sábado, 24 de diciembre de 2011

Los túneles de la Compañía

Los túneles de la Compañía

La primera vez que descendí a la cripta de la iglesia de la Compañía de Jesús fue en 1989, hace ya diecinueve años. Nos había pedido el profesor de Historia del Arte que hiciéramos un trabajo de investigación sobre algún templo de la ciudad para exponer al frente un estudio de su historia y de su estilo arquitectónico, y en el sorteo que hizo de las principales iglesias, a mi grupo le tocó la más antigua de Córdoba: la Compañía. Quizás, también, su templo más hermoso. No sabía yo entonces las implicancias y reverberos que tendría esa visita, muchos años después.
Cuando uno tiene dieciséis años, la muerte es algo lejano, solamente una palabra. Después adquiere su verdadera dimensión, cuando ya se ha estado cerca de varias muertes, dentro o fuera de la propia familia. Así me sucedió en esa ocasión, por más que la tuve cerca en mil ejemplos.
La entrada a la cripta se abre al levantar una pesadísima losa de mármol que, como una de esas cuevas de las mil y una noches, da acceso a un mundo subterráneo olvidado. Los escalones que se recortaban cuando levantamos los cuatro clavos que permiten elevar la losa, ubicada exactamente unos pasos delante del altar, eran estrechísimos, y sólo apoyando el pie de costado se podían bajar los exabruptos y carcomidos escalones. Los bajamos cuatro alumnos monserratenses de dieciséis años, pasmados por lo que pudiéramos hallar abajo, esa tarde de invierno de 1989… la sala a la que accedimos estaba, a pesar de contar con más de trescientos años, ya bajo el imperio de la luz eléctrica, porque se habían adaptado torpemente unas bombillas de luz con cableado por afuera para iluminarla. Pero en ese ámbito reinaba no obstante un aire diferente, que acusaba moho y los hongos de las osamentas. El techo era bajo, apenas por sobre la cabeza de un hombre de estatura media (un metro ochenta) digamos.
La habitación contaba como con un poyo hecho de argamasa antigua, como un asiento que daba vuelta a las cuatro paredes, pero en toda su extensión había montañitas de tierra; se nos dijo (el cura que nos había facilitado amablemente la entrada a esta cripta nos lo aclaró) que eran las cenizas de los indios cremados que habían trabajado en la construcción de toda la iglesia. En el suelo había varias cajas, de madera de embalaje, cada una tenía una inscripción, el nombre de un cristiano y una calavera pintada con dos fémures cruzados, y esto denunciaba que en su interior reposaban las osamentas de muchos curas de la iglesia, cada uno acompañado de su fecha de nacimiento y muerte. A la derecha se abría una entradita a otra habitación más pequeña. Estaba vacía. Directamente al frente de la abertura, se abría una especie de ventana, como la boca de un horno de pan; todo estaba muy oscuro. Nos asomamos y vimos que daba a un hueco grande, lleno completamente de huesos, que se encontraban en un nivel todavía más bajo que las primeras dos habitaciones de la cripta. A la derecha había un columbario con lugar para dos urnas: una contenía una urna de madera lustrada que rezaba el nombre del fundador de la Universidad, el arzobispo Trejo y Sanabria, y debajo de este orificio había otro que atesoraba los huesos de Duarte y Quirós, el fundador del Convictorio del Monserrat, muerto en 1706. Esta segunda habitación estaba ya totalmente a oscuras y su factura era mucho más tosca que la anterior, la argamasa era más irregular y de paredes casi excavadas en la roca misma, no había aquí luz eléctrica y debimos encender unas linternas que yacían en el piso, deliberadamente dejadas allí para esta función. Ahí se acababa (o parecía acabarse) toda la extensión de la cripta. Sacamos algunas fotos y nos sentimos contentos de salir de ese ámbito de catacumbas. Teníamos suficiente para lucirnos en la clase expositiva que dimos, y creo que así fue.
Pasaron los años y con su acumulación valoré cada vez más esa rara oportunidad de acceder a una profundidad donde casi ningún cordobés había tenido el privilegio de llegar.
Años después empezó a eslabonarse la serie de intereses que me condujeron a la segunda visita a la cripta, esta vez sin amigos, con otro cura.
Debo aclarar que a los veinte años emprendí, sin conexión con mi primera exploración en grupo, extrañas lecturas que me hicieron repensar en la cripta. Leí cosas escritas sobre ciertos túneles que, naciendo de los templos más antiguos de la Córdoba colonial, se perdían bajo tierra y llegaban hasta Alta Gracia. Vagas alusiones a ellos los tildaban de pasadizos secretos para la fuga de las autoridades eclesiásticas en caso de peligro, revolución o invasión, pero a esto se objetaba que eran labores subterráneas harto trabajosas o imposibles de realizar por medio de los recursos con que se contaba en el siglo XVII en estas partes del mundo, y que no era posible creer que realmente existiesen. Pero ahí estaban las fotos de 1920, y el apoyo del Padre Grenón a estos rumores. Se decía que recorrían varios kilómetros bajo tierra y que eran de suficiente envergadura como para que por ellos circulase un carruaje pequeño. En mis lecturas, por otra parte, el suizo von Däniken hablaba de ciertos túneles que corren por las entrañas de América del Sur aprovechando fallas geológicas y que se internan en las profundidades de los Andes recorriendo miles de kilómetros por Bolivia, Perú y Ecuador, guías a un mundo antediluviano de superhombres que ahora dormían un sueño de olvido y decadencia.
