sábado, 24 de diciembre de 2011

La sombre de la mariposa calavera

La sombra de la mariposa calavera

La armonía oculta es más poderosa que la manifiesta
Heráclito de Éfeso, fragmento 54

Dice el infame Girolamo Cardan en su tratado de magia natural que la oveja que ha muerto víctima de un enjambre de avispas revela, cuando la abren, una mancha oscura en su hígado, cuya forma delata a las feroces asesinas, pues se imprime en el lustroso espejo del hígado la silueta clarísima de una avispa; el capullo de la planta conocida como Aconitum napellus, cuando se abre, muestra la imagen de una calavera, pareciendo querer advertir con este jeroglífico natural que su flor es amarga y venenosa; y si se hacen sonar dos tambores, hechos respectivamente con la piel del lobo y la del cordero, el atabal hecho con la piel del cordero no suena, enmudecido y como devorado su sonido por el atabal de lobo.
Y así es en verdad; el alma del mundo, que está en todos y en todo, se revela de manera misteriosa, extendiendo ciertos filamentos de simpatía entre las cosas, filamentos imperceptibles que escapan al ojo vulgar, pero no al ojo sagaz. Como hilos de oro se extiende la realidad cual una telaraña de causalidades, tan sutiles a veces, que sus efectos podrían considerarse fantásticos, cuando en realidad no son más que la manifestación esporádica de la cadena oculta que, como el éter, rodea, envuelve e interpenetra el mundo con su espíritu sutilísimo.
Yo lo supe desde siempre con la certeza que sólo da la intuición. De pequeño, confiándome a esta ley de la simpatía universal, me ponía a salvo de los fantasmas que rondan a los niños con sus terrores incomprensibles para los adultos; me bastaba un círculo de carbón que hubiese estado en contacto con las patas de mi perro, para saber que me protegería de cualquier espíritu nocturno en busca de su presa. Aunque no lo supiese de un modo discursivo, en mi entendimiento de niño de algún modo sabía que la condición de centinela que tiene el sabueso vibraba en el carbón y de éste pasaba al círculo con que yo me encerraba, protegiéndome; era como tener un vigía constante que custodiaba el ámbito donde yo dormía... y como éste, miles de ejemplos, todos basados en la ley de la simpatía entre las cosas, ilustraban y justificaban a mis ojos -no a los de los adultos- mis actos.
En los estudios secundarios, en las clases de Biología, de Física, y de Química, nunca me convencieron del todo las leyes positivistas y mecanicistas que niegan lo que no contemplan las relaciones de causa y efecto, mensurables y comprobables por laboratorio. Y digo “del todo” porque si bien son ciertas, quienes las han decretado quisieron romper vanamente con el pasado, con el saber que no deja de lado el mundo espiritual sutil, el mundo astral y el intelectual. ¿Cómo podía pretender un afán de totalidad, una construcción cabal del todo, aquel conocimiento newtoniano que de los tres mundos, el mundo intelectual o supraceleste, el mundo espiritual de finísimas gasas astrales, y el mundo burdo de la materia, sólo tiene en cuenta a esta último porque es ponderable en una balanza o a través de una escala numérica? Tampoco me doblegó el rigor ni la profundidad de los estudios universitarios. Cursé veloz como un cometa los estudios de ciencias naturales, y si bien nunca me volví contra mis convicciones ni las tildé de falsas, las fui dejando postergadas. Había comenzado la carrera justamente por mi afán de ver desde adentro el sistema materialista, el sistema que me negaba mis preciosas leyes de simpatía y pretendía echar por tierra con la aurea catena Homeri, la cadena de oro que enlaza el todo con el todo, y así, después de estudiar a fondo el conocimiento referido al mundo natural, dedicarme a catalogar y rebatir sus debilidades. Pero mi entrada en la plena madurez me estrelló con la necesidad de un empleo, y la inercia ejerció su influjo en mí. Todos mis actos se orientaban, no obstante, a consagrarme a mi pasión, y hasta el postergarla fue un medio de volver con más fuerzas, una vez conseguida una mínima estabilidad económica, a ella. Mis planes eran claros: una vez que obtuviera un puesto fijo, en lo posible relacionado con el mundo de las ciencias, pero ligado más bien con las actividades burocráticas y administrativas que con el trabajo de campo en entomología (que es mi especialidad), me dedicaría de lleno al estudio de los filósofos de las épocas pretéritas, en mis ansias de ahondar en la ley de la simpatía universal, tan repugnante para el positivismo del siglo que acababa de morir.
