sábado, 24 de diciembre de 2011

El sufrimiento de la puerta

El sufrimiento de la puerta

(relato)

Dedicado al Prette Rosso, la notte, Op. X, nº 2 (per fagotto)


Siempre habíamos abrigado el proyecto. Al menos así creíamos, pero me parece también que fue más o menos recién en cuarto año que le dimos forma y concretarlo se convirtió en una urgencia real que tiranizaba nuestras charlas, cuando verdaderamente entrábamos a la adolescencia y comenzaban a golpearnos los misterios y el deseo de conquistarlos.

Quedarnos en el colegio de noche no era una ni un anhelo por infringir las reglas ni por ostentar rebeldía, como tampoco es ahora esta determinación por contar nuestra experiencia una alegoría que pretenda desenmascarar la política del ’30, como en el relato de Cortázar. Quedarnos en el colegio significaba enfrentarnos con la noche; un rito de iniciación que nos abriría el corazón de la verdadera noche. No la noche banal llena de taconeos de prostitutas y borrachos de la Cañada, o la noche de la calle Colón, sin respiro de autos que pasan y frenan, al compás del semáforo, sino la Noche misma; la noche en que se revuelven en sus lechos de hierro horrores que escapan al lenguaje, la noche en que las Furias se babean con sus rostros de perras y ojos inyectados en sangre, mientras agitan látigos tachonados de bronce.

No podíamos, para coronar nuestra hazaña, entrar por ningún sitio: la Duarte Quirós es muy transitada por vehículos, y el portón principal, guarnecido con remaches enormes, no admitiría otra violación que la franca embestida del ariete, acción más afín a una pública revolución del estudiantado que a nuestra tímida y privada aventura. Decidimos pues, quedarnos después de clase. Nos atrincheramos en el Centro de Estudiantes, mísero tugurio con el que la generosidad del regente nos había distinguido, de cuya pesada atmósfera, enrarecida a fuerza de cigarrillos fumados en las chupinas, ejercíamos absoluta soberanía y de cuya puerta teníamos sólo nosotros la llave.

Si bien cursamos toda la secundaria en el turno mañana, podíamos quedarnos en el saloncito del Centro a la tarde, y esa tarde ya no salimos de allí. A eso de las ocho de la noche cerramos la puerta con llave, y callamos. Como el colegio tiene turno noche para el nivel terciario, no pudimos hablar más que entre susurros, no fuese que alguien pasara por allí y nos escuchase. Fueron varias horas de encierro sofocante, porque ya era noviembre.

A las doce y media de la noche no se sintieron más ruidos ni andanzas, y nos arriesgamos a salir por fin. Aunque la noche no era muy fresca, a nosotros nos lo pareció incomparablemente, y nuestros pulmones agradecieron el aire del exterior, ya que el aire del cuartucho donde habíamos estado cuatro horas fumando y jugando a un truco que nos torturaba porque teníamos que contener los gritos y los insultos, se había vuelto irrespirable.

Había luna llena y el silencio era impresionante. Todo era irreal, las sombras larguísimas y oblicuas de los arcos, las escaleras de orificio tan negro que no se veían ni los dedos de la mano, las galerías que parecían infinitamente más largas e inaccesibles. El patio era cosa de no creer: la noche se estrellaba contra la fuente y las enredaderas fantasmales temblaban, aunque no había ni pizca de viento. Las formas parecían sumidas en un sueño. El ambiente era acunado por una tranquilidad inquieta, y en el aire flotaba como el largo de un concierto veneciano insinuando peligros con su misma quietud amenazante. Todas las cosas vibraban con una energía rara, las puertas de las aulas, que parecían dar a distantes universos, emanaban un cálido aliento vibrando en notas bajas y oscuras. Era el canto de la Noche.
Ni en nuestros más osados sueños vislumbramos semejante clima. La noche respiraba todas sus fantasmagorías, segura de no ser descubierta en el prohibido territorio del colegio nocturno, pero nosotros la habíamos traicionado. Como una púdica Diana que se cree a salvo de ojos profanos, la noche desplegaba en ese coto vedado a los hombres su impenetrable belleza y se complacía en la misma voluptuosidad de sus tranquilos terrores, pero también como a Diana, le había sido profanada su nívea desnudez por nosotros, osados Acteones adolescentes.

