Hay más cosas de las que imaginamos, en cada uno de los planos en que la conciencia desenvuelve los círculos de la inteligencia, en que la vida manifiesta las danzas por las que procede el laberíntico ovillo de la manifestación y sus turbinas revolventes.
Días pasados paseaba, como es mi costumbre, a mi perro (mi querido Teodoro) para liberarlo de la presión que para él se configura en la forma de cuatro paredes, el hogar. El hogar es un refugio, pero el corazón de los animales no puede liberarse de él con la imaginación, con la lectura, con el ensueño… y necesita de la liberación efectiva, de la concesión literal de algún esparcimiento al aire libre y a cielo abierto, donde puedan expandir el pecho y la vista. Fuimos, como siempre, a dar una breve vuelta por el campito baldío que se abre al frente de mi casa.
Hay ahí lo que se parece a una ruina, a una pequeña e íntima desolación: un club polideportivo que nunca terminó de construirse, que se arruina por la inclemencia de los soles y de las tempestades. Se completó el techo con grandes chapas, pero los pilares de los muros quedaron inconclusos y entre sus grietitas se retuercen alambres que forman parte de su íntimo esqueleto metálico, que les sirve de armazón.
Yo era chico cuando proyectaron la estructura, ahora soy un hombre joven. Hasta hace poco gemía un viejo tronco de décadas pasadas, hueco y reseco, al costado del recinto que murió siendo un proyecto y que no pudo inaugurarse como verdadero ámbito para las muchedumbres, cargadas de hormonas, de tempranos adolescentes en que iba a constituirse el polideportivo barrial.
Excursus: Cuando yo era chico, me gustaba pasearme por lugares solitarios, que estuvieran alejados, separados unos minutos de los aglomerados de las casas. En esas caminatas, las veredas, las calles, daban poco a poco su lugar a la tierra desnuda y a los panaderitos, a los pajonales y a las matas de hinojo y yerbabuena. A veces había espacios claros de simple barro, que normalmente estaba seco, pero que era particularmente aromático y benigno después de los chaparrones precoces de la primavera. Todo se renovaba, y salían a la luz las cosas escondidas y olvidadas. Una vez, en una de las últimas uniones de alquitrán de la calle de cemento, hallé como una plaquita metálica, que podría haber sido una bisagra decorada de un cofrecito de estilo incaico, o una chapa de un collar estructurado por cuadraditos de metal. Tenía un pequeño sol de rasgos incaicos, y había sido violentado. Podía haber sido de plata, pero creo que era de alpaca. Por ese entonces, yo andaba fascinado con una moneda bizantina que vendían en una casa de antigüedades del centro, en la que los dos emperadores entronizados me asustaban con sus cuerpos hieráticos y majestuosos, como los de los colosos de Memnón, como ídolos o hierofantes de alguna civilización perdida. Ya por esos años me había sorprendido la dura majestuosidad y los lujos sobrecargados del arte bizantino, a los que en mi imaginación se ligaban los esquemáticos dardos del sol inca, como los que se ven en la puerta de Tiahuanaco. Y fue entonces que encontré esa plaqueta semiabollada, justo entre las junturas del alquitrán, perdida y asomando por entre la arena, en la unión de dos lajas del pavimento. No sé por qué, pero también me recordó la forma que bien podrían tener las bisagras de algún libro curioso, al que esa reliquia podría haber pertenecido. Otra vez, y también semihundida en el alquitrán de la juntura entre dos láminas del cemento que pavimenta una entre las incontables calles de los barrios de Córdoba, vislumbré una chapita, que, por casualidad, parecía una moneda. Creí ver ahí (y esta vez fue sólo una ilusión) un retrato de una moneda romana tardía, un perfil a la derecha, muy semejante a los que aparecen en los antoniniani, esas atractivas monedas de plata que se acuñaron a partir de Caracalla, como para que la gente las aceptara por su vistosidad, y en las que el emperador sale con una corona de rayos solares, voluptuosos, de amplia majestad y en que (después lo aprendí) las emperatrices aparecen con un pecho en forma de luna creciente… realmente muy curioso. En este caso, el parecido de la efigie fue sólo una frustrante coincidencia, aunque de particular encanto, y cierto candor fantástico, digamos. La identidad se mantuvo sólo unos instantes, en mi mente, y después entendí que se había tratado de una fugaz alucinación, porque el disco que se había pegado al alquitrán alguna siesta calurosa en la que el sol había semiderretido el pegote negro, era un chapita informe sin efigie