Mis padres habían muerto hacía poco también, arrastrados por el siglo al parecer, y sólo me habían dejado una casona arruinada que goteaba por todos lados, apestada de olor a humedad y al formol de los frascos de mi padre, médico especialista en teratología. Sus frascos se agolpaban en el desván, entre las obras de Ambroise Paré y de Fortunius Licetus, los dos máximos estudiosos de las monstruosidades de la carne. Había frascos con fetos bicéfalos, acéfalos y amelos, otros contenían sólo informes y callosas carnosidades.
Una vez ubicado en algún empleo estable -proyectaba-, vendería la casa y me iría a vivir a una pensión, y con el capital de la venta del caserón compraría todos los volúmenes que me hacían falta: libros carísimos, la mayoría del siglo XVI y XVII, que sólo me podían proveer mis amigos desde Europa.
Me había propuesto investigar a fondo las leyes armónicas que rigen el cosmos y, de ser posible, enseñorearme de alguna de ellas para desquitarme de los condiscípulos y profesores que injustificadamente y sin comprobaciones (¡ellos, los autoproclamados hombres de ciencia, incondicionalmente fieles al método experimental!...) se habían reído de mi militancia adolescente en los conocimientos de la magia natural, sólo porque los libros que venían de París, de Tübingen o de Oxford así lo declaraban; lo curioso es que logré esa reivindicación de un modo más drástico de lo que jamás habría imaginado, y a mis propias espaldas.
A pesar de mi fama -“el alquimista cordobés” me decían- mis notas en la Facultad eran sobresalientes y a poco de egresar conseguí el puesto de asistente personal del Director del Museo de Ciencias Naturales, el flamante museo que Sarmiento había fundado hacía unos años junto con el Observatorio, como para sacar a Córdoba de la somnolencia mediterránea que se le endilgaba.
Al principio no me alegré demasiado: el director había sido uno de mis más enconados y cáusticos agresores, el que más bromas me había hecho por mis recónditas lecturas, y a pesar de que se trataba puramente de bromas académicas, me habían herido en lo profundo del alma. Pero la paga era buena y el trabajo poco. Ya el edificio era un estímulo: ese bello palazzo con su frente almohadillado de estilo florentino, con sus pequeñas cabezas de leones, como protegiendo a las ciencias. Los interiores estaban llenos de colecciones entomológicas -aunque ni remotamente completas: recuerdo que la de las Lepidoptera era la más floja de todas-, y mineralógicas; la colección de animales embalsamados, en cambio, estaba recién comenzando. La sinecura que me ofrecía mi alto promedio era justo lo que yo necesitaba, y me dediqué con tanta mayor responsabilidad a mi labor, cuanto livianas eran las faenas de catalogación de los pocos especímenes que a las cansadas iban llegando al museo. Otro aliciente era que mi mejor amigo también había sido contratado; se trataba de Eustaquio Lipari, un gringo que había hecho su carrera en Italia y había aterrizado en América en busca de nuevos especímenes de insectos para su tesis; era extraordinario que se hubiera aceptado a un italiano, pero en verdad sus conocimientos eran grandes, demasiado grandes para el puesto de curador del salón de minerales que le dieron. Habíamos trabado una sincera amistad después de que me comentó, en el último año de universidad, que su ciudad natal era Nola, la ciudad que había visto nacer el genio incomprendido de Giordano Bruno. Recuerdo que me repetía como una muletilla que en el convento de los dominicos donde había estudiado Bruno durante su primera adolescencia, en los muros del cuarto de penitencia en el que solía pasar días enteros por rebeldía, todavía la humedad no había ganado los círculos y caracteres astrológicos en que el gran mago cifraba su demoníaca arte de la memoria; también me había prometido un ejemplar del siglo XVI de la biblioteca de su padre del De Umbris Idearum, que posiblemente Bruno en persona había rubricado.
