbación de los detalles de lo que le tocó ver esa noche, y entendiendo que sus pormenores me interesaban mucho.
Sostiene mi amigo que esa noche se decidió, a pesar del cansancio, a rezar con el mayor fervor posible, porque quería que su madre se librara por fin de los dolores que la aquejaban de una vez por todas. No era un mal de médico el de la señora, era una dolencia de curandero, de esas cuya causa es desconocida y los dolores múltiples, por eso los exvotos parecían verdaderamente apropiados, como remedios que eran del mundo espiritual. La cosa es que su madre y su hermana se durmieron y él continuó en la perseverancia de la fe con sus letanías. Había olvidado los medallones en un bolsillo y, mientras rezaba, empezó a acomodar su ropa para la jornada siguiente; cuando doblaba el pantalón, cayeron al piso.
Entonces tuvo lugar el portento: Juan Pablo no pudo evitar ver, fugazmente, que los objetos que habían caído al piso no tenía forma circular, sino contornos más irregulares, como los de los exvotos que desde hacía un mes llevaba su madre al cuello. Pero algo más lo impresionó, algo que le revolvió el estómago por una fracción de segundo: cuando levantó los objetos de metal, habría jurado que se revolvían, que se revolvieron, sí, como los órganos de un bebé nervioso cuando tiene un espasmo, y que automáticamente perdían su brillo, opacándose la plata en que estaban repujados, como si el metal se percudiera o empañara poco a poco, en una degradación que llevó sólo unos segundos, como un metal que… se marchitara de repente.
Eran, sin duda, los exvotos de su madre. Una intuición por la simetría lo hizo ir de inmediato hasta donde ella estaba dormida y la destapó: allí colgaban plateados y refulgentes los sellos que él había encontrado a la siesta en la obra, pero con el brillo de la plata. La señora se despertó bruscamente con la torpeza de Juan, pero ya no la recorrían las víboras del dolor, estaba curada.
Decidí no explicarle el mecanismo y los avatares de los exvotos y las monedas potosinas que he consignado más arriba, porque pensé que no era un conocimiento relevante para él, sólo atiné a ensayar unas palabras que dejaban a medias en claro que había habido un intercambio energético entre los objetos:
_ Tus círculos de estaño fueron purgados por los exvotos. La energía provenía, a decir verdad, de los pantáculos, y era una energía débil, pero maligna. Sin embargo, los exvotos canalizaron por sendas de luz esa energía y la transmutaron, aunque al precio de corromper la estructura del metal con el que estaban hechos, por eso el precio que debieron pagar al usar para el bien la energía de esos sellos rubricados por John Dee, el mago isabelino, fue su transmutación en un metal inferior: el estaño de los sellos. Por su parte, la naturaleza misma de la plata con que estaban hechos, transmutó los sellos que se volvieron de plata, y en la transformación, en el intercambio de la estructura atómica de sellos y exvotos, se pudo torcer el programa contenido por los pantáculos y encauzar a favor de la salud de tu madre ese potencial, a esto se debe también el intercambio de lugar entre los dos grupos de objetos. Pero sin tus oraciones, ello no habría sido posible… no fue un acontecimiento fortuito la feliz conjunción de todos estos hechos, sino más bien la manera que tuvieron las inteligencias superiores para disponer de tantos factores diversos. Ni el placebo que distrajo a los entes astrales adversarios con la mesa servida, ni el hallazgo de esos medallones justamente hoy, en tu lugar de trabajo, fueron una coincidencia.
Pareció aliviado y me dijo, rompiendo la mudez con que el asombro lo había arrebatado durante mi explicación:
_ Entonces, con los exvotos termina el círculo de la infame maldición de las figuras de Dee…
Pero yo no quise o no pude darle la que su alivio parecía rogarme que le diese, y en cambio le respondí:
_ La cadena no empieza con los pantáculos enoquianos ni termina con la animación y el congelamiento de tus exvotos. Ambos portentos son eslabones de una cadena mucho mayor y tal vez infinita, que mantiene preñada a la realidad con una magia que trasciende todo pensamiento humano y hunde sus extremos en la noche de la creación -si es que la cadena tiene tales extremos-, los cuales quizás no existen porque están unidos en una cinta de Moebius que no tuvo principio, ni tendrá fin jamás. Los medallones del inglés ya vienen de tratados medievales como el Picatrix, al que vio nacer la Nabatea y la Arabia Feliz después de largos exilios gnósticos desde Alejandría, y tu aventura de los exvotos seguirá su carrera de alumbramientos al parir uno de mis relatos, y de allí extenderá sus tentáculos hacia pólipos y ramificaciones insospechables hoy en día, en las acciones de los lectores de ese posible y futuro cuento, en donde volcaré lo que me has contado, si es que alguna vez me lo has contado. La noche en que esos exvotos cobraron vida y tu experiencia de ese portento, constituyen uno o a lo sumo dos de los eslabones, si se quiere un poco más manifiestamente mágicos que otros, de la cadena sin fin, imprevisible en sus causas y efectos, que es la multiforme realidad. Lo que has hecho al contarme este suceso y al requerir de mí su elucidación (que yo podría haber callado o ignorado) es un acto no menos inamovible y necesario que cada uno de los hechos que te llevaron a vos a presenciarlo, a mí a descifrarlo, o que llevará a mis lectores a disfrutarlo. Son los acontecimientos -los de la vigilia y los oníricos- los entes necesarios en la gran ecuación de la realidad; mientras que nosotros, los humanos, somos lo prescindible, lo contingente.
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