sábado, 24 de diciembre de 2011

El sufrimiento de la puerta

El sufrimiento de la puerta
(relato)
Dedicado al Prete Rosso, la notte, Op. X, nº 2 (per fagotto)

Siempre habíamos abrigado el proyecto. Al menos así creíamos, pero me parece también que fue más o menos recién en cuarto año que le dimos forma y concretarlo se convirtió en una urgencia real que tiranizaba nuestras charlas, cuando verdaderamente entrábamos a la adolescencia y comenzaban a golpearnos los misterios y el deseo de conquistarlos.

Quedarnos en el colegio de noche no era una ni un anhelo por infringir las reglas ni por ostentar rebeldía, como tampoco es ahora esta determinación por contar nuestra experiencia una alegoría que pretenda desenmascarar la política del ’30, como en el relato de Cortázar. Quedarnos en el colegio significaba enfrentarnos con la noche; un rito de iniciación que nos abriría el corazón de la verdadera noche. No la noche banal llena de taconeos de prostitutas y borrachos de la Cañada, o la noche de la calle Colón, sin respiro de autos que pasan y frenan, al compás del semáforo, sino la Noche misma; la noche en que se revuelven en sus lechos de hierro horrores que escapan al lenguaje, la noche en que las Furias se babean con sus rostros de perras y ojos inyectados en sangre, mientras agitan látigos tachonados de bronce.
No podíamos, para coronar nuestra hazaña, entrar por ningún sitio: la Duarte Quirós es muy transitada por vehículos, y el portón principal, guarnecido con remaches enormes, no admitiría otra violación que la franca embestida del ariete, acción más afín a una pública revolución del estudiantado que a nuestra tímida y privada aventura. Decidimos pues, quedarnos después de clase. Nos atrincheramos en el Centro de Estudiantes, mísero tugurio con el que la generosidad del regente nos había distinguido, de cuya pesada atmósfera, enrarecida a fuerza de cigarrillos fumados en las chupinas, ejercíamos absoluta soberanía y de cuya puerta teníamos sólo nosotros la llave.
Si bien cursamos toda la secundaria en el turno mañana, podíamos quedarnos en el saloncito del Centro a la tarde, y esa tarde ya no salimos de allí. A eso de las ocho de la noche cerramos la puerta con llave, y callamos. Como el colegio tiene turno noche para el nivel terciario, no pudimos hablar más que entre susurros, no fuese que alguien pasara por allí y nos escuchase. Fueron varias horas de encierro sofocante, porque ya era noviembre.
A las doce y media de la noche no se sintieron más ruidos ni andanzas, y nos arriesgamos a salir por fin. Aunque la noche no era muy fresca, a nosotros nos lo pareció incomparablemente, y nuestros pulmones agradecieron el aire del exterior, ya que el aire del cuartucho donde habíamos estado cuatro horas fumando y jugando a un truco que nos torturaba porque teníamos que contener los gritos y los insultos se había vuelto irrespirable.
Había luna llena y el silencio era impresionante. Todo era irreal, las sombras larguísimas y oblicuas de los arcos, las escaleras de orificio tan negro que no se veían ni los dedos de la mano, las galerías que parecían infinitamente más largas e inaccesibles. El patio era cosa de no creer: la noche se estrellaba contra la fuente y las enredaderas fantasmales temblaban, aunque no había ni pizca de viento. Las formas parecían sumidas en un sueño. El ambiente era acunado por una tranquilidad inquieta, y en el aire flotaba como el largo de un concierto veneciano insinuando peligros con su misma quietud amenazante. Todas las cosas vibraban con una energía rara, las puertas de las aulas, que parecían dar a distantes universos, emanaban un cálido aliento vibrando en notas bajas y oscuras. Era el canto de la Noche.
Ni en nuestros más osados sueños vislumbramos semejante clima. La noche respiraba todas sus fantasmagorías, segura de no ser descubierta en el prohibido territorio del colegio nocturno, pero nosotros la habíamos traicionado. Como una púdica Diana que se cree a salvo de ojos profanos, la noche desplegaba en ese coto vedado a los hombres su impenetrable belleza y se complacía en la misma voluptuosidad de sus tranquilos terrores, pero también como a Diana, le había sido profanada su nívea desnudez por nosotros, osados Acteones adolescentes.
Decidimos explorar por los pisos superiores. En el primer piso una oscuridad todavía más apretada, hasta el punto de la negrura absoluta, nos obligaba a caminar a tientas, rozando las paredes. Cruzamos el pasillo principal, hasta el salón de actos. Los ventanales dejaban entrar plenamente la luz de la luna, que recién empezaba a asomarse por sobre el cuadrado de cielo que recorta el patio. En el piso se repetía, distorsionado, el geométrico diseño de los vidrios, con esa distorsión propia de las alucinaciones lunáticas que engendran los desórdenes del hígado, provocando el sabor opresivo de la pesadilla.
Después subimos hasta el segundo piso. La misma quietud amenazante, los pasillos fugándose en perspectivas irreales, las estancias desoladas, equilibrando en un filo de espada la inmovilidad forzada de las cosas. Ya nos habíamos aclimatado a la exploración, silentes como si hubiésemos deambulado siglos por los claustros sin encontrar la salida, ofuscados por nuestros odios sin cicatrizar. Íbamos oscuros, en medio de la noche silenciosa. De pronto se sintió un ruido como una bofetada de toda la arquitectura, un portazo dado con vigor desquiciado, cósmico, que cundió en el vacío sepulcral haciéndolo añicos y explotando en olas concéntricas de sonido; luego hubo otro y otro, y fueron sucediéndose hasta que adquirieron ritmo acompasado y veloz; corrimos hacia el sitio de donde provenía: el pasillo interminable del ala oeste del segundo piso, ese en cuyo final hay un aula última y lejana.
Ahí, en medio del silencio de la noche, rompiendo con escándalo la quietud de las galerías, los patios y los salones, la puerta al final del pasillo se abría y cerraba histéricamente, como autoflagelándose, castigándose y sufriendo para siempre. Resonaban con terrible furor los goznes, el marco, la hoja misma... y parecía que siempre había estado, desde la eternidad, abriéndose y cerrándose sin control y con furia inconcebible. Daba la sensación de querer descuajarse, arrancarse, disconforme y eternamente furiosa por razones oscuras que no llegamos a entender. Era el latido de la Noche.
Corrimos a tientas desparramándonos en estampida por el pasillo principal con los golpes taladrándonos en los oídos, y nos descolgamos por las ciegas escaleras a empellones; ganamos nuestro refugio del Centro y nos encerramos con llave, agradeciendo su reducido tamaño que nos hacía estar cerca los unos de los otros, sintiéndonos el aliento, resollando por el terror y el correteo, unidos en nuestra desesperación e indefensión mutua... pero en alguna parte allá arriba, y con un eco sordo, continuaba el golpeteo atroz de la puerta, que reinaba soberano por los ámbitos y retumbaba en todo el edificio, como buscando imponer un ritmo de muerte desde un ala remota de los pisos superiores.
Nos tapamos los oídos para no volvernos locos, yo con tanta fuerza que me dolían los hombros y los dedos se me adormecieron. Fueron dos horas de encontrarnos las miradas con espanto, aguardando y recelando algo más horrible, con ese ruido que parecía bajar las escaleras y acercarse a cada instante. El mismo aleteo imparable del destino, los puntapiés de la parca enfurecida que quería desclavarse y venir a buscarnos pero le resultaba imposible, eran la impronta de la puerta que sufría. Poco a poco nos resignamos a esperar y a aguantar el escándanlo que se debatía escaleras arriba.
Así pasamos dos horas de tensión insoportable; recuerdo que me adormecí finalmente, agotado, pero no dejé de mantener tapados mis oídos. A eso de las cinco de la mañana el estrépito había cesado.

Manuscrito encontrado detrás de un espejo

Manuscrito encontrado detrás de un espejo

El manuscrito, encontrado por un anticuario de Córdoba en la parte de atrás de un espejo fabricado en el Cuzco, está fechado en 1715. No existen registros de que quien lo firma haya realmente pertenecido al Convento cuyo nombre es preciso omitir.


No sé si la relación (debería decir revelación) que me he propuesto hacer tendrá consecuencias para mí; lo único que sé es que siento la impostergable necesidad de hacerla, que mi espíritu no descansará hasta saberse despojado de estas palabras que me roen las entrañas, como una herrumbre creciente y maligna, como un cáncer extraño y azul.
Por otra parte, sólo una muy mala suerte o la voluntad de la suprema providencia podrían hacer que el manuscrito se descubriera... con todo, si se descubriera por esta última causa, me consolaría pensando que era necesario un castigo para mi acto, y más aun, que los otros testigos implicados en este extraño suceso estaban equivocados. Porque nada me inquieta más que eso, que mi absoluta certeza de que ellos han obrado mal, y de que no debería condenarse al secreto lo que, aparte de confesar sus errores, (nuestros errores), pondría en evidencia la absoluta seguridad de la existencia del orden metafísico de las cosas, de la realidad espiritual, que mas allá de las certezas externas, teatrales, aparentes, de los altares barrocos y las casullas sobrecargadas, ya está comenzando a ceder en muchos de los espíritus europeos, aunque aquí todavía no hayan llegado los ecos de esas dudas más que entre los rumores nerviosos en los pasillos de la biblioteca universitaria, seguidos de la obligación tácita de santiguarse.
Sin embargo estoy tranquilo, al menos en lo que concierne a la seguridad del manuscrito; el reverso de un espejo es un lugar ideal para el descanso de lo que voy a contar ¿descanso o mortaja? No me importa, lo que quiero es que estas palabras salgan de mi espíritu, de mi carne, de mi pobre y ya caduco cuero de cristiano y de presbítero. A veces miro esos pesados mamotretos de la biblioteca jesuítica, con ese cuero sin curtir, y casi me parece ver mi piel, castigada por el sol y por el frío, constelada por el hígado, ese demiurgo banal que se queja de la edad... y mi mente tan llena de esas discusiones teológicas, de doctrinas y doctrinas, quaestiones y más quaestiones, derecho canónico, derecho de Indias, premáticas, fueros y más fueros, contenidos tan previsibles para mi condición como los de esos libracos cuyo propio peso desencuaderna.
En cambio esta relación, mínima, en este pliego de unos pocos folios, con su cuerpo sutil de libreto teatral, podrá dormir en el reverso de este espejo. Pobre espejo, tan breve, tan pequeño, con un marco tan desorbitadamente inmenso, pesado y labrado, y ahora el pobre va a cargar con un peso aun mayor, el secreto que todos los testigos del hecho que voy a referir juramos llevarnos con nosotros. Me observo en su marco, y veo pesando en mi frente el secreto que pronto pesará del otro lado de su luna, del lado secreto y silencioso de su luna.


Pedro tenia diecisiete años cuando comenzó a notarse su... ¿defecto? Así lo consideramos todos en ese entonces. Su voz, tan útil en los oficios religiosos, se resistía al cambio. El espantoso reloj que duerme para siempre la voz angelical de los niños que cantan, parecía remolón en él. A los quince, dieciséis años, puede todavía pensarse en una edad, aunque tardía, relativamente normal para el quiebre de la voz, pero a los diecisiete... ya se veía que su voz no cambiaría, que la feroz alquimia que baja las cuerdas vocales no apoyaría su garra en esa voz alada, angelical, bellísima. Por el contrarío, desde los catorce años su voz se sublimaba, se hacía más brillante, más potente, más segura y cristalina, era algo magnífico. Con el crecimiento de su pecho, de su poderosa caja torácica, la débil flauta se había sublimado en poderosa trompeta, en deslumbrante violín, en amante oboe, en dorada viola da gamba; todos los instrumentos parecían haber depositado en su voz sus más hermosos timbres.

La insulsa música que llegaba del Perú y de las selváticas Misiones del Paraguay le quedaba chica. Interminablemente llana, desconocía, en su sencillez provinciana, los acentos complejos y triunfales del nuevo gusto europeo. Pedro parecía exigir nuevas melodías, nuevas destrezas, y el clima que se creaba en la iglesia cuando cantaba era cada vez más incómodo.
Su voz fluía desde lo alto de la iglesia hacia el altar y los fieles que seguían el oficio. Se sentía en el aire pesado de incienso la tirantez de cejas encrespadas, de manos orantes, heridas en el corazón de su estudiada austeridad. No parecía lícito el desborde de las florituras de Pedro en el coro, atentaba (en ese entonces yo también lo creía) contra la humildad del cuerpo del coro, de la congregación de fieles, del género humano.

Pedro, por su parte, ignoraba la creciente desaprobación de sus facultades. ¿Quién podría apreciar lo que en realidad sucedía? ¿quién, en esta remota ciudad de las Indias, podría darse cuenta de que la virtud, el don de este niño eran algo insólito y nunca visto o, mejor dicho, oído? Yo, que había estudiado algo de música en Ferrara allá por el 1670, y que por un regalo del destino había estrechado la mano, en París, del gran Lully y en Roma la de Corelli, me sentía pasmado por lo que me parecía una injusticia. Injusticia, sí, porque esa voz debería haber nacido en Nápoles, en Bolonia, en Roma, no en estos remotos confines de la Corona Española, condenada al desprecio, a la envidia o a la indiferencia. Pedro, como decía, ignoraba lo que yo empezaba a vislumbrar. Él cantaba, cantaba con un amor hacia el Creador que hacía estremecerse todo el templo, pero a la mayoría de los fieles poco importaba esa belleza, que turbaba y opacaba el oficio en sí, el sermón del sacerdote encargado de la misa. Debo confesar que el embeleso de su voz me distraía de la reflexión y la contrición que son obligación de todo buen cristiano, pero no sé que me pasaba, me parecía que en esa música se disolvían todas mis culpas, mis temores, mis pecados, me sentía infinitamente amado por la divinidad cada vez que escuchaba su canto, y volaba en las notas de Pedro. Pero poco a poco la opinión general prevaleció sobre mí también.

Una tarde que me había subido hasta la parte más alta de la cúpula, para recibir la música en todo su esplendor (porque esa música ascendía, no se esparcía hacia abajo más que en ecos que no hacían justicia a su perfección) me encontré a punto de precipitarme al suelo desde el lugar cercano al coro donde me encontraba; cuando recuperé la conciencia, estaba a punto de perder el equilibrio; en el deleite de mi éxtasis, no sé qué fascinación me había hecho creer que yo habría podido volar acunado en el Kyrie que en ese momento cantaba Pedro. Lancé un grito y la música se detuvo. Todos los fieles miraron hacia arriba y yo pude agazaparme de nuevo en la baranda. Gracias a Dios no pudieron enterarse de quién había lanzado ese grito: mi voz se había deformado en el acceso de pánico y no se había reconocido el timbre, ronco por el terror de caer al vacío y desnucarme. Varios subieron rápidamente, pero me deslicé con más agilidad y me escondí en un nicho que, por suerte, ellos no conocían. Así me libré de una mancha que difícilmente hubiera podido borrar después, pues dudo que pensaran bien acerca de mis motivos para escuchar el coro desde tan cerca, desatendiendo la misa. Ese suceso me hizo reflexionar que estaba siendo enredado por un embeleco diabólico, que me había llevado casi hasta la muerte, y que me había hecho preferir un deleite mundano al encuentro con la eucaristía, pues está claro que estando arriba no podía luego bajar y comulgar, y hubiera puesto en evidencia mi capricho de oír el Kyrie por la música en sí, y no como un mero ornato servil de la liturgia.