alguna, aunque a los días volví para cerciorarme (tan fuerte había sido la primera impresión) y esta vez el disco tenía indiscutiblemente la silueta, parecida a un torso romano, pero era claramente obra del azar, o como si se hubiera tomado una moneda real y se la hubiera expuesto al calor casi hasta la fundición total, y la silueta que tal disco albergara hubiera sido degradado a un dibujo irreconocible . En otras ocasiones he sentido un gozo inefable en acariciar una moneda colonial, entre mis dedos, en algún ámbito particularmente sugestivo, como alguna senda semiborrada por flores y yuyitos, en una tapia casi tragada por la vegetación, en el extremo postrero y ya no transitado de un hotel serrano cordobés, junto con una tentación casi impostergable por completar el paisaje lanzando la moneda de trescientos años para que se perdiera entre las hierbas y, de algún secreto modo, hiciera perfecto el paisaje (al menos para mí, sabedor de que ese disco de plata existiría oculto entre el verdor dándole un cariz de tesoro perdido o, lo que es lo mismo, para lanzar a la moneda en las oscuridades mentales de mi subconsciente y eternizarla así, sepultada entre los matorrales de verdura y de exuberancia secreta.
En esos rincones donde aminoran los ruidos y el paso de los transeúntes, y donde uno puede encontrarse, a la vuelta de la esquina, con las intimidades que se revuelven en el propio pecho, he sabido hallar cosas raras; algún bracito de muñeca de plástico, o medallitas religiosas bastante herrumbradas, apuntes desechados y hasta frascos de más de cincuenta años atrás, que no deberían estar allí.
Estos sitios olvidados, pero cercanos a lugares de mucho ajetreo, es como si fueran límites en donde se producen tangencialidades entre los planos del reino mental con el plano físico. Y de alguna secreta manera, ciertos objetos pueden perderse, asimilarse o reabsorberse emigrando de los lugares materiales a mundos de manifestación más sutil; creo que el poder para realizar semejante traslado está en las mentes de los niños y el terreno fértil o aún blando de sus cabezas, que inopinadamente practican estas alteraciones. Orlando encontró su cordura (recordemos) en el mundo de la luna, adonde iban a parar las cosas olvidadas en la tierra. Los aportes de la parapsicología quizás son solamente el regreso, como por un descenso de ascensor fantástico o una rotación dimensional, de esos cuerpos, de vuelta a este mundo de la materia. Me parece que muchas cosas así perdidas decantan otra vez y pueden aparecer en los senderitos de los baldíos y los terrenos propincuos a las casas, y que puede reencontrarlos, privativamente, la exploración infantil en grupo, de las viejas bandas de la esquina que se dieron hasta hace unos años acá en Córdoba...
Recuerdo -de repente, al margen- un comentario de Benvenuto Cellini, posiblemente de sus Memorias, cuando dice que en el Coliseo -una ruina, en el siglo XVI, fértil para el hampa, para las prostitutas y el fuerte orín de los gatos en celo- presenció una evocación necromántica en la que apareció una muchedumbre que ovacionaba entre los palcos de mármol frío, y un escuadrón que cruzaba en formación -y que puede haber sido el espectro de uno real o de uno teatral- por entre la gramilla, en el campo sembrado de escombros triunfales. Todas éstas, estantiguas y cosas posibles en las ruinas abandonadas y los lugares espantables, que frecuentan los simulacros errantes y saturnales que vagabundean con superabundancia de energías decrépitas.
Yo creo que efectivamente estos ámbitos, poco frecuentados y próximos a las ciudades, son aptos para bilocaciones y proyecciones sobrenaturales, como en el caso, también, de las bifurcaciones en donde se podía invocar a Hécate enterrando un plato de cocina , como los pedregales que deleitan a las almas ligadas con el planeta Saturno, y que conoció Swedemborg. No tendríamos que descartar lugares como las vías del tren, o los subterráneos tan aquejados de superabundancia energética (humana y eléctrica) por donde circulan tantos individuos sumidos en rutina matemática y vagones a toda velocidad, que de cierto modo atraen los fantasmas de noche, cuando quedan librados a su propio extravío, tal como sucedía con la chancha con cadenas en Quilino, el híbrido animal-mecánico que recorría entre chispas (se cuenta) las vías del ferrocarril, o la más libre mula ánima y las centellas con cierto grado de conciencia y hasta perversidad, que acechaban durante las tormentas en los cuentos de las comadres norteñas de nuestra Argentina, afines y parientes de la luz mala.
