La música del infierno
I. Los mundos subterráneos
Hay un grabado en el segundo tomo del Mundus subteraneus de Kircher (Amsterdam, 1665) en el que se insinúa que es posible encontrar la silueta de una paloma en la iglesia de San Giorgio en Venecia, entre las casuales configuraciones de las vetas del pórfido, y que quien la encuentra se vuelve apto para escuchar ciertos sonidos sordos. Otros sueñan que el mismo pájaro se repite también en una columna de la basílica de San Marcos, y que en las vetas de su lechoso mármol bizantino se alberga la forma de un pichón similar a los innumerables que pueblan la plaza. Se ve en un gabinete de curiosidades que perteneció al colegio de los jesuitas en Roma un alfabeto completo de piedra, grabado por las grandes presiones del magma en fusión en los úteros de la madre tierra, mientras que la pietra paesina pinta paisajes arbolados y caseríos almenados en las excrecencias arbóreas de su cristalización, siendo una piedra cuya virtud oculta desarrolla el sentido artístico, a la vez que vuelve, a quien la posee, particularmente sensible a la belleza de los desiertos, al esplendor de las ruinas antiguas… Perdura una referencia en un fragmento de un anónimo texto alejandrino, en el que se nos revela que Cleopatra tenía una colección de ágatas, y que entre ellas una contaba con la forma de una lechuza casi perfecta. La mandrágora y el ginseng fomentan raíces con forma de cuerpo humano, sexuadas en macho y hembra. Anamorfosis, pareidolias y serendipias inorgánicas que la ciencia de hoy, olvidando la del barroco, ha bautizado en su desconcierto, cuando generan anacronismos, como ooparts, la sigla bajo la que se engloban todos los objetos “fuera de lugar” (out of place artifacts).
Tales son las imágenes alumbradas por el espíritu de la naturaleza artista, la natura pictrix de los antiguos, quien configura armónicamente incluso hasta las entrañas de la madre tierra, mandándole imprimir en sus sombríos vientres minerales las procesiones y las líneas rítmicas de la vida inteligente, si quiera en la forma de imágenes.
Pero al margen de estos portentos, profundamente estudiados por mí, yo había querido desde siempre investigar no las formas visuales, sino los sonidos minerales, o mejor dicho, la manera en que se configuran para los oídos las armonías subterráneas. Quería diseñar un aparato que registrase los sonidos que circulan a través de los cuerpos opacos y macizos del reino mineral.
Diseñé en pocos días mi aparato, inspirado en las campanas como las que, se dice, usaba Alejandro Magno para sumergirse en las profundidades del mar y contemplar los milagros de cristal y las escenografías de los espectáculos oceánicos, y con las que pudo estudiar el secreto de las madréporas y las madreperlas.
Pero mi campana, en cambio, era una cápsula vítrea cerrada, esférica, una cámara de resonancia en la que cabía una pequeña grabadora de alta fidelidad y que funcionaba por simple contacto de su superficie con las capas geológicas por las se iría escurriendo, en un descenso que yo guiaría porque estaba sujeta a una simple pero larguísima cadena. Soportaba grandes temperaturas y fortísimas presiones, era una minúscula nuez apta para soportar las fuerzas de abajo.
Decidí realizar mi experimento, primero, en el lago Averno. Si tenía éxito, probaría después la invención con una exploración en el monte Etna, ya que había fabricado mi cápsula con una aleación resistente también a las temperaturas de fusión que logra la lava líquida, aunque no revelaré aquí el pasaje de Kircher que me inspiró la inusual aleación necesaria para ello. Viajé a Nápoles.
Llegué a Pozzuoli una noche preñada de nieblas muy densas. Me acondicioné a la espesa humedad del lugar y revisé mis cuadernos de notas durante dos días de no perturbada incubación, cuando concentré mis fuerzas y despejé a duras penas mi mente, un tanto alborozada por las expectativas de mi empresa, a falta de un cielo claro que por momentos se mostraba demasiado encapotado.