A partir de entonces me plegué al horror general y galopante que comenzó a desacreditar esa voz falsa, femenina, impropia de un varón de ya diecisiete años, con un timbre diabólico que parecía encerrar agazapada la garra tersa de un tigre. Además, al casi desplomarme desde la cúpula, yo había tenido una experiencia en carne propia de lo peligrosa que resultaba esa voz para quien se acercara a ella con un poco más de curiosidad. Entonces el ángel comenzó a parecerme una sirena, sedienta del error de los otros, del encantamiento que aleja del buen camino y nos seduce hacia la muerte después de habernos prometido el paraíso. Mi opinión no cambió hasta esa tarde luminosa de setiembre de 1714, cuando sucedió lo que ahora me golpea el espíritu, lo que ahora pugna por salir como una pequeña Minerva ineluctable en su deseo de ver la luz.

En 1712 Pedro cumplía veintiún años, o aproximadamente, ya que no conocíamos sus padres, y había sido criado en el convento y educado bajo el manto de la Iglesia. No desconocía ni los rudimentos de las artes liberales, ni le era ajeno el latín. La misma tarde de Setiembre en que, por una piadosa convención, se había fijado como la fecha de su natalicio, en realidad ignorado por todos, llegaron ciertos paquetes para el convento con mercaderías desde España y desde el Cuzco. Esperábamos, entre otras cosas sin demasiada trascendencia, un buen número de resmas de papel, una buena provisión de incienso, que se había terminado hacía casi dos años, y muy especialmente una talla de un Doloroso que se había encargado doce años atrás. Este último objeto motivaba hacía varias semanas las expectativas del Convento, porque sabíamos de la fama del imaginero cuzqueño que había labrado la imagen, y porque en la descripción que de ella nos había hecho un vecino que meses atrás, por encontrarse en Cuzco, la había visto a medio ejecutar, abundaban los detalles de pasmo y admiración. Mucha gente comenzó a agolparse cuando se bajó de la carreta el pesadísimo bulto que contenía la figura doliente y sangrienta del Cristo policromado. Los primeros en llegar fueron algunos muchachos, entre los cuales se hallaba Pedro. A mí se me encargó, en vista de la agitación general, y a pesar de que habíamos dispuesto mostrar la talla en el oficio del domingo, desenvolverla para que al instante todos, y afuera del convento, pudieran apreciarla. Poco a poco desenvolví los trapos en que había sido envuelta, y como si fuera rescatándola de una mortaja, de un falso sudario, asomó el Cristo doliente, o más bien asomaron sus infinitas heridas, porque la talla –bellísima en el éxtasis de su tormento barroco- estaba bañada en sangre, en un pigmento que imitaba, y pasmosamente bien, el aspecto de la sangre. Nadie reparó en un paquete que, a modo de burla, parecía, había sido colocado entre los brazos del Cristo, como si la estatua no fuera más que el correo de ese pequeño intruso. Para que no cundiera la sorpresa de ver tal cosa entre sus brazos en oración, inmediatamente lo saqué, y se lo entregué al primero que tuve cerca, y ése fue Pedro. No me acordé después de esa circunstancia, turbado como los otros por el dolor expresado en la talla, y por la preocupación de que nadie, en el revuelo de tanta gente, y por descuido, claro, la estropeara.


Al otro día Pedro amaneció distinto. Estaba ausente, absorto en una lejanía que yo no me atreví a indagar. Cuando dejó su humilde cuarto para asistir al oficio, rondé cerca un rato y al cabo entré en él, curioso como cuando me había acercado al mismo Pedro (o a la voz de Pedro) la vez que casi me había precipitado desde la cúpula. Entonces me acordé del paquete extraño. Debajo de su camastro encontré el contenido ilícito y escandaloso que había venido acunado por el Cristo: dos mazos de naipes de clara factura inglesa, y por lo tanto de contrabando, y unos cuantos paquetes de un tabaco que apenas acerqué a mi nariz me dieron náuseas. Pensando que la culpa de Pedro, que seguramente lo carcomía por dentro, era lo que lo había afectado, me reí, y despreocupado, me senté en el camastro. Entonces descubrí lo que realmente lo había perturbado, aunque no lo supe hasta el día fatídico de su... ¿debo decir muerte? No lo sé, no está en mis posibilidades el determinar qué sucedió esa tarde de Setiembre del año pasado, ni creo que nadie pueda estar seguro de lo que realmente le pasó al pobre Pedro. Al sentarme sobre el colchón, debajo de la almohada crujió como un pequeño pájaro herido el papel impreso. Cuando tomé entre mis manos ese pasquín, ese folleto, confirmé mis sospechas de que el paquete era un contrabando. El texto de la portada estaba en inglés, y aunque no domino la lengua, me di cuenta al instante de qué se trataba. Era un libreto de ópera, con la partitura para el Primo Uomo, y era música de Haendel. El maestro Haendel se había hecho famoso en una estadía en Nápoles hacía poco tiempo, de él mis contactos en Italia me habían escrito maravillas, y yo ahora tenía ante mis ojos una partitura con lo más selecto de su música, con su inspiración para la voz de un Primo Uomo...
“Rinaldo, 1711” decía la portada, custodiada por un grabado que era un revuelo de ángeles, trompetas y liras en apoteosis de nubes y mantos flotantes. Se trataba del libreto de la ópera y, como ya dije, de la partitura para las arias. Con ojos ávidos recorrí las notas, y en mi mente luchaban las preguntas por acomodarse y encontrar un sentido a las misteriosas circunstancias que habían hecho llegar hasta las remotas tierras de las Indias esos papeles. En cuanto a los naipes y el tabaco, seguramente el contrabandista -alguien relacionado con el embalaje del Cristo- debió hallarse en apuros cuando manipulaba la peligrosa mercancía y no atinó sino a esconderla con la imagen, pero en cuanto al libreto, no entiendo cómo pudo llegar a sus manos... conjeturo que el encargado de embalar las cosas en Inglaterra lo colocó allí por error. Pero entonces me sorprendía que hubiese podido darse semejante coincidencia: que un conjunto de arias para castrato llegaran a manos de quizás el único soprano masculino en América, no parecía un hecho fortuito, sino que de algún modo parecía haberse colado la influencia de un orden superior. A pesar de todo lo que giraba en mi cabeza, y después de acariciar cada una de esas arias, que resonaban silenciosas en la caverna de mi mente, dejé en el mismo lugar el libreto y decidí no hablar de eso a Pedro, pues en el fondo me daba lástima la suerte que, yo ya lo sospechaba, le reservaba la desaprobación de sus facultades en el Convento.




Pasaron los meses y pudo más la ignorancia general que la belleza de la voz de Pedro: se le prohibió seguir cantando en el coro, y no se le dieron argumentos, la orden, que silenciaba sus motivos, cayó con todo el peso de la arbitrariedad, y Pedro tuvo que resignarse a cantar lejos del Convento, lo suficientemente apartado para no ser oído. Pero nunca dejó de cantar; yo lo sabía porque lo veía regresar feliz del campo, con un aire de tranquilidad que sólo tienen quienes han logrado sus sueños más queridos. Además, por un indicio mucho más objetivo: reconocía entre sus manos una carpeta de cuero en cuyo interior yo sabía qué traía. Pedro iba cada tanto a las afueras de la ciudad a ensayar lo que seguramente le había resultado una música maravillosa: las arias de Haendel. Me imagino su deleite al interpretar esas notas a veces exquisitamente triunfales, a veces terriblemente dolorosas, con una poesía tan fiel a un canon de belleza que sólo un Metastasio había podido crear...

Pasaron los meses, y llegó 1713. Pedro ya no cantaba en el coro, y los otros muchachos, niños en realidad, murmuraban una música terriblemente aburrida y lúgubre, pero nadie consideró la falta de Pedro como algo digno de notarse. Pedro, que no sabía hacer más que cantar, seguía en el Convento, sin actividad alguna. Previendo que su optimismo, su cordialidad y hasta su salud serían minadas por la prohibición brutal, me sorprendí de verlo, con el correr de los días, tan amable y cariñoso como siempre; sus salidas del Convento, por otra parte, eran cada vez más frecuentes.

En Agosto decidí seguirlo, porque tenía curiosidad sobre lo que realmente hacía en sus salidas, y porque extrañaba la miel de su música, esa ambrosía sonora que me había cautivado tanto antes de que me aguijara el miedo de su demoníaca perfección. Por otra parte, no era yo el único que sospechaba las actividades de Pedro. Los Padres del Convento no eran ingenuos, y lo veían demasiado feliz como para no sospechar sus actividades en las salidas; esa sospecha fue el causante del hecho que realmente logró lo que nada había alcanzado antes: herir la vida de Pedro con un dardo de muerte.

Esa tarde de Agosto nunca voy a olvidarla. Preparado en el lugar por donde sabía que iba a pasar, fingía leer un diminuto misal cuyas letras eran ya demasiado pequeñas para que mis ojos las reconocieran. Al rato pasó Pedro, y de lejos comencé a seguirlo, con un vértigo en el plexo de mi vientre, porque en realidad sospechaba lo que él iba a hacer. Por otra parte, ese revuelo de mariposas en mi estómago ahora me parece una premonición corporal de lo que iba a presenciar, pero tal vez es la deformación que la perspectiva del tiempo impone a las circunstancias, cada vez más alejadas de nosotros, lo que me da esa ficticia certeza.
Escondiéndome entre los yuyales cortantes, vi que Pedro se detenía en una pequeña loma. Habríamos caminado unas dos horas desde que desaparecieron los últimos caseríos. Ya el sol no quemaba en el bochorno de la siesta, sino que declinaba dulcemente en el horizonte.

Seguí todos sus movimientos con la tranquilidad de mis confirmadas sospechas, pero cuando escuché el calentamiento de su voz, los solfeos previos a las arias, no pude creer la belleza de lo que eran sólo sus ejercicios. No puedo describir la belleza que revestían las arias que siguieron. Tambaleándome, descompuesto entre arcadas mezcladas con terror, me arrastré en silencio unos metros, y después emprendí la fuga más franca que mis pies me podían otorgar. Esa descompostura, esa descompensación más o menos general de mi cuerpo, se debía, (así lo creo ahora) a la incompatibilidad de su música con mi carácter de humano, de simple alma encarnada en el nivel sublunar. Las arcadas me provocaron un vómito errático, en ese momento no supe a qué se debía; conjeturo ahora que el asco vino de la tácita confrontación de mi naturaleza humana con ese ser ya casi angélico, de la instantánea contemplación de algo para lo que todavía no estaba preparada mi alma. Tal vez se creó una situación de desequilibrio de órdenes cuando escuché esa música; tal vez constituía una violación, pues esa música no estaba destinada al ámbito de los encarnados... era música de las esferas, así, sencilla pero terriblemente expresado. Sentí el horror sagrado del hombre primitivo ante la teofanía del relámpago, ante el grito de un dios terrible en el corazón de un bosque oscuro, ante un rostro gigantesco que amenaza de pronto en los sueños. Era mi incapacidad para entender la belleza de esas notas lo que me había asesinado, prácticamente. Ahora me parece recordar la letra, entre los torrentes de sangre que me enrojecían y oscurecían la visión y la razón, al irrumpir en oleadas masivas en mi masa encefálica, acostumbrada a una irrigación normal:
“lascia, lascia ch’io pianga...”

No sé si Pedro me descubrió, pero mientras huía, ya no escuchaba la música divina y terrible a la vez. Tal vez dejó de cantar... sí, fue eso, que si hubiese seguido haciéndolo durante mi huída, seguramente yo habría muerto.

Pedro seguramente supo lo que sucedió esa tarde. A la semana siguiente, después de la muerte de uno de mis pares, quien falleció terriblemente entre delirios espantosos de visiones infernales, me encontré de nuevo con él en el patio, fresco por la luz de la luna, y noté que bajó sus ojos cuando me vio. Me asombró sin embargo notarlo tan dulce como siempre, incapaz de sentir resentimiento o enfado aun sintiéndose traicionado en la sagrada soledad de su unión con lo divino. Sin embargo, unas horas después, entrada la madrugada, me vino a ver con ojos desorbitados. Entre sollozos, me contó que después de la cena lo habían echado del Convento, que no tenía a dónde ir... alguien había revelado el secreto de sus salidas y no se le podía permitir la desobediencia de un mandato que le había sido impuesto con especial rigor. Entonces comprendí que no sólo yo había seguido a Pedro, que ambos habíamos sido seguidos por el difunto reciente que, estoy seguro, había muerto herido por lo que a mí también casi me había matado. Lo consolé colocando su cabeza entre mis brazos, y ahora me estremezco pensando que acaricié ese cuello sobrenatural, esa ampolla y relicario de un puente que conducía vaya a saber a qué niveles del ser...

Pude tranquilizarlo por esa noche, pero una vez que se fue a su claustro, yo también me sumí en suave desesperación. ¿cómo auxiliar a Pedro? ¿cómo intentar librarlo de una suerte que me tocaría a mí también si protestaba? El sueño me llegó forzado e intranquilo.

A la mañana siguiente, apenas me levanté, no recordé lo sucedido. Sólo atiné a lavarme la cara para ir al oficio matutino, celebrado sólo para los miembros del Convento.


Cuando llegó el Kyrie, amodorrado por el sueño y la salmodia de la liturgia, levanté por inercia la vista hacia la cúpula, y entonces me golpeó, -a todos nos golpeó- el murmullo de unas enormes alas de pájaro. Allá, en la cúpula, Pedro se había colocado las alas, enormes, barrocas, triunfales, que habían servido, siete años antes, para una representación del combate entre Miguel y Luzbel. Gritamos desesperadamente, yo grité hasta quedar exhausto, parecíamos lobos aullando hacia la luna, tendiendo hacia la cúpula los brazos, no sé si suplicando que no se arrojase, o pidiendo la clemencia de ser aceptados en las moradas que las pinturas del techo nos mostraban. Pedro trepó por la baranda de hierro, tambaleándose para no perder el equilibrio. Nuestros alaridos aumentaron, pero al leer en ese rostro majestuoso, blanco como el de un ángel, su última resolución, precipitaron en un silencio absoluto. Sólo quedaba presenciar lo inevitable. Por última vez levanté los brazos y le supliqué que no lo hiciera, que no nos castigara por nuestra intolerancia, por nuestra crueldad, las lágrimas me mordieron las últimas palabras. Pedro entonó, en contra de lo que puede suponerse, notas de alegría:
”Or la tromba in son festante mi richiama a trionfar...” esas notas me clavan todavía su daga de oro en mis oídos apagados.

