Manuscrito encontrado detrás de un espejo
El manuscrito, encontrado por un anticuario de Córdoba en la parte de atrás de un espejo fabricado en el Cuzco, está fechado en 1715. No existen registros de que quien lo firma haya realmente pertenecido al Convento cuyo nombre es preciso omitir.
No sé si la relación (debería decir revelación) que me he propuesto hacer tendrá consecuencias para mí; lo único que sé es que siento la impostergable necesidad de hacerla, que mi espíritu no descansará hasta saberse despojado de estas palabras que me roen las entrañas, como una herrumbre creciente y maligna, como un cáncer extraño y azul.
Por otra parte, sólo una muy mala suerte o la voluntad de la suprema providencia podrían hacer que el manuscrito se descubriera... con todo, si se descubriera por esta última causa, me consolaría pensando que era necesario un castigo para mi acto, y más aun, que los otros testigos implicados en este extraño suceso estaban equivocados. Porque nada me inquieta más que eso, que mi absoluta certeza de que ellos han obrado mal, y de que no debería condenarse al secreto lo que, aparte de confesar sus errores, (nuestros errores), pondría en evidencia la absoluta seguridad de la existencia del orden metafísico de las cosas, de la realidad espiritual, que mas allá de las certezas externas, teatrales, aparentes, de los altares barrocos y las casullas sobrecargadas, ya está comenzando a ceder en muchos de los espíritus europeos, aunque aquí todavía no hayan llegado los ecos de esas dudas más que entre los rumores nerviosos en los pasillos de la biblioteca universitaria, seguidos de la obligación tácita de santiguarse.
Sin embargo estoy tranquilo, al menos en lo que concierne a la seguridad del manuscrito; el reverso de un espejo es un lugar ideal para el descanso de lo que voy a contar ¿descanso o mortaja? No me importa, lo que quiero es que estas palabras salgan de mi espíritu, de mi carne, de mi pobre y ya caduco cuero de cristiano y de presbítero. A veces miro esos pesados mamotretos de la biblioteca jesuítica, con ese cuero sin curtir, y casi me parece ver mi piel, castigada por el sol y por el frío, constelada por el hígado, ese demiurgo banal que se queja de la edad... y mi mente tan llena de esas discusiones teológicas, de doctrinas y doctrinas, quaestiones y más quaestiones, derecho canónico, derecho de Indias, premáticas, fueros y más fueros, contenidos tan previsibles para mi condición como los de esos libracos cuyo propio peso desencuaderna.
En cambio esta relación, mínima, en este pliego de unos pocos folios, con su cuerpo sutil de libreto teatral, podrá dormir en el reverso de este espejo. Pobre espejo, tan breve, tan pequeño, con un marco tan desorbitadamente inmenso, pesado y labrado, y ahora el pobre va a cargar con un peso aun mayor, el secreto que todos los testigos del hecho que voy a referir juramos llevarnos con nosotros. Me observo en su marco, y veo pesando en mi frente el secreto que pronto pesará del otro lado de su luna, del lado secreto y silencioso de su luna.
Pedro tenia diecisiete años cuando comenzó a notarse su... ¿defecto? Así lo consideramos todos en ese entonces. Su voz, tan útil en los oficios religiosos, se resistía al cambio. El espantoso reloj que duerme para siempre la voz angelical de los niños que cantan, parecía remolón en él. A los quince, dieciséis años, puede todavía pensarse en una edad, aunque tardía, relativamente normal para el quiebre de la voz, pero a los diecisiete... ya se veía que su voz no cambiaría, que la feroz alquimia que baja las cuerdas vocales no apoyaría su garra en esa voz alada, angelical, bellísima. Por el contrarío, desde los catorce años su voz se sublimaba, se hacía más brillante, más potente, más segura y cristalina, era algo magnífico. Con el crecimiento de su pecho, de su poderosa caja torácica, la débil flauta se había sublimado en poderosa trompeta, en deslumbrante violín, en amante oboe, en dorada viola da gamba; todos los instrumentos parecían haber depositado en su voz sus más hermosos timbres.