Se afirmaba que algunos de estos túneles se adentraban en las plataformas continentales suboceánicas y extendían sus tentáculos ramificándose hacia la isla de Pascua desde Tiahuanaco, como resabios de un sistema antiquísimo construido por los lemures de la antigua Mu, decenas o cientos de miles de años antes de la aparición del hombre tal como hoy lo conocemos. La subterránea ciudad de Erks, la ciudad secreta latente en algún intersticio dimensional, según se contaba, sita debajo del Uritorco, en Capilla del Monte (cuyos temblores y fragores subterráneos ya eran conocidos de los indios autóctonos), parecía abonar estos rumores. Y yo relacioné todas estas lecturas trasnochadas con la cripta de la Compañía de Jesús, que era el epicentro desde donde quizás se podía acceder a un territorio inexplorado.
Me propuse zanjar la cuestión y diecinueve años después de la primera visita, decidí repetirla. Estaba dispuesto a encontrar la entrada que me abriría el acceso a los secretos subterráneos de esa Córdoba antediluviana. No sabía los oscuros avatares que me esperaba presenciar.
Haciéndome pasar por un estudiante de Historia del Arte, pero esta vez de la Facultad de Arquitectura, y habiendo falsificado acreditaciones de dicha institución, franqueé la barrera de prurito que limitaba el acceso a la cripta, mucho más severa desde hacía unos años. Logré que el nuevo párroco a cuyo cuidado se encontraba la cripta me concediera una cita y esperé ansioso las dos semanas que me separaban del día que me habían fijado para la visita. Llegué provisto de una linterna de larga duración, una cámara de fotos y una libreta de anotaciones… y además unas cuantas viandas que me servirían si lograba hallar el acceso a alguno de los túneles prohibidos que tanto se empeñaban en ocultar los jesuitas, cuando no de borrar todo recuerdo o traza de su existencia. Esas viandas eran unas masitas narcotizadas.
Conseguí el permiso de los curas que podían dármelo a través de mis falsas acreditaciones. Era, de nuevo, una tarde de invierno. Llevaba en mi cartera el paquete con las masas, de las cuales yo había adulterado varias en la bandejita y cuya ubicación conocía, las que ofrecí al curita, mostrándome ganoso de devolverle con esta atención su cortesía de darme unas horas de su tiempo y mostrarme la cripta, aunque en realidad quería sacármelo de encima mientras realizaba la verdadera búsqueda que iba a emprender y que de seguro él no aprobaría. Por eso las había inyectado con un sedante potente. Las comió de buena gana antes de entrar. Conversamos una media hora larga antes de emprender el descenso a la cripta, y yo hice bien mi papel de estudiante de arquitectura colonial interesado en conocer la cripta. Bajamos después de levantar trabajosamente la lápida.
Todo, adentro, estaba igual que casi dos decenios atrás, sólo que una de las cajas rezaba ahora el nombre del anterior custodio de la cripta, el que nos había acompañado cuando adolescentes y que había fallecido un año después, en 1990. Su esqueleto estaba ahora en una más de las cajas de madera que dormían al costado de los poyos repletos de ceniza humana.
Una vez abajo, empecé a tomar (simuladamente, claro está) las medidas y a dibujar croquis. El párroco al principio siguió con interés mis mediciones y empezó al poco rato a bostezar. Se desplomó unos minutos después. Yo estaba tranquilo porque sabía que el narcótico duraría unas cinco horas, tiempo más que suficiente para explorar las dos habitaciones en busca de algún acceso oculto a los dichosos túneles.
Ese día no se oficiaba misa y tenía todo el tiempo para mí; el templo estaba cerrado al público desde las seis de la tarde.
Grande fue mi desilusión cuando descubrí que las dos habitaciones eran completamente sólidas, y que ningún acceso se abría a mundos recónditos de oscuridad. Cuando ya estaba por abortar el proyecto, y me disponía a esperar que pasaran las horas y mi guía se despertase, tuve una ocurrencia. No me había percatado de que el osario al que daba el hueco del segundo cuarto podía ocultar algo y decidí aventurarme al sitio, aunque se me revolvió el estómago de asco al suponer la tarea que me esperaba. Me asomé con la linterna al hueco y me abalancé de un salo sobre los huesos. Crujieron horriblemente; era un mar de huesos secos color marrón… olían a moho y a porquería, un olor a barro seco. Los pies se me hundieron entre las osamentas y armándome de coraje, hundí también los brazos y comencé a sacar huesos hacia fuera por la boca de la “ventana” que daba a la segunda habitación de la cripta… al poco tiempo había extraído una parva de huesos, y me alboroté cuando se fue descubriendo el piso de esta pequeña cámara: había ahí una nueva entrada, viejísima, que al parecer nadie conocía, porque estaban herrumbrados los goznes de la puertecilla, es decir, no se había abierto, según todo parecía indicar, desde hacía muchos años. Era un puertita de hierro, muy pequeña; a medida que la fui despejando, sentí la alegría de la confirmación, y los raros temores de una expectativa que me cosquilleaba en la boca del estómago.
Al abrir la pequeña compuerta, que no estaba cerrada con llave ni cadena, tuve que hacer fuerza, porque los goznes estaban medio soldados por la herrumbre que los carcomía, pero al fin se deslizaron y con una patada abrí la puertita totalmente. Hubo un resonar de fierro que cundió por espacios allá abajo, revelándome que realmente la boca de lobo que se insinuaba era grande. Había a continuación nuevos escalones, directamente excavados en la tierra, pero revestidos de cal, un mortero seco y ladrilloso, polvoriento. La abertura del pasadizo apenas permitía que entrara una persona delgada, por lo que tuve que respirar hondo para que mi barriga pasara por el hueco… sentí asco, pero quería entrar para sacarme la curiosidad… es sabido que a veces ésta es más fuerte que cualquier riesgo y ningún peligro, en los momentos en que se empiezan a satisfacer nuestras expectativas, es calculado en su verdadera dimensión.
