lunes, 30 de marzo de 2015

La animación de los exvotos

Para quien frecuenta los grimorios crepusculares y es asiduo aficionado a la magia talismánica, es sabido que si se graba en plomo un cuadrado mágico con los números de Saturno y éste se entierra en los cimientos de una casa en construcción, se atraerá la desgracia y el infortunio a sus ocupantes, especialmente si ha sido fabricado con un Saturno mal aspectado…

Junto a este conocimiento, debo a un inusitada confluencia de razonamientos, elucubraciones nocturnas bajo el efecto de un hígado sobrecargado, lecturas heterogéneas y comentarios sueltos de muchas personas, que mi inconsciente, en su fantástica tarea demiúrgica, haya pergeñado con auténtica vocación de cirujano mental o zapatero remendón, la explicación de lo que le sucedió a un conocido, quien puso en mi conocimiento cierto suceso que le ha tocado vivir hace unos meses, para ver si yo podía desentrañar, señor como soy de un pequeño predio de mi inconsciente, la médula de su noche impenetrable.

¿Qué energía, que magia se oculta en el norte de Argentina, que nace en la puna, y extiende sus vibraciones por Bolivia hasta el Perú? (pero cuyos tentáculos ya laten desde Córdoba y Tucumán con epicentro en Quilino, a través de la leyenda de la salamanca y sus infernales pactos de endiablada virtuosidad guitarrera)… ¿qué fuerza se gesta en las entrañas de la Madre Tierra y sale a relumbrar en la riqueza femenina de la plata del Potosí? ¿es una fuerza del bien, una maligna, o está en la duermevela de las divinidades primitivas, oscilando en un falso equilibrio inquietante entre una suma bondad y la equívoca y viciosa generosidad de un Zupay permisivo, amante de los excesos báquicos, como el exabrupto del macho cabrío que arrastran Pan, Marsias, sus cabiros y sus sátiros y que corrompe a sus fieles? El viejo de la bolsa y el pombero son sus encarnaciones criollas, sus degenerados descendientes americanos. No lo se, sólo sé que ríe en el dintel de la Casa de la Moneda de Potosí un mascarón inquietante, que la mayoría endosará al simple gusto de la decoración barroca, pero que secretamente honra, en realidad, a Mamón, el dios semita del dinero, con su carcajada soez que preside la vasta acuñación de la plata del cerro, en la Villa Imperial. Intersectando todos estos misterios se abrió paso la energía que curó a la madre de mi amigo.

Juan Pablo recuerda que volvía de trabajar en un edificio cuyos cimientos se estaban recién levantando en el ya casi extinto Barrio Güemes. Ese día los albañiles habían estado cavando los cimientos, cuando una de las palas trajo reverberos de metal. Habían vuelto a ver la luz, después de más de ciento sesenta años, unos pantáculos que dormían en la noche de la tierra desde que los había enterrado ahí, con manifiestos fines aviesos, un nieto de la Pancha, la vieja mestiza oriunda de Quilino que se había establecido en el Abrojal en 1756. Al chico aquel, que era famoso por sus ojos color mar, parece que lo había concebido una de las hijas de la Pancha, a quien su madre había prostituido a la fuerza, de uno de los desesperados ingleses traídos a estos pagos, y hechos prisioneros en la primera de las dos invasiones, por allá por 1806. Que esos medallones eran precisamente los que había descubierto los albañiles, me lo aseguraba mi exploración de los actos notariales de 1815 del archivo de la ciudad, donde se consignaba, a la ligera, la entrecortada confesión del muchacho arrepentido, quien aseguraba haber provocado una tragedia con la colocación subrepticia de los discos de estaño en el umbral de un vecino que se había suicidado. Nunca se le creyó y se le había tildado de loco sin mayores pesquisas.

El primero que tocó esas medallas empañadas, creyendo que eran valiosas monedas, fue Juan Pablo. Se abalanzó sobre ellas con la avidez propia del obraje empapado en ginebra a la siesta. Cuando descubrió que eran de humilde estaño, las escondió rápidamente en el bolsillo y no las mostró, temeroso de la mofa de sus compañeros.
Previsiblemente, a esos discos de estaño con sellos degenerados de demonios, los había cruzado por el mar un soldado anglosajón de ojos azules, con la pérfida intención de clavarlos en la casa del Virrey, si tenía la ocasión, para maldecir al puerto de Buenos Ayres y poder así hacerlo débil, entregándolo a la rapiña de su majestad el rey Jorge III. Los discos -nadie lo sabía, nadie podía saberlo- portaban nombres malditos de entidades atlantes en alfabeto enoquiano, conjuradas por John Dee en el atardecer del siglo XVI, tal como Giordano Bruno le había enseñado a invocarlos. Pero no había podido llevar a cabo su plan. Tanto el soldado como los talismanes tintineantes en su faltriquera habían sido traídos cautivos, con algunos compañeros, hasta Córdoba, y en un arrebato de lujuria los había usado para comprar los favores de la hija de la Pancha, una prostituta de rasgos aindiados que los aceptó después de sonsacarle, en un español muy corrompido, el fin para el que servían: el infortunio de los enemigos bajo cuyo piso se enterrasen. Nunca los había usado la chica, y se los entregó a su hijo de ojos azules cuando murió tuberculosa, en 1816. Tal vez le pareció que se los devolvía a su dueño primero, en medio de los delirios que la acosaban cuando partió de este mundo, sin que por eso dejara de enseñarle cómo usarlos para agostar la hacienda de los ocasionales enemigos.