En su envión al vacío ahogamos un grito hacia adentro, mudo, helado, culpable. Como todos, cerré los puños con fuerza, como todos, cerré los ojos. Cuando los abrí, unas pocas plumas bajaban, en un revuelo arremolinado y tranquilo, traicionando su anhelada* inmaterialidad.

Tomás de Torrejón y Velasco,
presbítero y organista en el Convento de ........................
Setiembre, Año del Señor de 1715.


Diego Roberto Márquez.

Los túneles de la Compañía

Los túneles de la Compañía

La primera vez que descendí a la cripta de la iglesia de la Compañía de Jesús fue en 1989, hace ya diecinueve años. Nos había pedido el profesor de Historia del Arte que hiciéramos un trabajo de investigación sobre algún templo de la ciudad para exponer al frente un estudio de su historia y de su estilo arquitectónico, y en el sorteo que hizo de las principales iglesias, a mi grupo le tocó la más antigua de Córdoba: la Compañía. Quizás, también, su templo más hermoso. No sabía yo entonces las implicancias y reverberos que tendría esa visita, muchos años después.
Cuando uno tiene dieciséis años, la muerte es algo lejano, solamente una palabra. Después adquiere su verdadera dimensión, cuando ya se ha estado cerca de varias muertes, dentro o fuera de la propia familia. Así me sucedió en esa ocasión, por más que la tuve cerca en mil ejemplos.
La entrada a la cripta se abre al levantar una pesadísima losa de mármol que, como una de esas cuevas de las mil y una noches, da acceso a un mundo subterráneo olvidado. Los escalones que se recortaban cuando levantamos los cuatro clavos que permiten elevar la losa, ubicada exactamente unos pasos delante del altar, eran estrechísimos, y sólo apoyando el pie de costado se podían bajar los exabruptos y carcomidos escalones. Los bajamos cuatro alumnos monserratenses de dieciséis años, pasmados por lo que pudiéramos hallar abajo, esa tarde de invierno de 1989… la sala a la que accedimos estaba, a pesar de contar con más de trescientos años, ya bajo el imperio de la luz eléctrica, porque se habían adaptado torpemente unas bombillas de luz con cableado por afuera para iluminarla. Pero en ese ámbito reinaba no obstante un aire diferente, que acusaba moho y los hongos de las osamentas. El techo era bajo, apenas por sobre la cabeza de un hombre de estatura media (un metro ochenta) digamos.
La habitación contaba como con un poyo hecho de argamasa antigua, como un asiento que daba vuelta a las cuatro paredes, pero en toda su extensión había montañitas de tierra; se nos dijo (el cura que nos había facilitado amablemente la entrada a esta cripta nos lo aclaró) que eran las cenizas de los indios cremados que habían trabajado en la construcción de toda la iglesia. En el suelo había varias cajas, de madera de embalaje, cada una tenía una inscripción, el nombre de un cristiano y una calavera pintada con dos fémures cruzados, y esto denunciaba que en su interior reposaban las osamentas de muchos curas de la iglesia, cada uno acompañado de su fecha de nacimiento y muerte. A la derecha se abría una entradita a otra habitación más pequeña. Estaba vacía. Directamente al frente de la abertura, se abría una especie de ventana, como la boca de un horno de pan; todo estaba muy oscuro. Nos asomamos y vimos que daba a un hueco grande, lleno completamente de huesos, que se encontraban en un nivel todavía más bajo que las primeras dos habitaciones de la cripta. A la derecha había un columbario con lugar para dos urnas: una contenía una urna de madera lustrada que rezaba el nombre del fundador de la Universidad, el arzobispo Trejo y Sanabria, y debajo de este orificio había otro que atesoraba los huesos de Duarte y Quirós, el fundador del Convictorio del Monserrat, muerto en 1706. Esta segunda habitación estaba ya totalmente a oscuras y su factura era mucho más tosca que la anterior, la argamasa era más irregular y de paredes casi excavadas en la roca misma, no había aquí luz eléctrica y debimos encender unas linternas que yacían en el piso, deliberadamente dejadas allí para esta función. Ahí se acababa (o parecía acabarse) toda la extensión de la cripta. Sacamos algunas fotos y nos sentimos contentos de salir de ese ámbito de catacumbas. Teníamos suficiente para lucirnos en la clase expositiva que dimos, y creo que así fue.
Pasaron los años y con su acumulación valoré cada vez más esa rara oportunidad de acceder a una profundidad donde casi ningún cordobés había tenido el privilegio de llegar.
Años después empezó a eslabonarse la serie de intereses que me condujeron a la segunda visita a la cripta, esta vez sin amigos, con otro cura.
Debo aclarar que a los veinte años emprendí, sin conexión con mi primera exploración en grupo, extrañas lecturas que me hicieron repensar en la cripta. Leí cosas escritas sobre ciertos túneles que, naciendo de los templos más antiguos de la Córdoba colonial, se perdían bajo tierra y llegaban hasta Alta Gracia. Vagas alusiones a ellos los tildaban de pasadizos secretos para la fuga de las autoridades eclesiásticas en caso de peligro, revolución o invasión, pero a esto se objetaba que eran labores subterráneas harto trabajosas o imposibles de realizar por medio de los recursos con que se contaba en el siglo XVII en estas partes del mundo, y que no era posible creer que realmente existiesen. Pero ahí estaban las fotos de 1920, y el apoyo del Padre Grenón a estos rumores. Se decía que recorrían varios kilómetros bajo tierra y que eran de suficiente envergadura como para que por ellos circulase un carruaje pequeño. En mis lecturas, por otra parte, el suizo von Däniken hablaba de ciertos túneles que corren por las entrañas de América del Sur aprovechando fallas geológicas y que se internan en las profundidades de los Andes recorriendo miles de kilómetros por Bolivia, Perú y Ecuador, guías a un mundo antediluviano de superhombres que ahora dormían un sueño de olvido y decadencia.
Se afirmaba que algunos de estos túneles se adentraban en las plataformas continentales suboceánicas y extendían sus tentáculos ramificándose hacia la isla de Pascua desde Tiahuanaco, como resabios de un sistema antiquísimo construido por los lemures de la antigua Mu, decenas o cientos de miles de años antes de la aparición del hombre tal como hoy lo conocemos. La subterránea ciudad de Erks, la ciudad secreta latente en algún intersticio dimensional, según se contaba, sita debajo del Uritorco, en Capilla del Monte (cuyos temblores y fragores subterráneos ya eran conocidos de los indios autóctonos), parecía abonar estos rumores. Y yo relacioné todas estas lecturas trasnochadas con la cripta de la Compañía de Jesús, que era el epicentro desde donde quizás se podía acceder a un territorio inexplorado.
Me propuse zanjar la cuestión y diecinueve años después de la primera visita, decidí repetirla. Estaba dispuesto a encontrar la entrada que me abriría el acceso a los secretos subterráneos de esa Córdoba antediluviana. No sabía los oscuros avatares que me esperaba presenciar.
Haciéndome pasar por un estudiante de Historia del Arte, pero esta vez de la Facultad de Arquitectura, y habiendo falsificado acreditaciones de dicha institución, franqueé la barrera de prurito que limitaba el acceso a la cripta, mucho más severa desde hacía unos años. Logré que el nuevo párroco a cuyo cuidado se encontraba la cripta me concediera una cita y esperé ansioso las dos semanas que me separaban del día que me habían fijado para la visita. Llegué provisto de una linterna de larga duración, una cámara de fotos y una libreta de anotaciones… y además unas cuantas viandas que me servirían si lograba hallar el acceso a alguno de los túneles prohibidos que tanto se empeñaban en ocultar los jesuitas, cuando no de borrar todo recuerdo o traza de su existencia. Esas viandas eran unas masitas narcotizadas.
Conseguí el permiso de los curas que podían dármelo a través de mis falsas acreditaciones. Era, de nuevo, una tarde de invierno. Llevaba en mi cartera el paquete con las masas, de las cuales yo había adulterado varias en la bandejita y cuya ubicación conocía, las que ofrecí al curita, mostrándome ganoso de devolverle con esta atención su cortesía de darme unas horas de su tiempo y mostrarme la cripta, aunque en realidad quería sacármelo de encima mientras realizaba la verdadera búsqueda que iba a emprender y que de seguro él no aprobaría. Por eso las había inyectado con un sedante potente. Las comió de buena gana antes de entrar. Conversamos una media hora larga antes de emprender el descenso a la cripta, y yo hice bien mi papel de estudiante de arquitectura colonial interesado en conocer la cripta. Bajamos después de levantar trabajosamente la lápida.
Todo, adentro, estaba igual que casi dos decenios atrás, sólo que una de las cajas rezaba ahora el nombre del anterior custodio de la cripta, el que nos había acompañado cuando adolescentes y que había fallecido un año después, en 1990. Su esqueleto estaba ahora en una más de las cajas de madera que dormían al costado de los poyos repletos de ceniza humana.
Una vez abajo, empecé a tomar (simuladamente, claro está) las medidas y a dibujar croquis. El párroco al principio siguió con interés mis mediciones y empezó al poco rato a bostezar. Se desplomó unos minutos después. Yo estaba tranquilo porque sabía que el narcótico duraría unas cinco horas, tiempo más que suficiente para explorar las dos habitaciones en busca de algún acceso oculto a los dichosos túneles.
Ese día no se oficiaba misa y tenía todo el tiempo para mí; el templo estaba cerrado al público desde las seis de la tarde.
Grande fue mi desilusión cuando descubrí que las dos habitaciones eran completamente sólidas, y que ningún acceso se abría a mundos recónditos de oscuridad. Cuando ya estaba por abortar el proyecto, y me disponía a esperar que pasaran las horas y mi guía se despertase, tuve una ocurrencia. No me había percatado de que el osario al que daba el hueco del segundo cuarto podía ocultar algo y decidí aventurarme al sitio, aunque se me revolvió el estómago de asco al suponer la tarea que me esperaba. Me asomé con la linterna al hueco y me abalancé de un salo sobre los huesos. Crujieron horriblemente; era un mar de huesos secos color marrón… olían a moho y a porquería, un olor a barro seco. Los pies se me hundieron entre las osamentas y armándome de coraje, hundí también los brazos y comencé a sacar huesos hacia fuera por la boca de la “ventana” que daba a la segunda habitación de la cripta… al poco tiempo había extraído una parva de huesos, y me alboroté cuando se fue descubriendo el piso de esta pequeña cámara: había ahí una nueva entrada, viejísima, que al parecer nadie conocía, porque estaban herrumbrados los goznes de la puertecilla, es decir, no se había abierto, según todo parecía indicar, desde hacía muchos años. Era un puertita de hierro, muy pequeña; a medida que la fui despejando, sentí la alegría de la confirmación, y los raros temores de una expectativa que me cosquilleaba en la boca del estómago.
Al abrir la pequeña compuerta, que no estaba cerrada con llave ni cadena, tuve que hacer fuerza, porque los goznes estaban medio soldados por la herrumbre que los carcomía, pero al fin se deslizaron y con una patada abrí la puertita totalmente. Hubo un resonar de fierro que cundió por espacios allá abajo, revelándome que realmente la boca de lobo que se insinuaba era grande. Había a continuación nuevos escalones, directamente excavados en la tierra, pero revestidos de cal, un mortero seco y ladrilloso, polvoriento. La abertura del pasadizo apenas permitía que entrara una persona delgada, por lo que tuve que respirar hondo para que mi barriga pasara por el hueco… sentí asco, pero quería entrar para sacarme la curiosidad… es sabido que a veces ésta es más fuerte que cualquier riesgo y ningún peligro, en los momentos en que se empiezan a satisfacer nuestras expectativas, es calculado en su verdadera dimensión.
Una vez finalizada la escalera, que era muy empinada y tenía más de cuarenta escalones muy altos, (debo haber bajado unos 15 metros) había otra puerta, de hierro también, maciza, mientras que a los costados, durante todo el descenso de estos peldaños, había un muro a ambos lados. La puerta estaba cerrada y me desesperé, pero en un pequeño nicho estaba la llave, pequeña y muy simple. Temí que la cerradura estuviera demasiado arruinada como para que girara, pero lo hizo, y no me reportó mucho esfuerzo mover la puerta, porque era pesada y ante su mismo peso cedieron los goznes. Me encontré con un pasadizo horizontal que se abría en forma de T hacia ambos costados. La textura de las paredes cambiaba, ahora parecía una mezcla de mortero más antiguo, era amarronado y se veían orificios en las paredes en las que habían calzado hornacinas de metal para lámparas de aceite, pero faltaban completamente. Los dos pasadizos se perdían en la negrura y eran tan estrechos como el primero. Giré hacia la derecha y debo haber caminado unos treinta metros, cuando un vano en el pasillo me introdujo a una habitación octogonal, de rara factura. Por cada muro se abría paso un pasadizo sumamente estrecho, por todos los cuales a duras penas podría deslizarse un cuerpo humano, de costado.
La linterna era potente y la luz, al no dispersarse en el estrecho pasillito por el que me metí, alumbró con más intensidad el techo, que era bajo pero no tanto como el de la cripta superior, la primera a la que daba el altar de la iglesia. Vi en el techo las señales del humo de otros tiempos. No cabía duda de que durante mucho tiempo se habían usado los túneles, pero algo me sobresaltaba: no eran, como yo había leído, anchos como para que cupiese un carruaje pequeño al galope o siquiera un jinete, sino sumamente estrechos, al punto de que sólo lentamente podía un cuerpo humano desplazarse por ellos… también me intrigaba la habitación que se abría en ocho direcciones diferentes… era de una vasta complejidad esa estructura subterránea.
A unos ciento cincuenta metros de haberme internado por ese pasadizo estrechísimo, que me dejó todo tiznado y polvoriento, comenzó el verdadero declive. El piso empezó a tomar una suave pendiente en descenso, y cuando debo haber tenido arriba de mi cabeza a la Catedral (porque el pasadizo que había elegido en la habitación era en dirección Noreste según me indicaba mi brújula), creo que ya habría descendido unos veinte metros más abajo todavía con respecto al nivel del subterráneo al momento de iniciar el recorrido en la habitación octogonal Ahí el túnel se ensanchó como para que caminaran cómodamente dos personas una al lado de la otra y pude emprender una caminata más vigorosa. El aire dejó de estar viciado de repente y no pude entender por qué. Seguí adelante otros cien metros, que se inclinaban más hacia el Este. Debo haber estado, más o menos, en la zona que en la superficie corresponde a la intersección de Colón y Maipú, a unos treinta metros bajo tierra (el declive se estaba empezando a pronunciar), cuando una nueva escalera se perfiló frente a mi vista; era de escalones suaves y poco empinados, anchos cada uno como una pequeña explanada, arriba debe haber estado exactamente, en el cenit con respecto a mi cabeza, la iglesia del Pilar; y a los siete u ocho escalones, se empezaron a hacer de nuevo más estrechos y empinados, hasta convertirse en verdaderos zócalos en un hueco cada vez más abrupto. Recorrí trescientos metros que también se dirigían al Este, y todo piso acabó. Ante mí apareció una boca horrenda de negrura en cuyas fauces la luz de la linterna se perdía completamente, pero en la entrada percibí unas muescas semicirculares que permitían un descenso encajando los pies y las manos en ellas. No sabía si emprender este nuevo descenso, pero lo hice, mientras que de abajo ascendían oleadas de un aire nuevo (no fresco, no el aire del exterior, pero tampoco el aire viciado de los pozos) que era neutro y respirable. Esta nueva bajada me costó mucho esfuerzo, pero las fuerzas no me abandonaron. Las muescas eran inquietantes, no parecían responder a nada construido por seres humanos, había más de las que se necesitarían para que un cuerpo humano pudiera aferrar sus cuatro extremidades calzándolas en ellas, yo podía elegir con comodidad dónde entrar la mano o calzar el pie, y no tenían en absoluto suciedad o polvo en ellas. Me sorprendió que todo el tubo del pasadizo fuera de roca sólida, ahuecada vaya a saber cómo. Bajé perpendicularmente una hora -debo haber bajado unos trescientos metros- y ya me disponía a abandonar mi peligrosa aventura cuando algo me impulsó a seguir adelante, intrigado como estaba por lo que pude observar: un dibujo en la pared pétrea que inauguraba una nueva galería horizontal, que se abría siempre en dirección Este.
Era una imagen semiborrada, impresa de extraña manera en la piedra: consistía en una gran serpiente o gusano blancuzco, sin que se pudiera diferenciar cuál extremo era la cola o cuál la cabeza… en todo caso, no tenía extremidad anterior o posterior… en caracteres latinos (que parecían agregados después) decía claramente VERMIS LACTOSUS CCXXX PASUUM INFERIUS. Es decir, algo así como “doscientos treinta pasos más abajo, gusano lechoso”.
Entonces asocié con lo que realmente debía estas leyendas deformadas por ignorantes, que sólo conocían los túneles de oídas. Porque en realidad estas cuevas habían sido refugio de criaturas afines a los acólitos de Cthulu, de Nyarlatotep y Dagon, y se confirmaba por primera vez, en estas regiones de las Indias Australes, la existencia efectiva de los seres arcaicos, los dioses venidos de las estrellas que habían socavado el terreno para construir sus calabozos y palacios de perdición también en las tierras de lo que, andando las eras, sería el Virreinato de Perú y luego el del Río de la Plata. Había una fecha debajo de la inscripción: esta vez en caracteres arábigos: A.D. 1602. El todo parecía una reconvención a seguir más adelante, una advertencia, un cartel de señalización de las carreteras del infierno.
El trecho de pasadizo que seguía tenía trazas de humo de candela más o menos la misma distancia que la que rezaba la inscripción, unos doscientos treinta pasos, es decir, unos trescientos cuarenta metros más o menos, y después la mancha de tizne desaparecía casi por completo, esto venía a significar que dichos recovecos ya habían sido mucho menos transitados por portadores de candelas, y que, a partir de allí, las exploraciones humanas habían disminuido notablemente.
Ahora sé que nunca debí haberme aventurado más allá de la advertencia aquella, pero así lo hice, y hoy sufro las consecuencias de saber que dentro de algunos años volverán los primigenios, los seres que, como lentas babosas en masticación, evadirán su reclusión de años y recorrerán las calles de nuestra ciudad exigiendo, casa por casa, cuerpos humanos para la alimentación de sus voraces carnosidades, las exigencias de su metabolismo que sólo tolera el tejido humano debidamente macerado. Retornarán sin duda cuando se les acabe el suministro que les confieren sus almacenes ya exhaustos por mi culpa, porque yo mismo los alteré y les impuse una fecha de caducidad. Y todo por haber incurrido en las garras de mi propia curiosidad.
Habían transcurrido escasa hora y media desde que comencé el descenso, y ahora se abrían verdaderamente las fauces de mi hambre por conocer. La intrigante indicación que mencioné funcionó como un resorte disparador de miedos viscerales, pero a la vez, de reverberancias de mi subconsciente que no podían ser satisfechas más que respondiendo su solicitud por acabar con todo el misterio…. ¿qué eran los gusanos lechosos? ¿por qué debería temerse a un pequeño e indefenso ser de la humedad y del humus?… ¿acaso los habría en un número suficientemente grande como para representar algún peligro para un hombre? Avancé con un nudo en el estómago.
Más adelante, a unos metros del último pasadizo coherente, se abrió un recinto cuadrangular que contenía, en sus cuatro esquinas, sendas piletas llenas de un líquido pastoso, por cuyas superficies cundían ondulaciones como si se tratasen de una respiración del fluido. Eran piscinas grandes de bordes irregulares, y las ondulaciones de las cuatro porciones de líquido parecían estar interconectadas por abajo, pues se correspondían perfectamente. Un instante se agitaban, y al siguiente se tranquilizaba la superficie de su gelatina vinosa. Al cabo de unos instantes, el fenómeno se repetía. Revolví trabajosamente con la punta del zapato una de las piletas y la interferencia se transmitió a las otras tres. No cabía duda de que estaban en comunicación, tal vez por abajo, por algún sistema de tubulaciones. La sustancia era como un mosto casi gelatinoso, pero tenía un agregado de pastosidad aceitosa de que carecen habitualmente las soluciones en gel que he visto… realmente era extraña, y emanaban un aroma dulzón, frutado, como el de un mosto.
El horror vino después.
Noté que a mi acción de remover sucedió una agitación de la materia de la pared opuesta a la que contenía la entrada por la que yo había ingresado… se volvió de repente porosa, como un telgopor rociado con kerosene, la poblaron poros que se agrandaron, y al final se derrumbó, dando paso a una abertura que se produjo en el muro como si se tratase de la quemadura de un polímero atacable por cualquier solvente… el intersticio me dio acceso a un recinto tan vasto que no puedo describir la sensación que me recorrió ante su exploración visual.
Los límites, hacia abajo, no eran visibles…yo me encontraba en su altura máxima, y la caverna tampoco parecía acabar hacia delante. Ascendían desde negros abismos una especie de islas, intercomunicadas por debajo mediante túbulos de cristal verdoso, en cada una de las cuales había una especie de planta con frutos redondos como esferas irregulares de cristal traslúcido nervado, y en el interior se adivinaban siluetas semejantes a humanos en algún tipo de suspensión líquida… casi me desmayo por ese espectáculo.
Vi también otras innumerables piletas y cisternas (varias en cada isleta) en las que temblaban nerviosamente licores gelatinosos, agelatinados, negros… no completamente líquidos ni completamente gelificados, sino con esa especie de sustancia plasmática oscura, de color vinoso, con que me había topado en el primer recinto, como sangre semicoagulada que se agitaba en amplias ondulaciones que constituían su asquerosa respiración. Pero entendí que los contenidos de esas piscinas no eran más que la prolongación que afloraba, por debajo, de los frutos, eran el zumo vivo resultante de la licuefacción de esos pobre individuos suspendidos en las frutas cristalinas, aún dotados de conciencia a pesar de su terrible degradación… El nuevo estado plasmático de las criaturas era el aspecto físico que adoptaban como resultado de su maduración en las campanas esféricas arracimadas en forma de planta. Su derretimiento y mutación en ese jugo espeso se debía a la constitución química que los embargaba mientras dormían las monstruosidades que luego alimentarían, es decir, mientras maduraban convirtiéndose en el mosto que nutriría a unos seres que todavía no había llegado a contemplar, pero que no tardé en ver (de lejos primero, aunque dormidos, incubando un reposo tal vez no muy largo y de despabilamiento inminente a juzgar por los temblores y sacudones que los recorrían, y luego desde muy cerca).
En las lejanías más profundas se divisaban otros tubos de cristal carnoso, eran de tipología claramente diversa de todo lo anterior, rojizos, que se iban grosificando a veces (eran flexibles), como gargantas atravesadas por grandes cuerpos que las estiraban a medida que pasaban por ellas. Presencié las morosas globosidades que transitaban por esa tubería infernal. Eran los gusanos lechosos, los seres que se alimentaban del mosto humano viviente, que transitaban por esta tubería diversa mientras dormían, flotando en líquidos que los mantenían narcotizados en ensueños de deleite.
Bajé unos escalones desde donde me encontraba y me aventuré de manera fugaz por uno de los tubos de cristal verdoso del nivel inmediatamente más bajo, y llegué a niveles inferiores abominables, pero regresé enseguida, seguro de que continuar por ellos representaría mi muerte o aún algo peor: la descomposición eterna en algo similar a los mostos antes descritos. Estos tubos verdes llevan a otros pisos más abajo todavía, a mitad de camino entre ellos y los tubos rojizos, pisos que adquieren una inclinación tan empinada, sumada a una mayor estrechez, que hacen la escalada del regreso casi impracticable, donde el suelo está cubierto de orificios como los de un queso emmental, y si uno quisiera lanzarse por esos pasajes, la misma pesadez del cuerpo lo iría haciendo descender, como un émbolo que se deja caer por su propio peso. Me aventuré por uno sólo unos metros, uno que no era tan inclinado, a riesgo de no poder regresar y perecer en la exploración. Descubrí, ya más calmado, que en el pasadizo por el que empezó a bajar mi cuerpo, los muros tenían nuevamente pequeñas muescas semicirculares, en forma de arco, por el que algún tipo impensable de criaturas podían introducir callosidades o miembros insospechados para ayudarse (si es que su parte de materia tridimensional era afectada por la gravedad como les sucede a los nuestros) en el ascenso, porque el descenso podía realizarse como dije por el solo empuje del peso hacia abajo. A partir de ahí las bifurcaciones se hicieron terribles. Terribles quiere graficar aquí algo que escapa completamente a lo racional tal como se da en el mundo de la vigilia y su lógica pedestre… Trataré de explicarme: en la lógica de nuestro mundo, un determinado camino puede bifurcarse, de repente, en dos, tres o más caminos que comienzan en determinado punto de un túnel, pero aquí, las bifurcaciones superaban eso. Un pasaje único se bifurcaba de repente, (cuando eran contables) en ocho subtúneles cuyas direcciones formaban un abanico, pero a continuación, sucedía algo vertiginoso. Si uno asomaba la cabeza por alguno de esos túneles (generalmente uno de los seis comprendidos por los dos de los extremos) se veía algo asombroso. Se captaban bifurcaciones de bifurcaciones, es decir, cada uno de estos pasajes se abrían nuevamente, pero no a otros túneles, todavía menores, registrables por un número que pudiésemos comprobar por un conteo, digamos, de los dedos de la mano, como cuando queremos cerciorarnos de un modo infantil de algo, sino que cada bifurcación daba paso (no sé cómo explicarlo) a otra bifurcación… estas bifurcaciones al cuadrado generaban en el alma una náusea nueva que nunca había experimentado, de un intensidad semejante a un calambre en el estómago. En realidad lo que se multiplicaba (a la vez que se dividía) no eran los túneles sino lo que ingresaba en ellos.
Desfallecí y creí que mi cabeza, una vez asomada a una de estas división de divisiones, no podría retirarse sin conservar una multiplicación o segmentación que me aniquilaría… pero una fuerza más fuerte que mis precauciones me hizo volverla rápidamente hacia atrás y de algún modo el espacio mismo salvó la paradoja. Mi cabeza, un movimiento hacia delante, contemplaba nuevas bifurcaciones, como si se hubiera multiplicado en otras ocho cabezas cada una de las cuales estuviera de nuevo ante una ogdóada de nuevos ocho túneles, y un instante hacia atrás, volvía a ser una y estaba asomada a uno solo de los ocho túneles del comienzo. En una de las bifurcaciones primeras (la primera o la octava), todavía existentes en el mundo tridimensional concreto y numerable hallé una acumulación de esferas de cristal carnoso, o gomoso, flexible y semitransparente, como esferas de vidrio turbio, no más grandes que una pelota de tenis, y su acomodamiento en rincones me hizo entender que eran las deposiciones y excrementos de los gusanos, que se pudrían en una degradación de detritus tetradimensionales que se iban conformando de tal modo que terminaban deviniendo totalmente tridimensionales.
Este nivel intermedio era el que comunicaba a los túneles por los que los gusanos dormidos circulaban, con el nivel de las isletas, por ellos ascendían los gusanos cuando estaban despiertos para acceder a las piscinas y beber el zumo de los humanos degradados. Eran en realidad filtros que provocaban la tridimensionalización de los gusanos para poder alimentarse de los mostos humanos y luego volver a sumirse por ellos y reasumir su condición multidimensional, luego de la cual volvían a echarse en los tubos rojos por los que fluían suspensos en el aceite incoloro hasta volver a necesitar nutrirse. Lo que yo había experimentado al introducir mi cabeza por una de las ocho bifurcaciones me había hecho sufrir el proceso inverso al que los gusanos experimentan cuando, despiertos, ascienden de sus túneles rojizos para acceder al nivel en que se añeja su líquido nutriente, pero al no tener nada en mi cuerpo de naturaleza cuatridimensional, me había visto sujeto a un cambio de estado, a una rotación dimensional que me podría haber vuelto loco. Ahora agradezco (ya no sé a qué divinidad) que al retroceder bruscamente la cabeza haya impedido al cambio de mi estructura material el volverse permanente, y que constituyera sólo un vislumbre momentáneo de lo que podría haber sufrido mi percepción si todo mi cuerpo hubiera pasado por una de aquellas bifurcaciones de bifurcaciones.