Algo atrae, en esas zonas solitarias y despobladas, la aparición de imágenes pesadillescas que sólo el hígado puede proyectar, descontrolada su tersa pantalla espejada (que supieron aprovechar los harúspices), como quizás sucedió detrás de colegio Santo Tomás, en las cercanías ya de Alto Alberdi, en donde circulaba la proyección casi cinematográfica de un burro que llevaba siete chiquitos en su lomo y que cuando llegaba a los naranjales y a la acequia, explotaba en millones de reverberos espejeantes, o “la gaína gigante” que hacía un escándalo entre las casas del Abrojal antes de 1920. La pelada’e la Cañada es más trivial y puede haber sido un fraude. Por otra parte, tales sitios son propensos a ciertos trazados enigmáticos en sus pisos y baldosas en fragmentos, cuando los hay, especie de ludi latrunculorum cuya sombra es el juego pueril de la rayuela y su periplo gnóstico por todos los ápices de la creación -cielo e infierno- y otros diagramas en el piso como los bocetos que se ven en el Pretoriano romano de Jerusalem, trazados por los soldados en el pavimento en sus horas de ocio, semejantes a los diagramas que los teúrgos deben realizar en el piso y los veves que los negros de Haití trazan con polvo de caracol marino para dañar a sus enemigos, o también las operaciones geománticas en las casas deshabitadas, las palabras que en la arena escribió Jesús, y los círculos mágicos de protección al realizar la evocación de potencias del inframundo, cuando no los hallazgos porque eran queridos (aunque con errores inevitables) de los arqueólogos de Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, y que producía la rotación por la quinta dimensión (la de la imaginación) . Hallazgos, todos estos, que se hacen cuando se camina ensimismado, solitario, como si se abrieran pequeñísimas grietas furtivas entre las barreras que dividen el mundo mental y la dimensión de la imaginación, y el mundo de la manifestación física o material.
Pero vuelvo al relato de lo que me sucedió el otro día, llevando al Teodoro a dar un paseíto.
Muchas veces Teodoro se asustó en esta zona límite por un fenómeno curioso (que a otros perros menos mimados y más experimentados a la calle y sus inclemencias competitivas no induce al temor): el viento entre las chapas del techo. Cuando corre fuerte, vibra todo el techo y muchas de las chapas de cinc, rugientes, están a punto de caerse, por lo que una simple tormentita puede hacerlas volar y quizás una de estas noches, de chaparrón ligero pero contundente, peligra el cuello de algún transeúnte desprevenido, si a una ráfaga se le da por arrancar alguna de las chapas ya más sueltas de esos techos, de modo que su decapitación sea inminente.
Creo que el ruido de las chapas es lo que ha atraído a la miríada de dicharacheros loros que, absortos por el eco de sus chillidos que la acústica feroz de tanta convexidad de zinc les devuelve, han seleccionado este lugar tan poco recoleto para sus coloquios.
Cada vez que llevo a Teodoro ahí los días ventosos, tira de la cadena y dos veces ya se me ha zafado. También le tiene miedo a un sector adyacente en el que hay una especie de sótano que contiene algún ingenio que usa Gas del Estado, ya que hay una especie de cámara subterránea cubierta por una chapa de dos por dos metros, y cuando se camina sobre ella, produce un ruido hueco que lo espanta sobremanera y ante el que se empaca (como lo hacen inexplicablemente los caballos en las soledades de los caminos o los elefantes cuando por el rabillo de ojo ven un ratón), no queriendo jamás avanzar por esa zona, como si temiera que el piso pudiera desplomarse abajo, o como si encontrara algo de peligroso o artificial en ese piso que, en realidad y a la vez, es un techo de una cámara subterránea y posiblemente ominosa, al modo de una escenografía (así son los pisos huecos de los escenarios teatrales, bajo los cuales duermen imaginarios mundos de cartón prensado) o un súbito borrón de la realidad, donde ha sido anulada la segura contundencia del piso macizo que normalmente se transita.