A esa naciente estabilidad siguió la consecución de otro hito de mis planes, enseguida vendí la casa y me instalé en una pensión a escasas cuatro cuadras y media del museo. Disponía ahora, gracias a la venta del inmueble, de una suma cuantiosa, y mandé a mis amigos que seguían cursos en Europa todo el dinero, con la lista de los libros que me parecían imprescindibles, ahora que mis energías frescas serían concentradas en el estudio de la magia natural renacentista.
Y fueron llegando, uno tras de otro, los paquetes; el primero contenía un ejemplar de los Secretos de la Naturaleza -Mirabilia Naturae- de Alberto de Colonia, muy raro, pues era una edición desconocida hecha en Venecia de la que hasta hoy no he encontrado referencias en los catálogos de bibliófilos, impresa en 1517 en las prensas aldinas junto con el grueso volumen de la Magia Naturalis de Hieronymus Cardanus, Girolamo Cardan. Los paquetes me llegaban al museo, porque con esa dirección y ese destinatario era mucho más difícil que algún ladronzuelo del correo se atreviera a abrirlo, pues se sustanciaría inmediata investigación por parte de las autoridades, en momentos en que se daba tanto impulso a las ciencias y al enriquecimiento de las colecciones de los museos. Cuando yo los recibía -era también parte de mi labor recibir la correspondencia-, me los guardaba con la conciencia limpia, pues no eran cosas solicitadas en verdad por el museo, sino que yo solicitaba a mis amigos europeos que los enviaran con ese remitente, y el museo no se enteraba, como que no era algo que hubiese encargado ni en lo que se gastasen fondos de la institución. Nunca olvidaré el día en que llegó uno de los paquetes más importantes: hacía semanas que lo estaba esperando y realizaba todas mis labores distraído, pensando en la anhelada llegada: se trataba de la obra cumbre de magia natural y del estudio de resonancia y analogía entre los mundos: Historia Utriusque Cosmi de Robert Fludd, impresa en Oppenheim en 1620 con grabados de Theodoro De Vryes. Con la encomienda llegaron dos sorpresas más: un telegrama que anunciaba a Eustaquio la muerte de su padre acaecida poco antes, y algo que me inquietó: un ejemplar del De umbris idearum remitido por Fortunato Quiñones, uno de mis amigos que estaba estudiando en Bolonia, que yo no le había solicitado, pero que él se había permitido comprarme como obsequio, pues en Nola, ante la súbita muerte de un endeudado y viejo médico del lugar, se había rematado su biblioteca y los libros se había subastado a precios irrisorios. Entre ellos estaba el ejemplar de las Sombras de las Ideas. Me estremecí cuando supe por el ex libris que había pertenecido al padre de Eustaquio Lipari, y el libro era el que él había prometido obsequiarme. Con indeleble tinta roja, en la parte de atrás del libro, había ciertos signos garrapateados por una inequívoca y tortuosa mano del siglo XVI, la del terrible dominico de Nola, Bruno.
No le dije del libro a Eustaquio, pero sí le entregué la esquela en que se le anunciaba la muerte de su padre. A los pocos días estaba como siempre.