Volví atrás y decidí seguir la exploración por los túneles más convencionales, los de cristal verde, que no estaban aquejados de esas múltiples bilocaciones que me resultaban impracticables. Continué por uno sin volver a descender. Más adelante los pasadizos se iban agrandando y paulatinamente la textura de sus paredes se modificaba, pero en gradación imperceptible, como el movimiento del minutero de un reloj.
Paso ahora a una parte difícil de mi relato. Las paredes de los túneles por los que descendí a partir de allí iban adquiriendo progresivamente la condición de ¿cómo lo diré? un organismo vivo.
Primero se veían en las paredes una especie de manchas como hemangiomas o lunares hepáticos, luego como vesículas que transpiraban sudores oleosos, después como cálculos engastados en cuencas ulceradas, pero al final de la vista, a varios centenares de metros, se volvían leves racimos de venas sudorosas, como transpiraciones salitrosas, que se lenificaban en capilaridades, y finalmente eran texturas leprosas arracimadas en várices o trombosis que recorrían las mismas paredes desde el piso hasta los curvos techos.
Recordé subrepticiamente los ejercicios mentales de Giordano Bruno, en el que el dominico intenta crear palacios interiores de densa maravilla y sofocación, con el fin de intensificar los asombros de los recuerdos atesorados por una memoria engordada a base de semejantes anabólicos mentales.
Había repentinos temblores nerviosos que seguían sus propios caminos por estos glomérulos, como si se transmitiese información a grandes velocidades por las vetas. Se combinaban las texturas de lo llagado, de lo ulcerado, de lo leproso y más delante había trazas de una inminente descomposición. Traspiraban los muros unas ciertas serosidades no desagradables al olfato, perfumadas, se diría, y un goteo brotaba de los techos hacia abajo y de los pisos hacia arriba. Pero mi caminata ya carecía de toda lógica y descubrí que mi cuerpo describía, a media que seguía internándose por esas abominables profundidades, un movimiento helicoidal o espiraloide, como si un nuevo tipo de gravedad me obligara a describir, por los túneles, un movimiento de tornillo, es decir, la gravedad cambiaba y provenía de diferentes vectores en el túnel, describiendo un dibujo cuya trayectoria, de ser viable su graficación, se parecería a una doble hélice de ADN; la caminata parecía tejerse por si misma configurándose por capilaridad cambiante, no por gravedad continua.
Los túneles estaban aquejados, aún mas profundamente, de nerviosidades peristálticas que los hacían vibrar primero brevemente, como si fueran tripas, mientras que luego los temblores degeneraban en francos sacudones similares a latigazos; era como un sistema intestinal de las profundidades. En uno de esos túneles contemplé un dongui (así decidí llamar a esas orugas lechosas) que había salido de la animación suspendida que lo confinaba a deambular dormido por el aceite de las cañerías cristalinas especiales de tono rojizo. Ya se había tridimensionalizado pasando por un filtro y se disponía a subir al nivel de las piletas para sorber jugo viviente.
Debo aclarar por qué bauticé a esos gusanos multidimensionales así; lo hice en honor a un relato que había leído en mi adolescencia, en el que los donguis, eran una nueva especie que en ese relato habitaba los subterráneos de Buenos Aires. Pero la distancia entre ambos tipos de seres era grande. Primero los donguis imaginarios eran pequeños, del tamaño de un cerdo, digamos. Por otra parte, mis donguis, aparte de ser reales, eran gusanos macizos de carnosidad indiferenciada, de un tamaño de dos metros aproximadamente (al menos así se manifestaban en la tercera dimensión) cuyos órganos, no obstante, eran tetradimensionales, pero cuya cuarta dimensión no era visible para los ojos humanos, por eso el ojo humano los asimilaba a lentas babosas de una sola textura, de un blanco lechoso los más jóvenes, y más amarillento o purulento en los más viejos, surcados por rugosidades semejante a las de elefantes sin patas, aunque su edad no tenía nada que ver con lo que nosotros llamamos “tiempo”, sino más bien a una intensidad de su naturaleza y sus percepciones.
Eran propiamente incorruptibles, y si no se alimentaban, entraban solamente en estado de hibernación. Creo ahora saber que el dongui con el que me topé no me atacó porque me creyó uno de los miembros de la nobleza humana que aportaba los fetos para el alimento de toda su especie, y no sospechó (a pesar de las diferencias que mi atuendo presentaba con las vestimentas de los aportadores de fetos) que era un viajero extraño de los mundos de la superficie.
Supe que había una sub-raza humana en esas profundidades a partir de ciertos sonidos que provenían de los intersticios de las paredes. Vivían como nobles góticos. Sucedió así: comencé a escuchar sonidos que provenían de intersticios en los muros, relinchos quebrados en refracciones auditivas, serruchos, cuchicheos de locura, maullidos extremadamente graves y profundos, sonidos de chitón para acallar manantiales sanguíneos, cacareos de alimañas cluecas, cloqueos enfermizos, gorgoteos y gorjeos estridentes, improperios en leguaje occitano, y otros insultos y blasfemias que me parecieron claramente cátaros, en un francés bastante abierto; vi diagramas que se insinuaban en la superficie de las paredes y al instante desaparecían; me recordaron sellos de demonios gnósticos, rúbricas de ángeles enoquianos y mandalas usados exclusivamente por las técnicas tántricas del despertar de la conciencia. Había melodías extrañas, de una escala desconocida y no heptatónica, muy similar a las armonías del ars nova, practicadas en sus composiciones por Philippe de Vitry, Josquin Desprez y Guillaume de Machault; perplejo por esos rumores e insinuaciones visuales, logré meter la mano por una grieta ulcerada en una pared carnosa y abrí a la fuerza un pasaje: la puerta que se configuró daba a un nuevo espacio de la tercera dimensión, que se encontraba inexplicablemente en un nivel exterior análogo al de la superficie, y la atravesé casi por completo dejando, entre este nuevo nivel exterior y el de los túneles, mi mano para que no se cerrara de todo el intersticio, no fuese que quedara atrapado sin salida en este exterior inusual.
El cielo se abría ante mis ojos. Noté que las constelaciones eran diferentes… una me resultó lejanamente familiar, parecía Orión, pero vista desde un lugar opuesto e invertido, como contemplada desde una antípoda en el universo a como se la ve habitualmente desde la tierra (Betelgeuse y Rigel habían intercambiado sus posiciones y, por supuesto, lo propio ocurría también entre Bellatrix y Saiph, mientras que en el cinturón central Alnitak estaba en el lugar de Mintaka y ésta en el de Alnitak, a la vez que la única que mantenía su misma posición era Alnilam…) era como si toda la constelación hubiera girado sirviéndose de Alnilam como pivote, o como si yo si estuviese observando Orión desde una distancia semejante a la que hay entre esta constelación y la tierra, pero desde una perspectiva rotada, de un modo análogo a lo que sucedería si, tomando como punto fijo de un compás al mismo Orión, me situara en un punto de observación desde el que pudiera verla al revés, en espejo, a la vez que de cabeza. Me encontraba en una especie de catedral sin techo y se apreciaban en los nichos de su artesonado florituras que sólo he visto en los más desaforados ornamentos del gótico flamígero: la poblaban en graderías damiselas de labios pintados de violeta oscuro, con los senos al descubierto, como frutas sostenidas por armazones y carcasas rígidas y también afloraban sus vaginas de un hueco triangular que se abría en los talles de sus vestidos, alrededor de estas jóvenes circulaban escuálidos jovenzuelos que portaban chanclos puntiagudos y larguísimos, y las damas lucían cofias con remates como vulvas dobles, abiertas o cerradas, conforme -sospeché- a si habían ya gozado o no de la desfloración de sus intimidades, todas decadencias propias de la corte de Borgoña, galas de la época de Gilles de Rais y Jean de Berry, Vlad Tepes o Gaston Phébus. Se sentían tintineos como los que sólo producen las monedas acuñadas en la Francia, la Italia y la Inglaterra del siglo XV, los gigliati y los écus ricos en doseles góticos y custodiados por leopardos rampantes. Visiones exclusivas que sólo otorgan en nuestro mundo los estados alterados de conciencia producidas por la belladona, y el cornezuelo de la cebada, la cannabis indica y la amanita muscaria.
Estos eran los paraísos que los donguis concedían a los que procreaban los fetos que, extirpados prematuramente, serían encajados en los frutos esféricos para su crecimiento, maduración y absorción como alimento para ellos. A este fin, las damas embarazadas debían sumergirse en piletas comunitarias repletas de un jugo verde segregado por la baba de los donguis para que abortasen criaturas que fuesen aptas para su inserción en los frutos ya mencionados. Estas piletas son las que ilustra el manuscrito Voynich mostrando en qué misterios se cifra su implementación; los arquitectos que en la Europa del siglo XV supieron proyectarlas y construirlas son los que dieron nacimiento a estas estirpes de nobles que gozaban de los paraísos provistos por los donguis y situados por debajo de las tierras americanas, pero rotados a partir de la cuarta dimensión. Era un pueblo manso, degenerado por la molicie a que estaba acostumbrado. Parecieron ignorarme como si yo fuese invisible a sus ojos.
Abandoné este excursus y regresé al sistema de los pasadizos. Por todos lados subían vapores asfixiantes que emanaban las viscosidades de los donguis, pero que no eran desagradables la segunda vez que se los aspiraba… en seguida volvían a verse isletas repletas de las ampollas esféricas de cristal como con nervaduras, en cuyo interior hibernaban fetos a medio formarse; en otras, parecían dormitar viejas desnudas que rejuvenecían de a poco y al punto volvían a marchitarse, como respirando tiempo. Todo estaba poblado de malformaciones espongiarias, segregadas por raros hongos que surgían de un suelo blanco-mate… pululaban ahora bosques de estos hongos carnosos y de otros deformes que temblaban con rapidísimos temblores que los surcaban en ondulaciones, monócromos, del color del suero de la leche… frutos redondos como bolas de queso rancio… un museo de glándulas, glomérulos, vacuolas de aceite semitransparente… en medio de los crujidos y chasquidos del crecimiento, había risas cansadas, cajas chinas, maderas raspadas, crótalos, sistros, huesos tiernos quebrándose, desgarramiento de miembros y lánguidas siliconías de ranas llamándose en la imparable solicitación de sus lujurias.
Todos estos estrépitos se sucedían como sumergidos en una música elemental, que procedía por grandes acordes trascendentales de completitud, con extrañas armonías que no provenían de ninguna parte y de todos los sitios a un mismo tiempo.
En este punto sentí fuertes deseos de vomitar, y no tuve más remedio que hacerlo en una de las piletas llenas del líquido vinoso. Pero el líquido pareció contraerse horrorizado, aunque a continuación recibió el flujo de mi vómito y no tuvo más remedio que mezclarse con él, volviéndose de un tono más claro lentamente.
Remonté todo el periplo deseando ver pronto la fofa silueta de los donguis sólo en el dibujo con la inscripción del comienzo. Así lo hice, pero cuando di con la habitación provista de las cuatro primeras piletas que descubrí, vi que todo el mosto había cambiado de color y se había empalidecido con el tono que había adoptado, unos centenares de metros atrás, después de que vomité sobre él… mi acción había contaminado todo el sistema de recolección del jugo nutricio, y me parece que lo había arruinado para el fin de ser sorbido por los gusanos.
No tardé en estar de vuelta en la segunda sala de la cripta y volví a disponer todo como estaba cuando había llegado a ella. Era curioso, pero no me recorría los miembros cansancio alguno. El cura ya había comenzado a salir de su modorra y fingí que se había desmayado al tropezar y golpearse la cabeza. La migraña que tenía facilitó que me creyera.
No he regresado a la iglesia de la Compañía ni quiero volver a hacerlo…