Ese extraño hallazgo se vio cebado por otro, quizás no casual y en sintonía astral con el que acabo de comentar. Por ese entonces, Juan Pablo vivía en Guiñazú, y al anochecer, cuando desde la avenida Juan B. Justo, donde lo dejaba el colectivo 31, salvaba a pie apurado el descampado, se topó a medio camino con una mesa servida particularmente generosa. Al verla, apretó el puño con los discos recién conseguidos y esquivó el mantel en el piso, en el que ardían tres velas rojas, humeaba el tabaco en una yesquera y yacía un suculento puchero de gallina para el demonio… brillaba la caña barata, en unos vasos turbios.
Sus cosas no iban del todo bien. Su madre estaba aquejada de fiebres desde hacía un mes, le zumbaban los oídos, le dolían los riñones, la columna y la cintura, y tenía los pies helados. En su desesperación, una comadre le había comprado en Catamarca unos exvotos de plata que debía tener colgados todo el día, y que debían ser llevados a la Virgen del Valle cuando (y sólo si) se curara. Eran pequeñas medallitas en forma de cabeza, de riñones, pies, oídos y en forma de tronco humano (para la cadera y la columna) repujadas en plata.
A la confluencia de la energía ya lejana de los discos de estaño y de la mesa servida se debe, me parece, la enconada eficacia de la manifestación que tuvo lugar después en la casa de Juan Pablo.
Hay una inclinación por un fetichismo pagano en el barroco americano que hunde sus raíces en las culturas prehispánicas, y a las que la iglesia no pudo borrar, es más, tuvo que permitirlas para sobrevivir y la simbiosis de fiestas patronales y antiguas festividades aborígenes son sus frutos. Los arcángeles arcabuceros enmascaran divinidades emplumadas del altiplano que casan el culto de los antepasados incas con el mundo de las inteligencias angélicas, en un carnaval americano que conjuga a la perfección la cábala de jesuitas conversos con el travestismo castrado de voces celestiales en los oratorios indianos.
Es un culto por la magia de los pequeños objetos, por la fascinación de las miniaturas que se llevan sobre el cuerpo, como los escarabajos que en las momias faraónicas garantizaban la inmortalidad si eran puestos sobre determinadas partes energéticas del cuerpo del difunto… el culto de santos articulados que visten las solteronas, de cristos policromados por la maestría de los imagineros, de primorosas muñecas de porcelana que se confiesan sus secretos a la medianoche, de las que el ekeco es un hermano bastardo, híbrido, deforme y degenerado, pero -por esa misma circunstancia- poderoso como el que más.
Cuando Juan Pablo mencionó los exvotos, despertó realmente mi interés por el relato. Hasta entonces lo había seguido sin especial fervor, pero bastó la sola mención de esas pequeñas promesas de plata que se regalan a la Virgen o a algún santo en el norte argentino, pues siempre me habían intrigado. Los había visto por primera vez en alguna oscura herboristería del centro de Córdoba, en las sórdidas calles que se acercan al río, y no me había resultado ajeno su inconfundible sabor a “cosas de la gente del norte”. Cuando una tarde de invierno me llamaron la atención desde el escaparate polvoriento, no los asocié con mi pasión, el de las monedas macuquinas de Potosí, especialmente en su rarísima especie con forma de corazón coronado. Pero después entendí la sutil relación entre ambos tipos de objetos.
La macuquina es esa moneda irregular, de formas caprichosas que, según se cree, por falta de técnicas mejores, acuñaban los españoles desde 1573 en Potosí con la plata del cerro. El imaginario que rodea a estas monedas es curioso. Apasionaban hasta años atrás a los coleccionistas con una magnética atracción. Las primeras monedas macuquinas, las del siglo XVII, digamos, son grandes, generosas, peninsulares, magnánimas, de porte galano y bizarro… pero con el paso del tiempo y la entrada del siglo XVIII se van achaparrando y engrosando, a la vez que pierden esbeltez, pero no misterio. Se produce un acriollamiento de las monedas, en la misma medida en que se afirma la identidad colonial del virreinato de manera independiente con respecto a la madre patria.
Siempre me había pasmado ese reflejo de lo que pasa en el imaginario humano, posible de ser rastreado en la iconografía y aún en el aspecto de las monedas, y más me había inquietado la existencia de las macuquinas con forma de corazón. Este fenómeno también era evidente en la evolución del número cinco en los cuños potosinos con el paso del tiempo. El guarismo para el cinco muta, pasando por dos etapas: en la primera, al cinco de las macuquinas habsbúrguicas, se lo llama “cinco español” por el porte galano y cuadrado, anguloso, que ostenta. El cinco de las macuquinas a partir del 1700, con la entrada de los borbones, se vuelve redondo y su trazo es más infantil y hasta fácil, aunque confunde a los novatos pareciendo un dos invertido. En la evolución de ese cinco estaba la evolución de las macuquinas y en éstas la del imaginario humano.
La existencia de las macuquinas con forma de corazón coronado por corona de tres rayos tiene muchas explicaciones plausibles, pero ninguna satisfactoria; que se trata de piezas de presentación para los funcionarios españoles que venían a inspeccionar el funcionamiento de la ceca es una, pero harto simplista, porque para esa ocasión lo que se acuñaba eran piezas redondas de gran módulo, mientras que las macuquinas de corazón son otra cosa. Yo había descubierto, cuando vi los exvotos en la herboristería, su verdadero y esotérico origen.
En general las macuquinas irregulares presentan formas extrañas, pero misteriosamente similares a la forma de determinados órganos del cuerpo, como riñones o pulmones, lo cual parece haberse debido a que las pinzas o tixeras para cortar el metal que venía “en rama” (en forma de cilindros o barras cilíndricas) eran barrocas; en otras palabras, estos formones no podían dejar de tener una curva graciosa que se imprimía en negativo en la silueta del trozo de plata, el cual, una vez acuñado, constituiría la moneda macuquina, tal como puede verse en la mayoría de los ejemplares que han llegado hasta nosotros. Así sucedía que en estas herramientas de corte, la forma del filo aprovechaba la gracia de su diseño facilitando a su vez el corte por la curva que presentaba, del mismo modo que en el imaginario humano del barroco indiano aún no se habían divorciado los conceptos de lo útil y de lo bello.
De acuerdo a su forma, las monedas más parecidas a órganos eran atesoradas por los supersticiosos a cuyas manos llegaban y ya no circulaban, sino que las agujereaban y portaban en el cuello como garantía para la inmunidad por sobre las enfermedades propias de los órganos a cuya forma se asemejaba el contorno de la pieza. Así, una macuquina, digamos, arriñonada, protegía contra los males del riñón, y una con forma de corazón prevenía los infartos, si no es que aseguraba, también, fortuna en los asuntos sentimentales.
Debo la génesis de este pensamiento a la insinuación perpleja y casual de otro amigo de que cierta macuquina que estaba en mi poder se asemejaba a un órgano:
_ Se parece a un órgano! –recuerdo claramente que dijo, con evidente peligro en su tono de voz, como si lo que descubría fuese esotéricamente peligroso y pudiera tocar las fibras de la ira de alguna fuerza astral vengativa…
Era cierto: la macuquina parecía un riñón, o un pulmón, tenía algo de víscera, no sólo en su forma oblonga sino también en el tono gris de su pátina, como el color lustroso de un hígado… esto me hizo relacionar, con las vueltas de las madrugadas de delirio insomne, esta forma “casual” de esa macuquina que yo poseía con las otras de las que ya hablé, esas en que la forma es más manifiesta y voluntaria por parte del capricho de los maestros acuñadores: las macuquinas de corazón coronado, en las que el flan ha sido deliberadamente recortado con la silueta de un corazón inclinado, rematado por una corona de tres rayos, muchas de los cuales ostentan un orificio que delata su uso como talismán o amuleto colgante.
Hay además otro indicio muy oscuro que nos permite entrever el uso de las monedas potosinas como amuleto contra el mal de ojo, la vocación talismánica que frenaba los efluvios de la envidia por quien las portase en el cuello. Sucede que los orificios de la macuquina, que el populacho y la canalla usaban en el cuello, se explica generalmente porque al ostentar la macuquina una cruz en su anverso, ésta suplía la carencia de medallas religiosas y crucifijos, a falta de mejores distintivos piadosos del católico pobre, pero lo curioso es que el orificio está dispuesto de tal manera, en un gran número de macuquinas, que al colgarse la moneda de un cordón, la cruz no queda dispuesta tal como debería serlo, sino que se dispone de tal manera, que se transforma en una cruz de san Andrés… es decir, como una cruz en equis, lo cual -elucubro yo- la convierte en un escudo que niega el paso a todo aojamiento, como una prohibición de que se abra camino para dañar al portador de este talismán.
La confirmación de mis ensoñaciones me fue dada por la existencia de exvotos, precisamente del norte argentino, de Bolivia y del Perú, con forma de corazón flamígero, forma tan cara al barroco indiano, y numerosísimos exvotos con formas de otros órganos del cuerpo según la dolencia que había sido curada por intercesión de los santos, que el creyente entregaba para exhibición o atesoramiento en alguna iglesia. Exvotos hechos siempre en plata repujada. Entendí que eran hechos con plata de moneda circulante, pero que debía fundirse para que obtuvieran una forma conveniente, desde el momento en que la costumbre siguió viva, pero no la acuñación de monedas macuquinas, sino que se usaba la plata de las monedas redondas de cordoncillo que se comenzaron a acuñar desde 1773.
Los exvotos, en la mentalidad de los fervorosos, eran la moneda del mundo espiritual, el pago y la consolidación de la promesa hecha a alguna potencia superior que se le llevaba y con que se le pagaba, al colgarla de la pared de alguna iglesia, una vez que el bienaventurado se había dignado curar la enfermedad del doliente. Era una gala que el santo podía vestir en el mundo espiritual, y que le garantizaba su brillo y esplendor. El revés del exvoto, en los mundos superiores, era “una lentejuela más” en la gloria de los halos de los santos, y estas galas celestiales eran proporcionalmente mayores en la medida en que el santo más milagros realizaba y consecuentemente más exvotos recibía. Al menos, esta era la lógica operante en el pensamiento contractual del fiel que recurría a semejante hechicería, a quien su ignorancia y su ingenuidad disculpaban.

