Lo que yacía debajo
Cuando un ser ha sido vejado, torturado y asesinado brutalmente, las leyes naturales pueden ser alteradas. Después de un último instante coronado de dolores y sufrimientos, algo se resiste a abandonar los despojos mortales de la víctima. Algo que se resiste a atravesar el umbral infranqueable hacia atrás.
La inocencia injustamente manchada y violentada tiene la fuerza para invocar una reversión de las normas inflexibles que encadenan a la biología y sus procesos ineluctables.
Cuando la barbarie y la atrocidad parecen haber triunfado sobre la juventud y la indulgencia, le es permitida a la víctima una elección que no influye en su camino posterior ni pesa en la balanza de sus actos.
La vida y sus funciones tal como las conocemos, se duermen para siempre, sí. Pero una vida larval que no sospechamos las suplanta. Una vida que se alimenta de la espera y de la revancha. Yo puedo atestiguarlo, yo, que vi el hecho iluminado bajo la luz de un sol radiante: cesan todos los mecanismos de la lozanía, del mantenimiento de los tejidos, del metabolismo que engendra el calor y el movimiento. Pero le queda al cadáver un vigor sepulcral que se evidencia en la levísima tensión de sus músculos faciales, como reflejando desde la lejanía torturas e incomodidades del alma a medio camino entre los mundos, resistiéndose al tránsito definitivo, pero sin poder tampoco regresar plenamente a este lado de las llanuras del ser.
Las entidades rectoras del entramado inflexible hacen una excepción en esos casos. Radamantis baja su vara inconmovible y Caronte hunde en el fango su pértiga imparable todo el tiempo que sea necesario.
Cuando intentamos establecernos en esa hondonada pantanosa e infecta del Quersoneso tracio, habían pasado treinta y cinco años de la gran guerra, treinta y cinco años de la quema de mi rica ciudad. No obstante, miramos con cariño lo que nos pareció la promesa de un nuevo comienzo. Sobre mí, sobre Téutaro, sobrino del aciago Laocoón, recaía el duro sacerdocio de Apolo; como digno discípulo de Asclepio aprendí durante años de vagabundeo el oficio de médico y a descifrar en el rostro de los cadáveres y los heridos los jeroglíficos de la muerte o de la vida.
Me tocaba a mí delimitar el área de la ciudad y decidimos buscar un buen lugar donde enterrar los Penates. Recorrimos ciertos meandros que parecían hervir suavemente entre las exhalaciones malsanas de gas; a veces, fosforecía a unos cuantos metros alguna flámula azul y se sentía el gorgoteo de las burbujas abriéndose camino en el agua espesa. A trechos, se levantaban matorrales en terreno más firme. Accedimos a un montículo amplio donde al parecer se terminaban los meandros hasta el alcance de la vista. La maleza era extraña, tenía una córnea y esponjosa rigidez, las ramas eran translúcidas, como de ónice o la sustancia de la uña humana: parecían tiras de cuero de nonato; arranqué uno de los juncos, al tacto era calloso, a medio camino entre la uña y la carne.
No me detuve más en esa circunstancia e hice un hoyo, según el ritual, para enterrar los Penates y partir desde allí con la purificación del terreno, expulsando hacia fuera las malas influencias. Comencé a cavar, y enseguida noté que la tierra blanda había cubierto una especie de lápida no muy vieja que tenía una inscripción: A POLYDORO; estaba hecha pedazos a propósito.
A los pocos instantes, manó un líquido infecto de la tierra, un licor espeso y semicoagulado, como betún o brea, se escuchó una sibilante estampida y a continuación un castañeteo bajo y profundo, como si graves goznes subterráneos rechinaran. Todos nos hicimos hacia atrás espantados. El matorral se abrió exactamente en su centro, y yo sentí la energía de algo que había aguardado en duermevela y en una latencia inminente. Vibraciones ominosas recorrieron el aire en todas direcciones, apoderándose del ámbito... los hombres salieron a la carrera. Sólo quedé yo y un anciano que estaba inmovilizado de horror... temblaba, pero su cuerpo estaba agarrado a la tierra. Lo habíamos hallado caminando sin rumbo, decía en su chochez haber sido rey de esa zona, pero no acertaba a recordar su nombre.
Tomé aliento, presintiendo un prodigio horrible, y me asomé al centro del yuyal, por donde se había abierto: ¡oh, el horror!... ¿deberé describir lo que estos ojos, estos ojos que se creían ya inevitablemente sumidos en el cáncer de lo cotidiano, presenciaron? Como el cáliz de una flor funesta, vi un rostro que afloraba de la tierra. La cara de la corrupción cadavérica lozaneaba en ese esperpento tembloroso. Pareció despertar de un letargo y sus gestos delataron la sorpresa de haber sido estorbado por mi acción. Creo que pestañeó varias veces.
Entonces supe que era Polidoro, el hijo de Príamo. Polidoro, un niño, un jovencito lleno de pujanza, era ahora un amasijo de putrefacción y de grasa amarillenta no asimilada aún por las fuerzas descomponedoras de la tierra. Sus restos parecían oponerse a la lenta digestión del humus disgregante.
Dijo algo que no comprendí, trabajosamente, y señaló al anciano, revelándome su verdadero nombre: POLIMNESTOR, EL TRAIDOR . Se irguió repentinamente como una ola negra y flotante, y abrazó al viejo que lloraba entre gemidos desesperados, lo rodeó y se fundió con él en una identificación final. Presencié cómo el viejo poco a poco asimilaba en sus carnes la viscosidad del vengador. La marea de negra pez temblaba sin tregua, debatiéndose, y de una patada empujé con furia al bastardo y a ese cuerpo inmundo y grasiento: sus restos se disgregaron entonces en una licuefacta podredumbre, como un terrón de barro fértil se desgrana ante el paso del arado. La horrible silueta, medio erguida en la marisma, se aplastó de pronto sin dificultad y desapareció, al cerrarse sobre ella el fango ciego.
Poco a poco volvían los cobardes troyanos y alcanzaron a oír los postreros estertores de la brea hirviente.
Nos alejamos en silencio, ya entre las sombras que se cernían. Yo seguía pensando en esos despojos que con tenacidad habían esperado años, pero no en vano... ¡cuánto rumiar atardeceres, cuánta penumbra, en una enfermiza semi-vida, finalmente resuelta ahora, en el sueño negro de la nada!...
Nota 1 Narra Virgilio cómo después de que Príamo envió a Polidoro para que, a salvo de la guerra de Troya, lo cuidara su aliado el rey Polimnéstor, éste lo asesinó para quedarse con el oro y las riquezas que traía, siendo un niño todavía.
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