Así comenzó mi ruta de aprendizaje. El periplo por los mares de las astrales y arcanas correspondencias. Allí aprendí, con ojos ávidos y corazón tembloroso, que toda la realidad es un tejido de signaturas misteriosas, un libro abierto para el que lo sabe leer. Me deslumbré con los rostros asininos, las facciones leoninas y los belfos taurinos que me mostraron los libros de la Physiognomia de Giovanni Battista della Porta; la Metoposcopia de Cardanus me hizo aprender mucho más de lo que yo creía saber sobre mi jefe, el director, con sólo prestar atención a las arrugas de su frente cuando me gruñía; descubrí la M que todos los mortales tenemos grabada en cada palma, murmurándonos que estamos destinados a morir y que somos hijos de la muerte; vislumbré en pequeños grabados las piedras que la madre tierra incuba en sus entrañas signándolas con imágenes de águilas, ciudades y caracteres alfabéticos y que Athanasius Kircher desenterró, limpió, acarició, estudió, atesoró en su museo de Roma y publicó en los grabados del Mundus Subterraneus, en 1682; me asombraron los cangrejos sicilianos cuya caparazón evoca asombrosamente un rostro humano sonriente y que ya deslumbraban a los habitantes de Agrigento, a juzgar por sus dracmas y litras de plata; entreví los mensajes que los dioses escriben en las caparazones de las tortugas chinas y la escritura que los gnósticos soñaban descifrar en el pelaje de los tigres; instruido por el libro primero del De Occulta Philosophia de Agrippa me alejé de cualquier posible contacto con prendas de difuntos, pues toda mortaja o sudario en contacto con un cadáver se empapa y comienza a vibrar peligrosamente con ritmo saturnal y cadavérico, análogo al de una lenta danse macabre; asentí lógicamente con los que ven en la forma y el color de las plantas el indicio de la enfermedad o el órgano que curan, como la serpentaria, que por su forma de serpiente lenifica los efectos del veneno de algunos ofidios, y la pulmonaria benéfica hacia los pulmones; entendí que el ojo, la tierra y el corazón, son una misma cosa, como afirma Bruno, y que son hermanos regidos por el mismo engranaje en la excelente máquina del cosmos, ya que los tres están calibrados a 23 grados de inclinación; que la divina inteligencia creó en un mismo instante a ciertos huesecillos del oído humano y al animalito de la limnea; y que la curva de la concha del molusco Nautilus pompilius danza al ritmo del número áureo caro a los pitagóricos, proporción también marcada por el ombligo del cuerpo humano en relación con su estatura; aprendí que hay odios naturales tan fuertes como el de la hiena y la pantera, cuyos pelajes todavía se erizan al acercarse dos prendas confeccionadas con ellos; justiprecié la música de la viola d’amore que, como su nombre lo indica, saca partido de la amorosa vibración por resonancia para crear su dulce sonido, y también la nota constante por detrás de la variada melodía de las cosas: monocordio que, cual una columna salomónica, rige y sostiene todo el universo y lo calibra con la armonía de la música de las esferas, como enseña Fludd con la exquisita didáctica de sus cuidados grabados; en fin, que esta columna también está en el hombre y que el hombre vibra y canta por esta columna, como nos enseña en sus Hieroglyphica Horapolo, al homologarlo con la cigarra solar que canta por sus élitros.
A medida que me entusiasmaba y progresaba mi lectura en frío del latín de los textos, en un comienzo tan ardua, abandonaba el museo a altas horas de la noche y descuidaba la pensión. Al principio me sentaba a leer cuando se cerraban las puertas de la institución pero, pasado un tiempo en que cobré confianza, desde bien temprano durante mi jornada de trabajo; pasaron unos meses y no hacía prácticamente nada, permanecía horas sentado a puertas cerradas en el minúsculo despacho que se me había dado, con su pequeña claraboya desde la que se podía ver un pañuelito de cielo. Yo nunca había trabajado esos textos en latín, y el abordarlos en esa lengua de cierto modo me exigió una entrega total, una entrega que comenzó a minarme las energías y me debilitaba. Mi ánimo -si se me permite el término- se melancolizaba cada vez más, comía poco y empalidecía mi rostro verdoso. Nadie me reprochaba nada, ni se notaba mi descuido, lenta y monótona la existencia del museo.