Juan Pablo continuó con su relato, deteniéndose en la exacerbación de los detalles de lo que le tocó ver esa noche, y entendiendo que sus pormenores me interesaban mucho.
Sostiene mi amigo que esa noche se decidió, a pesar del cansancio, a rezar con el mayor fervor posible, porque quería que su madre se librara por fin de los dolores que la aquejaban de una vez por todas. No era un mal de médico el de la señora, era una dolencia de curandero, de esas cuya causa es desconocida y los dolores múltiples, por eso los exvotos parecían verdaderamente apropiados, como remedios que eran del mundo espiritual. La cosa es que su madre y su hermana se durmieron y él continuó en la perseverancia de la fe con sus letanías. Había olvidado los medallones en un bolsillo y, mientras rezaba, empezó a acomodar su ropa para la jornada siguiente; cuando doblaba el pantalón, cayeron al piso.
Entonces tuvo lugar el portento: Juan Pablo no pudo evitar ver, fugazmente, que los objetos que habían caído al piso no tenía forma circular, sino contornos más irregulares, como los de los exvotos que desde hacía un mes llevaba su madre al cuello. Pero algo más lo impresionó, algo que le revolvió el estómago por una fracción de segundo: cuando levantó los objetos de metal, habría jurado que se revolvían, que se revolvieron, sí, como los órganos de un bebé nervioso cuando tiene un espasmo, y que automáticamente perdían su brillo, opacándose la plata en que estaban repujados, como si el metal se percudiera o empañara poco a poco, en una degradación que llevó sólo unos segundos, como un metal que… se marchitara de repente.
Eran, sin duda, los exvotos de su madre. Una intuición por la simetría lo hizo ir de inmediato hasta donde ella estaba dormida y la destapó: allí colgaban plateados y refulgentes los sellos que él había encontrado a la siesta en la obra, pero con el brillo de la plata. La señora se despertó bruscamente con la torpeza de Juan, pero ya no la recorrían las víboras del dolor, estaba curada.
Decidí no explicarle el mecanismo y los avatares de los exvotos y las monedas potosinas que he consignado más arriba, porque pensé que no era un conocimiento relevante para él, sólo atiné a ensayar unas palabras que dejaban a medias en claro que había habido un intercambio energético entre los objetos:
_ Tus círculos de estaño fueron purgados por los exvotos. La energía provenía, a decir verdad, de los pantáculos, y era una energía débil, pero maligna. Sin embargo, los exvotos canalizaron por sendas de luz esa energía y la transmutaron, aunque al precio de corromper la estructura del metal con el que estaban hechos, por eso el precio que debieron pagar al usar para el bien la energía de esos sellos rubricados por John Dee, el mago isabelino, fue su transmutación en un metal inferior: el estaño de los sellos. Por su parte, la naturaleza misma de la plata con que estaban hechos, transmutó los sellos que se volvieron de plata, y en la transformación, en el intercambio de la estructura atómica de sellos y exvotos, se pudo torcer el programa contenido por los pantáculos y encauzar a favor de la salud de tu madre ese potencial, a esto se debe también el intercambio de lugar entre los dos grupos de objetos. Pero sin tus oraciones, ello no habría sido posible… no fue un acontecimiento fortuito la feliz conjunción de todos estos hechos, sino más bien la manera que tuvieron las inteligencias superiores para disponer de tantos factores diversos. Ni el placebo que distrajo a los entes astrales adversarios con la mesa servida, ni el hallazgo de esos medallones justamente hoy, en tu lugar de trabajo, fueron una coincidencia.
Pareció aliviado y me dijo, rompiendo la mudez con que el asombro lo había arrebatado durante mi explicación:
_ Entonces, con los exvotos termina el círculo de la infame maldición de las figuras de Dee…
Pero yo no quise o no pude darle la que su alivio parecía rogarme que le diese, y en cambio le respondí:
_ La cadena no empieza con los pantáculos enoquianos ni termina con la animación y el congelamiento de tus exvotos. Ambos portentos son eslabones de una cadena mucho mayor y tal vez infinita, que mantiene preñada a la realidad con una magia que trasciende todo pensamiento humano y hunde sus extremos en la noche de la creación -si es que la cadena tiene tales extremos-, los cuales quizás no existen porque están unidos en una cinta de Moebius que no tuvo principio, ni tendrá fin jamás. Los medallones del inglés ya vienen de tratados medievales como el Picatrix, al que vio nacer la Nabatea y la Arabia Feliz después de largos exilios gnósticos desde Alejandría, y tu aventura de los exvotos seguirá su carrera de alumbramientos al parir uno de mis relatos, y de allí extenderá sus tentáculos hacia pólipos y ramificaciones insospechables hoy en día, en las acciones de los lectores de ese posible y futuro cuento, en donde volcaré lo que me has contado, si es que alguna vez me lo has contado. La noche en que esos exvotos cobraron vida y tu experiencia de ese portento, constituyen uno o a lo sumo dos de los eslabones, si se quiere un poco más manifiestamente mágicos que otros, de la cadena sin fin, imprevisible en sus causas y efectos, que es la multiforme realidad. Lo que has hecho al contarme este suceso y al requerir de mí su elucidación (que yo podría haber callado o ignorado) es un acto no menos inamovible y necesario que cada uno de los hechos que te llevaron a vos a presenciarlo, a mí a descifrarlo, o que llevará a mis lectores a disfrutarlo. Son los acontecimientos -los de la vigilia y los oníricos- los entes necesarios en la gran ecuación de la realidad; mientras que nosotros, los humanos, somos lo prescindible, lo contingente.

Solapa del libro Relatos de esquizofrenia barroca

Diego Márquez (Córdoba, 1974) es licenciado en Letras Clásicas. Es abanderado de la Universidad Nacional de Córdoba 2001, y en el 2003 recibió el galardón de la Academia Argentina de Letras por mejor promedio en carrera de Letras de universidades estatales y privadas de Argentina.
Ha sido distinguido con variados premios y menciones literarias, y cuenta con publicaciones varias.
En la actualidad se dedica con parejo fervor a los hermetistas del renacimiento y a las ampulosidades del barroco. Frecuenta las perplejidades de la numismática y el culto de los autores crepusculares encabezados por Lovecraft y Poe. No desconoce ciertos resplandores que sólo revelan la locura y los itinerarios del éxtasis.
Ha intentado hacer gozar al lector de la amigable intimidad evocada al fuego de la anécdota, con su colección Memorabilia monserratensia, que custodia sus vivencias de adolescente en el sagrado colegio.
Después de haber navegado por los rigores cristalinos del soneto en Sonetos de amor sagrado y profano, persevera ahora con este libro, Relatos de esquizofrenia barroca, en su peregrinación por los países de la creación literaria.

Solapa del libro Relatos de esquizofrenia barroca

Diego Márquez (Córdoba, 1974) es licenciado en Letras Clásicas. Es abanderado de la Universidad Nacional de Córdoba 2001, y en el 2003 recibió el galardón de la Academia Argentina de Letras por mejor promedio en carrera de Letras de universidades estatales y privadas de Argentina.
Ha sido distinguido con variados premios y menciones literarias, y cuenta con publicaciones varias.
En la actualidad se dedica con parejo fervor a los hermetistas del renacimiento y a las ampulosidades del barroco. Frecuenta las perplejidades de la numismática y el culto de los autores crepusculares encabezados por Lovecraft y Poe. No desconoce ciertos resplandores que sólo revelan la locura y los itinerarios del éxtasis.
Ha intentado hacer gozar al lector de la amigable intimidad evocada al fuego de la anécdota, con su colección Memorabilia monserratensia, que custodia sus vivencias de adolescente en el sagrado colegio.
Después de haber navegado por los rigores cristalinos del soneto en Sonetos de amor sagrado y profano, persevera ahora con este libro, Relatos de esquizofrenia barroca, en su peregrinación por los países de la creación literaria.

El sufrimiento de la puerta

El sufrimiento de la puerta
(relato)
Dedicado al Prete Rosso, la notte, Op. X, nº 2 (per fagotto)

Siempre habíamos abrigado el proyecto. Al menos así creíamos, pero me parece también que fue más o menos recién en cuarto año que le dimos forma y concretarlo se convirtió en una urgencia real que tiranizaba nuestras charlas, cuando verdaderamente entrábamos a la adolescencia y comenzaban a golpearnos los misterios y el deseo de conquistarlos.

