Blanca me había citado para las seis y media de la tarde, una fría jornada de Julio. Me esperaba al costado del estanque, al frente del pabellón Brujas.
Llegué unos veinte minutos más tarde y de lejos, mientras ascendía las lomaditas, la vi sentada en uno de los bancos, leyendo. Cuando me vio llegar, dejó el minúsculo volumen entre las piernas y me siguió con la mirada, prestándome cierta atención, por cortesía.
-Tengo que confesarte algo -dijo-. La verdadera fisonomía que puebla Córdoba cuando baja la noche. Debo traspasártela, ahora que no la aguanto más. Me pesa demasiado conocerla yo sola. Al compartirla, me sentiré aliviada. La realidad se hace patente sólo con la llave que dan unas palabras escritas al margen de un acta notarial de 1667, que se pudre ahora en el Archivo Provincial.
Blanca puso su mano esquelética sobre las mías y decidió comenzar la rememoración de su pesadilla. Una sensación que desde hacía tiempo nos había embargado a ambos y que ahora, de repente, yo me daba cuenta que ella había penetrado con mucha mayor agudeza que yo. Para mí había sido sólo un esbozo, un estado de ánimo, pero ella (me daba cuenta ahora) había sabido indagarla hasta las últimas consecuencias. Su cara fosforescía como nunca.
-Voy a revelarte la verdadera naturaleza de ciertos seres que se esconden debajo de un ropaje de gente común, en las soledades vespertinas de Nueva Córdoba y parte del centro, desde la ciudad universitaria hasta la calle Caseros. En esta franja sucede algo. Algo que casi no puede ir más allá de esos límites, pero que cada vez se espesa más, sobre todo en los meses de julio y febrero, y se propaga hasta las márgenes del río. La procesión hace un hueco de botella en la callejuela adyacente a la iglesia de los Capuchinos y la vieja cárcel para mujeres del Buen Pastor. Cada crepúsculo, desde las siete de la tarde, más o menos, y hasta las dos de la mañana, podrás comprobar a lo que me refiero.
Yo tragué saliva fuerte, porque algo había sentido en esos lugares, en esa amplia franja de territorio, sobre todo en mis vagabundeos adolescentes, por la época de 1990. Pero no había visto nada, todo se limitaba a una sensación de ahogo y a cierta perversidad en algunas fachadas, contados rincones crípticos, casi anacrónicos.
-Si pronunciás la frase en voz baja -continuó-, alguno de esos seres no podrá mantener el engaño ante tu vista. Incluso he descubierto una imagen. Un carácter que, visualizado adecuadamente, te permitirá ver no sólo la verdadera apariencia de las criaturas que pasen a tu lado (los que sean realmente de la otra ciudad) sino también una contemplación en paisaje, a lo lejos, un panorama general de lo que sucede realmente. El “tejido de estantigua” es realmente extenso. Hace hueco de botella en los Capuchinos, pero se ensancha y hasta se encarniza aun más después… los epicentros fuertes comienzan justo cuando termina la Ciudad Universitaria, en la tapiecita ramplona que despide a las últimas lomadas de tierra del Campus universitario. La energía crece en la parte más señorial de Nueva Córdoba y en la calle Caseros, entre la Duarte Quirós y la Maipú, luego prácticamente desaparece, para retomar una fuerte presencia detrás de la Colón. Hay un eco después, en la calle Santa Rosa y bajando hasta la costanera del Suquía… aunque su naturaleza es menos aristocrática y más arrabalera. No te aconsejo hacer el intento de ver ahí, porque los seres son confusos, borrosos, y a la vez más agresivos y directos. Correrías verdadero peligro. Sobre todo en la oscuridad de los portones que tienen los ornamentos de yesería muy recargados. No visualices el signo ahí.
Abrió el librito y me mostró un dibujo trazado torpemente a lápiz. Era como la rúbrica simétrica de los escribanos españoles, o el plano de una fuente vista desde arriba. Un círculo circunscrito en un rombo, con cuatro cruces en las esquinas. El todo, encerrado en un triángulo invertido.
-Miralo bien -susurró-. Queda poca luz, y supongo que vas a hacer la experiencia ahora mismo.
Después lo cerró, me lo entregó, y se levantó.
Un beso callado fue su despedida. Yo tenía el corazón y los nervios destrozados. No pude contestarle nada. Se alejó lentamente mientras yo me esforzaba por ver de nuevo el signo.