Elucubro ahora que los jesuitas se pusieron en contacto con estas criaturas por accidente, poco después de la fundación de la orden, no necesariamente cuando vinieron a América sino que lo hicieron desde Europa. y que la puerta de acceso al comercio fueron los ejercicios espirituales mal conducidos. Lo mismo debe haber sucedido con los maestros tibetanos que descubrieron los reinos de Shambala en el corazón del Himalaya. También Giordano Bruno debe haberlo hecho (aunque conociéndolo, de seguro que el suyo fue un intento deliberado) a partir de la fabricación de sus palacios interiores, y entendí que todos estos ejercicios de meditación y adiestramiento mental no eran más que un modo diverso de acceder a estos mismos reinos, a los que yo había podido entrar de un modo más convencional, por afuera. El yoga y los ejercicios espirituales eran una forma de acceder desde adentro. Los ejercicios espirituales jesuitas, aunque no tenían este fin sino el más convencional y piadoso que se desprende de los textos que los enseñan, se toparon por accidente con este universo, y no tuvieron más remedio que establecer sus bases en América, el único sitio de la tierra junto con el Tibet para clausurar la entrada desde afuera y resguardarla. Los ejercicios de Ignacio comunicaban accidentalmente a estos reinos por una degeneración (o digámosle desvío) provocado por errores en las visualizaciones y por la misma naturaleza caída de los hombres.
Los jesuitas firmaron un pacto con las criaturas tetradimensionales, un pacto que dejaba satisfechos a ambos bandos. Conforme a este pacto, ellos cerraban -o mejor dicho, custodiaban- el acceso externo de América para que ningún profano accediera a ellos, librándonos a nosotros de caer en las garras de los donguis y de acabar viéndonos agonizantes y disueltos por el ácido vomitado por sus múltiples apéndices regurgitadores, disgregándonos tras la membrana traslúcida de sus rugosos cueros, una vez sorbidos. A cambio, los donguis obtuvieron paz para seguir alimentándose de grandes campos de cultivo de cuerpos humanos que no tenían que venir a buscar a la superficie, ya que se los proveían, desde el siglo XV, los descendientes de los arquitectos de las piletas en las que se producían los fetos aptos para este fin, a cambio, en este caso, de una vida de placeres en una tierra paralela, también comunicada con sus reinos subterráneos.
Ignoro si los jesuitas actuales conocían esto. Al parecer, al menos no los de Córdoba, porque el acceso de la cripta hacía muchas décadas que no se usaba.
Ahora temo lo peor: que se haya roto la paz., que yo haya roto la paz, sin quererlo. Porque el caldo que es el alimento de los donguis cambió su color cuando se mezcló con mi vómito, y todo el sistema subterráneo se vio contaminado. Tal vez ya no les sirvan los fetos aportados por los descendientes de los cátaros que habitan en una tierra paralela rotada con respecto a esta con punto de inflexión en Alnilam, tal vez ya hayan debido consumirlos a esos mismos miserables, forzados por un hambre cuya vehemencia ignoramos. Tal vez asciendan de improviso a buscar, como hace miles de años, sus presas a la superficie de nuestro planeta, hasta que se produzca el despertar de sus jefes, los primigenios, y éstos retomen el control del mundo otra vez. Tal vez mi acción sea una pieza accionada insospechadamente por los seres primigenios para obligar a los donguis a servirse nuevamente de los hombres de hoy en día para alimentarse, y así diezmar con el pánico la población humana para que les sea más fácil reinstalar su reino de horrores.
Todo está por verse. No puedo revocar mi acto… pero me empeño, en cambio, en disuadir a los que proyectan comenzar en Córdoba las obras de un subterráneo para agilizar el tránsito creciente de la ciudad, una de cuyas arterias no podría dejar de poner a descubierto los verdaderos túneles de la Compañía y de instalar un desasosiego insospechado, desde hace varios milenios, en el mundo de los hombres.