Quedarnos en el colegio de noche no era una ni un anhelo por infringir las reglas ni por ostentar rebeldía, como tampoco es ahora esta determinación por contar nuestra experiencia una alegoría que pretenda desenmascarar la política del ’30, como en el relato de Cortázar. Quedarnos en el colegio significaba enfrentarnos con la noche; un rito de iniciación que nos abriría el corazón de la verdadera noche. No la noche banal llena de taconeos de prostitutas y borrachos de la Cañada, o la noche de la calle Colón, sin respiro de autos que pasan y frenan, al compás del semáforo, sino la Noche misma; la noche en que se revuelven en sus lechos de hierro horrores que escapan al lenguaje, la noche en que las Furias se babean con sus rostros de perras y ojos inyectados en sangre, mientras agitan látigos tachonados de bronce.
No podíamos, para coronar nuestra hazaña, entrar por ningún sitio: la Duarte Quirós es muy transitada por vehículos, y el portón principal, guarnecido con remaches enormes, no admitiría otra violación que la franca embestida del ariete, acción más afín a una pública revolución del estudiantado que a nuestra tímida y privada aventura. Decidimos pues, quedarnos después de clase. Nos atrincheramos en el Centro de Estudiantes, mísero tugurio con el que la generosidad del regente nos había distinguido, de cuya pesada atmósfera, enrarecida a fuerza de cigarrillos fumados en las chupinas, ejercíamos absoluta soberanía y de cuya puerta teníamos sólo nosotros la llave.
Si bien cursamos toda la secundaria en el turno mañana, podíamos quedarnos en el saloncito del Centro a la tarde, y esa tarde ya no salimos de allí. A eso de las ocho de la noche cerramos la puerta con llave, y callamos. Como el colegio tiene turno noche para el nivel terciario, no pudimos hablar más que entre susurros, no fuese que alguien pasara por allí y nos escuchase. Fueron varias horas de encierro sofocante, porque ya era noviembre.
A las doce y media de la noche no se sintieron más ruidos ni andanzas, y nos arriesgamos a salir por fin. Aunque la noche no era muy fresca, a nosotros nos lo pareció incomparablemente, y nuestros pulmones agradecieron el aire del exterior, ya que el aire del cuartucho donde habíamos estado cuatro horas fumando y jugando a un truco que nos torturaba porque teníamos que contener los gritos y los insultos se había vuelto irrespirable.
Había luna llena y el silencio era impresionante. Todo era irreal, las sombras larguísimas y oblicuas de los arcos, las escaleras de orificio tan negro que no se veían ni los dedos de la mano, las galerías que parecían infinitamente más largas e inaccesibles. El patio era cosa de no creer: la noche se estrellaba contra la fuente y las enredaderas fantasmales temblaban, aunque no había ni pizca de viento. Las formas parecían sumidas en un sueño. El ambiente era acunado por una tranquilidad inquieta, y en el aire flotaba como el largo de un concierto veneciano insinuando peligros con su misma quietud amenazante. Todas las cosas vibraban con una energía rara, las puertas de las aulas, que parecían dar a distantes universos, emanaban un cálido aliento vibrando en notas bajas y oscuras. Era el canto de la Noche.
Ni en nuestros más osados sueños vislumbramos semejante clima. La noche respiraba todas sus fantasmagorías, segura de no ser descubierta en el prohibido territorio del colegio nocturno, pero nosotros la habíamos traicionado. Como una púdica Diana que se cree a salvo de ojos profanos, la noche desplegaba en ese coto vedado a los hombres su impenetrable belleza y se complacía en la misma voluptuosidad de sus tranquilos terrores, pero también como a Diana, le había sido profanada su nívea desnudez por nosotros, osados Acteones adolescentes.
Decidimos explorar por los pisos superiores. En el primer piso una oscuridad todavía más apretada, hasta el punto de la negrura absoluta, nos obligaba a caminar a tientas, rozando las paredes. Cruzamos el pasillo principal, hasta el salón de actos. Los ventanales dejaban entrar plenamente la luz de la luna, que recién empezaba a asomarse por sobre el cuadrado de cielo que recorta el patio. En el piso se repetía, distorsionado, el geométrico diseño de los vidrios, con esa distorsión propia de las alucinaciones lunáticas que engendran los desórdenes del hígado, provocando el sabor opresivo de la pesadilla.
Después subimos hasta el segundo piso. La misma quietud amenazante, los pasillos fugándose en perspectivas irreales, las estancias desoladas, equilibrando en un filo de espada la inmovilidad forzada de las cosas. Ya nos habíamos aclimatado a la exploración, silentes como si hubiésemos deambulado siglos por los claustros sin encontrar la salida, ofuscados por nuestros odios sin cicatrizar. Íbamos oscuros, en medio de la noche silenciosa. De pronto se sintió un ruido como una bofetada de toda la arquitectura, un portazo dado con vigor desquiciado, cósmico, que cundió en el vacío sepulcral haciéndolo añicos y explotando en olas concéntricas de sonido; luego hubo otro y otro, y fueron sucediéndose hasta que adquirieron ritmo acompasado y veloz; corrimos hacia el sitio de donde provenía: el pasillo interminable del ala oeste del segundo piso, ese en cuyo final hay un aula última y lejana.
Ahí, en medio del silencio de la noche, rompiendo con escándalo la quietud de las galerías, los patios y los salones, la puerta al final del pasillo se abría y cerraba histéricamente, como autoflagelándose, castigándose y sufriendo para siempre. Resonaban con terrible furor los goznes, el marco, la hoja misma... y parecía que siempre había estado, desde la eternidad, abriéndose y cerrándose sin control y con furia inconcebible. Daba la sensación de querer descuajarse, arrancarse, disconforme y eternamente furiosa por razones oscuras que no llegamos a entender. Era el latido de la Noche.
Corrimos a tientas desparramándonos en estampida por el pasillo principal con los golpes taladrándonos en los oídos, y nos descolgamos por las ciegas escaleras a empellones; ganamos nuestro refugio del Centro y nos encerramos con llave, agradeciendo su reducido tamaño que nos hacía estar cerca los unos de los otros, sintiéndonos el aliento, resollando por el terror y el correteo, unidos en nuestra desesperación e indefensión mutua... pero en alguna parte allá arriba, y con un eco sordo, continuaba el golpeteo atroz de la puerta, que reinaba soberano por los ámbitos y retumbaba en todo el edificio, como buscando imponer un ritmo de muerte desde un ala remota de los pisos superiores.
Nos tapamos los oídos para no volvernos locos, yo con tanta fuerza que me dolían los hombros y los dedos se me adormecieron. Fueron dos horas de encontrarnos las miradas con espanto, aguardando y recelando algo más horrible, con ese ruido que parecía bajar las escaleras y acercarse a cada instante. El mismo aleteo imparable del destino, los puntapiés de la parca enfurecida que quería desclavarse y venir a buscarnos pero le resultaba imposible, eran la impronta de la puerta que sufría. Poco a poco nos resignamos a esperar y a aguantar el escándanlo que se debatía escaleras arriba.
Así pasamos dos horas de tensión insoportable; recuerdo que me adormecí finalmente, agotado, pero no dejé de mantener tapados mis oídos. A eso de las cinco de la mañana el estrépito había cesado.