Cuando me liberé de la ciudad universitaria, la tarde descendía y la luz caducaba sus últimos estertores… los senderos asumían ya un aire circunspecto, esa enigmática desolación de la naturaleza cuando es abandonada a su propia soledad. Los matorrales bajos temblaron cerca de mí y creí ver alguna pequeña parte de una salamandra -una cola o un nerviosismo de sus patas, digamos- que resistía a mostrarse, incluso bajo los ámbares de la luz crepuscular.
Era la hora en que se empiezan a escuchar la clausura de las puertas de ingreso, que se cierran definitivamente hasta el otro día. Teóricamente, de acuerdo con las palabras de Blanca, la multitud de la peregrinación era fuerte hasta que llegaba a la tapiecita que he mencionado, donde desaparecía casi por completo. Pero no pude encontrar nada raro hasta que llegué a la plazoleta de los Capuchinos.
En el callejón al costado de esa iglesia, en la dirección contraria a la mía, me salió al encuentro una chica joven. Venía con un cochecito. Era una mamá joven. Unos momentos antes de tenerla al costado visualicé el sello y, cuando pasó a mi lado, me bajé a la calle para que ella no tuviera que hacerlo. Entonces miré al cochecito. No vi un bebé. Vi un pico de ornitorrinco… el característico pico chato y carnoso. Estaba oscuro pero era inconfundible. Pasó lentamente y no pude evitar darme vuelta para seguir a la madre con la mirada. Pero ahora había mutado horriblemente: se trataba de una vejiga grande, colorada, como la de una gaita, que se hinchaba acompasadamente.
En la esquina siguiente, pegados contra la pared, conversaban unos estudiantes jóvenes. Parpadeé y fijé nuevamente la vista en ellos: se volvieron unos obscenos mecanismos, marmitas con apéndices móviles.
Practiqué con las palabras que me dijo Blanca, pero no hubo más cambios en las otras personas con las que me topé porque no pertenecían a la procesión, eran personas comunes.
Ya casi no quedaba nadie en la noche, aunque dos cuadras más abajo presencié cómo una pareja de reptiles antropomórficos acunaba, cada uno en su regazo, utensilios de cocina mezclados con miembros que se agitaban convulsivamente.
Accedí a la bajada que se hace en el boulevard San Juan y que marca el fin de Nueva Córdoba y comencé a bajar por la Buenos Aires.
Ahora la noche llegaba. El dominio franco de las sombras había triunfado. Lo surcaban los jeroglíficos de la preocupación y la decadencia en la gente normal que yo iba encontrando esporádicamente, y pesaba el sueño sobre sus arrugas y las bolsas incipientes, casi precoces, de sus ojos.
Las oscuras ventanas de las casonas más viejas se complacían en sus vacilantes tenebrosidades y temblaba una claridad fantasmal de neón en los locales modernos.
La densidad de los peregrinos deformes se incrementó levemente cuando pasé por el costado de la Iglesia de San Francisco. Había pájaros jorobados de pico curvo, lagartos hinchados de negro odio transpirando venenosos rencores, y más infames vejigas carmesíes. Todos tenían el tamaño de un humano y todos caminaban desde la zona limitada por la calle Entre Ríos, buscando subir hacia Nueva Córdoba. Entendí que toda esta muchedumbre crepuscular iba a perderse más allá, con el nacimiento de la Ciudad Universitaria o, si seguían viaje, ya no se hacían visibles como durante el ascenso de la depresión formada por el centro de la ciudad.
La dirección era general y una para todos: venían desde el río y subían poco a poco. El conjunto desaparecía de alguna manera, y por razones desconocidas, al llegar a la línea de la calle Colón, para reaparecer en la Caseros (yo iba en dirección contraria). No sé por qué se produce ese “vacío”, seguramente tiene que ver con que era la parte del centro con mayor actividad hasta hace unos años, aunque ya no pueda seguirse manteniendo que haya menos aceleración de la actividad urbana en las zonas adyacentes a esta franja, sea hacia Nueva Córdoba, o hacia el mercado Norte.
Después de la calle Lima (yo iba al encuentro del río) hubo una densificación del clima sobrenatural. Las siluetas que pude alcanzar a ver se iban achaparrando notablemente, eran más jorobadas y caminaban muy despacio, pero a la vez se volvieron hostiles de otra manera con respecto a mi presencia. Aquí los caminantes parecían percibir de algún modo que yo los veía tales como eran, mientras que las figuras de antes no podían percatarse de que yo no caía en su encantamiento. Marchaban más trabajosamente y parecía costarles gran esfuerzo mantener el camino hacia su desconocido destino.