La mañana del tercer día salí del ostello con un mozo de cuadra bastante entrado en años, que conocía de antiguo la región…. En mi anhelo de contar con la cantidad mínima de espectadores, preferí sacrificar el vigor juvenil a la experiencia de los años. Necesitaba alguien que no fuera un charlatán y supiera indicarme verdaderamente dónde se encontraba el sitio exacto del lago que buscaba. Sabía a los napolitanos de poco comedimiento y gran bellaquería, por eso prometí valiosas piastras al hombre, para granjearme su entera predisposición y sobre todo su silencio, que de seguro le resultaría particularmente enojoso, gárrulos y soeces como son por lo general los naturales de la Campania. Pero no pude impedir que siseara de un modo desagradable y vulgar mientras nos acercábamos al lugar que me iba indicando. Era el suyo un siseo lúgubre y enervado.
Lo aguanté, no obstante. Llegamos a la orilla del lago a media mañana, donde mi guía había alquilado ya el día anterior el bote, al que encontramos amarrado y solitario. Nos resultó tremendamente extenuante llevar la cadena desde la acémila al bote, pero lo conseguimos: éste quedó tieso y tambaleante en grado sumo: se hundió más de lo recomendable por la gran cantidad de hierro de la cadena, cuyo peso sobrepasaba peligrosamente la capacidad aceptable conforme a su envergadura. Nos subimos al bote y remamos con gran trabajo hasta el sector del lago en que, según me había asegurado, se abría la grieta por la que había surgido el agua sulfurosa que provenía de distantes abismos.
Hice el vacío con una pequeña bomba que llevaba ad hoc y amarré por debajo de la esfera el lastre para dar al mecanismo un descenso tranquilo, perfectamente perpendicular a la horizontal del lago. Sellé con pez y un lacre especial los últimos intersticios de la esfera (así lo requería según mi investigación para lograr un vacío peculiar, en el interior de la cámara que contenía la cinta magnética) y envié todo al fondo lentamente, soltando con delicadeza la cadena al principio, y luego más velozmente. Cuando supuse que el mecanismo había llegado al fondo normal del lago, sentí una gran satisfacción al confirmar que la esfera seguía pidiendo más línea, con lo que entendí que había sorteado la grieta y avanzaba camino abajo su viaje a las fosas desconocidas.
Debo explicar aquí que mi cinta no registraba sonidos, sino vibraciones, y quiero aclarar para aquellos que se pregunten qué diferencia existe entre ambos conceptos, que la esfera toda era especialmente apta para recibir la impronta de ondas infinitesimalmente sutiles generadas por la estructura de la materia con la que se pusiese en contacto, transmitidas no por el movimiento del entorno, sino por la naturaleza de su composición química y su configuración física. Para su transmisión, el vacío no era obstáculo. Ondas cualitativas, no cuantitativas, que se transmiten a través de la materia, y para las cuales justamente un intervalo de vacío entre la cinta y el medio que transmite estas ondulaciones de la materia es indispensable. Después subiría el mecanismo con la grabación, y ya en mi estudio en Milán, ricamente provisto por la Università Ambrosiana -el único sitio donde contaba con el traductor a ondas de sonido audibles-, decodificaría las orquestas abisales.
Así lo hice.
II. El movimiento de los péndulos
Una vez agotada toda la extensión de la cadena, sólo quedaba esperar el tiempo que duraba la cinta: una hora y media de grabación era la capacidad del registrador. La esperamos en silencio. Mi compañero ya no siseaba en lo absoluto, y creí sospechar que un temor supersticioso lo obligaba a abstenerse del silbido que había largado por el costado de su boca mientras emprendíamos el viaje en burro hasta el lago. De a ratos se encontraban nuestras miradas y noté que no quería fijar sus ojos en mí. Tal vez tenía miedo de evidenciar la flaqueza de una apariencia que se empeñaba en mostrar como viril y despreocupada, cuando en su interior parecía interceptado por un temor que le llegaba, tal vez, a raíz de consejas escuchadas en su infancia. Estuvimos así la hora y media que aguardamos en el bote. Pasado ese lapso, recogimos la cadena con una polea que yo traía y que hacía pie en el piso de la embarcación.