La pensión se me había transformado en poco más que un lugar donde desayunar, guardar la ropa y asearme, porque pasaba casi veinte horas en el museo, leyendo. Empecé a conocer de memoria qué estrellas pasaban por la breve claraboya de mi despacho, como magnificadas y enmarcadas por su pequeña circunferencia; el efecto es simple y conocido, aún sin una lente de aumento, si se enrolla un tubo de cartón, una revista, pongamos por caso, y se enfoca al cielo de noche, lo que se ve por el improvisado telescopio es un trozo de cielo más nítido que a simple vista; el efecto es mucho más notable todavía con la luna. Ese efecto producía la claraboya, como encauzando por un cañón los rayos de las estrellas que se colaban por su ojo y filtrando sus efluvios.
No había vuelto a abrir el De Umbris desde que me había llegado, en parte porque me entristecía -al parecer más que a su propio hijo- la muerte de su anterior propietario, quizás identificándome con él y proyectando en ese hombre desconocido para mí la certeza de que también yo, algún día, debería separarme de todos mis queridos volúmenes, por los que había renunciado a una vivienda de mi propiedad, y en segundo lugar porque el arte de la memoria de Bruno, aunque apasionante, no entraba exactamente en mis intereses más urgentes de estudio. Esa noche, con todo, me puse a reflexionar sobre las coincidencias extraordinarias de que me hubiese topado por otras vías con un libro del que ya se me había garantizado la posesión. El libro había llegado a mí de todos modos, pero por una cadena de acontecimientos totalmente distintos; es más: la misma cadena de acontecimientos que en realidad debería haber destruido cualquier esperanza de tenerlo (ya que la subasta de los libros los alejaba para siempre de Eustaquio) al parecer era la que, paradójicamente, me lo había facilitado. Reflexionando en esto lo saqué y comencé a hojearlo. Al pasar las páginas, noté qué algunas estaban, como suele suceder, unidas y sin cortar, lo que evidenciaba que el ejemplar no había sido abierto ni hojeado nunca, sino comprado y archivado sin más, cosa lógica si el libro había pertenecido, como yo y Eustaquio habíamos sospechado, a su autor, quien mejor conocía su obra y, cualquier ejemplar que tuviese, sería sólo por el placer de tenerlo, y no como herramienta de estudio, máxime conociendo el poder de su memoria legendaria. Se trataba de una de esas impresiones en plancha, esas en que todo un pliego se imprime siguiendo un orden especial de páginas, luego el pliego se dobla en cuatro u ocho dobleces, se cosen los pliegos, y la tarea final de la “apertura” de los pliegos se realiza con guillotina, la cual separa cada página de la siguiente. Pero a veces acontece que si un pliego ha sido cosido más atrás que los otros, ese borde escapa al filo de la guillotina y, si el libro no es comprado por quien está interesado en estudiarlo, sino que cae en las manos de quien sólo quiere exhibir su lomo, jamás será abierto, ni descubierto el error y subsanado a fuerza de tijeras.
Separé cuidadosamente las páginas con un cortaplumas, y mientras realizaba el corte, algo cayó de entre sus páginas, causándome cierta aprensión. Era un pequeño bultito negruzco, bastante grande. Cayó al suelo con sonido apagado y cuando lo levanté no reconocí lo que era; al acercarlo a la lámpara, casi me caigo de la impresión. Era una esfinge calavera, una mariposa nocturna de la familia de las Sphingidae, famosa y absolutamente reina y señora entre la fauna mágica de las simpatías y correspondencias de la magia natural, una de las más formidables hechiceras entre todos los animales, a la que sólo es comparable, por el arte de la fascinación que despliega ante sus víctimas, el caburé de estas tierras, el Glaucidium nanum, la lechucita que en el litoral argentino es llamada quil-quil y cuyas plumas son usadas como payé o talismán por los paisanos. La gorda mariposa, velluda y negruzca, estaba momificada, disecada por el trabajo mismo de los siglos y el secante natural que son las hojas de papel de pasta del siglo XVI.