Decidimos explorar por los pisos superiores. En el primer piso una oscuridad todavía más apretada, hasta el punto de la negrura absoluta, nos obligaba a caminar a tientas, rozando las paredes. Cruzamos el pasillo principal, hasta el salón de actos. Los ventanales dejaban entrar plenamente la luz de la luna, que recién empezaba a asomarse por sobre el cuadrado de cielo que recorta el patio. En el piso se repetía, distorsionado, el geométrico diseño de los vidrios, con esa distorsión propia de las alucinaciones lunáticas que engendran los desórdenes del hígado, provocando el sabor opresivo de la pesadilla.

Después subimos hasta el segundo piso. La misma quietud amenazante, los pasillos fugándose en perspectivas irreales, las estancias desoladas, equilibrando en un filo de espada la inmovilidad forzada de las cosas. Ya nos habíamos aclimatado a la exploración, silentes como si hubiésemos deambulado siglos por los claustros sin encontrar la salida, ofuscados por nuestros odios sin cicatrizar. Íbamos oscuros, en medio de la noche silenciosa. De pronto se sintió un ruido como una bofetada de toda la arquitectura, un portazo dado con vigor desquiciado, cósmico, que cundió en el vacío sepulcral haciéndolo añicos y explotando en olas concéntricas de sonido; luego hubo otro y otro, y fueron sucediéndose hasta que adquirieron ritmo acompasado y veloz; corrimos hacia el sitio de donde provenía: el pasillo interminable del ala oeste del segundo piso, ese en cuyo final hay un aula última y lejana.
Ahí, en medio del silencio de la noche, rompiendo con escándalo la quietud de las galerías, los patios y los salones, la puerta al final del pasillo se abría y cerraba histéricamente, como autoflagelándose, castigándose y sufriendo para siempre. Resonaban con terrible furor los goznes, el marco, la hoja misma... y parecía que siempre había estado, desde la eternidad, abriéndose y cerrándose sin control y con furia inconcebible. Daba la sensación de querer descuajarse, arrancarse, disconforme y eternamente furiosa por razones oscuras que no llegamos a entender. Era el latido de la Noche.

Corrimos a tientas desparramándonos en estampida por el pasillo principal con los golpes taladrándonos en los oídos, y nos descolgamos por las ciegas escaleras a empellones; ganamos nuestro refugio del Centro de Estudiantes y nos encerramos con llave, agradeciendo su reducido tamaño, que nos hacía estar cerca los unos de los otros, sintiéndonos el aliento, resollando por el terror y el correteo, unidos en nuestra desesperación e indefensión mutua... pero en alguna parte allá arriba, y con un eco sordo, continuaba el golpeteo atroz de la puerta, que reinaba soberano por los ámbitos y retumbaba en todo el edificio, como buscando imponer un ritmo de muerte desde un ala remota de los pisos superiores.

Nos tapamos los oídos para no volvernos locos, yo con tanta fuerza que me dolían los hombros, y los dedos se me adormecieron. Fueron dos horas de encontrarnos las miradas con espanto, aguardando y recelando algo más horrible, con ese ruido que parecía bajar las escaleras y acercarse a cada instante. El mismo aleteo imparable del destino, los puntapiés de una Parca enfurecida que quería desclavarse y venir a buscarnos pero le resultaba imposible, eran la impronta de la puerta que sufría. Poco a poco nos resignamos a esperar y a aguantar el escándanlo que se debatía escaleras arriba.
Así pasamos dos horas de tensión insoportable; recuerdo que me adormecí finalmente, agotado, pero no dejé de mantener tapados mis oídos. A eso de las cinco de la mañana el estrépito había cesado.

Diego Márquez

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