La rúbrica de lo terrible
Ex secretioris philosophie principiis necesse est confiteri, plus posse caracteres et figuras in opere magico,
quam possit quaecumque qualitas materialis.
Pico della Mirandola, Conclusiones Magicae
secundum opinionem propriam, 26, 24.
Cualquier figura concreta, cualquier forma impresa en una materia elemental engendra trazos que operan movimientos en las otras cosas.
Al Kindi, Tratado de los rayos.
I. El Suceso
Caminábamos por la Ciudad Universitaria en el momento en que vence la noche, el momento en que se aprieta la oscuridad, triunfante, y la poca luz que queda no es más que una sierva que también predica alabanza a la oscuridad impenetrable. Caminábamos, y se despertó una vez más en nosotros la joven sed de los terrores que tantas veces vislumbramos y, lo que es peor, codiciamos.
A lo largo de la caminata, habíamos estado inquietando zonas de la mente que conviene dejar en un negro silencio. Habíamos estado inclinándonos ante los estanques del inconsciente, de donde pugnan por emerger fuerzas atávicas sin freno.
Mentamos, en medio de los ámbitos desolados, los pasajes más célebres de lo arcano y lo siniestro: el apiñamiento de las ánimas temblorosas que se agolpan hombro con hombro, en los negros follajes nocturnos, camuflándose entre los macizos de hojas, desde donde contemplan a los caminantes, y enloquecidas de frío envidian el calor de la sangre y de la vida; nos asomamos a la Nekya del canto XI de la Odisea, donde sedientos ídolos, olvidados de sí mismos, abandonados al fluir y refluir de las miasmas aquerónticas, anhelan también el licor vital de las arterias; despertamos el enigmático y sonoro verso de Virgilio:
ibant obscuri sola sub nocte per umbras
que uno se figura como lenta y laboriosa procesión sin rumbo. No se agitan impunemente esas aguas.
Ya decididamente excitados, la visión de las cosas era otra. El pasto se parecía al helado díctamo de Creta, la hierba hinchada y velluda, carnosa y cadavérica, que se vuelve iridiscente con luna llena, tributadora a Ártemis, en émulo agradecimiento y mimética fosforescencia, del fuego helado que la embelesa. El frío purificaba el aire y, allí donde la luz lo permitía, se dominaban las colinas y hondonadas que dan fisonomía ondulante a los pabellones y los salpicados bosquecitos del lugar. Había la amenaza que se manifiesta en el temblor de las bombillas de luz cuando deforman sombras y perspectivas, y alguna bolsa de arpillera, blanca, abultada, fue arrastrada por el débil viento.
Quizás giró sus ojos de bronce en algún lugar subterráneo, a nuestra osada perturbación del entramado cotidiano, la recóndita Hécate, escuchándonos y enfocando en nuestra insolencia su inflamada atención.
Entonces se hizo presente la rara y preciosa agua de la pesadilla. El instante en que no se sabe qué es lo que se ve. La conciencia flota unos segundos en un estado no inferior en su densidad al de la pesadilla o al de las almas desencarnadas, arrastradas sin rumbo, en remolinos configurados por su propia furia, en ausencia de la contemplación del supremo bien, consecuencia de sus actos inconfesables mientras estuvieron en un cuerpo. Agua común en esos reinos de más allá de la realidad física, pero caso raro si los hay, en el seguro mundo de la vigilia.
En el recodo de un pasaje ciego, entre dos grupos de aulas, la oscuridad hizo posible la manifestación de ese vértigo, porque pareció surgir de las entrañas de la boca de lobo una vaga silueta humana (digo mal: no pareció surgir, sino estar, amenazar sin acción, con la terribilidad de su sola forma, con la amenaza de su quietud, con lo terrible que supone el hecho de ver un ser que parece estar sin razón en un lugar donde no debería). Esa quietud, esa tranquila resignación de un individuo sin propósito, lanzada de pronto ante los ojos en creciente fascinación del que ya viene indagando lo ominoso con peligrosas conversaciones oscuras, conjuró la pesadilla. El instante en que la mente intenta hallar un porqué a una persona en soledad, un individuo de pie, sin movimiento, que de pronto descubrimos mientras hablábamos de ominosas circunstancias. Ahí gustamos el anhelado sabor que los lectores de cuentos fantásticos en vano persiguen a altas horas de la noche.