Una vez finalizada la escalera, que era muy empinada y tenía más de cuarenta escalones muy altos, (debo haber bajado unos 15 metros) había otra puerta, de hierro también, maciza, mientras que a los costados, durante todo el descenso de estos peldaños, había un muro a ambos lados. La puerta estaba cerrada y me desesperé, pero en un pequeño nicho estaba la llave, pequeña y muy simple. Temí que la cerradura estuviera demasiado arruinada como para que girara, pero lo hizo, y no me reportó mucho esfuerzo mover la puerta, porque era pesada y ante su mismo peso cedieron los goznes. Me encontré con un pasadizo horizontal que se abría en forma de T hacia ambos costados. La textura de las paredes cambiaba, ahora parecía una mezcla de mortero más antiguo, era amarronado y se veían orificios en las paredes en las que habían calzado hornacinas de metal para lámparas de aceite, pero faltaban completamente. Los dos pasadizos se perdían en la negrura y eran tan estrechos como el primero. Giré hacia la derecha y debo haber caminado unos treinta metros, cuando un vano en el pasillo me introdujo a una habitación octogonal, de rara factura. Por cada muro se abría paso un pasadizo sumamente estrecho, por todos los cuales a duras penas podría deslizarse un cuerpo humano, de costado.
La linterna era potente y la luz, al no dispersarse en el estrecho pasillito por el que me metí, alumbró con más intensidad el techo, que era bajo pero no tanto como el de la cripta superior, la primera a la que daba el altar de la iglesia. Vi en el techo las señales del humo de otros tiempos. No cabía duda de que durante mucho tiempo se habían usado los túneles, pero algo me sobresaltaba: no eran, como yo había leído, anchos como para que cupiese un carruaje pequeño al galope o siquiera un jinete, sino sumamente estrechos, al punto de que sólo lentamente podía un cuerpo humano desplazarse por ellos… también me intrigaba la habitación que se abría en ocho direcciones diferentes… era de una vasta complejidad esa estructura subterránea.
A unos ciento cincuenta metros de haberme internado por ese pasadizo estrechísimo, que me dejó todo tiznado y polvoriento, comenzó el verdadero declive. El piso empezó a tomar una suave pendiente en descenso, y cuando debo haber tenido arriba de mi cabeza a la Catedral (porque el pasadizo que había elegido en la habitación era en dirección Noreste según me indicaba mi brújula), creo que ya habría descendido unos veinte metros más abajo todavía con respecto al nivel del subterráneo al momento de iniciar el recorrido en la habitación octogonal Ahí el túnel se ensanchó como para que caminaran cómodamente dos personas una al lado de la otra y pude emprender una caminata más vigorosa. El aire dejó de estar viciado de repente y no pude entender por qué. Seguí adelante otros cien metros, que se inclinaban más hacia el Este. Debo haber estado, más o menos, en la zona que en la superficie corresponde a la intersección de Colón y Maipú, a unos treinta metros bajo tierra (el declive se estaba empezando a pronunciar), cuando una nueva escalera se perfiló frente a mi vista; era de escalones suaves y poco empinados, anchos cada uno como una pequeña explanada, arriba debe haber estado exactamente, en el cenit con respecto a mi cabeza, la iglesia del Pilar; y a los siete u ocho escalones, se empezaron a hacer de nuevo más estrechos y empinados, hasta convertirse en verdaderos zócalos en un hueco cada vez más abrupto. Recorrí trescientos metros que también se dirigían al Este, y todo piso acabó. Ante mí apareció una boca horrenda de negrura en cuyas fauces la luz de la linterna se perdía completamente, pero en la entrada percibí unas muescas semicirculares que permitían un descenso encajando los pies y las manos en ellas. No sabía si emprender este nuevo descenso, pero lo hice, mientras que de abajo ascendían oleadas de un aire nuevo (no fresco, no el aire del exterior, pero tampoco el aire viciado de los pozos) que era neutro y respirable. Esta nueva bajada me costó mucho esfuerzo, pero las fuerzas no me abandonaron. Las muescas eran inquietantes, no parecían responder a nada construido por seres humanos, había más de las que se necesitarían para que un cuerpo humano pudiera aferrar sus cuatro extremidades calzándolas en ellas, yo podía elegir con comodidad dónde entrar la mano o calzar el pie, y no tenían en absoluto suciedad o polvo en ellas. Me sorprendió que todo el tubo del pasadizo fuera de roca sólida, ahuecada vaya a saber cómo. Bajé perpendicularmente una hora -debo haber bajado unos trescientos metros- y ya me disponía a abandonar mi peligrosa aventura cuando algo me impulsó a seguir adelante, intrigado como estaba por lo que pude observar: un dibujo en la pared pétrea que inauguraba una nueva galería horizontal, que se abría siempre en dirección Este.
Era una imagen semiborrada, impresa de extraña manera en la piedra: consistía en una gran serpiente o gusano blancuzco, sin que se pudiera diferenciar cuál extremo era la cola o cuál la cabeza… en todo caso, no tenía extremidad anterior o posterior… en caracteres latinos (que parecían agregados después) decía claramente VERMIS LACTOSUS CCXXX PASUUM INFERIUS. Es decir, algo así como “doscientos treinta pasos más abajo, gusano lechoso”.