La insulsa música que llegaba del Perú y de las selváticas Misiones del Paraguay le quedaba chica. Interminablemente llana, desconocía, en su sencillez provinciana, los acentos complejos y triunfales del nuevo gusto europeo. Pedro parecía exigir nuevas melodías, nuevas destrezas, y el clima que se creaba en la iglesia cuando cantaba era cada vez más incómodo.
Su voz fluía desde lo alto de la iglesia hacia el altar y los fieles que seguían el oficio. Se sentía en el aire pesado de incienso la tirantez de cejas encrespadas, de manos orantes, heridas en el corazón de su estudiada austeridad. No parecía lícito el desborde de las florituras de Pedro en el coro, atentaba (en ese entonces yo también lo creía) contra la humildad del cuerpo del coro, de la congregación de fieles, del género humano.
Pedro, por su parte, ignoraba la creciente desaprobación de sus facultades. ¿Quién podría apreciar lo que en realidad sucedía? ¿quién, en esta remota ciudad de las Indias, podría darse cuenta de que la virtud, el don de este niño eran algo insólito y nunca visto o, mejor dicho, oído? Yo, que había estudiado algo de música en Ferrara allá por el 1670, y que por un regalo del destino había estrechado la mano, en París, del gran Lully y en Roma la de Corelli, me sentía pasmado por lo que me parecía una injusticia. Injusticia, sí, porque esa voz debería haber nacido en Nápoles, en Bolonia, en Roma, no en estos remotos confines de la Corona Española, condenada al desprecio, a la envidia o a la indiferencia. Pedro, como decía, ignoraba lo que yo empezaba a vislumbrar. Él cantaba, cantaba con un amor hacia el Creador que hacía estremecerse todo el templo, pero a la mayoría de los fieles poco importaba esa belleza, que turbaba y opacaba el oficio en sí, el sermón del sacerdote encargado de la misa. Debo confesar que el embeleso de su voz me distraía de la reflexión y la contrición que son obligación de todo buen cristiano, pero no sé que me pasaba, me parecía que en esa música se disolvían todas mis culpas, mis temores, mis pecados, me sentía infinitamente amado por la divinidad cada vez que escuchaba su canto, y volaba en las notas de Pedro. Pero poco a poco la opinión general prevaleció sobre mí también.
Una tarde que me había subido hasta la parte más alta de la cúpula, para recibir la música en todo su esplendor (porque esa música ascendía, no se esparcía hacia abajo más que en ecos que no hacían justicia a su perfección) me encontré a punto de precipitarme al suelo desde el lugar cercano al coro donde me encontraba; cuando recuperé la conciencia, estaba a punto de perder el equilibrio; en el deleite de mi éxtasis, no sé qué fascinación me había hecho creer que yo habría podido volar acunado en el Kyrie que en ese momento cantaba Pedro. Lancé un grito y la música se detuvo. Todos los fieles miraron hacia arriba y yo pude agazaparme de nuevo en la baranda. Gracias a Dios no pudieron enterarse de quién había lanzado ese grito: mi voz se había deformado en el acceso de pánico y no se había reconocido el timbre, ronco por el terror de caer al vacío y desnucarme. Varios subieron rápidamente, pero me deslicé con más agilidad y me escondí en un nicho que, por suerte, ellos no conocían. Así me libré de una mancha que difícilmente hubiera podido borrar después, pues dudo que pensaran bien acerca de mis motivos para escuchar el coro desde tan cerca, desatendiendo la misa. Ese suceso me hizo reflexionar que estaba siendo enredado por un embeleco diabólico, que me había llevado casi hasta la muerte, y que me había hecho preferir un deleite mundano al encuentro con la eucaristía, pues está claro que estando arriba no podía luego bajar y comulgar, y hubiera puesto en evidencia mi capricho de oír el Kyrie por la música en sí, y no como un mero ornato servil de la liturgia.
