sábado, 24 de diciembre de 2011

La visita del perro negro

La visita del perro negro
(relato basado en una experiencia tenida en Febrero de 1991)


Sucedió en Febrero de 1991, durante las vacaciones de verano. Como teníamos por costumbre, tanto para ir a casa de Andrés desde el centro como para bajar desde allí al centro, cruzábamos la Ciudad Universitaria. Cuando nos reuníamos por la noche, cosa que sucedía con frecuencia y más en período de receso escolar, atravesábamos los tenebrosos macizos de vegetación de la Ciudad Universitaria en altas horas de la noche, e incluso de madrugada, si nos habíamos quedado escuchando música o charlando en casa de Andrés. En esa época, por otra parte, las baterías B y C de la Ciudad Universitaria aún no habían sido terminadas, sino que eran oscuras moles inconclusas y sin techo, con el aspecto de ruinas de una antiquísima ciudad antediluviana, con el gris negro de su cemento y, en su interior, los muros abiertos a un cielo estrellado, al que acotaban como un laberinto de inusitada altura.
La noche en que sucedió el encuentro era particularmente nefasta; contribuían a hacer todavía más fantasmagórico el paisaje dos factores: la luz de la luna durante el plenilunio, que chorreaba un mortecino resplandor por los vanos de las vastas estructuras sin techo, y los enrejados de metal que se elevaban por sobre los muros -guías de forma piramidal para los futuros techos- que parcelaban con sus cruces, vistos desde abajo, el cielo, dejándolo listo para una inspección de augures o para alguna operación nigromántica en lo profundo de la noche. Había un viento que intranquilizaba los follajes intermitentemente y el aire estaba bastante fresco para esa época del año. A pesar de esas alarmantes condiciones, decidimos internarnos en una de las obras en construcción; ya lo habíamos hecho otras veces, y nos había sorprendido lo hermoso de ver la luna a través de los impluvios, bañando perpendicularmente con su luz engañosa y lustral las paredes interiores de los recintos desolados. Pero esa noche, como dije, algo más vibraba en el ambiente, algo más se retorcía en las suaves corrientes de viento que lamían la Ciudad Universitaria.
Ya adentro de una de estas baterías (no recuerdo cuál habrá sido, pues su aspecto actual es muy diferente, banalizadas hoy en día por el uso y las muchedumbres que las transitan) nos quedamos en silencio, casi inmóviles en el fungoso resplandor mercurial en que nos fotografiaba la luna. De repente, yo rompí el silencio como un loco sacrílego y, en un arrebato de insania, comencé a construir invocaciones en un latín macarrónico, pero no falto de la gravedad y la noble sonoridad de los conjuros, que operan por la fascinación de la fantasía del propio mago. Es sabido que el mago emana de este modo cordones sutiles de energía desde el cuerpo astral, conmovido por la sonoridad de los mantrams y agitado como un agua oscura que se ha puesto violentamente en movimiento, y así estos cordones se distribuyen por el ambiente, convocando larvas hambrientas y simulacros errantes. Sumido en el paroxismo de mis palabras, que habían comenzado como una broma de adolescente, pero que en un instante se habían metamorfoseado y habían como adquirido vida e intenciones propias, noté un cambio: cada vez eran más potentes y se iban alzando como injurias cósmicas, se iban agigantando en círculos concéntricos que yo percibía con mi vientre, como versos de un poema emitido por alguna entidad que vivía por sí misma y buscaba invocarse y ayudarse, usándome como canal, a materializarse; los ojos, en mi fascinación, se me estaban arrasando en lágrimas y tenues oleadas de energía me recorrían la columna y me subían por la espalda y, abriéndose camino por las carótidas, me llegaban hasta la coronilla... En medio de esos gritos que habían alcanzado un desarrollo autónomo y se abrían paso a través de mi garganta ya sin mi dominio, yo pensaba en algún rincón de mi cerebro, y entonces desfilaron por mi mente imágenes corrompidas: la triple diosa Hécate, diosa terrible de las sombras y de la galopante yegua de la pesadilla, divinidad protectora de las brujas que aparece en los cruces de caminos que se bifurcan en medio del silencio remoto de los sitios alejados de las ciudades, especialmente si la bifurcación es trífida o