Los corredores de la Villa de los Papiros Excudent alii spirantia mollius aera (credo equidem) vivos ducent de marmore vultus. Virgilio, Eneida, canto VI, vv. 847-848. Existe una inquietante similitud entre todas las estatuas de bronce à la cire perdue que se han salvado en Pompeya y Herculanum, y es una expresión que muestra una interioridad descompuesta por la falta de alegría, por la desesperanza, por el horror. El apego a la vida en esas expresiones de bronce, heladas en el frío metal, no se basa en el gozo, sino en una convulsión interna para siempre congelada en un espanto interior, que se desborda por sobre todo en los ojos, pero no menos en sus poses, con rictus tan espectaculares, tan perfectamente logrados por la maestría de los escultores, que traslucen una tensión a punto de resolverse en movimiento, de manera inminente. Pero ninguna de estas esculturas, que comenzaron a encontrarse cuando afloraban entre la ceniza que tan exquisitos hace a los vinos de la Campania, como los dos corredores. Nada retrata tan bien el aire de amenaza, de pavor y de inquietud, como lo trasuntan estos dos seres fantasmagóricos y dolientes. Parecen a punto de salir en estampida ciega, pero no en un trayecto recto, hacia una meta cierta, sino caóticamente y en busca de una salvación imposible, desesperados. Muchas veces, recorriendo los horrores que quedaron sellados por la ceniza volcánica en Pompeya y Herculano, he pensado en estas dos magníficas estatuas del mundo antiguo, y muchas veces he concluido, tal como pienso ahora, que son las dos más perfectas muestras, las cimas del arte grecorromano. Paseaba el otro día -un día soleado y feliz, calmo entre la sombra de las parras de la Campania, movidas por la brisa húmeda- en las víctimas de la cólera del Vesubio, y en la forma de todos esos cuerpos torturados, torcidos y arracimados en el espeluznante ahogo de sus vías respiratorias llenas de gas ardiente y de azufre que se vertía por la garganta, mientras reventaban los pulmones en agonía (y que, después, supo arrancar a las invisibles burbujas de aire en que perduraban una certera inyección de cemento, que inmortalizó las formas en hueco bajo la ceniza dejada por una carne hace siglos desaparecida). Paseaba por la ciudad que supo congelar (¡oh ironía!) la lava… y una vez más me detuve ante ese pobre perro quebrado en el dolor de su último quejido con las patas cruzadas sobre el vientre, como un miserable gusano que el flujo piroclástico consumió hace dos mil años, y todavía me parece oír a lo lejos el lastimero aullido con el que saludó a la muerte. Esas siluetas toscas, grotescas, bulbosas, abrazadas, no menos horribles que aquellos espectros sin definición concreta y aquellos bultos que amenazan en las pesadillas. Pero nada me producía tanto terror atávico y ancestral como los dos corredores, los atletas que ensayan su fuga desesperada en el museo de Nápoles, lejos ya del ámbito donde ejercieron su huída interminable, entre cuerpos de seres humanos reales. Pero en la cavilación de mi fantasía me seguían pareciendo tan reales, (más reales que los cuerpos reales de seres humanos palpitantes y orgánicos) que seguí indagando en mi pensamiento la razón de ese sentimiento inexplicable, disparador de un espanto ancestral, que saben gatillar estos dos jóvenes de metal. Y parecen estar vivos… pero no digo “vivos” como lo puede decir un connoisseur pasmado por la perfección de la obra… lo digo como quien intuye una vida amenazante y llena de horror que subyace agazapada detrás de los ojos, y vibrando en cada músculo tensionado, en esa fuga despavorida, pero detenida… Hay algo que tiene que ver, en su huída emprendida, con esa época de horror y de dureza del mundo antiguo, esa frialdad que estaba presta a ser borrada con el advenimiento del Cristianismo, un último gesto de rigor del dios implacable de la época del Carnero, a continuación dulcificada por la era de Piscis, del pescador de hombres, del buen pastor. En realidad, el secreto de los corredores de la Villa de los Papiros son los ojos: ojos llenos del temor propio de esos tiempos ajenos a la caridad, a la distensión, al perdón. La enfermedad de la inquietud y de la crueldad implacable romana, que parece acechar en todas y cada una de las estatuas conservadas en Herculanum, pero nunca de manera tan triunfante con en estos dos corredores… Entonces, en medio de mis cavilaciones, a pesar del mar azul y el límpido cielo del sur italiano, presentí el sabor de una revelación grotesca. Primero recordé un lugar muy lejano: Masada, en Israel, y el relato que supe escuchar ahí de algunos religiosos judíos que todavía sentían como reciente la herida infligida por Roma a los zelotes refugiados en Masada. El mundo romano no pudo, en su orgullo inconmensurable, soportar que 900 religiosos fanáticos judíos no doblegaran su cerviz ante el orgullo de las águilas de la loba, y los zelotes, como se sabe, no se dejaron intimidar por Silva, el general romano; Eleazar Ben Yahir y los padres de familia decidieron dar muerte, cada a uno, a sus hijos y a su mujer, con la espada encajada entre las costillas que reventó el corazón, y luego, por sorteo, se fueron dando muerte recíprocamente, hasta que quedó sólo uno, el último, el que cometería el pecado mortal del suicidio… peor que el del asesinato. Esos judíos ortodoxos juraban que la erupción del Vesubio, unos años después, no fue sino la venganza de Dios contra la raza de los que causaron esa matanza memorable, corona del honor de una raza que no se dejó mancillar con el gesto de echar un puñado de incienso a los pies de una estatua imperial. Y se me ocurrió que los corredores de Herculanum nunca vieron la erupción, y que si un romano de los que perecieron bajo el magma incandescente y el azufre resucitara, no reconocería como algo familiar estas dos estatuas… porque nunca estuvieron allí. Yo arriesgo que los corredores fueron una creación divina, una directa creación del dios del Antiguo Testamento, cruel, celoso, ofuscado por la matanza de los suyos, el último gesto antes de que el sacrificio de Cristo renovara todas las cosas. Y ahora intentaré explicar por qué condescendió y se avino a dar forma a estos dos cuerpos, con una maestría superior a la humana y rezumando vida atrapada en el bronce. Sabido es que la divinidad semítica prohíbe la creación de figuras de bulto que reproduzcan la figura de animales, menos aún la de hombres… este odio iconoclasta se potencia aún más entre los musulmanes, a quienes debemos atribuir la causa casi sin dudas ante cada estatua mutilada que nos ha llegado del mundo antiguo. Los judíos también sienten el mismo horror, pero, menos fanáticos, consintieron que los gentiles practiquen tales ensayos, aunque sean una blasfemia contra el dios de la vida, y se contentaron siempre con no trasgredir tal ley ellos mismos. Pero este dios -intuyo- concibió primero una venganza y luego una burla, la forma física que alcanzó, en la materia, la vibración de su carcajada, al castigar el orgullo romano ante la masacre de Masada. En primer lugar, para vengarse por todas las afrentas que la loba hizo en Masada a su tesoro (su pueblo de sacerdotes), despertó la cólera del volcán y, celoso por la perfección artística del mundo grecorromano, convirtió en estatuas grotescas a muchos hombres de carne y hueso. Pagaron así la temeridad de elevar su arte a cotas tan elevadas como para hacer verdad aquel verso de Virgilio que festeja bronces tan semejantes a los modelos vivientes, que parecen también respirar. Y lo pagaron con el óbolo de la ironía, porque los cuerpos de esos romanos pasaron a ser estatuas simiescas, retorcidas, como marionetas inmortales petrificadas en la mueca agónica que los recorrió en su momento postrero. Pero además de esa metamorfosis burlesca, pergeñada con risa sardónica por una divinidad furiosa ante la muerte de los suyos, puedo colegir, a partir de la perfección no humana de los corredores de Pompeya, un gesto aun más cruel del dios semita: en el culmen de su maestría vengadora, se desquitó de la perfección alcanzada por el mundo de Grecia y Roma en la estatuaria, creando él mismo lo que para su canon veterotestamentario era una transgresión. Reprodujo él, con sus manos de demiurgo ofendido, la forma de los cuerpos vivientes, pero en dos estatuas… dos estatuas que resumirían todo el espanto encarnado por la sociedad rigorista, contractual y protocolar hasta para los festejos del mundo antiguo, ignorante del perdón y del arrepentimiento, esas dos flexibilidades sin las que no puede haber felicidad en el alma humana. Y esas estatuas serían un digno colofón para ese mundo anterior al advenimiento de Cristo y su religión del amor, dos estatuas espantosamente perfectas, vibrantes, huyendo desordenada y eternamente, pero inmóviles a la vez, puestas en fuga por un pánico cósmico y absoluto. Dos estatuas implantadas milagrosamente en medio de la lluvia de cenizas y de lava hirviente que el volcán escupía en su carcajada atronadora, y que maravillaron, al materializarse, las ultimas miradas de los pocos niños acurrucados que todavía boqueaban y morían trabajosamente, ese 24 de agosto del año 79 después de Cristo, cuando Tito tenía sólo 20 días de haber subido al trono de la loba.