A partir de entonces me plegué al horror general y galopante que comenzó a desacreditar esa voz falsa, femenina, impropia de un varón de ya diecisiete años, con un timbre diabólico que parecía encerrar agazapada la garra tersa de un tigre. Además, al casi desplomarme desde la cúpula, yo había tenido una experiencia en carne propia de lo peligrosa que resultaba esa voz para quien se acercara a ella con un poco más de curiosidad. Entonces el ángel comenzó a parecerme una sirena, sedienta del error de los otros, del encantamiento que aleja del buen camino y nos seduce hacia la muerte después de habernos prometido el paraíso. Mi opinión no cambió hasta esa tarde luminosa de setiembre de 1714, cuando sucedió lo que ahora me golpea el espíritu, lo que ahora pugna por salir como una pequeña Minerva ineluctable en su deseo de ver la luz.
En 1712 Pedro cumplía veintiún años, o aproximadamente, ya que no conocíamos sus padres, y había sido criado en el convento y educado bajo el manto de la Iglesia. No desconocía ni los rudimentos de las artes liberales, ni le era ajeno el latín. La misma tarde de Setiembre en que, por una piadosa convención, se había fijado como la fecha de su natalicio, en realidad ignorado por todos, llegaron ciertos paquetes para el convento con mercaderías desde España y desde el Cuzco. Esperábamos, entre otras cosas sin demasiada trascendencia, un buen número de resmas de papel, una buena provisión de incienso, que se había terminado hacía casi dos años, y muy especialmente una talla de un Doloroso que se había encargado doce años atrás. Este último objeto motivaba hacía varias semanas las expectativas del Convento, porque sabíamos de la fama del imaginero cuzqueño que había labrado la imagen, y porque en la descripción que de ella nos había hecho un vecino que meses atrás, por encontrarse en Cuzco, la había visto a medio ejecutar, abundaban los detalles de pasmo y admiración. Mucha gente comenzó a agolparse cuando se bajó de la carreta el pesadísimo bulto que contenía la figura doliente y sangrienta del Cristo policromado. Los primeros en llegar fueron algunos muchachos, entre los cuales se hallaba Pedro. A mí se me encargó, en vista de la agitación general, y a pesar de que habíamos dispuesto mostrar la talla en el oficio del domingo, desenvolverla para que al instante todos, y afuera del convento, pudieran apreciarla. Poco a poco desenvolví los trapos en que había sido envuelta, y como si fuera rescatándola de una mortaja, de un falso sudario, asomó el Cristo doliente, o más bien asomaron sus infinitas heridas, porque la talla –bellísima en el éxtasis de su tormento barroco- estaba bañada en sangre, en un pigmento que imitaba, y pasmosamente bien, el aspecto de la sangre. Nadie reparó en un paquete que, a modo de burla, parecía, había sido colocado entre los brazos del Cristo, como si la estatua no fuera más que el correo de ese pequeño intruso. Para que no cundiera la sorpresa de ver tal cosa entre sus brazos en oración, inmediatamente lo saqué, y se lo entregué al primero que tuve cerca, y ése fue Pedro. No me acordé después de esa circunstancia, turbado como los otros por el dolor expresado en la talla, y por la preocupación de que nadie, en el revuelo de tanta gente, y por descuido, claro, la estropeara.