Resultó que no fue un ser humano, fue la nada misma; fue, digamos, un guiño de la sombra, un momentáneo espejismo causado por la sugestión del tema de nuestras consideraciones. Pero sirvió para parir el rayo del pánico intelectual, de la más absoluta indefensión, cuando el cerebro se abisma en el estómago al querer iluminar la negrura que tiene ante sí. Un instante. La sola fracción de tiempo que puede tolerar el peso de semejante estado del alma.
Los ojos se me arrasaron con las lágrimas que suscita el vislumbre de lo tremendo. Me subió un calor por las arterias del cuello y me hormiguearon las manos. Fue la culminación de los temas que habíamos estado recordando. Fue el orgasmo que se sigue, raras veces, del terror, después del delicado clímax ascendente que labran -si han sido construidas con la debida precisión- las alusiones de la literatura que habíamos hecho.
Poco a poco seguimos avanzando a partes más luminosas (aunque iluminadas por la triste luz del gas de mercurio, esa otra forma de oscuridad que poco alivia de las configuraciones terroríficas, luz antinatural, ni fría ni caliente, la más ineficaz para desbandar las geometrías impalpables que proyectan las energías vigiladoras desde lo profundo). Fuimos avanzando y al parecer, dejando atrás esa zona de arquitectura propicia a los sollozos apagados de los condenados, hora crepuscular tan favorable a las manifestaciones de simulacros errantes y esperpentos en perpetua lamentación, horribles por su cercanía, pero a la vez alimentados por la lejanía de ladridos de perros encerrados en recintos ecoicos y dolientes, a distancias incalculables para el oído humano.
Ya habíamos superado esos terrores, cuando apareció el signo. Estaba, en un gesto de subrayada ironía, en una parte iluminada, grabado como con un palito en un camino por el que pasan muchos estudiantes. Un dibujo como hecho por un chico. Pero en un sendero por donde un chico no habría pasado, y menos que menos se habría detenido a hacerlo, ese domingo y a esa hora. Un signo en el lugar en que más rápidamente se habría desvanecido, pisoteado por tantos pasos. Pero ahí permanecía, ahí se mantenía incólume, intacto, para nosotros.
¿Quién a esa hora agonizante de un fétido y sórdido domingo, de gélido viento, se habría detenido a hacer el signo? ¿para qué?... Nuevamente la falta de sentido, la imposibilidad de hacer pie en una explicación racional, humana, como con la silueta que nos pareció cernirse desde las sombras, en inquietante quietud. Otra vez la presencia de lo descolocado, de la bruma que reina en el mundo de más allá de la tranquilizadora carne, donde no hay materia que abrigue, que determine... Esa fragilidad, esa minucia, ese gestito de sardónica ironía, que resistía en el trayecto hollado por tanto transeúnte apurado, a altas horas, en las desoladas hondonadas de una Ciudad Universitaria desierta, nos hizo dar un vuelco de estómago. Otra vez, con la maestría de la broma que sólo una mente no humana puede pergeñar, tragamos la amarga saliva de lo extraño.
Éste es el signo que descubrimos trazado en el polvillo:
Carácter que nos dio la impresión de fuerte operatividad y enérgica actividad. Una forma de la circulación de energías.
En magia, los caracteres son como planos o esquemas del sentido y las direcciones en que debe circular y fluir el éter o el prana en sus diversos grados de sutilidad, la energía inteligente, con el fin de conseguir un determinado resultado. Cada sello o pantáculo es una especie de circuito conductor y encauzador de los efluvios astrales, así como un chip es el cauce que, para un fin inteligente y predeterminado, ”guía el pulso” al flujo de electrones en movimiento.
Dice Rogerio Bacon que la inteligencia se manifiesta, en este mundo físico y tridimensional, sólo a través de configuraciones de líneas y de círculos; de caracteres que sólo pueden trazarse, en esta cárcel de materia, en la materia misma. Estos caracteres, como las letras y los guarismos -pero también como los sellos y rúbricas de espíritus angélicos y demoníacos- son la única manera de encadenar, en este basto plano, las realidades de los mundos celestes y supracelestes.