Entonces asocié con lo que realmente debía estas leyendas deformadas por ignorantes, que sólo conocían los túneles de oídas. Porque en realidad estas cuevas habían sido refugio de criaturas afines a los acólitos de Cthulu, de Nyarlatotep y Dagon, y se confirmaba por primera vez, en estas regiones de las Indias Australes, la existencia efectiva de los seres arcaicos, los dioses venidos de las estrellas que habían socavado el terreno para construir sus calabozos y palacios de perdición también en las tierras de lo que, andando las eras, sería el Virreinato de Perú y luego el del Río de la Plata. Había una fecha debajo de la inscripción: esta vez en caracteres arábigos: A.D. 1602. El todo parecía una reconvención a seguir más adelante, una advertencia, un cartel de señalización de las carreteras del infierno.
El trecho de pasadizo que seguía tenía trazas de humo de candela más o menos la misma distancia que la que rezaba la inscripción, unos doscientos treinta pasos, es decir, unos trescientos cuarenta metros más o menos, y después la mancha de tizne desaparecía casi por completo, esto venía a significar que dichos recovecos ya habían sido mucho menos transitados por portadores de candelas, y que, a partir de allí, las exploraciones humanas habían disminuido notablemente.
Ahora sé que nunca debí haberme aventurado más allá de la advertencia aquella, pero así lo hice, y hoy sufro las consecuencias de saber que dentro de algunos años volverán los primigenios, los seres que, como lentas babosas en masticación, evadirán su reclusión de años y recorrerán las calles de nuestra ciudad exigiendo, casa por casa, cuerpos humanos para la alimentación de sus voraces carnosidades, las exigencias de su metabolismo que sólo tolera el tejido humano debidamente macerado. Retornarán sin duda cuando se les acabe el suministro que les confieren sus almacenes ya exhaustos por mi culpa, porque yo mismo los alteré y les impuse una fecha de caducidad. Y todo por haber incurrido en las garras de mi propia curiosidad.
Habían transcurrido escasa hora y media desde que comencé el descenso, y ahora se abrían verdaderamente las fauces de mi hambre por conocer. La intrigante indicación que mencioné funcionó como un resorte disparador de miedos viscerales, pero a la vez, de reverberancias de mi subconsciente que no podían ser satisfechas más que respondiendo su solicitud por acabar con todo el misterio…. ¿qué eran los gusanos lechosos? ¿por qué debería temerse a un pequeño e indefenso ser de la humedad y del humus?… ¿acaso los habría en un número suficientemente grande como para representar algún peligro para un hombre? Avancé con un nudo en el estómago.
Más adelante, a unos metros del último pasadizo coherente, se abrió un recinto cuadrangular que contenía, en sus cuatro esquinas, sendas piletas llenas de un líquido pastoso, por cuyas superficies cundían ondulaciones como si se tratasen de una respiración del fluido. Eran piscinas grandes de bordes irregulares, y las ondulaciones de las cuatro porciones de líquido parecían estar interconectadas por abajo, pues se correspondían perfectamente. Un instante se agitaban, y al siguiente se tranquilizaba la superficie de su gelatina vinosa. Al cabo de unos instantes, el fenómeno se repetía. Revolví trabajosamente con la punta del zapato una de las piletas y la interferencia se transmitió a las otras tres. No cabía duda de que estaban en comunicación, tal vez por abajo, por algún sistema de tubulaciones. La sustancia era como un mosto casi gelatinoso, pero tenía un agregado de pastosidad aceitosa de que carecen habitualmente las soluciones en gel que he visto… realmente era extraña, y emanaban un aroma dulzón, frutado, como el de un mosto.
El horror vino después.
Noté que a mi acción de remover sucedió una agitación de la materia de la pared opuesta a la que contenía la entrada por la que yo había ingresado… se volvió de repente porosa, como un telgopor rociado con kerosene, la poblaron poros que se agrandaron, y al final se derrumbó, dando paso a una abertura que se produjo en el muro como si se tratase de la quemadura de un polímero atacable por cualquier solvente… el intersticio me dio acceso a un recinto tan vasto que no puedo describir la sensación que me recorrió ante su exploración visual.
Los límites, hacia abajo, no eran visibles…yo me encontraba en su altura máxima, y la caverna tampoco parecía acabar hacia delante. Ascendían desde negros abismos una especie de islas, intercomunicadas por debajo mediante túbulos de cristal verdoso, en cada una de las cuales había una especie de planta con frutos redondos como esferas irregulares de cristal traslúcido nervado, y en el interior se adivinaban siluetas semejantes a humanos en algún tipo de suspensión líquida… casi me desmayo por ese espectáculo.
Vi también otras innumerables piletas y cisternas (varias en cada isleta) en las que temblaban nerviosamente licores gelatinosos, agelatinados, negros… no completamente líquidos ni completamente gelificados, sino con esa especie de sustancia plasmática oscura, de color vinoso, con que me había topado en el primer recinto, como sangre semicoagulada que se agitaba en amplias ondulaciones que constituían su asquerosa respiración. Pero entendí que los contenidos de esas piscinas no eran más que la prolongación que afloraba, por debajo, de los frutos, eran el zumo vivo resultante de la licuefacción de esos pobre individuos suspendidos en las frutas cristalinas, aún dotados de conciencia a pesar de su terrible degradación… El nuevo estado plasmático de las criaturas era el aspecto físico que adoptaban como resultado de su maduración en las campanas esféricas arracimadas en forma de planta. Su derretimiento y mutación en ese jugo espeso se debía a la constitución química que los embargaba mientras dormían las monstruosidades que luego alimentarían, es decir, mientras maduraban convirtiéndose en el mosto que nutriría a unos seres que todavía no había llegado a contemplar, pero que no tardé en ver (de lejos primero, aunque dormidos, incubando un reposo tal vez no muy largo y de despabilamiento inminente a juzgar por los temblores y sacudones que los recorrían, y luego desde muy cerca).