sábado, 24 de diciembre de 2011

El sufrimiento de la puerta

El sufrimiento de la puerta
(relato)
Dedicado al Prete Rosso, la notte, Op. X, nº 2 (per fagotto)

Siempre habíamos abrigado el proyecto. Al menos así creíamos, pero me parece también que fue más o menos recién en cuarto año que le dimos forma y concretarlo se convirtió en una urgencia real que tiranizaba nuestras charlas, cuando verdaderamente entrábamos a la adolescencia y comenzaban a golpearnos los misterios y el deseo de conquistarlos.

Quedarnos en el colegio de noche no era una ni un anhelo por infringir las reglas ni por ostentar rebeldía, como tampoco es ahora esta determinación por contar nuestra experiencia una alegoría que pretenda desenmascarar la política del ’30, como en el relato de Cortázar. Quedarnos en el colegio significaba enfrentarnos con la noche; un rito de iniciación que nos abriría el corazón de la verdadera noche. No la noche banal llena de taconeos de prostitutas y borrachos de la Cañada, o la noche de la calle Colón, sin respiro de autos que pasan y frenan, al compás del semáforo, sino la Noche misma; la noche en que se revuelven en sus lechos de hierro horrores que escapan al lenguaje, la noche en que las Furias se babean con sus rostros de perras y ojos inyectados en sangre, mientras agitan látigos tachonados de bronce.
No podíamos, para coronar nuestra hazaña, entrar por ningún sitio: la Duarte Quirós es muy transitada por vehículos, y el portón principal, guarnecido con remaches enormes, no admitiría otra violación que la franca embestida del ariete, acción más afín a una pública revolución del estudiantado que a nuestra tímida y privada aventura. Decidimos pues, quedarnos después de clase. Nos atrincheramos en el Centro de Estudiantes, mísero tugurio con el que la generosidad del regente nos había distinguido, de cuya pesada atmósfera, enrarecida a fuerza de cigarrillos fumados en las chupinas, ejercíamos absoluta soberanía y de cuya puerta teníamos sólo nosotros la llave.
Si bien cursamos toda la secundaria en el turno mañana, podíamos quedarnos en el saloncito del Centro a la tarde, y esa tarde ya no salimos de allí. A eso de las ocho de la noche cerramos la puerta con llave, y callamos. Como el colegio tiene turno noche para el nivel terciario, no pudimos hablar más que entre susurros, no fuese que alguien pasara por allí y nos escuchase. Fueron varias horas de encierro sofocante, porque ya era noviembre.
A las doce y media de la noche no se sintieron más ruidos ni andanzas, y nos arriesgamos a salir por fin. Aunque la noche no era muy fresca, a nosotros nos lo pareció incomparablemente, y nuestros pulmones agradecieron el aire del exterior, ya que el aire del cuartucho donde habíamos estado cuatro horas fumando y jugando a un truco que nos torturaba porque teníamos que contener los gritos y los insultos se había vuelto irrespirable.
Había luna llena y el silencio era impresionante. Todo era irreal, las sombras larguísimas y oblicuas de los arcos, las escaleras de orificio tan negro que no se veían ni los dedos de la mano, las galerías que parecían infinitamente más largas e inaccesibles. El patio era cosa de no creer: la noche se estrellaba contra la fuente y las enredaderas fantasmales temblaban, aunque no había ni pizca de viento. Las formas parecían sumidas en un sueño. El ambiente era acunado por una tranquilidad inquieta, y en el aire flotaba como el largo de un concierto veneciano insinuando peligros con su misma quietud amenazante. Todas las cosas vibraban con una energía rara, las puertas de las aulas, que parecían dar a distantes universos, emanaban un cálido aliento vibrando en notas bajas y oscuras. Era el canto de la Noche.
Ni en nuestros más osados sueños vislumbramos semejante clima. La noche respiraba todas sus fantasmagorías, segura de no ser descubierta en el prohibido territorio del colegio nocturno, pero nosotros la habíamos traicionado. Como una púdica Diana que se cree a salvo de ojos profanos, la noche desplegaba en ese coto vedado a los hombres su impenetrable belleza y se complacía en la misma voluptuosidad de sus tranquilos terrores, pero también como a Diana, le había sido profanada su nívea desnudez por nosotros, osados Acteones adolescentes.
Decidimos explorar por los pisos superiores. En el primer piso una oscuridad todavía más apretada, hasta el punto de la negrura absoluta, nos obligaba a caminar a tientas, rozando las paredes. Cruzamos el pasillo principal, hasta el salón de actos. Los ventanales dejaban entrar plenamente la luz de la luna, que recién empezaba a asomarse por sobre el cuadrado de cielo que recorta el patio. En el piso se repetía, distorsionado, el geométrico diseño de los vidrios, con esa distorsión propia de las alucinaciones lunáticas que engendran los desórdenes del hígado, provocando el sabor opresivo de la pesadilla.
Después subimos hasta el segundo piso. La misma quietud amenazante, los pasillos fugándose en perspectivas irreales, las estancias desoladas, equilibrando en un filo de espada la inmovilidad forzada de las cosas. Ya nos habíamos aclimatado a la exploración, silentes como si hubiésemos deambulado siglos por los claustros sin encontrar la salida, ofuscados por nuestros odios sin cicatrizar. Íbamos oscuros, en medio de la noche silenciosa. De pronto se sintió un ruido como una bofetada de toda la arquitectura, un portazo dado con vigor desquiciado, cósmico, que cundió en el vacío sepulcral haciéndolo añicos y explotando en olas concéntricas de sonido; luego hubo otro y otro, y fueron sucediéndose hasta que adquirieron ritmo acompasado y veloz; corrimos hacia el sitio de donde provenía: el pasillo interminable del ala oeste del segundo piso, ese en cuyo final hay un aula última y lejana.
Ahí, en medio del silencio de la noche, rompiendo con escándalo la quietud de las galerías, los patios y los salones, la puerta al final del pasillo se abría y cerraba histéricamente, como autoflagelándose, castigándose y sufriendo para siempre. Resonaban con terrible furor los goznes, el marco, la hoja misma... y parecía que siempre había estado, desde la eternidad, abriéndose y cerrándose sin control y con furia inconcebible. Daba la sensación de querer descuajarse, arrancarse, disconforme y eternamente furiosa por razones oscuras que no llegamos a entender. Era el latido de la Noche.
Corrimos a tientas desparramándonos en estampida por el pasillo principal con los golpes taladrándonos en los oídos, y nos descolgamos por las ciegas escaleras a empellones; ganamos nuestro refugio del Centro y nos encerramos con llave, agradeciendo su reducido tamaño que nos hacía estar cerca los unos de los otros, sintiéndonos el aliento, resollando por el terror y el correteo, unidos en nuestra desesperación e indefensión mutua... pero en alguna parte allá arriba, y con un eco sordo, continuaba el golpeteo atroz de la puerta, que reinaba soberano por los ámbitos y retumbaba en todo el edificio, como buscando imponer un ritmo de muerte desde un ala remota de los pisos superiores.
Nos tapamos los oídos para no volvernos locos, yo con tanta fuerza que me dolían los hombros y los dedos se me adormecieron. Fueron dos horas de encontrarnos las miradas con espanto, aguardando y recelando algo más horrible, con ese ruido que parecía bajar las escaleras y acercarse a cada instante. El mismo aleteo imparable del destino, los puntapiés de la parca enfurecida que quería desclavarse y venir a buscarnos pero le resultaba imposible, eran la impronta de la puerta que sufría. Poco a poco nos resignamos a esperar y a aguantar el escándanlo que se debatía escaleras arriba.
Así pasamos dos horas de tensión insoportable; recuerdo que me adormecí finalmente, agotado, pero no dejé de mantener tapados mis oídos. A eso de las cinco de la mañana el estrépito había cesado.

Manuscrito encontrado detrás de un espejo

Manuscrito encontrado detrás de un espejo

El manuscrito, encontrado por un anticuario de Córdoba en la parte de atrás de un espejo fabricado en el Cuzco, está fechado en 1715. No existen registros de que quien lo firma haya realmente pertenecido al Convento cuyo nombre es preciso omitir.


No sé si la relación (debería decir revelación) que me he propuesto hacer tendrá consecuencias para mí; lo único que sé es que siento la impostergable necesidad de hacerla, que mi espíritu no descansará hasta saberse despojado de estas palabras que me roen las entrañas, como una herrumbre creciente y maligna, como un cáncer extraño y azul.
Por otra parte, sólo una muy mala suerte o la voluntad de la suprema providencia podrían hacer que el manuscrito se descubriera... con todo, si se descubriera por esta última causa, me consolaría pensando que era necesario un castigo para mi acto, y más aun, que los otros testigos implicados en este extraño suceso estaban equivocados. Porque nada me inquieta más que eso, que mi absoluta certeza de que ellos han obrado mal, y de que no debería condenarse al secreto lo que, aparte de confesar sus errores, (nuestros errores), pondría en evidencia la absoluta seguridad de la existencia del orden metafísico de las cosas, de la realidad espiritual, que mas allá de las certezas externas, teatrales, aparentes, de los altares barrocos y las casullas sobrecargadas, ya está comenzando a ceder en muchos de los espíritus europeos, aunque aquí todavía no hayan llegado los ecos de esas dudas más que entre los rumores nerviosos en los pasillos de la biblioteca universitaria, seguidos de la obligación tácita de santiguarse.
Sin embargo estoy tranquilo, al menos en lo que concierne a la seguridad del manuscrito; el reverso de un espejo es un lugar ideal para el descanso de lo que voy a contar ¿descanso o mortaja? No me importa, lo que quiero es que estas palabras salgan de mi espíritu, de mi carne, de mi pobre y ya caduco cuero de cristiano y de presbítero. A veces miro esos pesados mamotretos de la biblioteca jesuítica, con ese cuero sin curtir, y casi me parece ver mi piel, castigada por el sol y por el frío, constelada por el hígado, ese demiurgo banal que se queja de la edad... y mi mente tan llena de esas discusiones teológicas, de doctrinas y doctrinas, quaestiones y más quaestiones, derecho canónico, derecho de Indias, premáticas, fueros y más fueros, contenidos tan previsibles para mi condición como los de esos libracos cuyo propio peso desencuaderna.
En cambio esta relación, mínima, en este pliego de unos pocos folios, con su cuerpo sutil de libreto teatral, podrá dormir en el reverso de este espejo. Pobre espejo, tan breve, tan pequeño, con un marco tan desorbitadamente inmenso, pesado y labrado, y ahora el pobre va a cargar con un peso aun mayor, el secreto que todos los testigos del hecho que voy a referir juramos llevarnos con nosotros. Me observo en su marco, y veo pesando en mi frente el secreto que pronto pesará del otro lado de su luna, del lado secreto y silencioso de su luna.


Pedro tenia diecisiete años cuando comenzó a notarse su... ¿defecto? Así lo consideramos todos en ese entonces. Su voz, tan útil en los oficios religiosos, se resistía al cambio. El espantoso reloj que duerme para siempre la voz angelical de los niños que cantan, parecía remolón en él. A los quince, dieciséis años, puede todavía pensarse en una edad, aunque tardía, relativamente normal para el quiebre de la voz, pero a los diecisiete... ya se veía que su voz no cambiaría, que la feroz alquimia que baja las cuerdas vocales no apoyaría su garra en esa voz alada, angelical, bellísima. Por el contrarío, desde los catorce años su voz se sublimaba, se hacía más brillante, más potente, más segura y cristalina, era algo magnífico. Con el crecimiento de su pecho, de su poderosa caja torácica, la débil flauta se había sublimado en poderosa trompeta, en deslumbrante violín, en amante oboe, en dorada viola da gamba; todos los instrumentos parecían haber depositado en su voz sus más hermosos timbres.

La insulsa música que llegaba del Perú y de las selváticas Misiones del Paraguay le quedaba chica. Interminablemente llana, desconocía, en su sencillez provinciana, los acentos complejos y triunfales del nuevo gusto europeo. Pedro parecía exigir nuevas melodías, nuevas destrezas, y el clima que se creaba en la iglesia cuando cantaba era cada vez más incómodo.
Su voz fluía desde lo alto de la iglesia hacia el altar y los fieles que seguían el oficio. Se sentía en el aire pesado de incienso la tirantez de cejas encrespadas, de manos orantes, heridas en el corazón de su estudiada austeridad. No parecía lícito el desborde de las florituras de Pedro en el coro, atentaba (en ese entonces yo también lo creía) contra la humildad del cuerpo del coro, de la congregación de fieles, del género humano.