Teodoro se enfurece en esas ocasiones, y cuando pasamos por ahí -aunque he hecho alarde de mi confianza delante de él, se queda al costado, tirante de la cadena y tenso, mientras que yo he marchado rotundamente por la chapa- no he logrado sembrarle la confianza ante mi ejemplo. Quizás sea yo quien deba hacerle caso a él, y no volver a pisar por ese piso que delata un vientre anormal y hueco, fabricado por el hombre, en un lugar que debería ser naturalmente relleno.
“Los opuestos se tocan” y, como he expresado ya, quizás los lugares aptos para las apariciones fantasmagóricas son aquellos en que la realidad fluctúa entre el severo empuje de las muchedumbres matutinas y vespertinas (como los subterráneos) y la alta noche sumida en la más absoluta desolación, o esos sitios fronterizos entre el quehacer urbano y la quietud de los descampados que están en el límite, como mi polideportivo, o los que están abandonados después de haber experimentado gran presión anímica, como lo es el Coliseo romano, donde se sufría el martirio a la vez que se disfrutaba de la muerte del prójimo, donde confluían el dolor de ser antorcha humana y el disfrute obsceno de la púrpura y la carne.
Ahí estábamos un domingo y al mediodía Teodoro y yo, cuando tanto el hecho de ser domingo -sabbat cristiano- como el momento pánico del cenit solar, son realidades que hablan de ciertos instantes en que la energía se enfoca en el descanso y la recuperación de las labores exhaustas que ocupan a los humanos, y entonces, mientras yo distraídamente llevaba a Teo de la cadena, vi con el rabillo del ojo un alambre de púas. Teodoro lo vio delante de él y se asustó; tiró de la cadena con tanta fuerza que se zafó. Como no está habituado (ni siquiera concibe) el mundo más allá de las rejas del jardín de casa sin estar atado de la cadena, que es su cordón umbilical de existencia las veces que lo saco al mundo exterior, se enloqueció y salió a campo traviesa, y aunque yo le gritaba y lo perseguía por detrás, iba velozmente hacia delante, a la vez que por momentos daba vuelta hacia atrás la cabeza como expresándome que no podía dejar de avanzar. Pero se detuvo en la vereda de casa y allí me esperó. Yo venía por detrás como loco. Lo golpeé bastante, fuera de mí como estaba, porque tuve miedo de que se fuera y lo perdiera -lo amo mucho- y para que no volviera a intentar algo semejante. Se agazapó y se aovilló en sumisión enternecedora, con el rabo entre las patas. A la hora me arrepentí y se disipó mi enojo… lo volví a llevar, con más firmeza.
Esta vez, el alambre de púas ya no estaba. ¿Qué había sido de ese alambre de púas? ¿quién lo había sacado un domingo a la siesta? ¿por qué había asustado tanto a Teodoro?
Ese alambre fue ciertamente una manifestación sobrenatural -creo ahora- que después, la segunda vez que fuimos al campito, una hora escasa después de la primera, ya había desaparecido. Que Teodoro se haya sobresaltado tanto ante su presencia, que yo haya encontrado desde mi infancia cosas difíciles ahí, o improbables (digamos) son clara prueba de ello.
Hay manifestaciones que no se presentan como simulacros de seres vivientes ya pretéritos, sino como objetos inanimados… ¡cuántas veces habremos presenciado alguna sin saberlo, sin la necesidad de saber a ese objeto real o no, por medio de constatar su materialidad mediante el más terreno de los sentidos, el tacto!... (¿cuántos objetos inanimados tendrán conciencia, sin que lo sepamos, y sufrirán resignados su quietud improferible, y cuántos seres animados, cuántos hombres, tan teatrales, no serán más que vanas sombras sin contenido, sin profundidad? sombras bidimensionales, sin el más mínimo rastro de conciencia, de alma, sin ego verdadero y totalmente inconsútiles).