En las lejanías más profundas se divisaban otros tubos de cristal carnoso, eran de tipología claramente diversa de todo lo anterior, rojizos, que se iban grosificando a veces (eran flexibles), como gargantas atravesadas por grandes cuerpos que las estiraban a medida que pasaban por ellas. Presencié las morosas globosidades que transitaban por esa tubería infernal. Eran los gusanos lechosos, los seres que se alimentaban del mosto humano viviente, que transitaban por esta tubería diversa mientras dormían, flotando en líquidos que los mantenían narcotizados en ensueños de deleite.
Bajé unos escalones desde donde me encontraba y me aventuré de manera fugaz por uno de los tubos de cristal verdoso del nivel inmediatamente más bajo, y llegué a niveles inferiores abominables, pero regresé enseguida, seguro de que continuar por ellos representaría mi muerte o aún algo peor: la descomposición eterna en algo similar a los mostos antes descritos. Estos tubos verdes llevan a otros pisos más abajo todavía, a mitad de camino entre ellos y los tubos rojizos, pisos que adquieren una inclinación tan empinada, sumada a una mayor estrechez, que hacen la escalada del regreso casi impracticable, donde el suelo está cubierto de orificios como los de un queso emmental, y si uno quisiera lanzarse por esos pasajes, la misma pesadez del cuerpo lo iría haciendo descender, como un émbolo que se deja caer por su propio peso. Me aventuré por uno sólo unos metros, uno que no era tan inclinado, a riesgo de no poder regresar y perecer en la exploración. Descubrí, ya más calmado, que en el pasadizo por el que empezó a bajar mi cuerpo, los muros tenían nuevamente pequeñas muescas semicirculares, en forma de arco, por el que algún tipo impensable de criaturas podían introducir callosidades o miembros insospechados para ayudarse (si es que su parte de materia tridimensional era afectada por la gravedad como les sucede a los nuestros) en el ascenso, porque el descenso podía realizarse como dije por el solo empuje del peso hacia abajo. A partir de ahí las bifurcaciones se hicieron terribles. Terribles quiere graficar aquí algo que escapa completamente a lo racional tal como se da en el mundo de la vigilia y su lógica pedestre… Trataré de explicarme: en la lógica de nuestro mundo, un determinado camino puede bifurcarse, de repente, en dos, tres o más caminos que comienzan en determinado punto de un túnel, pero aquí, las bifurcaciones superaban eso. Un pasaje único se bifurcaba de repente, (cuando eran contables) en ocho subtúneles cuyas direcciones formaban un abanico, pero a continuación, sucedía algo vertiginoso. Si uno asomaba la cabeza por alguno de esos túneles (generalmente uno de los seis comprendidos por los dos de los extremos) se veía algo asombroso. Se captaban bifurcaciones de bifurcaciones, es decir, cada uno de estos pasajes se abrían nuevamente, pero no a otros túneles, todavía menores, registrables por un número que pudiésemos comprobar por un conteo, digamos, de los dedos de la mano, como cuando queremos cerciorarnos de un modo infantil de algo, sino que cada bifurcación daba paso (no sé cómo explicarlo) a otra bifurcación… estas bifurcaciones al cuadrado generaban en el alma una náusea nueva que nunca había experimentado, de un intensidad semejante a un calambre en el estómago. En realidad lo que se multiplicaba (a la vez que se dividía) no eran los túneles sino lo que ingresaba en ellos.
Desfallecí y creí que mi cabeza, una vez asomada a una de estas división de divisiones, no podría retirarse sin conservar una multiplicación o segmentación que me aniquilaría… pero una fuerza más fuerte que mis precauciones me hizo volverla rápidamente hacia atrás y de algún modo el espacio mismo salvó la paradoja. Mi cabeza, un movimiento hacia delante, contemplaba nuevas bifurcaciones, como si se hubiera multiplicado en otras ocho cabezas cada una de las cuales estuviera de nuevo ante una ogdóada de nuevos ocho túneles, y un instante hacia atrás, volvía a ser una y estaba asomada a uno solo de los ocho túneles del comienzo. En una de las bifurcaciones primeras (la primera o la octava), todavía existentes en el mundo tridimensional concreto y numerable hallé una acumulación de esferas de cristal carnoso, o gomoso, flexible y semitransparente, como esferas de vidrio turbio, no más grandes que una pelota de tenis, y su acomodamiento en rincones me hizo entender que eran las deposiciones y excrementos de los gusanos, que se pudrían en una degradación de detritus tetradimensionales que se iban conformando de tal modo que terminaban deviniendo totalmente tridimensionales.
