sábado, 24 de diciembre de 2011

El Oráculo

Siete años atrás había abandonado su ciudad, Apolonia Póntica, que desfallecía a orillas del Mar Negro en su semisalvajismo tracio, en busca del oráculo. Cuando niño, tuvo la primera noticia de la terrible fuerza del oráculo, que revelaba a cada hombre, a los poquísimos hombres que había tenido la suerte de arribar hasta él y regresar, el destino de su vida, la secreta razón que había brillado a la hora de su llegada al ser. No le importó que de los tres extranjeros ninguno tuviera la cara descubierta, que sus harapos raídos parecieran cubrir enjutos y leprosos terrores, sólo le importó el relato fascinante que desplegaron ante sus oídos ávidos, a sus doce años, de cosas maravillosas. Y juró por la diosa de las fiebres y las yeguas fantasmales de la noche, la espantosa Hipona que despedaza recién nacidos con sus dientes bestiales, que él se pararía delante del portentoso monolito negro del oráculo y en voz alta, sosteniendo un fémur putrefacto, como exigía el ritual, formularía la pregunta.

Rodó como un cometa nefasto por mil ciudades y fatigó mil encrucijadas a la impura luz de la luna, invocando la ayuda de Hécate, la perra del crepúsculo de ojos inyectados en sangre, durante siete años. Las últimas chozas que vio antes del sueño, aldea de nombre impronunciable para sus labios de dudosa estirpe griega, lo vieron caer famélico bajo el delirio de una fiebre desconocida. Soñó toda la noche con un camino decrépito y casi insalvable, que parecía no tener fin y cubierto por miasmas pegajosas y viejísimas. En el camino, que bordeaba un precipicio, le sorprendió descubrir vertientes de agua blanquecina y enfermiza, con riachos de babas venenosas, que lamían estatuas de basalto negro sin rostro. Al despertar, la luna menguante le escupía en su rostro una luz tibia y mortecina, y entonces supo que el oráculo estaba cerca. Pudo casi oler la putrefacción de esa luna, bajó hasta una necrópolis cercana de lápidas indescifrables y desenterró un cadáver. Con un cuchillo de obsidiana cortó el amoratado muslo.

Al amanecer emprendió el camino, que nacía en el mismo extremo de la necrópolis. Todo se le presentó del modo en que lo había entrevisto en el sueño de la noche anterior; y una vez agotado el sendero cada vez más estrecho a la vera del abismo, llegó a un valle elevado, y a lo lejos divisó la anhelada meta.

Cada vez se fue haciendo mayor el nubarrón de piedra negra en que consistía el oráculo: se trataba de una enorme cabeza tallada que emergía como una flor carnosa e impura en la aridez pajiza del valle. Cuando salvó la distancia y estuvo en frente de esa enormidad oscura se dio cuenta de su vetustez: la erosión reptaba hacia abajo por la piedra, en forma de canales que delataban los surcos habituales por donde durante milenios había decantado el agua de lluvia, y que, a la manera de arrugas, daban un sorprendente aspecto de un ser vivo a la cabeza.

Entonces pronunció en un griego bestial las palabras que había pulido en rudos hexámetros y que había ensayado desde su infancia “Yo, Pixodaros, hijo de Panticapeo el afortunado, he recorrido las tierras de los hombres y las lamias en tu busca. Yo he caminado en la vigilia y en el sueño, que se me reveló siempre bajo la especie de la pesadilla, con una sola meta en mi frente y en mis entrañas: tu rostro que hoy se eleva ante mis ojos; séate yo propicio pues me presento como exige tu rito inmemorial y permíteme conocer la razón de mi destino: revélame con qué fin los dioses han decretado mi nacimiento”. Las palabras resonaron en el ámbito infinito de la yerma planicie. Hubo un silencio que le pareció interminable. Un minuto, dos minutos, diez.... y cuando ya empezaba a sospechar que ese ídolo no era más que un promontorio de roca tallado en la noche del tiempo, el silencio fue roto por un hormigueo de arena; no supo al principio qué lo causaba, pero a medida que aumentaba se dio cuenta de que la boca del ídolo se abría muy lentamente, y lo producía el deslizarse de la piedra. Con renovado horror comprobó también que las ciegas cuencas de los ojos daban lugar a un tenue resplandor. Prosternándose, bendijo a los dioses que le habían permitido nacer para vivir ese momento y en breve le revelarían su misión en el mundo.

De repente, cuando la boca se había abierto por completo, saltó una lengua abominable y corrupta, lo envolvió con la fuerza del rayo y tronó su columna vertebral destrozada. Así, quebrado y enclenque como una miserable marioneta, y envuelto en esa lengua muda, el engendro de roca negra lo tragó, mientras el valle resonaba con el ruido de los huesos de Pixodaros, despedazados poco a poco por las mandíbulas de piedra.

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