triple; recordé a las brujas proverbiales y paradigmáticas de la antigüedad, a Circe, Medea, Simatha, Canidia, Ságana, Veya, Folia, Sícorax, Alegcera, y las tres misteriosas viejas grises de Macbeth; recordé el misterioso verso de Virgilio, ibant obscuri sola sub nocte per umbras, y acurrucado en ese último refugio de mí mismo, en esa mínima célula de conciencia que me dejaban las palabras que fluían de mi boca en torrentes de espumarajo, comprendí: estos personajes que iban en medio de la noche sabían de la necesidad de callar en el ámbito nocturno, de la impostergable necesidad de callar cuando se camina en peregrinación por lugares sombríos y aptos para los milagros negros, de no conversar y guardar un respetuoso silencio, porque sabían que existía el peligro de una súbita posesión momentánea por ciertos seres que pugnan por emerger, posesión como la que yo en ese mismísimo instante estaba sufriendo, especialmente en personas de una fantasía particularmente obsesionable, las cuales podían ser usadas por fuerzas que se debaten y resuellan del otro lado del tejido de la realidad. Comprendí que debía hacer un esfuerzo por cerrar mis labios y silenciar mis cuerdas vocales, que se habían convertido en un vehículo de entidades terribles, ávidas de manifestarse, pero que sólo podían hacerlo con la inflexión de esas palabras que salían de mi boca. En la tradición cabalística, todo necesita para manifestarse y surgir a la existencia, de la energía del sonido, del Verbo, y estas entidades, desde algún punto no manifestado del ser, desde algún recinto de noche eterna y de caos, estaban usando mi boca y los sonidos que emitían mis cuerdas vocales como una llave cabalística para abrirse paso a nuestro mundo, como una clave abridora de puertas entre dimensiones, y si mi garganta seguía construyendo esos sonidos, esa catedral de palabras altisonantes que ya ni siquiera era latín sino como una sucesión de nombres condenados y de seres precipitados a insondables abismos, tales entidades pasarían los umbrales que el silencio hace intransitables y llegarían a este lado.
Debo haber logrado callar. Cuando volví en mí Pablo y Andrés estaban helados e inmóviles, pero no habían visto nada extraño, sólo estaban asustados porque creían que yo había sufrido alguna especie de ataque, cosa que me alivió, porque temía no haberme silenciado a tiempo y que se hubiese abierto un portal por el que las entidades podrían haberse enseñoreado de nuestra realidad para efectuar sabe Dios qué maquinaciones inimaginables. Sin confesar a mis amigos que en realidad esos instantes había sido presa de entidades extrañas y precósmicas, les dije que me sentía mal, que estaba a punto de desmayarme, lo cual no era una mentira. Rápidamente abandonamos los edificios en construcción y bajamos poco a poco -yo trabajosamente, porque me dolía la boca del estómago como si me hubiesen pegado patadas- las lomadas de tierra hasta la calle que da, unos metros más allá, al pabellón Argentina. Mientras bajábamos a la calle vimos un perro enorme y negro que pasó rápidamente y nos dio la impresión de surgir un instante de la noche, y de perderse nuevamente en ella.
Momentos después, como un azote de cilicio, golpearon mi memoria los oscuros testimonios que Paolo Giovio escribió en Venecia en 1546, en los que afirmaba que el gran hechicero Cornelio Agrippa de Netessheim había sabido introducir con sus artes negras el espíritu de un demonio -o como se lo llama en magia, un espíritu familiar o servidor-, en un enorme perro negro, un mastín bestial que siempre lo acompañaba y que no se separaba jamás de su lado. Ese recuerdo me dio la clave para ensayar una explicación de lo que había sucedido: las palabras a medio pronunciar no habían tenido poder para abrir a esas remotas entidades un acceso a nuestro mundo pero, incluso anulado su poder por la interrupción, un efecto residual de su tremenda energía vibratoria había materializado un organismo biológico, el del animal más afín a las oscuras fuerzas que vieron frustrado su propósito: el terrible mastín negro que, por su afinidad y correspondencia con la ferocidad de esas potencias del inframundo, había podido alojar, hace más de cuatrocientos años, la entidad convocada por Agrippa.


Diego Márquez

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