Llegados sin novedad al ostello, nunca preguntó el hombre qué intentaba sacar yo con mi experimento y se contentó con recibir las piastras que le largué, y con las que debe haber engrosado las arcas de una decrépita enoteca de Pozzuoli. En todo caso, le pedí que bebiera a mi salud.
Como de costumbre, el viaje de regreso me pareció interminable. Se sumaba a la lógica impaciencia por el retorno en tren, el nerviosismo de tener ya el material que coronaría mis esfuerzos. Pero faltaba todavía otro paso antes de poder ponerme a investigar cómo eran las composiciones musicales que circulan por las profundidades, sus armonías, sus timbres y acentos. ¿Habría, en medio de un previsible caos, algunos momentos ritmados? Si las vibraciones químicas seguían el ejemplo de las disposiciones del mineral en vetas y capas según los intervalos regulares que se observan en algunos mármoles, así sería, en efecto. Incluso podría haber músicas comprensibles… es decir, si a veces -a juzgar por las rarezas de los gabinetes de bizarrerías barrocas- las vetas de las ágatas se disponían de tal suerte que componían figuras coherentes para la inteligencia humana y semejantes a pájaros o a bestias con cresta, tal como se ven en los grabados de Kircher a los que ya me he referido ¿por qué no pensar que podría toparse el oído con melodías, por decirlo de algún modo, humanas?... melodías compuestas por una mente que gustase, primero, de la escala heptatónica de Pitágoras, y encima, que hubiese dispuesto las notas de manera agradable según los cánones de belleza humanos. Me parecía posible, era viable, sí.
Después de trasvasar las vibraciones con la ayuda del aparato decodificador, me dispuse a escuchar el resultado, ahora sí, apto para ser captado por mis oídos. El resultado fue indescriptible. Era una música complexiva, íntegra, total. Una armonía a la que tardará milenios en llegar la raza humana, si no se destruye primero. Todo estaba en una sacra armonía, nada ambicionaba un lugar que no le era el propio, todos eran instrumentistas excelsos en el gran concierto dirigido por la batuta del Creador, un gran Orfeo consumado.
La música combinaba el vertiginoso panorama del abismo interior de los volcanes con visiones de microscópicas irregularidades en la superficie de las rocas. Era la música emanada desde lo oscuro y profundo de la tierra, el murmullo de los torrentes sanguíneos del magma y sus latidos recónditos, el acomodamiento de los humores minerales y el membranoso temblor de los órganos ciegos de los meteoros cavernosos...
Había un tintineo matemático en la cristalización de los cuarzos, y cierto compás triangular en la de los berilos. Se sobreponían unos a otros, en picante emulación, los metálicos sobresaltos: a los martilleos mínimos de las piritas ferrosas sucedían las sales cúpricas junto a goteos mercuriales, y se destacaban por sobre todos estos timbres delicados, campanilleos argénteos y áureos.
Escapes de gases se oían en los esquemas rotatorios de manantiales por los que circulaban leches calcáreas y jugos pétreos, las linfas del gran organismo viviente llamado Gaia por los helenos. Identifiqué también discretos ronroneos de grandes intersticios de peridotos y amatistas. Las ágatas arriñonadas producían un sonido similar a efusivas eclosiones, y las turmalinas sonaban como si se rasgaran arpas de hilos o alambres metálicos. También cantaban coros de feldespatos y a veces surgía el crecimiento de enramadas de dendritas. Todo urdía los sonidos de la configuración ordenada.