Lo que yacía debajo

Lo que yacía debajo


Cuando un ser ha sido vejado, torturado y asesinado brutalmente, las leyes naturales pueden ser alteradas. Después de un último instante coronado de dolores y sufrimientos, algo se resiste a abandonar los despojos mortales de la víctima. Algo que se resiste a atravesar el umbral infranqueable hacia atrás.
La inocencia injustamente manchada y violentada tiene la fuerza para invocar una reversión de las normas inflexibles que encadenan a la biología y sus procesos ineluctables.
Cuando la barbarie y la atrocidad parecen haber triunfado sobre la juventud y la indulgencia, le es permitida a la víctima una elección que no influye en su camino posterior ni pesa en la balanza de sus actos.
La vida y sus funciones tal como las conocemos, se duermen para siempre, sí. Pero una vida larval que no sospechamos las suplanta. Una vida que se alimenta de la espera y de la revancha. Yo puedo atestiguarlo, yo, que vi el hecho iluminado bajo la luz de un sol radiante: cesan todos los mecanismos de la lozanía, del mantenimiento de los tejidos, del metabolismo que engendra el calor y el movimiento. Pero le queda al cadáver un vigor sepulcral que se evidencia en la levísima tensión de sus músculos faciales, como reflejando desde la lejanía torturas e incomodidades del alma a medio camino entre los mundos, resistiéndose al tránsito definitivo, pero sin poder tampoco regresar plenamente a este lado de las llanuras del ser.
Las entidades rectoras del entramado inflexible hacen una excepción en esos casos. Radamantis baja su vara inconmovible y Caronte hunde en el fango su pértiga imparable todo el tiempo que sea necesario.



Cuando intentamos establecernos en esa hondonada pantanosa e infecta del Quersoneso tracio, habían pasado treinta y cinco años de la gran guerra, treinta y cinco años de la quema de mi rica ciudad. No obstante, miramos con cariño lo que nos pareció la promesa de un nuevo comienzo. Sobre mí, sobre Téutaro, sobrino del aciago Laocoón, recaía el duro sacerdocio de Apolo; como digno discípulo de Asclepio aprendí durante años de vagabundeo el oficio de médico y a descifrar en el rostro de los cadáveres y los heridos los jeroglíficos de la muerte o de la vida.
Me tocaba a mí delimitar el área de la ciudad y decidimos buscar un buen lugar donde enterrar los Penates. Recorrimos ciertos meandros que parecían hervir suavemente entre las exhalaciones malsanas de gas; a veces, fosforecía a unos cuantos metros alguna flámula azul y se sentía el gorgoteo de las burbujas abriéndose camino en el agua espesa. A trechos, se levantaban matorrales en terreno más firme. Accedimos a un montículo amplio donde al parecer se terminaban los meandros hasta el alcance de la vista. La maleza era extraña, tenía una córnea y esponjosa rigidez, las ramas eran translúcidas, como de ónice o la sustancia de la uña humana: parecían tiras de cuero de nonato; arranqué uno de los juncos, al tacto era calloso, a medio camino entre la uña y la carne.
No me detuve más en esa circunstancia e hice un hoyo, según el ritual, para enterrar los Penates y partir desde allí con la purificación del terreno, expulsando hacia fuera las malas influencias. Comencé a cavar, y enseguida noté que la tierra blanda había cubierto una especie de lápida no muy vieja que tenía una inscripción: A POLYDORO; estaba hecha pedazos a propósito.
A los pocos instantes, manó un líquido infecto de la tierra, un licor espeso y semicoagulado, como betún o brea, se escuchó una sibilante estampida y a continuación un castañeteo bajo y profundo, como si graves goznes subterráneos rechinaran. Todos nos hicimos hacia atrás espantados. El matorral se abrió exactamente en su centro, y yo sentí la energía de algo que había aguardado en duermevela y en una latencia inminente. Vibraciones ominosas recorrieron el aire en todas direcciones, apoderándose del ámbito... los hombres salieron a la carrera. Sólo quedé yo y un anciano que estaba inmovilizado de horror... temblaba, pero su cuerpo estaba agarrado a la tierra. Lo habíamos hallado caminando sin rumbo, decía en su chochez haber sido rey de esa zona, pero no acertaba a recordar su nombre.
Tomé aliento, presintiendo un prodigio horrible, y me asomé al centro del yuyal, por donde se había abierto: ¡oh, el horror!... ¿deberé describir lo que estos ojos, estos ojos que se creían ya inevitablemente sumidos en el cáncer de lo cotidiano, presenciaron? Como el cáliz de una flor funesta, vi un rostro que afloraba de la tierra. La cara de la corrupción cadavérica lozaneaba en ese esperpento tembloroso. Pareció despertar de un letargo y sus gestos delataron la sorpresa de haber sido estorbado por mi acción. Creo que pestañeó varias veces.
Entonces supe que era Polidoro, el hijo de Príamo. Polidoro, un niño, un jovencito lleno de pujanza, era ahora un amasijo de putrefacción y de grasa amarillenta no asimilada aún por las fuerzas descomponedoras de la tierra. Sus restos parecían oponerse a la lenta digestión del humus disgregante.
Dijo algo que no comprendí, trabajosamente, y señaló al anciano, revelándome su verdadero nombre: POLIMNESTOR, EL TRAIDOR . Se irguió repentinamente como una ola negra y flotante, y abrazó al viejo que lloraba entre gemidos desesperados, lo rodeó y se fundió con él en una identificación final. Presencié cómo el viejo poco a poco asimilaba en sus carnes la viscosidad del vengador. La marea de negra pez temblaba sin tregua, debatiéndose, y de una patada empujé con furia al bastardo y a ese cuerpo inmundo y grasiento: sus restos se disgregaron entonces en una licuefacta podredumbre, como un terrón de barro fértil se desgrana ante el paso del arado. La horrible silueta, medio erguida en la marisma, se aplastó de pronto sin dificultad y desapareció, al cerrarse sobre ella el fango ciego.
Poco a poco volvían los cobardes troyanos y alcanzaron a oír los postreros estertores de la brea hirviente.
Nos alejamos en silencio, ya entre las sombras que se cernían. Yo seguía pensando en esos despojos que con tenacidad habían esperado años, pero no en vano... ¡cuánto rumiar atardeceres, cuánta penumbra, en una enfermiza semi-vida, finalmente resuelta ahora, en el sueño negro de la nada!...

Nota 1 Narra Virgilio cómo después de que Príamo envió a Polidoro para que, a salvo de la guerra de Troya, lo cuidara su aliado el rey Polimnéstor, éste lo asesinó para quedarse con el oro y las riquezas que traía, siendo un niño todavía.

La visita del perro negro

La visita del perro negro
(relato basado en una experiencia tenida en Febrero de 1991)


Sucedió en Febrero de 1991, durante las vacaciones de verano. Como teníamos por costumbre, tanto para ir a casa de Andrés desde el centro como para bajar desde allí al centro, cruzábamos la Ciudad Universitaria. Cuando nos reuníamos por la noche, cosa que sucedía con frecuencia y más en período de receso escolar, atravesábamos los tenebrosos macizos de vegetación de la Ciudad Universitaria en altas horas de la noche, e incluso de madrugada, si nos habíamos quedado escuchando música o charlando en casa de Andrés. En esa época, por otra parte, las baterías B y C de la Ciudad Universitaria aún no habían sido terminadas, sino que eran oscuras moles inconclusas y sin techo, con el aspecto de ruinas de una antiquísima ciudad antediluviana, con el gris negro de su cemento y, en su interior, los muros abiertos a un cielo estrellado, al que acotaban como un laberinto de inusitada altura.
La noche en que sucedió el encuentro era particularmente nefasta; contribuían a hacer todavía más fantasmagórico el paisaje dos factores: la luz de la luna durante el plenilunio, que chorreaba un mortecino resplandor por los vanos de las vastas estructuras sin techo, y los enrejados de metal que se elevaban por sobre los muros -guías de forma piramidal para los futuros techos- que parcelaban con sus cruces, vistos desde abajo, el cielo, dejándolo listo para una inspección de augures o para alguna operación nigromántica en lo profundo de la noche. Había un viento que intranquilizaba los follajes intermitentemente y el aire estaba bastante fresco para esa época del año. A pesar de esas alarmantes condiciones, decidimos internarnos en una de las obras en construcción; ya lo habíamos hecho otras veces, y nos había sorprendido lo hermoso de ver la luna a través de los impluvios, bañando perpendicularmente con su luz engañosa y lustral las paredes interiores de los recintos desolados. Pero esa noche, como dije, algo más vibraba en el ambiente, algo más se retorcía en las suaves corrientes de viento que lamían la Ciudad Universitaria.
Ya adentro de una de estas baterías (no recuerdo cuál habrá sido, pues su aspecto actual es muy diferente, banalizadas hoy en día por el uso y las muchedumbres que las transitan) nos quedamos en silencio, casi inmóviles en el fungoso resplandor mercurial en que nos fotografiaba la luna. De repente, yo rompí el silencio como un loco sacrílego y, en un arrebato de insania, comencé a construir invocaciones en un latín macarrónico, pero no falto de la gravedad y la noble sonoridad de los conjuros, que operan por la fascinación de la fantasía del propio mago. Es sabido que el mago emana de este modo cordones sutiles de energía desde el cuerpo astral, conmovido por la sonoridad de los mantrams y agitado como un agua oscura que se ha puesto violentamente en movimiento, y así estos cordones se distribuyen por el ambiente, convocando larvas hambrientas y simulacros errantes. Sumido en el paroxismo de mis palabras, que habían comenzado como una broma de adolescente, pero que en un instante se habían metamorfoseado y habían como adquirido vida e intenciones propias, noté un cambio: cada vez eran más potentes y se iban alzando como injurias cósmicas, se iban agigantando en círculos concéntricos que yo percibía con mi vientre, como versos de un poema emitido por alguna entidad que vivía por sí misma y buscaba invocarse y ayudarse, usándome como canal, a materializarse; los ojos, en mi fascinación, se me estaban arrasando en lágrimas y tenues oleadas de energía me recorrían la columna y me subían por la espalda y, abriéndose camino por las carótidas, me llegaban hasta la coronilla... En medio de esos gritos que habían alcanzado un desarrollo autónomo y se abrían paso a través de mi garganta ya sin mi dominio, yo pensaba en algún rincón de mi cerebro, y entonces desfilaron por mi mente imágenes corrompidas: la triple diosa Hécate, diosa terrible de las sombras y de la galopante yegua de la pesadilla, divinidad protectora de las brujas que aparece en los cruces de caminos que se bifurcan en medio del silencio remoto de los sitios alejados de las ciudades, especialmente si la bifurcación es trífida o triple; recordé a las brujas proverbiales y paradigmáticas de la antigüedad, a Circe, Medea, Simatha, Canidia, Ságana, Veya, Folia, Sícorax, Alegcera, y las tres misteriosas viejas grises de Macbeth; recordé el misterioso verso de Virgilio, ibant obscuri sola sub nocte per umbras, y acurrucado en ese último refugio de mí mismo, en esa mínima célula de conciencia que me dejaban las palabras que fluían de mi boca en torrentes de espumarajo, comprendí: estos personajes que iban en medio de la noche sabían de la necesidad de callar en el ámbito nocturno, de la impostergable necesidad de callar cuando se camina en peregrinación por lugares sombríos y aptos para los milagros negros, de no conversar y guardar un respetuoso silencio, porque sabían que existía el peligro de una súbita posesión momentánea por ciertos seres que pugnan por emerger, posesión como la que yo en ese mismísimo instante estaba sufriendo, especialmente en personas de una fantasía particularmente obsesionable, las cuales podían ser usadas por fuerzas que se debaten y resuellan del otro lado del tejido de la realidad. Comprendí que debía hacer un esfuerzo por cerrar mis labios y silenciar mis cuerdas vocales, que se habían convertido en un vehículo de entidades terribles, ávidas de manifestarse, pero que sólo podían hacerlo con la inflexión de esas palabras que salían de mi boca. En la tradición cabalística, todo necesita para manifestarse y surgir a la existencia, de la energía del sonido, del Verbo, y estas entidades, desde algún punto no manifestado del ser, desde algún recinto de noche eterna y de caos, estaban usando mi boca y los sonidos que emitían mis cuerdas vocales como una llave cabalística para abrirse paso a nuestro mundo, como una clave abridora de puertas entre dimensiones, y si mi garganta seguía construyendo esos sonidos, esa catedral de palabras altisonantes que ya ni siquiera era latín sino como una sucesión de nombres condenados y de seres precipitados a insondables abismos, tales entidades pasarían los umbrales que el silencio hace intransitables y llegarían a este lado.
Debo haber logrado callar. Cuando volví en mí Pablo y Andrés estaban helados e inmóviles, pero no habían visto nada extraño, sólo estaban asustados porque creían que yo había sufrido alguna especie de ataque, cosa que me alivió, porque temía no haberme silenciado a tiempo y que se hubiese abierto un portal por el que las entidades podrían haberse enseñoreado de nuestra realidad para efectuar sabe Dios qué maquinaciones inimaginables. Sin confesar a mis amigos que en realidad esos instantes había sido presa de entidades extrañas y precósmicas, les dije que me sentía mal, que estaba a punto de desmayarme, lo cual no era una mentira. Rápidamente abandonamos los edificios en construcción y bajamos poco a poco -yo trabajosamente, porque me dolía la boca del estómago como si me hubiesen pegado patadas- las lomadas de tierra hasta la calle que da, unos metros más allá, al pabellón Argentina. Mientras bajábamos a la calle vimos un perro enorme y negro que pasó rápidamente y nos dio la impresión de surgir un instante de la noche, y de perderse nuevamente en ella.
Momentos después, como un azote de cilicio, golpearon mi memoria los oscuros testimonios que Paolo Giovio escribió en Venecia en 1546, en los que afirmaba que el gran hechicero Cornelio Agrippa de Netessheim había sabido introducir con sus artes negras el espíritu de un demonio -o como se lo llama en magia, un espíritu familiar o servidor-, en un enorme perro negro, un mastín bestial que siempre lo acompañaba y que no se separaba jamás de su lado. Ese recuerdo me dio la clave para ensayar una explicación de lo que había sucedido: las palabras a medio pronunciar no habían tenido poder para abrir a esas remotas entidades un acceso a nuestro mundo pero, incluso anulado su poder por la interrupción, un efecto residual de su tremenda energía vibratoria había materializado un organismo biológico, el del animal más afín a las oscuras fuerzas que vieron frustrado su propósito: el terrible mastín negro que, por su afinidad y correspondencia con la ferocidad de esas potencias del inframundo, había podido alojar, hace más de cuatrocientos años, la entidad convocada por Agrippa.