En muchas ocasiones me ha asaltado la duda enloquecedora (que debo desechar si no quiero abismarme en el sufrimiento de la soledad más abrumadora) de que nada ni nadie es real en torno de mí, que nunca he podido, que no puedo, que nunca podré comprobar la verdadera existencia de los seres que me rodean, la existencia real de los corazones, las conciencias, de los diversos tú con que mi yo interactúa… que quizás son proyecciones incorpóreas e inexistentes que yo, un dios que no se atreve a confesarse su soledad irremediable, sufre desde siempre, y que intento/intenta distraer con una función eterna a la que llama/llamo en ocasiones madre, en ocasiones amigo, familia, universo...
Tal vez estos encuentros como el de la placa con la forma de un sol incaico, como la de la chapita que tendía inexplicablemente a ser una moneda romana del ocaso imperial, o como el alambre de púas, sean las pistas que me doy para traicionarme a mí mismo, para boicotear mi engaño y mi autocompasión, para confesarme lo que no me atrevo a enfrentar, para despertar horriblemente de un sueño que, como sea, es tranquilizador y del que no me gustaría salir plenamente… sólo me queda abrigar la esperanza de que no sea cierto, de que el universo realmente exista y su multitud de criaturas sea real, y yo sólo sea un más de ellas, un hijo más de un Dios quizás inaccesible pero cierto y esencialmente distinto de mí, ya que Teodoro sintió, junto conmigo y tal vez incluso antes que yo, la inminencia nefasta de esa aparición del alambre de púas, sorpresa que lo hace a él tan real como lo soy yo, y no sólo un simple simulacro más de mi pueril miedo a la eternidad, y a una omnipotencia solitaria y estéril… no lo sé.
Nota 1 Leí hace poco que se han encontrado, en el pavimento marmóreo de Roma, unas sombras metálicas que, se dice, fueron monedas caídas de las bancas de algunos comerciantes en el antiquísimo mercado, derretidas por un incendio cuando casi fue la invasión cartaginesa y hubo una huída general, de forma súbita. Ahora sólo son sombras metálicas, porque el incendio las fundió y dejaron ese rastro sobre las losas del mármol.
Nota 2 ¡Si habrá que creer en las sincronías junguianas!... salgo a dar una vuelta para refrescar la imaginación en mitad de la redacción de este relato, y aparece por la calle (después de unos quince años que no lo he visto) el barquito, ese clásico cordobés que es un colectivo modificado en el que los chicos encontrábamos un sabor especial para ir a dar una vuelta, los domingos.
Nota 3 Los cementerios, por otra parte, también se erigían en los lindes de los lugares habitados, porque no puede haber la cabeza de un muerto enterrada en un ligar urbano, en la legislación romana. Pero estas prohibiciones eran inviablemente infringidas, cuando la ciudad seguía su latido de crecimiento y absorbía (como también lo ha hecho Córdoba) a sus cementerios. También las prostitutas han ejercido su profesión, con muchísima provecho, entre las lápidas y cobijadas por los panteones al costadote la vía Appia).
Nota 4 No descarto en este caso, una interferencia temporal de tiempos prehistóricos de algún posible animal afín a los dinosaurios (como que de ellos las aves en general, como ya se sabe, provienen, aunque sea más evidente en gallinas y ñandúes) y hablo entonces de un posible gen recesivo unido a una proyección fantasmática al estilo de los mundos paralelos en que viven ciertos fantasmas muy ingleses, y que la niebla favorece para que se manifiesten, o también en Venecia. O de fieras de reinos sutiles, como la Velue de la Ferte Bernard o la más ruin de la bestia de Gevaudan. Con respecto al gen recesivo, recordemos que el basilisco es un gallo con fuertes características reptiles (como lo delatan sus escamas y su cola de víbora) que nace de un huevo de gallina empollado por una víbora o viceversa, y que hay una arcana afinidad bíblica entre el escorpión y los huevos, el pan y la piedra, y las víboras junto con las palomas, que parece ser un “huequito” en el programa divino de la realidad, o un blanco semántico que el Verbo ha dejado con una finalidad que desconocemos la mayoría de los mortales.
Nota 5 Un eco de los cuales, en nuestro mundo, produjo que la mascara de Agamemnón exhumada por Schliemann se pareciera, accidentalmente y por la impericia de los expertos, a una efigie bizantina de Cristo.
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