Se escuchaban fuegos subrepticios, erupciones en las cisternas circulares en que se disponían los manantiales de aguas calcificadas. Eran audibles densas lluvias de cinabrios, derrumbes de lignitos, y más abajo (cómo decirlo), llantos de esquistos y basaltos. Nunca pensé que fuera tan ritmada la armonía de los espacios sólidos. Era como un agradable movimiento de los péndulos en donde el oído podía acunarse y desarrollar una tranquilidad, digamos, como por eones de tiempo, sumido en la placenta del útero. Una dulce y materna sordina. Todo esto (nadie me pregunte cómo) se entendía de inmediato. Es decir, para quien conocía y estaba familiarizado con las estructuras del reino mineral, la sola escucha de los sonidos permitía una identificación clara y precisa, con una certeza de identificación por encima de la comprobación, incluso si nunca antes se había escuchado la sinfonía elemental que todos estos minerales producían… Se podía ver, en los sonidos, la estructura de cada elemento químico, de cada diseño cristalino y de cada estructura pétrea, con sus colores y destellos característicos.
Pero luego vino lo realmente curioso. Inesperado, después del final de la grabación, había quedado un espacio de varios minutos en silencio, sin sonido, que yo no sabía cómo explicar ni entendía cómo había podido gestarse, porque de mis estudios se desprendía que en ningún momento debía acallarse la danza vibratoria que registrara la cinta, ya que la cápsula siempre estaría, en todo su periplo, en contacto con algún tipo de materia. Por lo que, fuese cual fuese su naturaleza, de antemano podía aseverar sin riesgo a equivocarme que las vibraciones existirían y, por ende, el decodificador a ondas sonoras las traduciría en alguna especie de sonido, pero nunca debería toparme con un silencio total. Pero así se dio. El silencio estaba ahí, sólido, elocuente. Lo único que podía explicar este fenómeno es que la esfera hubiera pasado repentinamente, de un ámbito de materia, a uno completamente vacío, en el que no hubiese materia en ninguna de sus manifestaciones conocidas: ni sólida, ni líquida, ni gaseosa ni plasmática. Una nada absoluta. Y ahí estaba. Once minutos de nada que la máquina traducía como un completo silencio. Pero lo verdaderamente inquietante vino después.
La cinta, la primera vez que la escuché, después de que callaron las melodías minerales ya descritas, tenía once minutos exactos de silencio (que controlé con mi Longines de oro) y luego acababa. Pero no fue así la segunda vez.
Después de la escucha primera, me acosté y sólo pude dormirme muy tarde, presa como era de una gran expectación seguida de un extenuante intento por hallar una explicación a once minutos de silencio. Pero concilié el sueño.
A la mañana recordé vagamente que había soñado con un curioso pasaje bíblico que solía dejarme perplejo en mi juventud. Mis incursiones en la cábala me habían revelado que, en sus desesperados intentos por arrancar el secreto de la morada divina, los mecubales habían dado con un oscuro arcano; su infernal curiosidad los había llevado a preguntarse qué había hecho Dios el octavo día, después de que descansó el séptimo… sacudiendo en el cubilete de sus mentes las letras de las palabras contiguas a la frase “y el séptimo día descansó”, habían dado con el anagrama que satisfacía su blasfema curiosidad: con dichas letras se podía formar, en hebreo, la frase veía ruidos. En una sinestesia incomprensible, Dios, el octavo día -ergo, el día presente, el día temporal de los hombres- conforme revelaba su misma palabra divina (o mejor dicho, conforme a lo que ilícitamente arrancaban infamemente esos hechiceros a la oscuridad de la palabra divina) se dedicaba a ver ruidos, a contemplar sonidos. No entendí del todo la relación y no le hice caso, tratando de dejar atrás la pesadez de mi delirio. Me lavé la cara, desayuné unas viandas frías y me dispuse a escuchar ya despabilado, una vez más, el canto de los coros minerales que eran mi tesoro y mi orgullo.