Este nivel intermedio era el que comunicaba a los túneles por los que los gusanos dormidos circulaban, con el nivel de las isletas, por ellos ascendían los gusanos cuando estaban despiertos para acceder a las piscinas y beber el zumo de los humanos degradados. Eran en realidad filtros que provocaban la tridimensionalización de los gusanos para poder alimentarse de los mostos humanos y luego volver a sumirse por ellos y reasumir su condición multidimensional, luego de la cual volvían a echarse en los tubos rojos por los que fluían suspensos en el aceite incoloro hasta volver a necesitar nutrirse. Lo que yo había experimentado al introducir mi cabeza por una de las ocho bifurcaciones me había hecho sufrir el proceso inverso al que los gusanos experimentan cuando, despiertos, ascienden de sus túneles rojizos para acceder al nivel en que se añeja su líquido nutriente, pero al no tener nada en mi cuerpo de naturaleza cuatridimensional, me había visto sujeto a un cambio de estado, a una rotación dimensional que me podría haber vuelto loco. Ahora agradezco (ya no sé a qué divinidad) que al retroceder bruscamente la cabeza haya impedido al cambio de mi estructura material el volverse permanente, y que constituyera sólo un vislumbre momentáneo de lo que podría haber sufrido mi percepción si todo mi cuerpo hubiera pasado por una de aquellas bifurcaciones de bifurcaciones.

Volví atrás y decidí seguir la exploración por los túneles más convencionales, los de cristal verde, que no estaban aquejados de esas múltiples bilocaciones que me resultaban impracticables. Continué por uno sin volver a descender. Más adelante los pasadizos se iban agrandando y paulatinamente la textura de sus paredes se modificaba, pero en gradación imperceptible, como el movimiento del minutero de un reloj.
Paso ahora a una parte difícil de mi relato. Las paredes de los túneles por los que descendí a partir de allí iban adquiriendo progresivamente la condición de ¿cómo lo diré? un organismo vivo.
Primero se veían en las paredes una especie de manchas como hemangiomas o lunares hepáticos, luego como vesículas que transpiraban sudores oleosos, después como cálculos engastados en cuencas ulceradas, pero al final de la vista, a varios centenares de metros, se volvían leves racimos de venas sudorosas, como transpiraciones salitrosas, que se lenificaban en capilaridades, y finalmente eran texturas leprosas arracimadas en várices o trombosis que recorrían las mismas paredes desde el piso hasta los curvos techos.
Recordé subrepticiamente los ejercicios mentales de Giordano Bruno, en el que el dominico intenta crear palacios interiores de densa maravilla y sofocación, con el fin de intensificar los asombros de los recuerdos atesorados por una memoria engordada a base de semejantes anabólicos mentales.
Había repentinos temblores nerviosos que seguían sus propios caminos por estos glomérulos, como si se transmitiese información a grandes velocidades por las vetas. Se combinaban las texturas de lo llagado, de lo ulcerado, de lo leproso y más delante había trazas de una inminente descomposición. Traspiraban los muros unas ciertas serosidades no desagradables al olfato, perfumadas, se diría, y un goteo brotaba de los techos hacia abajo y de los pisos hacia arriba. Pero mi caminata ya carecía de toda lógica y descubrí que mi cuerpo describía, a media que seguía internándose por esas abominables profundidades, un movimiento helicoidal o espiraloide, como si un nuevo tipo de gravedad me obligara a describir, por los túneles, un movimiento de tornillo, es decir, la gravedad cambiaba y provenía de diferentes vectores en el túnel, describiendo un dibujo cuya trayectoria, de ser viable su graficación, se parecería a una doble hélice de ADN; la caminata parecía tejerse por si misma configurándose por capilaridad cambiante, no por gravedad continua.
Los túneles estaban aquejados, aún mas profundamente, de nerviosidades peristálticas que los hacían vibrar primero brevemente, como si fueran tripas, mientras que luego los temblores degeneraban en francos sacudones similares a latigazos; era como un sistema intestinal de las profundidades. En uno de esos túneles contemplé un dongui (así decidí llamar a esas orugas lechosas) que había salido de la animación suspendida que lo confinaba a deambular dormido por el aceite de las cañerías cristalinas especiales de tono rojizo. Ya se había tridimensionalizado pasando por un filtro y se disponía a subir al nivel de las piletas para sorber jugo viviente.
Debo aclarar por qué bauticé a esos gusanos multidimensionales así; lo hice en honor a un relato que había leído en mi adolescencia, en el que los donguis, eran una nueva especie que en ese relato habitaba los subterráneos de Buenos Aires. Pero la distancia entre ambos tipos de seres era grande. Primero los donguis imaginarios eran pequeños, del tamaño de un cerdo, digamos. Por otra parte, mis donguis, aparte de ser reales, eran gusanos macizos de carnosidad indiferenciada, de un tamaño de dos metros aproximadamente (al menos así se manifestaban en la tercera dimensión) cuyos órganos, no obstante, eran tetradimensionales, pero cuya cuarta dimensión no era visible para los ojos humanos, por eso el ojo humano los asimilaba a lentas babosas de una sola textura, de un blanco lechoso los más jóvenes, y más amarillento o purulento en los más viejos, surcados por rugosidades semejante a las de elefantes sin patas, aunque su edad no tenía nada que ver con lo que nosotros llamamos “tiempo”, sino más bien a una intensidad de su naturaleza y sus percepciones.
Eran propiamente incorruptibles, y si no se alimentaban, entraban solamente en estado de hibernación. Creo ahora saber que el dongui con el que me topé no me atacó porque me creyó uno de los miembros de la nobleza humana que aportaba los fetos para el alimento de toda su especie, y no sospechó (a pesar de las diferencias que mi atuendo presentaba con las vestimentas de los aportadores de fetos) que era un viajero extraño de los mundos de la superficie.