Por la zona de la avenida Humberto Primo las casas se tornaron traslúcidas, y vi que algunas de las siluetas deambulaban por entre los muros de las edificaciones. Las casas parecían no tener techos. Tendían levemente hacia la irrealidad, a la vez que los espectros iban ganando en densidad y en conciencia de mi extrañeza. Noté que algunos babeaban, otros masticaban como trocitos de hierba, algunos fornicaban abiertamente y de pie, aguardando la reacción de los demás para actuar en consecuencia… discutían, gritaban, mascullaban o maldecían por lo bajo. De a trechos las casas parecían sin techos y hormigueaban criaturas diversas en sus interiores, unas eran infantes gateando, otras, ancianas decrépitas, todos mezclados comerciando en una plaza pública o mercado cuyos límites no eran las paredes de las construcciones reales. A la vera de los portones más viejos unos sujetos encapuchados estaban detenidos en los zaguanes. Debajo de las túnicas se avizoraban unas tumescencias, de hernias quizás, o deformaciones mucho peores. Otros acusaban bocios mórbidos y emitían cloqueos para aclarar flemas encajadas en la garganta, que después estrellaban contra el piso. Un cierto horror me sobresaltó cuando divisé chorros de vapor pestilente que brotaba de las alcantarillas. Disimulé como pude el asco que todo eso me producía, y trataba de caminar mirando hacia arriba, como un extranjero que quiere descubrir todo, para no caer en mi propia delación ante seres que parecían dotados de especial gusto por represalias inimaginables.
Ya casi llegando al puente, la depravación había llegado al colmo. El piso estaba sembrado de un hormigueo que no tardé en reconocer provocado por innumerables gusanillos, celenterados y equinodermos que bullían unos sobre otros. Muchas siluetas procesionales hacían gestos de locura, sorbían, chasqueaban la lengua, ladraban y vomitaban. Parecían gozar el hollar con pies descalzos toda esa multitud de estrellas de mar que reptaba por el piso.
La procesión, o nacía del río, o no se veía de dónde venía, porque más allá de sus orillas la noche no encerraba más que soledad.
Sentí alivio cuando crucé el puente, y me tuve que apoyar contra la baranda para tomar aire. Dos cuadras más adelante, entré en una estación de servicio. Aunque era tarde -más de las dos de la madrugada- no pude con mi genio y telefoneé a Blanca. Quería comunicarle todo lo que había visto, compartir con ella el horror que ambos habíamos presenciado. Pensé que la despertaría, pero me atendió al instante, y adiviné que estaba esperando mi llamada.
Escuchó en un vilo respirable mi entrecortada relación de todo lo que había visto, y sólo comenzó a hablar cuando hice un silencio agotado:
-Te confesaré lo poco que sé -susurró desde la soledad de su cuarto, a la que casi yo podía sentir del otro lado del teléfono-.
-La procesión es así, de unas pocas pero contundentes almas…Lo terrible no quiere revelarse, siente vergüenza de su decrepitud, por eso se oculta de las maneras más infames e insospechadas. Creo que es el esfuerzo que deben hacer para subir la pendiente desde el río lo que las vuelve “visibles” durante esa franja de su trayecto, y salvan esto trocando su apariencia en la de gente viva e inocente, pero el carácter que te di, junto con las palabras garrapateadas al margen de cierta acta notarial que habla sobre la delimitación de los terrenos en la costa del Suquía, rompen su embeleco. No sé cuántos eones de tiempo tiene la procesión, aunque por el ensalmo que te di y que está anotado en el acta notarial de 1667, es anterior a esa fecha, pero no puede ser mucho más antigua… en todo caso, si se trata de españoles, no puede ser anterior a 1574. Pero tal vez es muchísimo más antigua, y no quiero decir con esto que sea de aborígenes sino que quizás está formada por almas de otros tiempos…Realmente de otros tiempos, que continúan su peregrinación ininterrumpida desde ciertos abismos, para llegar a otros -terminó-.
No logré entonces comprender con certeza a qué se refería, aunque tengo ahora mis propias conclusiones.
Nunca más volví a ver a Blanca, después de esa confesión.
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