Al otro día Pedro amaneció distinto. Estaba ausente, absorto en una lejanía que yo no me atreví a indagar. Cuando dejó su humilde cuarto para asistir al oficio, rondé cerca un rato y al cabo entré en él, curioso como cuando me había acercado al mismo Pedro (o a la voz de Pedro) la vez que casi me había precipitado desde la cúpula. Entonces me acordé del paquete extraño. Debajo de su camastro encontré el contenido ilícito y escandaloso que había venido acunado por el Cristo: dos mazos de naipes de clara factura inglesa, y por lo tanto de contrabando, y unos cuantos paquetes de un tabaco que apenas acerqué a mi nariz me dieron náuseas. Pensando que la culpa de Pedro, que seguramente lo carcomía por dentro, era lo que lo había afectado, me reí, y despreocupado, me senté en el camastro. Entonces descubrí lo que realmente lo había perturbado, aunque no lo supe hasta el día fatídico de su... ¿debo decir muerte? No lo sé, no está en mis posibilidades el determinar qué sucedió esa tarde de Setiembre del año pasado, ni creo que nadie pueda estar seguro de lo que realmente le pasó al pobre Pedro. Al sentarme sobre el colchón, debajo de la almohada crujió como un pequeño pájaro herido el papel impreso. Cuando tomé entre mis manos ese pasquín, ese folleto, confirmé mis sospechas de que el paquete era un contrabando. El texto de la portada estaba en inglés, y aunque no domino la lengua, me di cuenta al instante de qué se trataba. Era un libreto de ópera, con la partitura para el Primo Uomo, y era música de Haendel. El maestro Haendel se había hecho famoso en una estadía en Nápoles hacía poco tiempo, de él mis contactos en Italia me habían escrito maravillas, y yo ahora tenía ante mis ojos una partitura con lo más selecto de su música, con su inspiración para la voz de un Primo Uomo...
“Rinaldo, 1711” decía la portada, custodiada por un grabado que era un revuelo de ángeles, trompetas y liras en apoteosis de nubes y mantos flotantes. Se trataba del libreto de la ópera y, como ya dije, de la partitura para las arias. Con ojos ávidos recorrí las notas, y en mi mente luchaban las preguntas por acomodarse y encontrar un sentido a las misteriosas circunstancias que habían hecho llegar hasta las remotas tierras de las Indias esos papeles. En cuanto a los naipes y el tabaco, seguramente el contrabandista -alguien relacionado con el embalaje del Cristo- debió hallarse en apuros cuando manipulaba la peligrosa mercancía y no atinó sino a esconderla con la imagen, pero en cuanto al libreto, no entiendo cómo pudo llegar a sus manos... conjeturo que el encargado de embalar las cosas en Inglaterra lo colocó allí por error. Pero entonces me sorprendía que hubiese podido darse semejante coincidencia: que un conjunto de arias para castrato llegaran a manos de quizás el único soprano masculino en América, no parecía un hecho fortuito, sino que de algún modo parecía haberse colado la influencia de un orden superior. A pesar de todo lo que giraba en mi cabeza, y después de acariciar cada una de esas arias, que resonaban silenciosas en la caverna de mi mente, dejé en el mismo lugar el libreto y decidí no hablar de eso a Pedro, pues en el fondo me daba lástima la suerte que, yo ya lo sospechaba, le reservaba la desaprobación de sus facultades en el Convento.
Pasaron los meses y pudo más la ignorancia general que la belleza de la voz de Pedro: se le prohibió seguir cantando en el coro, y no se le dieron argumentos, la orden, que silenciaba sus motivos, cayó con todo el peso de la arbitrariedad, y Pedro tuvo que resignarse a cantar lejos del Convento, lo suficientemente apartado para no ser oído. Pero nunca dejó de cantar; yo lo sabía porque lo veía regresar feliz del campo, con un aire de tranquilidad que sólo tienen quienes han logrado sus sueños más queridos. Además, por un indicio mucho más objetivo: reconocía entre sus manos una carpeta de cuero en cuyo interior yo sabía qué traía. Pedro iba cada tanto a las afueras de la ciudad a ensayar lo que seguramente le había resultado una música maravillosa: las arias de Haendel. Me imagino su deleite al interpretar esas notas a veces exquisitamente triunfales, a veces terriblemente dolorosas, con una poesía tan fiel a un canon de belleza que sólo un Metastasio había podido crear...