No me costó, especialista como soy en entomología, clasificarla. Se trataba de una formidable Acherontia atropos de la excelente clase que se da en Italia. Ninguna tiene más perfecta la calavera en el lomo, ni la Acherontia styx ni la Acherontia lachesis, ninguna tiene más definidos los tres colores inmemorialmente asociados a la luna: el blanco lechoso de la lepra, el rojo-carmín y el negro, los colores de la triple diosa Hécate. La calavera de su lomo es una obra de arte de la naturaleza: allí están los enormes ojos, perfectamente redondos y negros, el adelgazamiento de los pómulos y sobre todo, la mandibula inferior, separada, con los dientes que encajan perfectamente en los orificios de la mandíbula superior, y los de ésta en los orificios de la mandíbula inferior, ¡en una muda sonrisa desencajada!... pero ésta es sólo la más teatral de sus propiedades, la mas conocida; tiene otra más terrible: la Acherontia produce un lúgubre chillido, un ¡ay! que es queja y silbido a la vez, un silbido que adormece hasta a las laboriosas abejas, y le permite colarse en el panal impunemente para succionar la miel sin temor a los aguijones, mientras todas las abejas, aturdidas y atontadas, se adormecen acunadas por el canto sirénico de la terrible bruja alada.
Tal vez, -y sólo tal vez- por mi condición de entomólogo, me encariñé con el venerable, el longevo insecto disecado, que acaso había revoloteado sobre la cabeza de Bruno, y seguramente sobre la del maestro encuadernador que estaba doblando los pliegos y sin saberlo, o a sabiendas y por travesura cruel, la encerró en el pliego del libro que estaba a punto de coser. La quise hacer compañera de mis estudios, y porque era demasiado frágil, la sumergí en un baño de parafina que la convirtió en un objeto repulsivo, pero manejable y sin riesgos de disgregación. Entonces la coloqué dentro de una cajita de cristal sobre mi pequeño escritorio, para tener a la vista su diminuto cráneo, así como los pensadores del renacimiento, sobre todo los españoles, tenían a la mano un cráneo que les recordase que todo es vano, la omnia vanitas del Eclesiastés.
Fue entonces que me sumergí en el libro. El latín de Bruno es terrible y selvático, salvaje e indómito tal como debió de ser el alma misma del monje rebelde, un latín que se escapa a cada instante y se desboca cual demoniaco caballo infernal. Me sumergí con un apasionamiento destructor, y desentrañé sus terrores, su plan de cósmica soberbia y blasfema codicia.
El libro casi me destruye. Siguiendo sus instrucciones, comencé, ciego de locura y de entusiasmo, a construir en mi memoria y en mi fantasía las incesantes ruedas revolventes con las que Bruno promete el conocimiento absoluto y, de manera velada, el dominio de los mundos. Noche a noche erigí los atrios, los campos, los altares, los pozos de torturas, probé los grilletes y las tenazas al rojo en mis carnes mentales, saboreé los amargores de mil plantas en mi imaginación, me autoflagelé en el fantástico escenario de los potros y los cepos interiores con que, decorados de texturas llagadas, leprosas y ulceradas, se debe poblar el aparato fantástico de la mente; levanté los babélicos alcázares internos y los fantasmales laberintos de penumbra mental; tallé los simulacros, las estatuas y los ídolos percusivos que, sangrantes y animados de amenazantes gestos, adornan las esquinas de cada estancia en arquitectónica disposición; eché a andar los complejísmos engranajes de esa máquina barroca y de terrible aspiración de poder: creé el teatro del mundo en la soledad de mi alma. Me desarmé, me despedacé interiormente, me deconstruí para volver a construirme, como un nuevo Osiris, Dionisos, o Zagreo, pero sin la ayuda de Isis. Como aconseja Bruno, trabajé y coroné mis esfuerzos en la búsqueda de mil sinestesias: escuché colores, escruté sonidos, saboreé caricias y palpé gustos. Mi entereza estaba al punto del colapso, y la sinestesia me dominaba también en la ruinosa vigilia que, de a jirones, sufría. Confundía geometrías con melodías y texturas con aromas.