Un número, una palabra, es un grabado que puede hacerse en papel o, digamos, con un cortaplumas en un árbol; analizado con lupa, es un trazo hecho con tinta o una cicatriz hiriendo la madera, pero en realidad es la encarnación -para el emisor y el receptor que sabe decodificar el código- o la “bajada” de esa realidad que tiene plena vida en la mente divina, de ese ente platónico que es el número o la idea evocada.
Por otra parte, hay signos más oscuros, operativos y potentes.
II. Esbozo de una explicación
Las técnicas de John Dee y su comercio con las entidades que se hicieron pasar por ángeles, en el fatídico año de 1547, lo pusieron en posesión de tablas de combinaciones innumerables, de letras del alfabeto enochiano, a partir de las cuales podía, en un primer estadio de su inmersión en recintos desolados de la conciencia y de la oscuridad insondable, peregrinar por ciertos pasadizos y remansos ajenos al entramado temporo-espacial en los que cesa la misericordia del dios bondadoso, para verse con entidades innominadas y desconocidas, extrañas al plan del Supremo, superfetaciones espirituales inconmovibles, hijos de sí mismos, remanentes de la ecuación que había dado lugar a la estructura del cosmos. Pero avanzando aun más por esa senda terrible, se podía no ya invocar entes previamente existentes sino, de cierta manera, “crear” nuevos, en la medida en que el ápeiron pneumático, esa “neblina” sutilísima de inteligencia indeterminada, de cuyo pinzamiento y solidificación (en un sentido espiritual) se producen los individuos o almas, puede ser manipulado como una arcilla, con la diferencia de que estas nuevas entidades, creadas y forjadas por el mago, ya no tienen freno ni medida, surgidas como han sido de la tarea creadora de un ser imperfecto, sombra de sombras, que es el mago.
Como los eones gnósticos, estos engendros espirituales son personificaciones de lo que en realidad resultan ser niveles de ser, planos de realidad que, como úteros inteligentes, contienen todos los seres que se mueven en ese eón o plano, pero no son sólo espacio y tiempo, sino que tienen inteligencia, y son como vientres inteligentes preñados de sus prisioneros: Abraxas es el número 365 para el impío Basílides, y el que nos contiene a nosotros, negándonos el retorno a la luz. Así el mago, al plasmar estos nuevos eones mediante el juego de las combinaciones del alfabeto, circula por ellos, como por detrás de los muros de la creación buena; y a su vez, estos eones circulan por el mago, como que él es “el lugar” que les permite existir (en el sentido de la afirmación de Giordano Bruno de que toda conciencia inteligente es “lugar” de circulación de otras, y a su vez ella circula por toda otra a la que tiene acceso). No de otro modo dice Platón en el Timeo que el alma ostenta forma de una X unida en los extremos, el ocho o lemniscata que representa al infinito. El alma como un pellizco que individualiza la indeterminación de la inteligencia sin perímetro.
Se puede pinzar el ápeiron ilimitado de pneuma cada vez que el coito lo envasa en un nuevo cuerpo, dándole características de personalidad particular, y generando un nuevo individuo. Cada persona es una de estas X, encrucijada o pasaje por el que caminan los viajeros cósmicos que son todos los individuos. Interactuar con otro ser es pasar por su x y a su vez permitirle que pase por la nuestra: encuentro puro.
Con todo, el mago no se conforma con la interacción de otros seres de su mismo plano. Es, en su hambre salvaje de curiosidad, la intrepidez misma. En sus ansias por conocer, por viajar a través de los cielos y más allá de las esferas, busca interactuar con inteligencias mucho más elevadas -dioses y ángeles- y con otras condenadas y caídas -los demonios- pero siempre terribles. Se sirve entonces de los caracteres para invocarlas y frecuentarlas. Sucede una simbiosis en la que el mago circula y es circulado, peregrina por ellos y a través de su alma es peregrinado, es esos seres, y es sido por esos seres.