Diego Márquez

La sombre de la mariposa calavera

La sombra de la mariposa calavera

La armonía oculta es más poderosa que la manifiesta
Heráclito de Éfeso, fragmento 54

Dice el infame Girolamo Cardan en su tratado de magia natural que la oveja que ha muerto víctima de un enjambre de avispas revela, cuando la abren, una mancha oscura en su hígado, cuya forma delata a las feroces asesinas, pues se imprime en el lustroso espejo del hígado la silueta clarísima de una avispa; el capullo de la planta conocida como Aconitum napellus, cuando se abre, muestra la imagen de una calavera, pareciendo querer advertir con este jeroglífico natural que su flor es amarga y venenosa; y si se hacen sonar dos tambores, hechos respectivamente con la piel del lobo y la del cordero, el atabal hecho con la piel del cordero no suena, enmudecido y como devorado su sonido por el atabal de lobo.
Y así es en verdad; el alma del mundo, que está en todos y en todo, se revela de manera misteriosa, extendiendo ciertos filamentos de simpatía entre las cosas, filamentos imperceptibles que escapan al ojo vulgar, pero no al ojo sagaz. Como hilos de oro se extiende la realidad cual una telaraña de causalidades, tan sutiles a veces, que sus efectos podrían considerarse fantásticos, cuando en realidad no son más que la manifestación esporádica de la cadena oculta que, como el éter, rodea, envuelve e interpenetra el mundo con su espíritu sutilísimo.
Yo lo supe desde siempre con la certeza que sólo da la intuición. De pequeño, confiándome a esta ley de la simpatía universal, me ponía a salvo de los fantasmas que rondan a los niños con sus terrores incomprensibles para los adultos; me bastaba un círculo de carbón que hubiese estado en contacto con las patas de mi perro, para saber que me protegería de cualquier espíritu nocturno en busca de su presa. Aunque no lo supiese de un modo discursivo, en mi entendimiento de niño de algún modo sabía que la condición de centinela que tiene el sabueso vibraba en el carbón y de éste pasaba al círculo con que yo me encerraba, protegiéndome; era como tener un vigía constante que custodiaba el ámbito donde yo dormía... y como éste, miles de ejemplos, todos basados en la ley de la simpatía entre las cosas, ilustraban y justificaban a mis ojos -no a los de los adultos- mis actos.
En los estudios secundarios, en las clases de Biología, de Física, y de Química, nunca me convencieron del todo las leyes positivistas y mecanicistas que niegan lo que no contemplan las relaciones de causa y efecto, mensurables y comprobables por laboratorio. Y digo “del todo” porque si bien son ciertas, quienes las han decretado quisieron romper vanamente con el pasado, con el saber que no deja de lado el mundo espiritual sutil, el mundo astral y el intelectual. ¿Cómo podía pretender un afán de totalidad, una construcción cabal del todo, aquel conocimiento newtoniano que de los tres mundos, el mundo intelectual o supraceleste, el mundo espiritual de finísimas gasas astrales, y el mundo burdo de la materia, sólo tiene en cuenta a esta último porque es ponderable en una balanza o a través de una escala numérica? Tampoco me doblegó el rigor ni la profundidad de los estudios universitarios. Cursé veloz como un cometa los estudios de ciencias naturales, y si bien nunca me volví contra mis convicciones ni las tildé de falsas, las fui dejando postergadas. Había comenzado la carrera justamente por mi afán de ver desde adentro el sistema materialista, el sistema que me negaba mis preciosas leyes de simpatía y pretendía echar por tierra con la aurea catena Homeri, la cadena de oro que enlaza el todo con el todo, y así, después de estudiar a fondo el conocimiento referido al mundo natural, dedicarme a catalogar y rebatir sus debilidades. Pero mi entrada en la plena madurez me estrelló con la necesidad de un empleo, y la inercia ejerció su influjo en mí. Todos mis actos se orientaban, no obstante, a consagrarme a mi pasión, y hasta el postergarla fue un medio de volver con más fuerzas, una vez conseguida una mínima estabilidad económica, a ella. Mis planes eran claros: una vez que obtuviera un puesto fijo, en lo posible relacionado con el mundo de las ciencias, pero ligado más bien con las actividades burocráticas y administrativas que con el trabajo de campo en entomología (que es mi especialidad), me dedicaría de lleno al estudio de los filósofos de las épocas pretéritas, en mis ansias de ahondar en la ley de la simpatía universal, tan repugnante para el positivismo del siglo que acababa de morir.
Mis padres habían muerto hacía poco también, arrastrados por el siglo al parecer, y sólo me habían dejado una casona arruinada que goteaba por todos lados, apestada de olor a humedad y al formol de los frascos de mi padre, médico especialista en teratología. Sus frascos se agolpaban en el desván, entre las obras de Ambroise Paré y de Fortunius Licetus, los dos máximos estudiosos de las monstruosidades de la carne. Había frascos con fetos bicéfalos, acéfalos y amelos, otros contenían sólo informes y callosas carnosidades.
Una vez ubicado en algún empleo estable -proyectaba-, vendería la casa y me iría a vivir a una pensión, y con el capital de la venta del caserón compraría todos los volúmenes que me hacían falta: libros carísimos, la mayoría del siglo XVI y XVII, que sólo me podían proveer mis amigos desde Europa.
Me había propuesto investigar a fondo las leyes armónicas que rigen el cosmos y, de ser posible, enseñorearme de alguna de ellas para desquitarme de los condiscípulos y profesores que injustificadamente y sin comprobaciones (¡ellos, los autoproclamados hombres de ciencia, incondicionalmente fieles al método experimental!...) se habían reído de mi militancia adolescente en los conocimientos de la magia natural, sólo porque los libros que venían de París, de Tübingen o de Oxford así lo declaraban; lo curioso es que logré esa reivindicación de un modo más drástico de lo que jamás habría imaginado, y a mis propias espaldas.
A pesar de mi fama -“el alquimista cordobés” me decían- mis notas en la Facultad eran sobresalientes y a poco de egresar conseguí el puesto de asistente personal del Director del Museo de Ciencias Naturales, el flamante museo que Sarmiento había fundado hacía unos años junto con el Observatorio, como para sacar a Córdoba de la somnolencia mediterránea que se le endilgaba.
Al principio no me alegré demasiado: el director había sido uno de mis más enconados y cáusticos agresores, el que más bromas me había hecho por mis recónditas lecturas, y a pesar de que se trataba puramente de bromas académicas, me habían herido en lo profundo del alma. Pero la paga era buena y el trabajo poco. Ya el edificio era un estímulo: ese bello palazzo con su frente almohadillado de estilo florentino, con sus pequeñas cabezas de leones, como protegiendo a las ciencias. Los interiores estaban llenos de colecciones entomológicas -aunque ni remotamente completas: recuerdo que la de las Lepidoptera era la más floja de todas-, y mineralógicas; la colección de animales embalsamados, en cambio, estaba recién comenzando. La sinecura que me ofrecía mi alto promedio era justo lo que yo necesitaba, y me dediqué con tanta mayor responsabilidad a mi labor, cuanto livianas eran las faenas de catalogación de los pocos especímenes que a las cansadas iban llegando al museo. Otro aliciente era que mi mejor amigo también había sido contratado; se trataba de Eustaquio Lipari, un gringo que había hecho su carrera en Italia y había aterrizado en América en busca de nuevos especímenes de insectos para su tesis; era extraordinario que se hubiera aceptado a un italiano, pero en verdad sus conocimientos eran grandes, demasiado grandes para el puesto de curador del salón de minerales que le dieron. Habíamos trabado una sincera amistad después de que me comentó, en el último año de universidad, que su ciudad natal era Nola, la ciudad que había visto nacer el genio incomprendido de Giordano Bruno. Recuerdo que me repetía como una muletilla que en el convento de los dominicos donde había estudiado Bruno durante su primera adolescencia, en los muros del cuarto de penitencia en el que solía pasar días enteros por rebeldía, todavía la humedad no había ganado los círculos y caracteres astrológicos en que el gran mago cifraba su demoníaca arte de la memoria; también me había prometido un ejemplar del siglo XVI de la biblioteca de su padre del De Umbris Idearum, que posiblemente Bruno en persona había rubricado.
A esa naciente estabilidad siguió la consecución de otro hito de mis planes, enseguida vendí la casa y me instalé en una pensión a escasas cuatro cuadras y media del museo. Disponía ahora, gracias a la venta del inmueble, de una suma cuantiosa, y mandé a mis amigos que seguían cursos en Europa todo el dinero, con la lista de los libros que me parecían imprescindibles, ahora que mis energías frescas serían concentradas en el estudio de la magia natural renacentista.
Y fueron llegando, uno tras de otro, los paquetes; el primero contenía un ejemplar de los Secretos de la Naturaleza -Mirabilia Naturae- de Alberto de Colonia, muy raro, pues era una edición desconocida hecha en Venecia de la que hasta hoy no he encontrado referencias en los catálogos de bibliófilos, impresa en 1517 en las prensas aldinas junto con el grueso volumen de la Magia Naturalis de Hieronymus Cardanus, Girolamo Cardan. Los paquetes me llegaban al museo, porque con esa dirección y ese destinatario era mucho más difícil que algún ladronzuelo del correo se atreviera a abrirlo, pues se sustanciaría inmediata investigación por parte de las autoridades, en momentos en que se daba tanto impulso a las ciencias y al enriquecimiento de las colecciones de los museos. Cuando yo los recibía -era también parte de mi labor recibir la correspondencia-, me los guardaba con la conciencia limpia, pues no eran cosas solicitadas en verdad por el museo, sino que yo solicitaba a mis amigos europeos que los enviaran con ese remitente, y el museo no se enteraba, como que no era algo que hubiese encargado ni en lo que se gastasen fondos de la institución. Nunca olvidaré el día en que llegó uno de los paquetes más importantes: hacía semanas que lo estaba esperando y realizaba todas mis labores distraído, pensando en la anhelada llegada: se trataba de la obra cumbre de magia natural y del estudio de resonancia y analogía entre los mundos: Historia Utriusque Cosmi de Robert Fludd, impresa en Oppenheim en 1620 con grabados de Theodoro De Vryes. Con la encomienda llegaron dos sorpresas más: un telegrama que anunciaba a Eustaquio la muerte de su padre acaecida poco antes, y algo que me inquietó: un ejemplar del De umbris idearum remitido por Fortunato Quiñones, uno de mis amigos que estaba estudiando en Bolonia, que yo no le había solicitado, pero que él se había permitido comprarme como obsequio, pues en Nola, ante la súbita muerte de un endeudado y viejo médico del lugar, se había rematado su biblioteca y los libros se había subastado a precios irrisorios. Entre ellos estaba el ejemplar de las Sombras de las Ideas. Me estremecí cuando supe por el ex libris que había pertenecido al padre de Eustaquio Lipari, y el libro era el que él había prometido obsequiarme. Con indeleble tinta roja, en la parte de atrás del libro, había ciertos signos garrapateados por una inequívoca y tortuosa mano del siglo XVI, la del terrible dominico de Nola, Bruno.
No le dije del libro a Eustaquio, pero sí le entregué la esquela en que se le anunciaba la muerte de su padre. A los pocos días estaba como siempre.
Así comenzó mi ruta de aprendizaje. El periplo por los mares de las astrales y arcanas correspondencias. Allí aprendí, con ojos ávidos y corazón tembloroso, que toda la realidad es un tejido de signaturas misteriosas, un libro abierto para el que lo sabe leer. Me deslumbré con los rostros asininos, las facciones leoninas y los belfos taurinos que me mostraron los libros de la Physiognomia de Giovanni Battista della Porta; la Metoposcopia de Cardanus me hizo aprender mucho más de lo que yo creía saber sobre mi jefe, el director, con sólo prestar atención a las arrugas de su frente cuando me gruñía; descubrí la M que todos los mortales tenemos grabada en cada palma, murmurándonos que estamos destinados a morir y que somos hijos de la muerte; vislumbré en pequeños grabados las piedras que la madre tierra incuba en sus entrañas signándolas con imágenes de águilas, ciudades y caracteres alfabéticos y que Athanasius Kircher desenterró, limpió, acarició, estudió, atesoró en su museo de Roma y publicó en los grabados del Mundus Subterraneus, en 1682; me asombraron los cangrejos sicilianos cuya caparazón evoca asombrosamente un rostro humano sonriente y que ya deslumbraban a los habitantes de Agrigento, a juzgar por sus dracmas y litras de plata; entreví los mensajes que los dioses escriben en las caparazones de las tortugas chinas y la escritura que los gnósticos soñaban descifrar en el pelaje de los tigres; instruido por el libro primero del De Occulta Philosophia de Agrippa me alejé de cualquier posible contacto con prendas de difuntos, pues toda mortaja o sudario en contacto con un cadáver se empapa y comienza a vibrar peligrosamente con ritmo saturnal y cadavérico, análogo al de una lenta danse macabre; asentí lógicamente con los que ven en la forma y el color de las plantas el indicio de la enfermedad o el órgano que curan, como la serpentaria, que por su forma de serpiente lenifica los efectos del veneno de algunos ofidios, y la pulmonaria benéfica hacia los pulmones; entendí que el ojo, la tierra y el corazón, son una misma cosa, como afirma Bruno, y que son hermanos regidos por el mismo engranaje en la excelente máquina del cosmos, ya que los tres están calibrados a 23 grados de inclinación; que la divina inteligencia creó en un mismo instante a ciertos huesecillos del oído humano y al animalito de la limnea; y que la curva de la concha del molusco Nautilus pompilius danza al ritmo del número áureo caro a los pitagóricos, proporción también marcada por el ombligo del cuerpo humano en relación con su estatura; aprendí que hay odios naturales tan fuertes como el de la hiena y la pantera, cuyos pelajes todavía se erizan al acercarse dos prendas confeccionadas con ellos; justiprecié la música de la viola d’amore que, como su nombre lo indica, saca partido de la amorosa vibración por resonancia para crear su dulce sonido, y también la nota constante por detrás de la variada melodía de las cosas: monocordio que, cual una columna salomónica, rige y sostiene todo el universo y lo calibra con la armonía de la música de las esferas, como enseña Fludd con la exquisita didáctica de sus cuidados grabados; en fin, que esta columna también está en el hombre y que el hombre vibra y canta por esta columna, como nos enseña en sus Hieroglyphica Horapolo, al homologarlo con la cigarra solar que canta por sus élitros.
A medida que me entusiasmaba y progresaba mi lectura en frío del latín de los textos, en un comienzo tan ardua, abandonaba el museo a altas horas de la noche y descuidaba la pensión. Al principio me sentaba a leer cuando se cerraban las puertas de la institución pero, pasado un tiempo en que cobré confianza, desde bien temprano durante mi jornada de trabajo; pasaron unos meses y no hacía prácticamente nada, permanecía horas sentado a puertas cerradas en el minúsculo despacho que se me había dado, con su pequeña claraboya desde la que se podía ver un pañuelito de cielo. Yo nunca había trabajado esos textos en latín, y el abordarlos en esa lengua de cierto modo me exigió una entrega total, una entrega que comenzó a minarme las energías y me debilitaba. Mi ánimo -si se me permite el término- se melancolizaba cada vez más, comía poco y empalidecía mi rostro verdoso. Nadie me reprochaba nada, ni se notaba mi descuido, lenta y monótona la existencia del museo.
