lunes, 30 de marzo de 2015

Los corredores de la Villa de los Papiros Excudent alii spirantia mollius aera (credo equidem) vivos ducent de marmore vultus. Virgilio, Eneida, canto VI, vv. 847-848. Existe una inquietante similitud entre todas las estatuas de bronce à la cire perdue que se han salvado en Pompeya y Herculanum, y es una expresión que muestra una interioridad descompuesta por la falta de alegría, por la desesperanza, por el horror. El apego a la vida en esas expresiones de bronce, heladas en el frío metal, no se basa en el gozo, sino en una convulsión interna para siempre congelada en un espanto interior, que se desborda por sobre todo en los ojos, pero no menos en sus poses, con rictus tan espectaculares, tan perfectamente logrados por la maestría de los escultores, que traslucen una tensión a punto de resolverse en movimiento, de manera inminente. Pero ninguna de estas esculturas, que comenzaron a encontrarse cuando afloraban entre la ceniza que tan exquisitos hace a los vinos de la Campania, como los dos corredores. Nada retrata tan bien el aire de amenaza, de pavor y de inquietud, como lo trasuntan estos dos seres fantasmagóricos y dolientes. Parecen a punto de salir en estampida ciega, pero no en un trayecto recto, hacia una meta cierta, sino caóticamente y en busca de una salvación imposible, desesperados. Muchas veces, recorriendo los horrores que quedaron sellados por la ceniza volcánica en Pompeya y Herculano, he pensado en estas dos magníficas estatuas del mundo antiguo, y muchas veces he concluido, tal como pienso ahora, que son las dos más perfectas muestras, las cimas del arte grecorromano. Paseaba el otro día -un día soleado y feliz, calmo entre la sombra de las parras de la Campania, movidas por la brisa húmeda- en las víctimas de la cólera del Vesubio, y en la forma de todos esos cuerpos torturados, torcidos y arracimados en el espeluznante ahogo de sus vías respiratorias llenas de gas ardiente y de azufre que se vertía por la garganta, mientras reventaban los pulmones en agonía (y que, después, supo arrancar a las invisibles burbujas de aire en que perduraban una certera inyección de cemento, que inmortalizó las formas en hueco bajo la ceniza dejada por una carne hace siglos desaparecida). Paseaba por la ciudad que supo congelar (¡oh ironía!) la lava… y una vez más me detuve ante ese pobre perro quebrado en el dolor de su último quejido con las patas cruzadas sobre el vientre, como un miserable gusano que el flujo piroclástico consumió hace dos mil años, y todavía me parece oír a lo lejos el lastimero aullido con el que saludó a la muerte. Esas siluetas toscas, grotescas, bulbosas, abrazadas, no menos horribles que aquellos espectros sin definición concreta y aquellos bultos que amenazan en las pesadillas. Pero nada me producía tanto terror atávico y ancestral como los dos corredores, los atletas que ensayan su fuga desesperada en el museo de Nápoles, lejos ya del ámbito donde ejercieron su huída interminable, entre cuerpos de seres humanos reales. Pero en la cavilación de mi fantasía me seguían pareciendo tan reales, (más reales que los cuerpos reales de seres humanos palpitantes y orgánicos) que seguí indagando en mi pensamiento la razón de ese sentimiento inexplicable, disparador de un espanto ancestral, que saben gatillar estos dos jóvenes de metal. Y parecen estar vivos… pero no digo “vivos” como lo puede decir un connoisseur pasmado por la perfección de la obra… lo digo como quien intuye una vida amenazante y llena de horror que subyace agazapada detrás de los ojos, y vibrando en cada músculo tensionado, en esa fuga despavorida, pero detenida… Hay algo que tiene que ver, en su huída emprendida, con esa época de horror y de dureza del mundo antiguo, esa frialdad que estaba presta a ser borrada con el advenimiento del Cristianismo, un último gesto de rigor del dios implacable de la época del Carnero, a continuación dulcificada por la era de Piscis, del pescador de hombres, del buen pastor. En realidad, el secreto de los corredores de la Villa de los Papiros son los ojos: ojos llenos del temor propio de esos tiempos ajenos a la caridad, a la distensión, al perdón. La enfermedad de la inquietud y de la crueldad implacable romana, que parece acechar en todas y cada una de las estatuas conservadas en Herculanum, pero nunca de manera tan triunfante con en estos dos corredores… Entonces, en medio de mis cavilaciones, a pesar del mar azul y el límpido cielo del sur italiano, presentí el sabor de una revelación grotesca. Primero recordé un lugar muy lejano: Masada, en Israel, y el relato que supe escuchar ahí de algunos religiosos judíos que todavía sentían