Pasaron los meses, y llegó 1713. Pedro ya no cantaba en el coro, y los otros muchachos, niños en realidad, murmuraban una música terriblemente aburrida y lúgubre, pero nadie consideró la falta de Pedro como algo digno de notarse. Pedro, que no sabía hacer más que cantar, seguía en el Convento, sin actividad alguna. Previendo que su optimismo, su cordialidad y hasta su salud serían minadas por la prohibición brutal, me sorprendí de verlo, con el correr de los días, tan amable y cariñoso como siempre; sus salidas del Convento, por otra parte, eran cada vez más frecuentes.
En Agosto decidí seguirlo, porque tenía curiosidad sobre lo que realmente hacía en sus salidas, y porque extrañaba la miel de su música, esa ambrosía sonora que me había cautivado tanto antes de que me aguijara el miedo de su demoníaca perfección. Por otra parte, no era yo el único que sospechaba las actividades de Pedro. Los Padres del Convento no eran ingenuos, y lo veían demasiado feliz como para no sospechar sus actividades en las salidas; esa sospecha fue el causante del hecho que realmente logró lo que nada había alcanzado antes: herir la vida de Pedro con un dardo de muerte.
Esa tarde de Agosto nunca voy a olvidarla. Preparado en el lugar por donde sabía que iba a pasar, fingía leer un diminuto misal cuyas letras eran ya demasiado pequeñas para que mis ojos las reconocieran. Al rato pasó Pedro, y de lejos comencé a seguirlo, con un vértigo en el plexo de mi vientre, porque en realidad sospechaba lo que él iba a hacer. Por otra parte, ese revuelo de mariposas en mi estómago ahora me parece una premonición corporal de lo que iba a presenciar, pero tal vez es la deformación que la perspectiva del tiempo impone a las circunstancias, cada vez más alejadas de nosotros, lo que me da esa ficticia certeza.
Escondiéndome entre los yuyales cortantes, vi que Pedro se detenía en una pequeña loma. Habríamos caminado unas dos horas desde que desaparecieron los últimos caseríos. Ya el sol no quemaba en el bochorno de la siesta, sino que declinaba dulcemente en el horizonte.
Seguí todos sus movimientos con la tranquilidad de mis confirmadas sospechas, pero cuando escuché el calentamiento de su voz, los solfeos previos a las arias, no pude creer la belleza de lo que eran sólo sus ejercicios. No puedo describir la belleza que revestían las arias que siguieron. Tambaleándome, descompuesto entre arcadas mezcladas con terror, me arrastré en silencio unos metros, y después emprendí la fuga más franca que mis pies me podían otorgar. Esa descompostura, esa descompensación más o menos general de mi cuerpo, se debía, (así lo creo ahora) a la incompatibilidad de su música con mi carácter de humano, de simple alma encarnada en el nivel sublunar. Las arcadas me provocaron un vómito errático, en ese momento no supe a qué se debía; conjeturo ahora que el asco vino de la tácita confrontación de mi naturaleza humana con ese ser ya casi angélico, de la instantánea contemplación de algo para lo que todavía no estaba preparada mi alma. Tal vez se creó una situación de desequilibrio de órdenes cuando escuché esa música; tal vez constituía una violación, pues esa música no estaba destinada al ámbito de los encarnados... era música de las esferas, así, sencilla pero terriblemente expresado. Sentí el horror sagrado del hombre primitivo ante la teofanía del relámpago, ante el grito de un dios terrible en el corazón de un bosque oscuro, ante un rostro gigantesco que amenaza de pronto en los sueños. Era mi incapacidad para entender la belleza de esas notas lo que me había asesinado, prácticamente. Ahora me parece recordar la letra, entre los torrentes de sangre que me enrojecían y oscurecían la visión y la razón, al irrumpir en oleadas masivas en mi masa encefálica, acostumbrada a una irrigación normal:
“lascia, lascia ch’io pianga...”