Pedro, por su parte, ignoraba la creciente desaprobación de sus facultades. ¿Quién podría apreciar lo que en realidad sucedía? ¿quién, en esta remota ciudad de las Indias, podría darse cuenta de que la virtud, el don de este niño eran algo insólito y nunca visto o, mejor dicho, oído? Yo, que había estudiado algo de música en Ferrara allá por el 1670, y que por un regalo del destino había estrechado la mano, en París, del gran Lully y en Roma la de Corelli, me sentía pasmado por lo que me parecía una injusticia. Injusticia, sí, porque esa voz debería haber nacido en Nápoles, en Bolonia, en Roma, no en estos remotos confines de la Corona Española, condenada al desprecio, a la envidia o a la indiferencia. Pedro, como decía, ignoraba lo que yo empezaba a vislumbrar. Él cantaba, cantaba con un amor hacia el Creador que hacía estremecerse todo el templo, pero a la mayoría de los fieles poco importaba esa belleza, que turbaba y opacaba el oficio en sí, el sermón del sacerdote encargado de la misa. Debo confesar que el embeleso de su voz me distraía de la reflexión y la contrición que son obligación de todo buen cristiano, pero no sé que me pasaba, me parecía que en esa música se disolvían todas mis culpas, mis temores, mis pecados, me sentía infinitamente amado por la divinidad cada vez que escuchaba su canto, y volaba en las notas de Pedro. Pero poco a poco la opinión general prevaleció sobre mí también.

Una tarde que me había subido hasta la parte más alta de la cúpula, para recibir la música en todo su esplendor (porque esa música ascendía, no se esparcía hacia abajo más que en ecos que no hacían justicia a su perfección) me encontré a punto de precipitarme al suelo desde el lugar cercano al coro donde me encontraba; cuando recuperé la conciencia, estaba a punto de perder el equilibrio; en el deleite de mi éxtasis, no sé qué fascinación me había hecho creer que yo habría podido volar acunado en el Kyrie que en ese momento cantaba Pedro. Lancé un grito y la música se detuvo. Todos los fieles miraron hacia arriba y yo pude agazaparme de nuevo en la baranda. Gracias a Dios no pudieron enterarse de quién había lanzado ese grito: mi voz se había deformado en el acceso de pánico y no se había reconocido el timbre, ronco por el terror de caer al vacío y desnucarme. Varios subieron rápidamente, pero me deslicé con más agilidad y me escondí en un nicho que, por suerte, ellos no conocían. Así me libré de una mancha que difícilmente hubiera podido borrar después, pues dudo que pensaran bien acerca de mis motivos para escuchar el coro desde tan cerca, desatendiendo la misa. Ese suceso me hizo reflexionar que estaba siendo enredado por un embeleco diabólico, que me había llevado casi hasta la muerte, y que me había hecho preferir un deleite mundano al encuentro con la eucaristía, pues está claro que estando arriba no podía luego bajar y comulgar, y hubiera puesto en evidencia mi capricho de oír el Kyrie por la música en sí, y no como un mero ornato servil de la liturgia.

A partir de entonces me plegué al horror general y galopante que comenzó a desacreditar esa voz falsa, femenina, impropia de un varón de ya diecisiete años, con un timbre diabólico que parecía encerrar agazapada la garra tersa de un tigre. Además, al casi desplomarme desde la cúpula, yo había tenido una experiencia en carne propia de lo peligrosa que resultaba esa voz para quien se acercara a ella con un poco más de curiosidad. Entonces el ángel comenzó a parecerme una sirena, sedienta del error de los otros, del encantamiento que aleja del buen camino y nos seduce hacia la muerte después de habernos prometido el paraíso. Mi opinión no cambió hasta esa tarde luminosa de setiembre de 1714, cuando sucedió lo que ahora me golpea el espíritu, lo que ahora pugna por salir como una pequeña Minerva ineluctable en su deseo de ver la luz.

En 1712 Pedro cumplía veintiún años, o aproximadamente, ya que no conocíamos sus padres, y había sido criado en el convento y educado bajo el manto de la Iglesia. No desconocía ni los rudimentos de las artes liberales, ni le era ajeno el latín. La misma tarde de Setiembre en que, por una piadosa convención, se había fijado como la fecha de su natalicio, en realidad ignorado por todos, llegaron ciertos paquetes para el convento con mercaderías desde España y desde el Cuzco. Esperábamos, entre otras cosas sin demasiada trascendencia, un buen número de resmas de papel, una buena provisión de incienso, que se había terminado hacía casi dos años, y muy especialmente una talla de un Doloroso que se había encargado doce años atrás. Este último objeto motivaba hacía varias semanas las expectativas del Convento, porque sabíamos de la fama del imaginero cuzqueño que había labrado la imagen, y porque en la descripción que de ella nos había hecho un vecino que meses atrás, por encontrarse en Cuzco, la había visto a medio ejecutar, abundaban los detalles de pasmo y admiración. Mucha gente comenzó a agolparse cuando se bajó de la carreta el pesadísimo bulto que contenía la figura doliente y sangrienta del Cristo policromado. Los primeros en llegar fueron algunos muchachos, entre los cuales se hallaba Pedro. A mí se me encargó, en vista de la agitación general, y a pesar de que habíamos dispuesto mostrar la talla en el oficio del domingo, desenvolverla para que al instante todos, y afuera del convento, pudieran apreciarla. Poco a poco desenvolví los trapos en que había sido envuelta, y como si fuera rescatándola de una mortaja, de un falso sudario, asomó el Cristo doliente, o más bien asomaron sus infinitas heridas, porque la talla –bellísima en el éxtasis de su tormento barroco- estaba bañada en sangre, en un pigmento que imitaba, y pasmosamente bien, el aspecto de la sangre. Nadie reparó en un paquete que, a modo de burla, parecía, había sido colocado entre los brazos del Cristo, como si la estatua no fuera más que el correo de ese pequeño intruso. Para que no cundiera la sorpresa de ver tal cosa entre sus brazos en oración, inmediatamente lo saqué, y se lo entregué al primero que tuve cerca, y ése fue Pedro. No me acordé después de esa circunstancia, turbado como los otros por el dolor expresado en la talla, y por la preocupación de que nadie, en el revuelo de tanta gente, y por descuido, claro, la estropeara.


Al otro día Pedro amaneció distinto. Estaba ausente, absorto en una lejanía que yo no me atreví a indagar. Cuando dejó su humilde cuarto para asistir al oficio, rondé cerca un rato y al cabo entré en él, curioso como cuando me había acercado al mismo Pedro (o a la voz de Pedro) la vez que casi me había precipitado desde la cúpula. Entonces me acordé del paquete extraño. Debajo de su camastro encontré el contenido ilícito y escandaloso que había venido acunado por el Cristo: dos mazos de naipes de clara factura inglesa, y por lo tanto de contrabando, y unos cuantos paquetes de un tabaco que apenas acerqué a mi nariz me dieron náuseas. Pensando que la culpa de Pedro, que seguramente lo carcomía por dentro, era lo que lo había afectado, me reí, y despreocupado, me senté en el camastro. Entonces descubrí lo que realmente lo había perturbado, aunque no lo supe hasta el día fatídico de su... ¿debo decir muerte? No lo sé, no está en mis posibilidades el determinar qué sucedió esa tarde de Setiembre del año pasado, ni creo que nadie pueda estar seguro de lo que realmente le pasó al pobre Pedro. Al sentarme sobre el colchón, debajo de la almohada crujió como un pequeño pájaro herido el papel impreso. Cuando tomé entre mis manos ese pasquín, ese folleto, confirmé mis sospechas de que el paquete era un contrabando. El texto de la portada estaba en inglés, y aunque no domino la lengua, me di cuenta al instante de qué se trataba. Era un libreto de ópera, con la partitura para el Primo Uomo, y era música de Haendel. El maestro Haendel se había hecho famoso en una estadía en Nápoles hacía poco tiempo, de él mis contactos en Italia me habían escrito maravillas, y yo ahora tenía ante mis ojos una partitura con lo más selecto de su música, con su inspiración para la voz de un Primo Uomo...
“Rinaldo, 1711” decía la portada, custodiada por un grabado que era un revuelo de ángeles, trompetas y liras en apoteosis de nubes y mantos flotantes. Se trataba del libreto de la ópera y, como ya dije, de la partitura para las arias. Con ojos ávidos recorrí las notas, y en mi mente luchaban las preguntas por acomodarse y encontrar un sentido a las misteriosas circunstancias que habían hecho llegar hasta las remotas tierras de las Indias esos papeles. En cuanto a los naipes y el tabaco, seguramente el contrabandista -alguien relacionado con el embalaje del Cristo- debió hallarse en apuros cuando manipulaba la peligrosa mercancía y no atinó sino a esconderla con la imagen, pero en cuanto al libreto, no entiendo cómo pudo llegar a sus manos... conjeturo que el encargado de embalar las cosas en Inglaterra lo colocó allí por error. Pero entonces me sorprendía que hubiese podido darse semejante coincidencia: que un conjunto de arias para castrato llegaran a manos de quizás el único soprano masculino en América, no parecía un hecho fortuito, sino que de algún modo parecía haberse colado la influencia de un orden superior. A pesar de todo lo que giraba en mi cabeza, y después de acariciar cada una de esas arias, que resonaban silenciosas en la caverna de mi mente, dejé en el mismo lugar el libreto y decidí no hablar de eso a Pedro, pues en el fondo me daba lástima la suerte que, yo ya lo sospechaba, le reservaba la desaprobación de sus facultades en el Convento.