Supe que había una sub-raza humana en esas profundidades a partir de ciertos sonidos que provenían de los intersticios de las paredes. Vivían como nobles góticos. Sucedió así: comencé a escuchar sonidos que provenían de intersticios en los muros, relinchos quebrados en refracciones auditivas, serruchos, cuchicheos de locura, maullidos extremadamente graves y profundos, sonidos de chitón para acallar manantiales sanguíneos, cacareos de alimañas cluecas, cloqueos enfermizos, gorgoteos y gorjeos estridentes, improperios en leguaje occitano, y otros insultos y blasfemias que me parecieron claramente cátaros, en un francés bastante abierto; vi diagramas que se insinuaban en la superficie de las paredes y al instante desaparecían; me recordaron sellos de demonios gnósticos, rúbricas de ángeles enoquianos y mandalas usados exclusivamente por las técnicas tántricas del despertar de la conciencia. Había melodías extrañas, de una escala desconocida y no heptatónica, muy similar a las armonías del ars nova, practicadas en sus composiciones por Philippe de Vitry, Josquin Desprez y Guillaume de Machault; perplejo por esos rumores e insinuaciones visuales, logré meter la mano por una grieta ulcerada en una pared carnosa y abrí a la fuerza un pasaje: la puerta que se configuró daba a un nuevo espacio de la tercera dimensión, que se encontraba inexplicablemente en un nivel exterior análogo al de la superficie, y la atravesé casi por completo dejando, entre este nuevo nivel exterior y el de los túneles, mi mano para que no se cerrara de todo el intersticio, no fuese que quedara atrapado sin salida en este exterior inusual.
El cielo se abría ante mis ojos. Noté que las constelaciones eran diferentes… una me resultó lejanamente familiar, parecía Orión, pero vista desde un lugar opuesto e invertido, como contemplada desde una antípoda en el universo a como se la ve habitualmente desde la tierra (Betelgeuse y Rigel habían intercambiado sus posiciones y, por supuesto, lo propio ocurría también entre Bellatrix y Saiph, mientras que en el cinturón central Alnitak estaba en el lugar de Mintaka y ésta en el de Alnitak, a la vez que la única que mantenía su misma posición era Alnilam…) era como si toda la constelación hubiera girado sirviéndose de Alnilam como pivote, o como si yo si estuviese observando Orión desde una distancia semejante a la que hay entre esta constelación y la tierra, pero desde una perspectiva rotada, de un modo análogo a lo que sucedería si, tomando como punto fijo de un compás al mismo Orión, me situara en un punto de observación desde el que pudiera verla al revés, en espejo, a la vez que de cabeza. Me encontraba en una especie de catedral sin techo y se apreciaban en los nichos de su artesonado florituras que sólo he visto en los más desaforados ornamentos del gótico flamígero: la poblaban en graderías damiselas de labios pintados de violeta oscuro, con los senos al descubierto, como frutas sostenidas por armazones y carcasas rígidas y también afloraban sus vaginas de un hueco triangular que se abría en los talles de sus vestidos, alrededor de estas jóvenes circulaban escuálidos jovenzuelos que portaban chanclos puntiagudos y larguísimos, y las damas lucían cofias con remates como vulvas dobles, abiertas o cerradas, conforme -sospeché- a si habían ya gozado o no de la desfloración de sus intimidades, todas decadencias propias de la corte de Borgoña, galas de la época de Gilles de Rais y Jean de Berry, Vlad Tepes o Gaston Phébus. Se sentían tintineos como los que sólo producen las monedas acuñadas en la Francia, la Italia y la Inglaterra del siglo XV, los gigliati y los écus ricos en doseles góticos y custodiados por leopardos rampantes. Visiones exclusivas que sólo otorgan en nuestro mundo los estados alterados de conciencia producidas por la belladona, y el cornezuelo de la cebada, la cannabis indica y la amanita muscaria.
Estos eran los paraísos que los donguis concedían a los que procreaban los fetos que, extirpados prematuramente, serían encajados en los frutos esféricos para su crecimiento, maduración y absorción como alimento para ellos. A este fin, las damas embarazadas debían sumergirse en piletas comunitarias repletas de un jugo verde segregado por la baba de los donguis para que abortasen criaturas que fuesen aptas para su inserción en los frutos ya mencionados. Estas piletas son las que ilustra el manuscrito Voynich mostrando en qué misterios se cifra su implementación; los arquitectos que en la Europa del siglo XV supieron proyectarlas y construirlas son los que dieron nacimiento a estas estirpes de nobles que gozaban de los paraísos provistos por los donguis y situados por debajo de las tierras americanas, pero rotados a partir de la cuarta dimensión. Era un pueblo manso, degenerado por la molicie a que estaba acostumbrado. Parecieron ignorarme como si yo fuese invisible a sus ojos.
Abandoné este excursus y regresé al sistema de los pasadizos. Por todos lados subían vapores asfixiantes que emanaban las viscosidades de los donguis, pero que no eran desagradables la segunda vez que se los aspiraba… en seguida volvían a verse isletas repletas de las ampollas esféricas de cristal como con nervaduras, en cuyo interior hibernaban fetos a medio formarse; en otras, parecían dormitar viejas desnudas que rejuvenecían de a poco y al punto volvían a marchitarse, como respirando tiempo. Todo estaba poblado de malformaciones espongiarias, segregadas por raros hongos que surgían de un suelo blanco-mate… pululaban ahora bosques de estos hongos carnosos y de otros deformes que temblaban con rapidísimos temblores que los surcaban en ondulaciones, monócromos, del color del suero de la leche… frutos redondos como bolas de queso rancio… un museo de glándulas, glomérulos, vacuolas de aceite semitransparente… en medio de los crujidos y chasquidos del crecimiento, había risas cansadas, cajas chinas, maderas raspadas, crótalos, sistros, huesos tiernos quebrándose, desgarramiento de miembros y lánguidas siliconías de ranas llamándose en la imparable solicitación de sus lujurias.