La pensión se me había transformado en poco más que un lugar donde desayunar, guardar la ropa y asearme, porque pasaba casi veinte horas en el museo, leyendo. Empecé a conocer de memoria qué estrellas pasaban por la breve claraboya de mi despacho, como magnificadas y enmarcadas por su pequeña circunferencia; el efecto es simple y conocido, aún sin una lente de aumento, si se enrolla un tubo de cartón, una revista, pongamos por caso, y se enfoca al cielo de noche, lo que se ve por el improvisado telescopio es un trozo de cielo más nítido que a simple vista; el efecto es mucho más notable todavía con la luna. Ese efecto producía la claraboya, como encauzando por un cañón los rayos de las estrellas que se colaban por su ojo y filtrando sus efluvios.
No había vuelto a abrir el De Umbris desde que me había llegado, en parte porque me entristecía -al parecer más que a su propio hijo- la muerte de su anterior propietario, quizás identificándome con él y proyectando en ese hombre desconocido para mí la certeza de que también yo, algún día, debería separarme de todos mis queridos volúmenes, por los que había renunciado a una vivienda de mi propiedad, y en segundo lugar porque el arte de la memoria de Bruno, aunque apasionante, no entraba exactamente en mis intereses más urgentes de estudio. Esa noche, con todo, me puse a reflexionar sobre las coincidencias extraordinarias de que me hubiese topado por otras vías con un libro del que ya se me había garantizado la posesión. El libro había llegado a mí de todos modos, pero por una cadena de acontecimientos totalmente distintos; es más: la misma cadena de acontecimientos que en realidad debería haber destruido cualquier esperanza de tenerlo (ya que la subasta de los libros los alejaba para siempre de Eustaquio) al parecer era la que, paradójicamente, me lo había facilitado. Reflexionando en esto lo saqué y comencé a hojearlo. Al pasar las páginas, noté qué algunas estaban, como suele suceder, unidas y sin cortar, lo que evidenciaba que el ejemplar no había sido abierto ni hojeado nunca, sino comprado y archivado sin más, cosa lógica si el libro había pertenecido, como yo y Eustaquio habíamos sospechado, a su autor, quien mejor conocía su obra y, cualquier ejemplar que tuviese, sería sólo por el placer de tenerlo, y no como herramienta de estudio, máxime conociendo el poder de su memoria legendaria. Se trataba de una de esas impresiones en plancha, esas en que todo un pliego se imprime siguiendo un orden especial de páginas, luego el pliego se dobla en cuatro u ocho dobleces, se cosen los pliegos, y la tarea final de la “apertura” de los pliegos se realiza con guillotina, la cual separa cada página de la siguiente. Pero a veces acontece que si un pliego ha sido cosido más atrás que los otros, ese borde escapa al filo de la guillotina y, si el libro no es comprado por quien está interesado en estudiarlo, sino que cae en las manos de quien sólo quiere exhibir su lomo, jamás será abierto, ni descubierto el error y subsanado a fuerza de tijeras.
Separé cuidadosamente las páginas con un cortaplumas, y mientras realizaba el corte, algo cayó de entre sus páginas, causándome cierta aprensión. Era un pequeño bultito negruzco, bastante grande. Cayó al suelo con sonido apagado y cuando lo levanté no reconocí lo que era; al acercarlo a la lámpara, casi me caigo de la impresión. Era una esfinge calavera, una mariposa nocturna de la familia de las Sphingidae, famosa y absolutamente reina y señora entre la fauna mágica de las simpatías y correspondencias de la magia natural, una de las más formidables hechiceras entre todos los animales, a la que sólo es comparable, por el arte de la fascinación que despliega ante sus víctimas, el caburé de estas tierras, el Glaucidium nanum, la lechucita que en el litoral argentino es llamada quil-quil y cuyas plumas son usadas como payé o talismán por los paisanos. La gorda mariposa, velluda y negruzca, estaba momificada, disecada por el trabajo mismo de los siglos y el secante natural que son las hojas de papel de pasta del siglo XVI.
No me costó, especialista como soy en entomología, clasificarla. Se trataba de una formidable Acherontia atropos de la excelente clase que se da en Italia. Ninguna tiene más perfecta la calavera en el lomo, ni la Acherontia styx ni la Acherontia lachesis, ninguna tiene más definidos los tres colores inmemorialmente asociados a la luna: el blanco lechoso de la lepra, el rojo-carmín y el negro, los colores de la triple diosa Hécate. La calavera de su lomo es una obra de arte de la naturaleza: allí están los enormes ojos, perfectamente redondos y negros, el adelgazamiento de los pómulos y sobre todo, la mandibula inferior, separada, con los dientes que encajan perfectamente en los orificios de la mandíbula superior, y los de ésta en los orificios de la mandíbula inferior, ¡en una muda sonrisa desencajada!... pero ésta es sólo la más teatral de sus propiedades, la mas conocida; tiene otra más terrible: la Acherontia produce un lúgubre chillido, un ¡ay! que es queja y silbido a la vez, un silbido que adormece hasta a las laboriosas abejas, y le permite colarse en el panal impunemente para succionar la miel sin temor a los aguijones, mientras todas las abejas, aturdidas y atontadas, se adormecen acunadas por el canto sirénico de la terrible bruja alada.
Tal vez, -y sólo tal vez- por mi condición de entomólogo, me encariñé con el venerable, el longevo insecto disecado, que acaso había revoloteado sobre la cabeza de Bruno, y seguramente sobre la del maestro encuadernador que estaba doblando los pliegos y sin saberlo, o a sabiendas y por travesura cruel, la encerró en el pliego del libro que estaba a punto de coser. La quise hacer compañera de mis estudios, y porque era demasiado frágil, la sumergí en un baño de parafina que la convirtió en un objeto repulsivo, pero manejable y sin riesgos de disgregación. Entonces la coloqué dentro de una cajita de cristal sobre mi pequeño escritorio, para tener a la vista su diminuto cráneo, así como los pensadores del renacimiento, sobre todo los españoles, tenían a la mano un cráneo que les recordase que todo es vano, la omnia vanitas del Eclesiastés.
Fue entonces que me sumergí en el libro. El latín de Bruno es terrible y selvático, salvaje e indómito tal como debió de ser el alma misma del monje rebelde, un latín que se escapa a cada instante y se desboca cual demoniaco caballo infernal. Me sumergí con un apasionamiento destructor, y desentrañé sus terrores, su plan de cósmica soberbia y blasfema codicia.
El libro casi me destruye. Siguiendo sus instrucciones, comencé, ciego de locura y de entusiasmo, a construir en mi memoria y en mi fantasía las incesantes ruedas revolventes con las que Bruno promete el conocimiento absoluto y, de manera velada, el dominio de los mundos. Noche a noche erigí los atrios, los campos, los altares, los pozos de torturas, probé los grilletes y las tenazas al rojo en mis carnes mentales, saboreé los amargores de mil plantas en mi imaginación, me autoflagelé en el fantástico escenario de los potros y los cepos interiores con que, decorados de texturas llagadas, leprosas y ulceradas, se debe poblar el aparato fantástico de la mente; levanté los babélicos alcázares internos y los fantasmales laberintos de penumbra mental; tallé los simulacros, las estatuas y los ídolos percusivos que, sangrantes y animados de amenazantes gestos, adornan las esquinas de cada estancia en arquitectónica disposición; eché a andar los complejísmos engranajes de esa máquina barroca y de terrible aspiración de poder: creé el teatro del mundo en la soledad de mi alma. Me desarmé, me despedacé interiormente, me deconstruí para volver a construirme, como un nuevo Osiris, Dionisos, o Zagreo, pero sin la ayuda de Isis. Como aconseja Bruno, trabajé y coroné mis esfuerzos en la búsqueda de mil sinestesias: escuché colores, escruté sonidos, saboreé caricias y palpé gustos. Mi entereza estaba al punto del colapso, y la sinestesia me dominaba también en la ruinosa vigilia que, de a jirones, sufría. Confundía geometrías con melodías y texturas con aromas.
Fueron semanas de lectura febril y dolorosa, meses de ejercicio interno. Me quedaba dormido sentado al escritorio y en sueños veía cómo la luna dejaba entrar un chorro de luz magnificada por la claraboya justo sobre mi cabeza; el rayo acariciaba la cajita de cristal con la mariposa y luego me bañaba a mí, exangüe y sin fuerzas, con su luz; una voz me recordaba vagamente en sueños que la luna, en astrología, es el planeta más húmedo, cuyas aguas todo lo disuelven y confunden, y mezclan las naturalezas y las pervierten, y así como me encontraba, toda revolucionada y removida y conmovida desde sus cimientos mi naturaleza por los ejercicios espirituales de Bruno, en el sueño esa luz me disolvía placenteramente y me dejaba arrastrar por los océanos del plenilunio. Lunaciones enteras sucedió lo mismo.
Al final caí postrado y tuve que regresar a la pensión. Recién entonces, cuando me debatía en el doble filo de la vida y la muerte, se posaron en mí los ojos a los que ningún descuido ni holgazanería de mi parte había hecho reaccionar y me obligaron a dejar mi cargo por un tiempo. Me prescribieron tres meses de reposo.
Unos pocos días después de mi postración sucedió la primera muerte. Primero fue el director. Lo encontraron en su despacho, tirado en la alfombra y sin una gota de sangre: era como un papiro crujiente y abollado, parecía una marioneta de papel maché; no solamente le habían extraído toda la sangre, sino que en el pecho, donde nace el esternón, le habían introducido una especie de tubo o pipeta, a juzgar por la forma de la herida, y le habían extraído todos los órganos blandos, previa licuefacción interna. Las vísceras habían subido, hechas una pulpa semilíquida, por ese émbolo de succión que se le había introducido en la caja torácica por el esternón. Faltaban también la médula y el encéfalo. La noticia fue ampliamente difundida en el nuevo periódico de la ciudad, la Voz del Interior y, mientras estuve postrado, fue mi única forma de seguir las investigaciones, mi único contacto con la realidad.
La noticia me inquietó. La mañana en que leí el exhaustivo informe del periódico me había levantado mejor, con un regusto entre dulzón y metálico, pero con un ánimo sensiblemente fortificado por el reposo. Como había decidido alejarme un tiempo de los libros durante mi convalecencia, los había dejado en mi despacho, en una caja a mi nombre, y todas las pertenencias que habitualmente manejaba en el museo, estaban con ellos. No tenía con qué distraerme, y me enfrasqué en una tímida investigación, gracias a los datos que me aportaron dos o tres conocidos que me visitaban en la pensión sobre las pericias médicas y las pistas que indagaba la policía. No saqué ninguna conclusión plausible.
Puesta a un lado su crueldad, el vampírico asesinato no dejaba de haber sido oportuno para mis intereses, ya que mi ausencia y mi creciente debilidad me eximían de toda sospecha, la cual de otro modo habría pesado bastante, conocido públicamente el encono que el director y yo mutuamente nos profesábamos. Tuve, no obstante, varias pesadillas en las que reconocí el perfume de la culpabilidad: mi inconsciente me culpaba en los sueños, condenándome sin proceso ni pruebas; me veía asesinando al director e introduciéndole entre las costillas un enorme cuerno de animal fósil, que resultaba ser tubular y por el que lentamente subían sus pulpas vitales. Luego este cuerno entraba por la columna vertebral y sorbía la dulce médula espinal, hasta el bulbo raquídeo, la esencia misma de su humanidad. Al final yo era descubierto porque un médico ordenaba diseccionar mi cuerpo: en el corte longitudinal aparecía entonces, dibujada por la linfa y la sangre, la silueta de un hombre desgarbado de sesenta años, con el inconfundible levitón del director, tal como cuenta Ctesias, el médico de Artajerjes Memnón, que al partir en dos longitudinalmente el cuerno del unicornio, aparece la silueta de una forma humana.
Para cuando sucedió la segunda muerte, yo ya estaba plenamente recuperado y con más vigor que nunca. Había vuelto al museo con una actitud nueva: no descuidaba mi trabajo y poco a poco se iban desdibujando los enfermizos e insanos intereses de otrora, cumplía puntualmente mi horario y habitaba como cualquier caballero normal en la pensión mientras no me desempeñaba en mi despacho del museo. Tampoco había vuelto a abrir la caja con mis libros embalados ni había revisitado mi mariposa encerrada en la cajita de cristal, que dormía en el gran paquete de mis pertenencias entre otras muchas cosas, inmovilizada por la parafina y por la muerte de trescientos años atrás.
Aconteció la víspera de la fecha en que esperábamos al nuevo Director. Me dirigía al trabajo contento, tan exultante de ánimo que silbaba camino al museo. Cuando abrí la puerta de ingreso, en el hall al que daba la puerta cancel, yacía otra lamentable pelotita de papel abollado, pequeña esta vez, pero también humana: era los restos de mi amigo Eustaquio Lipari. En la ingle marchita aparecía tatuada claramente la silueta de una mariposa. Por lo demás, igual técnica, iguales métodos, iguales resultados.
Pero esta vez había una diferencia: yo ya estaba repuesto y era el único que tenía acceso al museo, como poseedor de las llaves, durante la noche. Un agravante me complicaba más aún; por esos días y, con el movimiento de los papeles del museo por la muerte del director, había saltado a la vista que mi desempeño había sido desastroso, y todas las cosas que dependían de mi control estaban sin hacer o mal hechas. Además por esos días se rumoreaba en la universidad que mi puesto, en caso que me pidieran la renuncia, sería ocupado por el brillante gringo, al que se le había ido haciendo justicia y reconociéndole su extraordinaria preparación académica boloñesa. Mi conocida animosidad e intolerancia de las épocas estudiantiles no me jugaban a favor, y menos aún mis aficiones intelectuales extracurriculares.
Me resolví al instante y envolví con mi levita negra esa hojarasca liviana, y pasé mi jornada con total normalidad. Esa noche me dirigí al cementerio en carruaje, con la levita que crujía abultada y envuelta en mis brazos. Después de recorrer el bosque de cementos fúnebres, esa ciudad casi más fantasmal que las que yo había proyectado con la urbanística bruniana en mi aparato fantasmático, esperé que todos se fueran y me escondí entre las estatuas. Deambulé toda la noche, primero con la intención de depositar en algún panteón ganado por la hiedra y la maleza el desecho que había sido mi amigo, y después asqueado por cierta culpabilidad que me golpeaba desde adentro.
Con ánimo menguado me alejé del cementerio cuando ya se fugaba la noche y la luna, tardía y anacrónica, triunfaba subiendo por oriente, leprosa e hinchada; aprovechando la soledad del crepúsculo matutino trepé por la cuesta amurallada del cementerio. Entonces mi atención se fijó en el muro: me percaté súbitamente de que la sombra que salía de mi cuerpo me era rebelde, no copiaba mis formas, sino que obedecía a otra.
En el paredón del cementerio y a la luz de la luna, mi cuerpo proyectaba la oblicua sombra de una gigantesca mariposa nocturna, velluda e hinchada, y una enorme lengua en espiral, que se enrollaba y desenrrollaba anhelando más libaciones, goteaba aún la sangre de mi última presa.