sábado, 24 de diciembre de 2011

La tarea de la Inspiración

La cima del monte aún se halla sumida en una oscuridad azul. El frío escarcha las fuentes y aguza en dardos las brisas otrora tímidas. Sólo queda ella, una de nueve, que ahora cumple la función de todas y como puede. Pero el trabajo ha menguado: ya no hay tantas obras sublimes que insuflar, al menos no como antes, en la época de esplendor, cuando vivían los doce Grandes y toda la corte que refulgía en la montaña helada.
Falta poco para que amanezca y esta vez, lo presiente, la tarea que le ha sido impuesta es muy importante, una de las más importantes desde hace tiempo. No ha dormido esperando este momento; sabe que debe apurarse, pues debe realizar su visita antes de que el disco dorado se enseñoree sobre las tierras aún noveles del oeste, y faltan varias horas paras eso, además de que el viaje es largo y su vigor no es el de dos mil años atrás; por otra parte, le son desconocidos esos confines de la esfera, aun a ella, una diosa.
Se incorpora del rosado lecho y despereza el plumón de sus alas purísimas e insignes. Se calza las sandalias de diamantes y refresca su piel inmortal con el agua de un esbelto cántaro. En su seno, celosamente, desliza la redoma donde el licor violeta de la inspiración reposa. Ya está casi lista: poco necesita acicalarse una deidad que tiene toda su belleza en sí misma, y no en aditamentos vanos. Un coro de amorcillos traviesos la corona de rosas, de violetas y laureles, ramas del árbol consagrado al dios que ha muerto hace tanto tiempo y al que recuerda vívidamente. Pero no hay tiempo para melancolías, ya queda poco tiempo y teme perderse en el mar inabarcable que tendrá que atravesar, y que aún desconoce la estela tornasolada de su vuelo irisado... pero no se preocupa demasiado, su ceño de diosa nunca ha perdido la tranquilidad de la juventud, jamás se ha ensombrecido, y no le faltará algún recurso para guiarse hasta su destino.
Abre triunfantes sus enormes alas, gigantes, luminosas, húmedas de dulces rocíos etéreos, y se lanza desde las cumbres más elevadas.
Apenas si va adelante de la aurora, envuelta en el último jirón del manto de la noche. La aurora no debe vencerla: su tarea es una tarea nocturna, aliada del sueño de los mortales. Aún resuena en sus oídos el comando, como un relámpago: “Ve, y siembra en su espíritu, atiborrado de caballeros y damas y castillos, ideas luminosas y nuevas, no inferiores a las que sembraste en ese pobre mendigo griego de Jonia, ni a las que obsequiaste al parco de Mantua”. Si al principio recibió con sorpresa el dictamen, sobre todo porque nunca se le ocurriría que en tan extremas regiones podría dejar caer su regalo de inspiración, ahora no sólo lo considera posible, sino que acaricia el encargo en su corazón, y se ilusiona con el fruto de la semilla que sembrará en la mente del afortunado mortal al que ha sido destinada tan insigne obra. Ha urdido el plan que deberá manifestarse en la mente del hombre, y éste sin saberlo, la aguarda.
Sus alas se agitan frenéticamente, y el mediterráneo occidental le devuelve como un espejo el resplandor de su halo, codiciado por tantos. De reojo avista ya a la querida Hesperia, y pronto la pierde de vista. Las tres viejas Galias e Hispania son otras pasajeras y momentáneas manchas verdes y terrosas en su vista panorámica. Las tierras, coronadas de coronas murales sus cabezas, no caben en sí de su estupefacción al comprender que la diosa ya da indicios, por la dirección de su vuelo, de que cruzará más alla del Atlántico... ¡tantas veces la han visto descender en sus territorios, ávida de algún espíritu al que que arrebatar!... pero... ¿a dónde se dirige ahora? ¿a qué Escitia occidental se arriesga? ¿qué lejana Hiperbórea hosca y salvaje pide la diosa esta vez?...