Pasaron los meses y pudo más la ignorancia general que la belleza de la voz de Pedro: se le prohibió seguir cantando en el coro, y no se le dieron argumentos, la orden, que silenciaba sus motivos, cayó con todo el peso de la arbitrariedad, y Pedro tuvo que resignarse a cantar lejos del Convento, lo suficientemente apartado para no ser oído. Pero nunca dejó de cantar; yo lo sabía porque lo veía regresar feliz del campo, con un aire de tranquilidad que sólo tienen quienes han logrado sus sueños más queridos. Además, por un indicio mucho más objetivo: reconocía entre sus manos una carpeta de cuero en cuyo interior yo sabía qué traía. Pedro iba cada tanto a las afueras de la ciudad a ensayar lo que seguramente le había resultado una música maravillosa: las arias de Haendel. Me imagino su deleite al interpretar esas notas a veces exquisitamente triunfales, a veces terriblemente dolorosas, con una poesía tan fiel a un canon de belleza que sólo un Metastasio había podido crear...

Pasaron los meses, y llegó 1713. Pedro ya no cantaba en el coro, y los otros muchachos, niños en realidad, murmuraban una música terriblemente aburrida y lúgubre, pero nadie consideró la falta de Pedro como algo digno de notarse. Pedro, que no sabía hacer más que cantar, seguía en el Convento, sin actividad alguna. Previendo que su optimismo, su cordialidad y hasta su salud serían minadas por la prohibición brutal, me sorprendí de verlo, con el correr de los días, tan amable y cariñoso como siempre; sus salidas del Convento, por otra parte, eran cada vez más frecuentes.

En Agosto decidí seguirlo, porque tenía curiosidad sobre lo que realmente hacía en sus salidas, y porque extrañaba la miel de su música, esa ambrosía sonora que me había cautivado tanto antes de que me aguijara el miedo de su demoníaca perfección. Por otra parte, no era yo el único que sospechaba las actividades de Pedro. Los Padres del Convento no eran ingenuos, y lo veían demasiado feliz como para no sospechar sus actividades en las salidas; esa sospecha fue el causante del hecho que realmente logró lo que nada había alcanzado antes: herir la vida de Pedro con un dardo de muerte.

Esa tarde de Agosto nunca voy a olvidarla. Preparado en el lugar por donde sabía que iba a pasar, fingía leer un diminuto misal cuyas letras eran ya demasiado pequeñas para que mis ojos las reconocieran. Al rato pasó Pedro, y de lejos comencé a seguirlo, con un vértigo en el plexo de mi vientre, porque en realidad sospechaba lo que él iba a hacer. Por otra parte, ese revuelo de mariposas en mi estómago ahora me parece una premonición corporal de lo que iba a presenciar, pero tal vez es la deformación que la perspectiva del tiempo impone a las circunstancias, cada vez más alejadas de nosotros, lo que me da esa ficticia certeza.
Escondiéndome entre los yuyales cortantes, vi que Pedro se detenía en una pequeña loma. Habríamos caminado unas dos horas desde que desaparecieron los últimos caseríos. Ya el sol no quemaba en el bochorno de la siesta, sino que declinaba dulcemente en el horizonte.

Seguí todos sus movimientos con la tranquilidad de mis confirmadas sospechas, pero cuando escuché el calentamiento de su voz, los solfeos previos a las arias, no pude creer la belleza de lo que eran sólo sus ejercicios. No puedo describir la belleza que revestían las arias que siguieron. Tambaleándome, descompuesto entre arcadas mezcladas con terror, me arrastré en silencio unos metros, y después emprendí la fuga más franca que mis pies me podían otorgar. Esa descompostura, esa descompensación más o menos general de mi cuerpo, se debía, (así lo creo ahora) a la incompatibilidad de su música con mi carácter de humano, de simple alma encarnada en el nivel sublunar. Las arcadas me provocaron un vómito errático, en ese momento no supe a qué se debía; conjeturo ahora que el asco vino de la tácita confrontación de mi naturaleza humana con ese ser ya casi angélico, de la instantánea contemplación de algo para lo que todavía no estaba preparada mi alma. Tal vez se creó una situación de desequilibrio de órdenes cuando escuché esa música; tal vez constituía una violación, pues esa música no estaba destinada al ámbito de los encarnados... era música de las esferas, así, sencilla pero terriblemente expresado. Sentí el horror sagrado del hombre primitivo ante la teofanía del relámpago, ante el grito de un dios terrible en el corazón de un bosque oscuro, ante un rostro gigantesco que amenaza de pronto en los sueños. Era mi incapacidad para entender la belleza de esas notas lo que me había asesinado, prácticamente. Ahora me parece recordar la letra, entre los torrentes de sangre que me enrojecían y oscurecían la visión y la razón, al irrumpir en oleadas masivas en mi masa encefálica, acostumbrada a una irrigación normal:
“lascia, lascia ch’io pianga...”

No sé si Pedro me descubrió, pero mientras huía, ya no escuchaba la música divina y terrible a la vez. Tal vez dejó de cantar... sí, fue eso, que si hubiese seguido haciéndolo durante mi huída, seguramente yo habría muerto.

Pedro seguramente supo lo que sucedió esa tarde. A la semana siguiente, después de la muerte de uno de mis pares, quien falleció terriblemente entre delirios espantosos de visiones infernales, me encontré de nuevo con él en el patio, fresco por la luz de la luna, y noté que bajó sus ojos cuando me vio. Me asombró sin embargo notarlo tan dulce como siempre, incapaz de sentir resentimiento o enfado aun sintiéndose traicionado en la sagrada soledad de su unión con lo divino. Sin embargo, unas horas después, entrada la madrugada, me vino a ver con ojos desorbitados. Entre sollozos, me contó que después de la cena lo habían echado del Convento, que no tenía a dónde ir... alguien había revelado el secreto de sus salidas y no se le podía permitir la desobediencia de un mandato que le había sido impuesto con especial rigor. Entonces comprendí que no sólo yo había seguido a Pedro, que ambos habíamos sido seguidos por el difunto reciente que, estoy seguro, había muerto herido por lo que a mí también casi me había matado. Lo consolé colocando su cabeza entre mis brazos, y ahora me estremezco pensando que acaricié ese cuello sobrenatural, esa ampolla y relicario de un puente que conducía vaya a saber a qué niveles del ser...

Pude tranquilizarlo por esa noche, pero una vez que se fue a su claustro, yo también me sumí en suave desesperación. ¿cómo auxiliar a Pedro? ¿cómo intentar librarlo de una suerte que me tocaría a mí también si protestaba? El sueño me llegó forzado e intranquilo.

A la mañana siguiente, apenas me levanté, no recordé lo sucedido. Sólo atiné a lavarme la cara para ir al oficio matutino, celebrado sólo para los miembros del Convento.


Cuando llegó el Kyrie, amodorrado por el sueño y la salmodia de la liturgia, levanté por inercia la vista hacia la cúpula, y entonces me golpeó, -a todos nos golpeó- el murmullo de unas enormes alas de pájaro. Allá, en la cúpula, Pedro se había colocado las alas, enormes, barrocas, triunfales, que habían servido, siete años antes, para una representación del combate entre Miguel y Luzbel. Gritamos desesperadamente, yo grité hasta quedar exhausto, parecíamos lobos aullando hacia la luna, tendiendo hacia la cúpula los brazos, no sé si suplicando que no se arrojase, o pidiendo la clemencia de ser aceptados en las moradas que las pinturas del techo nos mostraban. Pedro trepó por la baranda de hierro, tambaleándose para no perder el equilibrio. Nuestros alaridos aumentaron, pero al leer en ese rostro majestuoso, blanco como el de un ángel, su última resolución, precipitaron en un silencio absoluto. Sólo quedaba presenciar lo inevitable. Por última vez levanté los brazos y le supliqué que no lo hiciera, que no nos castigara por nuestra intolerancia, por nuestra crueldad, las lágrimas me mordieron las últimas palabras. Pedro entonó, en contra de lo que puede suponerse, notas de alegría:
”Or la tromba in son festante mi richiama a trionfar...” esas notas me clavan todavía su daga de oro en mis oídos apagados.

En su envión al vacío ahogamos un grito hacia adentro, mudo, helado, culpable. Como todos, cerré los puños con fuerza, como todos, cerré los ojos. Cuando los abrí, unas pocas plumas bajaban, en un revuelo arremolinado y tranquilo, traicionando su anhelada* inmaterialidad.

Tomás de Torrejón y Velasco,
presbítero y organista en el Convento de ........................
Setiembre, Año del Señor de 1715.


Diego Roberto Márquez.