No sé si Pedro me descubrió, pero mientras huía, ya no escuchaba la música divina y terrible a la vez. Tal vez dejó de cantar... sí, fue eso, que si hubiese seguido haciéndolo durante mi huída, seguramente yo habría muerto.
Pedro seguramente supo lo que sucedió esa tarde. A la semana siguiente, después de la muerte de uno de mis pares, quien falleció terriblemente entre delirios espantosos de visiones infernales, me encontré de nuevo con él en el patio, fresco por la luz de la luna, y noté que bajó sus ojos cuando me vio. Me asombró sin embargo notarlo tan dulce como siempre, incapaz de sentir resentimiento o enfado aun sintiéndose traicionado en la sagrada soledad de su unión con lo divino. Sin embargo, unas horas después, entrada la madrugada, me vino a ver con ojos desorbitados. Entre sollozos, me contó que después de la cena lo habían echado del Convento, que no tenía a dónde ir... alguien había revelado el secreto de sus salidas y no se le podía permitir la desobediencia de un mandato que le había sido impuesto con especial rigor. Entonces comprendí que no sólo yo había seguido a Pedro, que ambos habíamos sido seguidos por el difunto reciente que, estoy seguro, había muerto herido por lo que a mí también casi me había matado. Lo consolé colocando su cabeza entre mis brazos, y ahora me estremezco pensando que acaricié ese cuello sobrenatural, esa ampolla y relicario de un puente que conducía vaya a saber a qué niveles del ser...
Pude tranquilizarlo por esa noche, pero una vez que se fue a su claustro, yo también me sumí en suave desesperación. ¿cómo auxiliar a Pedro? ¿cómo intentar librarlo de una suerte que me tocaría a mí también si protestaba? El sueño me llegó forzado e intranquilo.
A la mañana siguiente, apenas me levanté, no recordé lo sucedido. Sólo atiné a lavarme la cara para ir al oficio matutino, celebrado sólo para los miembros del Convento.
Cuando llegó el Kyrie, amodorrado por el sueño y la salmodia de la liturgia, levanté por inercia la vista hacia la cúpula, y entonces me golpeó, -a todos nos golpeó- el murmullo de unas enormes alas de pájaro. Allá, en la cúpula, Pedro se había colocado las alas, enormes, barrocas, triunfales, que habían servido, siete años antes, para una representación del combate entre Miguel y Luzbel. Gritamos desesperadamente, yo grité hasta quedar exhausto, parecíamos lobos aullando hacia la luna, tendiendo hacia la cúpula los brazos, no sé si suplicando que no se arrojase, o pidiendo la clemencia de ser aceptados en las moradas que las pinturas del techo nos mostraban. Pedro trepó por la baranda de hierro, tambaleándose para no perder el equilibrio. Nuestros alaridos aumentaron, pero al leer en ese rostro majestuoso, blanco como el de un ángel, su última resolución, precipitaron en un silencio absoluto. Sólo quedaba presenciar lo inevitable. Por última vez levanté los brazos y le supliqué que no lo hiciera, que no nos castigara por nuestra intolerancia, por nuestra crueldad, las lágrimas me mordieron las últimas palabras. Pedro entonó, en contra de lo que puede suponerse, notas de alegría:
”Or la tromba in son festante mi richiama a trionfar...” esas notas me clavan todavía su daga de oro en mis oídos apagados.
En su envión al vacío ahogamos un grito hacia adentro, mudo, helado, culpable. Como todos, cerré los puños con fuerza, como todos, cerré los ojos. Cuando los abrí, unas pocas plumas bajaban, en un revuelo arremolinado y tranquilo, traicionando su anhelada* inmaterialidad.
Tomás de Torrejón y Velasco,
presbítero y organista en el Convento de ........................
Setiembre, Año del Señor de 1715.
Diego Roberto Márquez.
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