Ella deja atrás las columnas de Hércules, y las últimas islas conocidas; ahora todo es piélago inmenso, infinito y vertiginoso. Poco a poco vira al sur, palpando con la yema de sus dedos el frío que la guía hasta las regiones australes; la reciben sorprendidas las nuevas constelaciones, pues no conocían su epifanía. La diosa se sobrecoge al ver la Cruz del sur, como se sobrecogió cuando una cruz de leño destronó a los antiguos dioses y la condenó a la soledad, dejando inhóspito el monte que ahora le queda muy grande. Mira la cruz ardiente, engarzada en el sur del hemisferio, y le parece oír lo que le dijo el dios humilde, -el dios que ya Prometeo había profetizado al intratable Zeus cuando la eximió de beber del cáliz del olvido-: “Tú, divina musa, la última de tu estirpe y única que perdono, a quien algunos llamarán Inspiración y otros conservarán el nombre genérico de musa, tú sobrevivirás al crepúsculo de los dioses, al mundo que ya muere. La esfera se ha movido y los Peces reemplazan al Carnero, el agua dulce de la piedad al amargo rigor del sacrificio contractual. Tú serás como la columna solitaria que queda indemne del arrasado templo, decapitados los mármoles, y fríos los altares que tanto ennegreció un humo impío, al resplandor de las segures”. La diosa se estremece por última vez, y lanza una lágrima que el mar se apresura a atesorar en su vasta espuma. No quiere acordarse más de la la fila de dioses esperando su turno para beber de ese cuenco de arcilla aborrecible, como condenados que esperan su turno para acceder al patíbulo: ella era retenida lejos, y los dioses -¡hasta el mismo Apolo!-, le suplicaban y tendían los brazos impotentes... después de que bebían del cuenco, se desvanecían en la penumbra enfermiza, y se desdibujaban en la nada. Querría olvidar todo eso. Sin embargo, el dios al que sirve ahora ha superado a sus viejos patronos, es más bello que Apolo niño, que Eros, o mejor: es todos los dioses juntos en un único resplandor de gloria.
Ha viajado mucho y no han sido avaras las estrellas; le han susurrado con su rielar las sendas correctas, y ya avista tierra. Es una tierra muy verde, preñada de nuevas esperanzas que recién están retoñando. Tiene que seguir hasta la paupérrima ciudad que se alza sobre cimientos de barro y muros de paja: Córdoba del Tucumán. ¡Qué nombre tan diferente de los que le eran familiares: Corinto, Mitilene, Esmirna, Oxirrincos, Gadara, Panópolis, las Alejandrías, Pelusium... todos nombres grandilocuentes y eufónicos. Pero éste no lo es menos y, pensándolo bien, también aquellas ciudades habían sido en sus comienzos toscos lodazales portuarios o brutas fortalezas ciclópeas. No hay ni siquiera cúpulas, y el caserío se apiña en torno a una plaza que es, francamente, un potrero lleno de barro tibio. Pero el encargo es lo que vale, la gloria que dará a la ciudad el hombre en cuya casa debe ingresar de incógnito, y verter entonces el licor de la inspiración. La casa es una choza, pulcra, pero muy humilde. Cuando la ve, la diosa comienza a volar en círculos cada vez más pequeños y se cierne en torno de ella, invisible a todos los mortales, aunque no hay nadie que pueda verla: faltan unos cuantos minutos para que se asome la aurora, la ha vencido como esperaba.
Después de volar en pequeños círculos, como le enseñó el águila del tonante, aterriza con gracia y busca por dónde colarse; la ventana de la casa es un macizo cuadrado de grueso palo que enmarca el tosco adobe blanqueado de cal. En un ensayo de dintel se lee la fecha en que, dos años atrás, se ha levantado la casa: 1595.