Fueron semanas de lectura febril y dolorosa, meses de ejercicio interno. Me quedaba dormido sentado al escritorio y en sueños veía cómo la luna dejaba entrar un chorro de luz magnificada por la claraboya justo sobre mi cabeza; el rayo acariciaba la cajita de cristal con la mariposa y luego me bañaba a mí, exangüe y sin fuerzas, con su luz; una voz me recordaba vagamente en sueños que la luna, en astrología, es el planeta más húmedo, cuyas aguas todo lo disuelven y confunden, y mezclan las naturalezas y las pervierten, y así como me encontraba, toda revolucionada y removida y conmovida desde sus cimientos mi naturaleza por los ejercicios espirituales de Bruno, en el sueño esa luz me disolvía placenteramente y me dejaba arrastrar por los océanos del plenilunio. Lunaciones enteras sucedió lo mismo.
Al final caí postrado y tuve que regresar a la pensión. Recién entonces, cuando me debatía en el doble filo de la vida y la muerte, se posaron en mí los ojos a los que ningún descuido ni holgazanería de mi parte había hecho reaccionar y me obligaron a dejar mi cargo por un tiempo. Me prescribieron tres meses de reposo.
Unos pocos días después de mi postración sucedió la primera muerte. Primero fue el director. Lo encontraron en su despacho, tirado en la alfombra y sin una gota de sangre: era como un papiro crujiente y abollado, parecía una marioneta de papel maché; no solamente le habían extraído toda la sangre, sino que en el pecho, donde nace el esternón, le habían introducido una especie de tubo o pipeta, a juzgar por la forma de la herida, y le habían extraído todos los órganos blandos, previa licuefacción interna. Las vísceras habían subido, hechas una pulpa semilíquida, por ese émbolo de succión que se le había introducido en la caja torácica por el esternón. Faltaban también la médula y el encéfalo. La noticia fue ampliamente difundida en el nuevo periódico de la ciudad, la Voz del Interior y, mientras estuve postrado, fue mi única forma de seguir las investigaciones, mi único contacto con la realidad.
La noticia me inquietó. La mañana en que leí el exhaustivo informe del periódico me había levantado mejor, con un regusto entre dulzón y metálico, pero con un ánimo sensiblemente fortificado por el reposo. Como había decidido alejarme un tiempo de los libros durante mi convalecencia, los había dejado en mi despacho, en una caja a mi nombre, y todas las pertenencias que habitualmente manejaba en el museo, estaban con ellos. No tenía con qué distraerme, y me enfrasqué en una tímida investigación, gracias a los datos que me aportaron dos o tres conocidos que me visitaban en la pensión sobre las pericias médicas y las pistas que indagaba la policía. No saqué ninguna conclusión plausible.
Puesta a un lado su crueldad, el vampírico asesinato no dejaba de haber sido oportuno para mis intereses, ya que mi ausencia y mi creciente debilidad me eximían de toda sospecha, la cual de otro modo habría pesado bastante, conocido públicamente el encono que el director y yo mutuamente nos profesábamos. Tuve, no obstante, varias pesadillas en las que reconocí el perfume de la culpabilidad: mi inconsciente me culpaba en los sueños, condenándome sin proceso ni pruebas; me veía asesinando al director e introduciéndole entre las costillas un enorme cuerno de animal fósil, que resultaba ser tubular y por el que lentamente subían sus pulpas vitales. Luego este cuerno entraba por la columna vertebral y sorbía la dulce médula espinal, hasta el bulbo raquídeo, la esencia misma de su humanidad. Al final yo era descubierto porque un médico ordenaba diseccionar mi cuerpo: en el corte longitudinal aparecía entonces, dibujada por la linfa y la sangre, la silueta de un hombre desgarbado de sesenta años, con el inconfundible levitón del director, tal como cuenta Ctesias, el médico de Artajerjes Memnón, que al partir en dos longitudinalmente el cuerno del unicornio, aparece la silueta de una forma humana.