Pero este sello era diferente. No era el sello de una entidad predeterminada y concreta -al menos, que nosotros supiéramos-. No lo había trazado un mago en busca de diálogo con un ser concreto al que el sello perteneciera. Era un carácter que sencillamente estaba ahí. Un sello para invocar un nivel de conciencia totalmente extraño, no una elevación a zonas más claras o siquiera más tenebrosas de existencia, sino una dislocación “hacia el costado” del ser, algo innombrable y nefando. En la indeterminación más pura, nivel en que seguramente no existe nada prefijado, todo es posibilidad total, librada a la libertad moral más desolada, a la magnitud indefinible de la invención que se abandona a ella misma, y en su afán desbocado y salvaje de creación, puede urdir maravillas de horror que trasciendan todo lo pensable, todo lo previsible. La nada engendrándose a ella misma.
Nosotros (creo comprender ahora) fuimos usados de algún modo como el vehículo para que entrara en el juego de intercambio energético de nuestro plano lo que sea que trazó el sello, al que debíamos ver y que efectivamente vimos. Al verlo, al detener nuestra conciencia sobre el sello, al departir -con sorpresa al principio, con sospechas temblorosas y miedo después, con alegre indiferencia por último- esa inteligencia se virtió hacia el ser. Nos usó de trampolín, de vasija o “espacio inteligente” para escabullirse a la existencia plena.
Vimos y conversamos sobre el sello. Lo insertamos en esta realidad y en el tejido de este plano al considerarlo, al charlar sobre él. Lo sigo fortificando, tal vez, al narrar la experiencia en este relato y al ponerlo a la consideración de esa otra encrucijada que es tu inteligencia, lector.
Yo me devano las noches y los amaneceres intentando descifrar el signo que vimos aquel agonizante y mortecino crepúsculo, en la lejana y joven noche, aquel domingo pesado y falto de todas las energías que tienen la vida y la pujanza; yo enloquezco indagando en mi mente y en páginas de libros extraños, para traducir ese carácter que no es de una entidad, ni siquiera es de un espíritu, sino que es el carácter trazado por las circunstancias que fueron el fruto de un estado; yo moriré intentando dilucidar una rúbrica engendrada por la nada, por la absoluta falta de motivos que es la locura: la rúbrica de lo terrible.
Córdoba, Julio de 2007.
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Postdata. Después de releer mis textos ocultos y de revolver mi biblioteca, finalmente encontré el sello. En De Occulta Philosophia de Cornelio Agrippa, aparece el carácter como perteneciente a la Inteligencia de Saturno, Agiel. La Inteligencia es la entidad benéfica del planeta, que rige todos sus efluvios positivos. Es la cara luminosa de Saturno. Ello me tranquiliza un poco, ciertamente, porque al parecer el sello corresponde a una entidad que sí pertenece al plan de nuestro universo. Nowotny descubrió la razón y el metro de los sellos revelados por Agrippa, como recorridos dentro de los valores numéricos en los cuadrados mágicos de cada planeta. Siendo el cuadrado mágico de Saturno (el más pequeño o liviano) del siguiente modo:
4 9 2
3 5 7
8 1 6
y siendo los valores numéricos de las letras hebreas que forman el nombre de Agiel como sigue:
A = א = 1
G = ג = 3
I = י = 10 (1 + 0 = 1)
A = א = 1
L = ל = 30 (3 + 0= 3)
el sello -de cierta manera una especie de notación estenográfica- nos indica el recorrido que debemos hacer dentro del cuadrado con la mente para formar el nombre de la entidad, para vivificarlo con los números ordenados dentro del cuadrado mágico, así:
Si encajamos gráficamente cuadrado mágico y carácter, tenemos:
4 9 2
3
5 7
8 1 6
Cabe aclarar que otros trazan el carácter con una pequeña muesca, para indicar que debemos detenernos dos veces en el número 1 (para I = 10 y A = 1), como se ve en este grabado:
Pero mi incertidumbre sigue firme. Agiel es una entidad inimaginablemente poderosa. Es un terrible dios celeste cuya visión desnuda nos trasciende completamente, y haría peligrar la cordura de un simple hombre. Todavía ignoro por qué su sello estaba allí, ese desolado crepúsculo dominical...
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