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Le ha costado a Don Diego Roberto Robledo, un oscuro y mísero hidalgo bajo el mando de Don Jerónimo Luis de Cabrera, levantar esa mísera techumbre provisoria. Le ha costado porque otras son sus aspiraciones: nunca le gustaron los trabajos manuales, nunca le gustó sino leer: leer eternamente, bajo los manzanos y encinares de su Sevilla natal, leer libros de caballería, ofuscar su razón con miles de capítulos, miles y miles de personajes (como el Tirant lo Blanch, ese tonel interminable pero bello, laberíntico); curtir el cuero de su espalda después de templarlo al relente de la noche con los soles del mediodía, tendido en el pasto y torciendo el cuello nerviosamente en cada nueva línea de molde ganada al libro virgen; cebarse de flacas páginas de trapo de pulpa y cuero sin curtir, destriparse con las luchas de Amadís y enredarse en las sergas de su hijo Esplandián... le ha costado dejar de leer y ponerse a construir su morada y por eso, después de terminar el rancho, ha tallado en palo paraguayo, en un dintel, la fecha en que ha dado fin a su fatídica labor de levantar su casa: ANNO DOMINI 1595. ¡Cuánto le costó dejar de leer sus mamotretos de caballería! ¡Cuánto le costó dedicar horas a la febril construcción de la vivienda que comparte con su rolliza esposa, Micaela de Alcazares, esa fiera tan materialista como la Jantipa que regañaba a Sócrates y lo sacaba a coscorrones de sus ensoñaciones divinas!... Pero no puede hacer nada: el matrimonio es indisoluble y cuando ella era joven, como una dulce granada fresca, él cayó en la hermosa red del amor, allá en Sevilla. La falta de hijos y los inviernos que han pasado la han amargado y resecado: Don Diego muerde ahora no ya los granos rojos, sino la amarga hiel de la cáscara. Micaela odia la pasión de su marido, y un poco de razón tiene: los otros colonos han hecho casas más grandes, más luminosas, y las blanquean cada tres meses, para enmascarar el adobe. Don Diego no lo hace; sólo lee, lee los libros con que cargó sus alforjas y que bajaron desde el norte a lomo de mula: ¡una mula sólo para esos libracos que ella jamás ha entendido, con columnas y más columnas de símbolos que parecen obra de mala arte nigromántica!... ¿y sus peines de carey, y sus dos arcones de vaqueta que tuvo que dejar allá en el norte, con afeites y carmines traídos de Sevilla??? ¿No eran mucho más valiosos que los pajarones descabalados de los libros de su idílico marido? ¡Sí, idilico, idealista e... e idiota!!!, siempre papando moscas, leyendo... olvidándola, dejándola incendiarse sola en las noches con sus muy legales ardores de hembra cristiana y casada, para dedicarse a un combate con el moro Ferragunte, con el jayán de la Roca neblinosa o con las huestes de los infieles de Trapobana!... si hasta lo ha oído antenoche, dormido y exhausto por toda una jornada de lectura, recitando fingidas y compuestas cartas de amor para una tal Oriana: “de la vuestra fermosura, señora Oriana... fermoso desdén me llega si abajáis los ojos...” Eso ya no puede tolerarlo; ha tolerado ya bastante, pero que los libros de su marido fabriquen en la fantasía de éste una amante nocturna hecha de tenue niebla, -como Néfele, o como la Helena fantasma que ocupó el lugar de la verdadera-, y que él se entregue ciegamente a esos delirios y embelecos diabólicos, cuando ella lo espera con toda su carne... ¡no! No hasta ese punto. No ha dormido en toda la noche, pergeñando su venganza, que sabe que su esposo tolerará, porque años de lectura lo han vuelto saturnal y verdoso y seco, pero tambien dócil y sometido. No ha dormido en toda la noche, revolcándose en el lecho y con el esposo al lado leyendo hasta las cinco de la madrugada, a la luz del candil que también la molesta con su chisporroteo de grasa sucia y maloliente. En su continuo revolverse en la cama, sudorosa y exudando debajo de las sábanas un tufillo agrio de transpiración, ha urdido la venganza, y parece que el cielo la apoya: la apoya sí, es seguro, pues él se ha dormido antes de las cinco. Un amodorramiento inexplicable (porque siempre se queda leyendo hasta las siete, y si no se duerme entonces, ya queda despierto y lee hasta el atardecer de esa jornada) lo ha embargado a las cuatro y media pasadas, y ha cerrado el rarísimo ejemplar del Belianís de Grecia y sus correrías por Trapalanda y Xipango, y se ha dormido en pocos minutos: parece que algo lo ha llamado al sueño. Y es seguro entonces que no es otra cosa que el cielo, los mártires y los santos, compadeciéndose de ella y secundando sus planes, los que le han provocado a Don Diego ese sueño para facilitarle a ella su venganza: está convencida y eso le da más fuerza a su audaz resolución. La Virgen misma le ha inspirado esta venganza a Doña Micaela: quemar todos esos libros, pero antes, darle un buen susto a su esposo lanzándoselos todos por la cabeza, magullando sus sesos resecos, y así el sabor del terror, quizás, como un resultado por fascinación de antipatía, (al estilo de los empachos que hacen aborrecer el alimento que los ha provocado al espejado hígado, el cual proyecta en su brillo carmesí la silueta de lo que le ha hecho daño) hagan intolerables el mal trago del golpe, en medio del plácido sueño, e insufribles para siempre los libros de caballerías... sí, ya está decidido, (gracias a la virgen de Atocha que le ha inspirado tan brillante idea!): golpeará con los libros en la cabeza a su esposo, y él no sabrá que ha sido ella, porque los libros se apilan en sinuosas -diríase salomónicas- columnas en torno a la cabecera de la cama, del lado del que duerme Don Diego. Después los quemará en feliz fogata. La Iglesia y la Justicia frenarán a Don Diego -a su dócil y sufrido esposo, al que no le soporta una pasión tan inocente-, para que no tome medidas drásticas con ella. Y después reirán juntos, abrazados en el lecho, sudorosos, recordando lo sucedido, dedicado y consagrado Don Diego totalmente a su dama, Doña Micaela, ya sin libros para siempre, inconseguibles ahora que están en las Indias australes...