III. Los pájaros del mundo infernal
Primero logré fraguar una explicación a la mudez vibratoria total de los últimos once minutos, a pesar de que su decurso estaba en franca lucha con mis concepciones y principios científicos. Pero ya habían superado todas mis expectativas las armonías de los reinos interiores y mi mente, más receptiva, estaba abierta a cualquier sorpresa que pudiera sobrevenir.
El silencio sólo era comprensible del siguiente modo: la esfera, de algún modo inexplicable por las leyes físicas que conocemos, y a pesar de su condición material, había entrado, sabe Dios cómo, en el reino espiritual, ubicado, no obstante, tanto geográfica como literalmente, en las entrañas de la tierra, demostrándome que, a pesar de las convenciones de los místicos, incluso a despecho de su condición etérea, el reino espiritual (al menos el de los réprobos) posee una realidad que puede ubicarse y que responde a coordenadas de espacio-tiempo, aunque no entendamos cómo. Porque siempre había leído, en los tratados del éxtasis, que el reino del espíritu es incompatible con el concepto de un ¿dónde? y de un ¿cuándo?, ya que su soberanía es la eternidad. Pero la grabación que me había traído la cápsula no parecía confirmar este locus communis de las contemplaciones místicas.
Pero ahora, además, había sucedido un cambio. Habían transcurrido doce horas desde la primera escucha, y algo nuevo se había asentado. Algo que necesitaba, como una placa fotográfica primitiva, o como un daguerrotipo cuyas sales de plata exigen de más tiempo para imprimirse y manifestarse en la cinta, ¿por qué? no lo sé. Supera totalmente mi concepto de todo lo posible y lo mensurable. La segunda escucha, el silencio duró sólo tres minutos. Trataré ahora de verbalizar lo que escuché después de esos tres minutos, durante los otros ocho que también callaban inexplicablemente la primera vez que pasé la cinta, configurando once de silencio total.
Paso a lo difícil, a la descripción de algo que supera y trasciende todo lo que los parapsicólogos llaman psicofonía. Después de noventa segundos exactos de tensión incolora, hubo un estallido. Me sobresaltaron primero bramidos horrísonos, que cundían como un pánico que viaja por los espacios, en refucilos vibratorios quebrados, que no venían del magnetófono, sino que tenían cierta particularidad ubicua… sonidos dotados todavía de cierto vigor, el de los condenados recientes, aquellos para quienes recién alborean los suplicios innominables y a los que todavía oponen, esas almas tiernas, un sufrimiento medular… pero luego se intensificó la barbarie. A continuación me llegaron hipos, arcadas de náuseas, ladridos, estrépitos, y gritos semejantes a las órdenes que daría un sabueso de los demonios a una turba de esclavizadas almas oprimidas. Eran como filas que deambulaban circularmente, como esos corros que observamos en los manicomios y las cárceles, o como la noria en torno de la cual gira un burro ya decrépito y ciego. Sonaban como seres pastoreados cruelmente en una peregrinación atroz. Finalmente arribó lo peor: oí el estrépito vertiginoso de la franca condenación eterna, oí las membranosas congregaciones que producen los demonios al batir sus carnosas alas, oí el súbito agrupamiento desesperado de caminantes y tímidos correteos en busca de escondite, llantos exhaustos, los resuellos de los que se ahogaban con bronce líquido insertado a la fuerza con herramientas cócleas en sus gargantas, los gorgoteos de los que se disgregan en pez humeante y se licuifican en burbujeante putrefacción, coagulándose después en grumos de rancia sordidez… pero ¡ah! nada derrumbó tanto mi alma como el último estertor: fue el suspiro de la desesperanza… fue sólo uno, uno solo, terrible, desnudo, descarnado suspiro… como si en su singularidad abrazara todos los vagidos de los condenados, un suspiro casi inaudible, extenuado, muerto… el de los que sabían que ya nunca contemplarían las llanuras de la beatitud.
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