como reciente la herida infligida por Roma a los zelotes refugiados en Masada. El mundo romano no pudo, en su orgullo inconmensurable, soportar que 900 religiosos fanáticos judíos no doblegaran su cerviz ante el orgullo de las águilas de la loba, y los zelotes, como se sabe, no se dejaron intimidar por Silva, el general romano; Eleazar Ben Yahir y los padres de familia decidieron dar muerte, cada a uno, a sus hijos y a su mujer, con la espada encajada entre las costillas que reventó el corazón, y luego, por sorteo, se fueron dando muerte recíprocamente, hasta que quedó sólo uno, el último, el que cometería el pecado mortal del suicidio… peor que el del asesinato. Esos judíos ortodoxos juraban que la erupción del Vesubio, unos años después, no fue sino la venganza de Dios contra la raza de los que causaron esa matanza memorable, corona del honor de una raza que no se dejó mancillar con el gesto de echar un puñado de incienso a los pies de una estatua imperial. Y se me ocurrió que los corredores de Herculanum nunca vieron la erupción, y que si un romano de los que perecieron bajo el magma incandescente y el azufre resucitara, no reconocería como algo familiar estas dos estatuas… porque nunca estuvieron allí. Yo arriesgo que los corredores fueron una creación divina, una directa creación del dios del Antiguo Testamento, cruel, celoso, ofuscado por la matanza de los suyos, el último gesto antes de que el sacrificio de Cristo renovara todas las cosas. Y ahora intentaré explicar por qué condescendió y se avino a dar forma a estos dos cuerpos, con una maestría superior a la humana y rezumando vida atrapada en el bronce. Sabido es que la divinidad semítica prohíbe la creación de figuras de bulto que reproduzcan la figura de animales, menos aún la de hombres… este odio iconoclasta se potencia aún más entre los musulmanes, a quienes debemos atribuir la causa casi sin dudas ante cada estatua mutilada que nos ha llegado del mundo antiguo. Los judíos también sienten el mismo horror, pero, menos fanáticos, consintieron que los gentiles practiquen tales ensayos, aunque sean una blasfemia contra el dios de la vida, y se contentaron siempre con no trasgredir tal ley ellos mismos. Pero este dios -intuyo- concibió primero una venganza y luego una burla, la forma física que alcanzó, en la materia, la vibración de su carcajada, al castigar el orgullo romano ante la masacre de Masada. En primer lugar, para vengarse por todas las afrentas que la loba hizo en Masada a su tesoro (su pueblo de sacerdotes), despertó la cólera del volcán y, celoso por la perfección artística del mundo grecorromano, convirtió en estatuas grotescas a muchos hombres de carne y hueso. Pagaron así la temeridad de elevar su arte a cotas tan elevadas como para hacer verdad aquel verso de Virgilio que festeja bronces tan semejantes a los modelos vivientes, que parecen también respirar. Y lo pagaron con el óbolo de la ironía, porque los cuerpos de esos romanos pasaron a ser estatuas simiescas, retorcidas, como marionetas inmortales petrificadas en la mueca agónica que los recorrió en su momento postrero. Pero además de esa metamorfosis burlesca, pergeñada con risa sardónica por una divinidad furiosa ante la muerte de los suyos, puedo colegir, a partir de la perfección no humana de los corredores de Pompeya, un gesto aun más cruel del dios semita: en el culmen de su maestría vengadora, se desquitó de la perfección alcanzada por el mundo de Grecia y Roma en la estatuaria, creando él mismo lo que para su canon veterotestamentario era una transgresión. Reprodujo él, con sus manos de demiurgo ofendido, la forma de los cuerpos vivientes, pero en dos estatuas… dos estatuas que resumirían todo el espanto encarnado por la sociedad rigorista, contractual y protocolar hasta para los festejos del mundo antiguo, ignorante del perdón y del arrepentimiento, esas dos flexibilidades sin las que no puede haber felicidad en el alma humana. Y esas estatuas serían un digno colofón para ese mundo anterior al advenimiento de Cristo y su religión del amor, dos estatuas espantosamente perfectas, vibrantes, huyendo desordenada y eternamente, pero inmóviles a la vez, puestas en fuga por un pánico cósmico y absoluto. Dos estatuas implantadas milagrosamente en medio de la lluvia de cenizas y de lava hirviente que el volcán escupía en su carcajada atronadora, y que maravillaron, al materializarse, las ultimas miradas de los pocos niños acurrucados que todavía boqueaban y morían trabajosamente, ese 24 de agosto del año 79 después de Cristo, cuando Tito tenía sólo 20 días de haber subido al trono de la loba.

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