Para cuando sucedió la segunda muerte, yo ya estaba plenamente recuperado y con más vigor que nunca. Había vuelto al museo con una actitud nueva: no descuidaba mi trabajo y poco a poco se iban desdibujando los enfermizos e insanos intereses de otrora, cumplía puntualmente mi horario y habitaba como cualquier caballero normal en la pensión mientras no me desempeñaba en mi despacho del museo. Tampoco había vuelto a abrir la caja con mis libros embalados ni había revisitado mi mariposa encerrada en la cajita de cristal, que dormía en el gran paquete de mis pertenencias entre otras muchas cosas, inmovilizada por la parafina y por la muerte de trescientos años atrás.
Aconteció la víspera de la fecha en que esperábamos al nuevo Director. Me dirigía al trabajo contento, tan exultante de ánimo que silbaba camino al museo. Cuando abrí la puerta de ingreso, en el hall al que daba la puerta cancel, yacía otra lamentable pelotita de papel abollado, pequeña esta vez, pero también humana: era los restos de mi amigo Eustaquio Lipari. En la ingle marchita aparecía tatuada claramente la silueta de una mariposa. Por lo demás, igual técnica, iguales métodos, iguales resultados.
Pero esta vez había una diferencia: yo ya estaba repuesto y era el único que tenía acceso al museo, como poseedor de las llaves, durante la noche. Un agravante me complicaba más aún; por esos días y, con el movimiento de los papeles del museo por la muerte del director, había saltado a la vista que mi desempeño había sido desastroso, y todas las cosas que dependían de mi control estaban sin hacer o mal hechas. Además por esos días se rumoreaba en la universidad que mi puesto, en caso que me pidieran la renuncia, sería ocupado por el brillante gringo, al que se le había ido haciendo justicia y reconociéndole su extraordinaria preparación académica boloñesa. Mi conocida animosidad e intolerancia de las épocas estudiantiles no me jugaban a favor, y menos aún mis aficiones intelectuales extracurriculares.
Me resolví al instante y envolví con mi levita negra esa hojarasca liviana, y pasé mi jornada con total normalidad. Esa noche me dirigí al cementerio en carruaje, con la levita que crujía abultada y envuelta en mis brazos. Después de recorrer el bosque de cementos fúnebres, esa ciudad casi más fantasmal que las que yo había proyectado con la urbanística bruniana en mi aparato fantasmático, esperé que todos se fueran y me escondí entre las estatuas. Deambulé toda la noche, primero con la intención de depositar en algún panteón ganado por la hiedra y la maleza el desecho que había sido mi amigo, y después asqueado por cierta culpabilidad que me golpeaba desde adentro.
Con ánimo menguado me alejé del cementerio cuando ya se fugaba la noche y la luna, tardía y anacrónica, triunfaba subiendo por oriente, leprosa e hinchada; aprovechando la soledad del crepúsculo matutino trepé por la cuesta amurallada del cementerio. Entonces mi atención se fijó en el muro: me percaté súbitamente de que la sombra que salía de mi cuerpo me era rebelde, no copiaba mis formas, sino que obedecía a otra.
En el paredón del cementerio y a la luz de la luna, mi cuerpo proyectaba la oblicua sombra de una gigantesca mariposa nocturna, velluda e hinchada, y una enorme lengua en espiral, que se enrollaba y desenrrollaba anhelando más libaciones, goteaba aún la sangre de mi última presa.

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