Todos estos estrépitos se sucedían como sumergidos en una música elemental, que procedía por grandes acordes trascendentales de completitud, con extrañas armonías que no provenían de ninguna parte y de todos los sitios a un mismo tiempo.
En este punto sentí fuertes deseos de vomitar, y no tuve más remedio que hacerlo en una de las piletas llenas del líquido vinoso. Pero el líquido pareció contraerse horrorizado, aunque a continuación recibió el flujo de mi vómito y no tuvo más remedio que mezclarse con él, volviéndose de un tono más claro lentamente.
Remonté todo el periplo deseando ver pronto la fofa silueta de los donguis sólo en el dibujo con la inscripción del comienzo. Así lo hice, pero cuando di con la habitación provista de las cuatro primeras piletas que descubrí, vi que todo el mosto había cambiado de color y se había empalidecido con el tono que había adoptado, unos centenares de metros atrás, después de que vomité sobre él… mi acción había contaminado todo el sistema de recolección del jugo nutricio, y me parece que lo había arruinado para el fin de ser sorbido por los gusanos.
No tardé en estar de vuelta en la segunda sala de la cripta y volví a disponer todo como estaba cuando había llegado a ella. Era curioso, pero no me recorría los miembros cansancio alguno. El cura ya había comenzado a salir de su modorra y fingí que se había desmayado al tropezar y golpearse la cabeza. La migraña que tenía facilitó que me creyera.
No he regresado a la iglesia de la Compañía ni quiero volver a hacerlo…

Elucubro ahora que los jesuitas se pusieron en contacto con estas criaturas por accidente, poco después de la fundación de la orden, no necesariamente cuando vinieron a América sino que lo hicieron desde Europa. y que la puerta de acceso al comercio fueron los ejercicios espirituales mal conducidos. Lo mismo debe haber sucedido con los maestros tibetanos que descubrieron los reinos de Shambala en el corazón del Himalaya. También Giordano Bruno debe haberlo hecho (aunque conociéndolo, de seguro que el suyo fue un intento deliberado) a partir de la fabricación de sus palacios interiores, y entendí que todos estos ejercicios de meditación y adiestramiento mental no eran más que un modo diverso de acceder a estos mismos reinos, a los que yo había podido entrar de un modo más convencional, por afuera. El yoga y los ejercicios espirituales eran una forma de acceder desde adentro. Los ejercicios espirituales jesuitas, aunque no tenían este fin sino el más convencional y piadoso que se desprende de los textos que los enseñan, se toparon por accidente con este universo, y no tuvieron más remedio que establecer sus bases en América, el único sitio de la tierra junto con el Tibet para clausurar la entrada desde afuera y resguardarla. Los ejercicios de Ignacio comunicaban accidentalmente a estos reinos por una degeneración (o digámosle desvío) provocado por errores en las visualizaciones y por la misma naturaleza caída de los hombres.
Los jesuitas firmaron un pacto con las criaturas tetradimensionales, un pacto que dejaba satisfechos a ambos bandos. Conforme a este pacto, ellos cerraban -o mejor dicho, custodiaban- el acceso externo de América para que ningún profano accediera a ellos, librándonos a nosotros de caer en las garras de los donguis y de acabar viéndonos agonizantes y disueltos por el ácido vomitado por sus múltiples apéndices regurgitadores, disgregándonos tras la membrana traslúcida de sus rugosos cueros, una vez sorbidos. A cambio, los donguis obtuvieron paz para seguir alimentándose de grandes campos de cultivo de cuerpos humanos que no tenían que venir a buscar a la superficie, ya que se los proveían, desde el siglo XV, los descendientes de los arquitectos de las piletas en las que se producían los fetos aptos para este fin, a cambio, en este caso, de una vida de placeres en una tierra paralela, también comunicada con sus reinos subterráneos.
Ignoro si los jesuitas actuales conocían esto. Al parecer, al menos no los de Córdoba, porque el acceso de la cripta hacía muchas décadas que no se usaba.
Ahora temo lo peor: que se haya roto la paz., que yo haya roto la paz, sin quererlo. Porque el caldo que es el alimento de los donguis cambió su color cuando se mezcló con mi vómito, y todo el sistema subterráneo se vio contaminado. Tal vez ya no les sirvan los fetos aportados por los descendientes de los cátaros que habitan en una tierra paralela rotada con respecto a esta con punto de inflexión en Alnilam, tal vez ya hayan debido consumirlos a esos mismos miserables, forzados por un hambre cuya vehemencia ignoramos. Tal vez asciendan de improviso a buscar, como hace miles de años, sus presas a la superficie de nuestro planeta, hasta que se produzca el despertar de sus jefes, los primigenios, y éstos retomen el control del mundo otra vez. Tal vez mi acción sea una pieza accionada insospechadamente por los seres primigenios para obligar a los donguis a servirse nuevamente de los hombres de hoy en día para alimentarse, y así diezmar con el pánico la población humana para que les sea más fácil reinstalar su reino de horrores.
Todo está por verse. No puedo revocar mi acto… pero me empeño, en cambio, en disuadir a los que proyectan comenzar en Córdoba las obras de un subterráneo para agilizar el tránsito creciente de la ciudad, una de cuyas arterias no podría dejar de poner a descubierto los verdaderos túneles de la Compañía y de instalar un desasosiego insospechado, desde hace varios milenios, en el mundo de los hombres.

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