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La Diosa ve un intersticio sutilísimo por la ventana, pero ella es una diosa, y se empequeñece hasta colarse por la hendija. Se topa de repente con la habitación, y la golpea el olor a encierro y a cuerpo sin lavar que impregna el cuarto de piso de tierra apisonada; otros olores se mezclan: el de los caldos y de los pucheros que se abarrotan esperando ser refregados en el trajín del día que ya se acerca, el del cebo de las candelas consumidas, el de las ropas de lino percudido. Debe apurarse y debe obrar con suma delicadeza, más incluso de la que tiene habitualmente ella, una diosa griega. Sí, porque todo el secreto para verter exitosamente la redoma de inspiración en el espíritu de un mortal se cifra en un solo cuidado, tan importante como sencillo: hacerlo mientras el mortal duerme; aprovechar ese mágico instante en que el alma reposa en esferas superiores, y soplar entonces la idea encomendada para que ese hombre, ese artista, la manifieste con la pluma, el pincel o el escoplo; si el mortal llegara a despertarse en ese momento, un instante antes de que la diosa vierta la ambrosía violeta, el encanto se rompería para siempre, y ya nunca podría volver a intentarse, con éxito, que la idea germinal contenida en la redoma fructificara en la mente del hombre despertado bruscamente. Por eso la diosa regresa a su tamaño normal, imprime un extremo sigilo a sus pies de marfil y se acerca al lecho donde marido y mujer reposan. Por fin conoce a Don Diego. Su rostro es como el de cualquier español del siglo dieciséis o diecisiete, con nariz aguileña, afilados mostachones y barbeta en punta. Un escalofrío recorre a la diosa y lentamente saca de entre las gasas que engalanan su túnica la redoma, la destapa, y apunta el pico del pequeño odre en la oreja de Don Diego, que siempre duerme de costado para no roncar. El licor violeta, imperceptible y etéreo, entrará por su oreja, y mañana mismo, empuñando febrilmente la pluma, Don Diego dará comienzo a una obra inmortal en su castiza lengua, una obra que hará brillar a Córdoba como hasta ahora no ha brillado ciudad ninguna de las nuevas tierras. De repente un sacudón, seguido por un derrumbe, echa por tierra a la diosa y la sepulta bajo un aluvión de libros. En pesado aleteo de aletargados pajarracos se desparrama una lluvia de volúmenes de caballería. Ha sucedido lo impensable, y en un instante se ha descalabrado todo el plan. Don Diego, medio aturdido por el golpe y medio amodorrado por el sueño del que acaba de ser arrancado, refriega, sobándola para mitigar el lancinante dolor, su cabeza, que le late como si hubiera sido golpeada por la maza de un batanero o el aspa gigante de un molino. Su mujer, al pie de la cama, ríe a carcajadas con tal fuerza, que se le conmueve todo el vientre y no puede evitar un estruendoso ventoseo.

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Ya regresa la diosa, dolorida y maltrecha, por el mismo camino que trazó antes, y sus lágrimas siembran la borrasca marina por donde pasa. Esta vez el trayecto se le antoja mucho más corto que antes, pero infinitamente más duro. Por suerte, pronto avista los pilares de Hércules que le abren generosos la entrada a su hogar. Nuevamente se asombra Hispania y levanta sus almendrados ojos, pero esta vez se acongoja, divisando los ojos hinchados de la diosa, que ha llorado durante todo el trayecto de regreso. Tiende una mano desde la distancia para saludarla, para animarla, para consolarla, pues se le parte el corazón al ver tan hermoso rostro surcado por el quebranto, al ver esa juventud divina que por primera vez arruga el ceño y delata los incipientes asomos de una desencantada e irónica madurez.
Entonces la diosa le sonríe, ya calmada, y aprovechando la mano tendida de Hispania, lanza hacia sus tierras la redoma que cree ahora inútil, la redoma que caerá horas y horas, hasta dar, por azar, con la oscura cámara, con el lecho y con la oreja de Don Miguel de Cervantes Saavedra.

Diego Márquez

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