Iba en su coche a 60 kilómetros por hora, la máxima velocidad posible en medio de semejante diluvio y el lodazal en que se había convertido el camino. El agua que era una cortina de plomo, reverberaba en la chapa del capó como un tambor enloquecido bajo los golpes sucediéndose en racimos, en ramalazos de furia incontenible. Tuvo que detener el vehículo -o más bien lo detuvo el lodo- porque las ruedas comenzaron a girar sin fin escupiendo barro y hundiéndose hasta la mitad en el río que era el camino sin pavimentar. Se había frustrado su idea de llegar esa misma noche, de madrugada, al pueblecito natal. Sólo quedaba aguardar detenido, varado en medio de la noche, con los oídos taladrados por el tamborileo salvaje de ese diluvio y la vista enceguecida por los fogonazos insoportables de los relámpagos, única luz en el duro azabache de la noche.
Se abrazó a sí mismo en el interior del coche y empezó a esperar. La lluvia no amainaba, pero sus ojos empezaron a acostumbrarse a la ceguera y a lo lejos, como a unos doscientos metros, distinguió la luz de una casita. Por el camino pasaba ya un río de agua y la situación se ponía crítica: el auto vibraba y si la cosa seguía, en una hora la corriente sería tan fuerte como para arrastrar al coche con él adentro. De pronto recordó que esa región era proverbialmente hospitalaria. En contra de todo lo previsible para la raza sajona, la región aquella siempre se había caracterizado por la amabilidad de sus moradores para recibir y albergar a los desvalidos ocasionales que pasaban por ahí, o al menos esa era la comidilla habitual cada vez que se mencionaba la región; se guardó todos sus pruritos y prejuicios de orgulloso citadino, se arrebujó lo más posible en el sobretodo y salió del coche. Casi perdió pie en el correntoso barro que burbujeaba ya al nivel de la portezuela, dio un salto mezclado con una maldición, y caminó trabajosamente hacia la luz que por momentos se dejaba ver en la distancia. En diez minutos, escoltado todo el tiempo por la furia del triple látigo de luz, de estruendo y de granizo, alcanzó el umbral y golpeó.
Lo que salió a atender era remotamente humano. Un ser imposible de definir, prácticamente. Era, con todo, una mujer, una anciana harapienta poco más que piel y huesos. Con un gesto mudo y comprensivo, lo invitó a pasar.
No entendía cómo podía albergar vida ese saco viejísimo de huesos: no había carne entre el cuero y la torcida osamenta, la cara era un papiro tostado y los ojos carecían de todo brillo. Lo peor eran los brazos: surcados por cicatrices, parecía como si la hubieran sometido en otros tiempos a terribles tormentos, deslonjándole tiras de carne; racimos brillantes de piel desollada y cicatrizada cartografiaban con precisión los brazos hasta donde podía verse. Descoyuntándose trabajosamente delante de él, se arrastró con lentitud y retiró la silla pegada al tablón de la mesa, como invitándolo a sentarse.
Una mirada en torno fotografió la morada aquella: paredes desnudas salvo por un almanaque de treinta años atrás, dos sillas y botellas con cabos de vela usados y refundidos cientos de veces. En la otra habitación, desde donde estaba sentado, se podía ver colgando de una percha lo que había sido un jamón, ahora trizas desflecadas. La vieja fue hasta ahí con un plato y un cuchillo y luchó unos minutos con el espantajo deshilachado; luego volvió con un trozo pequeño, dejó el plato ante él y con un gesto lo invitó a servirse. Para un hombre en su situación, la cena era sabrosa y reconfortante, y apenas terminó de mascar el duro cuero que eran esas lonjas resecas, le bajó un cansancio sepulcral.
La vieja esta vez señaló, con gesto cortés y siempre mudo, una escalera que apenas se recortaba entre las sombras del rincón. El agotamiento lo guió derecho hasta una pieza con un catre de lata y colchón de lana. Las pelotas apelmazadas de lana le parecieron pétalos de rosa de Síbaris y cayó de bruces, sin movimiento, como muerto; miró la hora: eran las doce de la noche; afuera el diluvio seguía sin respiro. Antes de dormirse, con satisfacción confirmó en su mente la fama de hospitalarios de las extrañas ruinas humanas que eran los granjeros de la región.
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Lo despertaron las cuchilladas profundas y frenéticas que subían y bajaban penetrando en su bajo vientre, mientras las tripas se le relajaban en un mar de sangre... -Usted perdone -alcanzó a escuchar entre los estertores y silbidos de sus intestinos destrozados- pero si no lo hago... ¿qué vianda podría ofrecer al próximo automovilista extraviado?...
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