sábado, 24 de diciembre de 2011

La Intrusa futura

Abrí el cuaderno con curiosidad y veneración a la vez. Mi abuela nunca, mientras vivió, le dejó a mi madre que lo viera, hasta que se lo mostró unos minutos antes de fallecer. Mi madre pensaba diferente, y esa noche decidió contarme la historia a mí, que ya había cumplido los dieciséis años. No sé si me la contó porque me creyó lo bastante madura para asimilar la complejidad de los acontecimientos, o por mi insistencia casi cotidiana, cuando dentro de la vitrina sobrecargada de bibelots de segunda categoría y ahogada por muchos libros, veía una punta descolorida del cuadernito.
La noté nerviosa antes de la cena, y cuando servía la comida tenía los dedos duros, agarrotados; rompió un plato y todo el piso quedó lleno de estofado. La noté peor aun cuando comíamos y acababa de limpiar la comida desparramada por el piso con un trapo viejo que trajo del desván. No tocó su plato de comida. Después, a la noche, mientras yo leía en el living, percibí que me andaba rondando sin animarse a entablar un diálogo que la estaba torturando.
-¿Me vas a dejar leer lo que narra el cuaderno esta vez? -le dije-.
-El cuaderno no dice nada, lo que está escrito ahí no significa nada -me contestó- sin el relato que debo contarte primero -y comenzó-:

“Corría el año 1936, tu abuela acababa de enviudar y tenía un solo fruto del matrimonio con su esposo: yo, que en ese entonces sólo tenía unos meses de vida. De una posición económica elevada debió acostumbrarse a trabajar de mucama en algunos caserones de Nueva Córdoba que subsistían como tales, y tuvo que trasladarse a esta casa, que entonces era una pensión, viejo caserón que se había degradado hacía poco, con la ruina de su dueña, en un conventillo. Ahí, en dos piezas de mala muerte que ya se venían abajo, me crió. Con esfuerzo, cosiendo para un desalmado matrimonio que regenteaba a varias caídas en desgracia como ella, ahorró como para hacerse poco a poco de toda la propiedad, aunque no sé si le convino, porque la casa estaba carcomida por el moho y el olor a humedad era insoportable. Ahora, con el seguro de vida de tu padre pude cambiar eso, antes de que cumplieras un año. Casi no queda nada más que el solar de la antigua casona derruida: sólo este living -que había sido el comedor- y el desván se conservan tal como eran de la casa original.
Tu abuela puso toda su energía en hacer de este lugar, tan sombrío entonces por su propia condición y por la reciente muerte de su esposo, un hogar para mí. Pero fue en vano, la consumía la tristeza y me crió sin afecto. Yo no he querido que pase lo mismo entre nosotras, a pesar de que tu papá tampoco vivió mucho más de lo que vivió el mío.
Mamá se fue encerrando en su propia soledad como una lana que se aovilla sobre sí misma, como las madejas que tejía en esta misma habitación, callada y con lágrimas en los ojos. Se iba alejando de la realidad, y a medida que se alejaba, dormía de día y vivía de noche en este living, como esperando algo. La razón era sencillamente increíble y yo jamás presté oídos a la narración de la que hizo una letanía toda su vida. Mi incredulidad siguió acrecentando la brecha cada vez mayor entre nosotras. Yo le echaba en cara, en cada discusión en que explotaban nuestros silencios de días, igual que se amasan las tormentas, que lo que ella contaba era una justificación estúpida de su depresión por no haber superado nunca la muerte de mi padre. Jamás le creí, hasta el día en que falleció, cuando yo tenía diecisiete años y, poco antes de morir, me confió el cuadernito, que no dejaba lugar a dudas.
Tu abuela aseguraba que poco después la muerte de mi padre, a unos dos meses de habernos mudado las dos solas a esta casa, comenzó la rutina, el acto sobrenatural que se repetía cada vez que ella entraba al pequeño cuarto. Una noche entró al desván para buscar velas porque se había cortado la luz. Era una de esas noches en que el aire es un vapor de horno y hace días que no ha llovido; el calor era tan molesto e intenso que parecía que eso había provocado el corte de luz, me contaba. Entonces entró al desván tanteando con sus manos y al tropezar se aferró ciegamente a lo primero que encontró para no caer al piso, con tanta mala suerte que se lastimó la mano contra unos vidrios rotos que esperaban embalaje adecuado para tirarlos. Se cortó un tendón y los dedos le quedaron pesados, sólo podía moverlos lentamente, para tejer. Pero lo peor fue lo que sucedió en ese momento. Tirada en el piso, desde donde me escuchaba llorar en la cuna, semisofocada por el insoportable tufo encerrado del desván, le pareció oír la voz de una mujer. Repetía siempre que nunca oyó algo tan inquietante como esa voz. Era una voz amable, lejana, dulce; la voz de una mujer de unos cuarenta años. Era casi un silbido, un susurro cauteloso, cargado de miedo, de quien teme que hayan entrado ladrones a la casa. Venía de la misma portezuela del desván, como la voz de quien se asoma porque ha sentido un ruido. “¿No hay nadie ahí, no?...” le susurró en el oído a mamá. Un silencio y luego de nuevo, como un dulce silbido que no espera respuesta, sino que quiere darse seguridad a sí mismo de que ningún intruso ha entrado en la casa y se ha escondido en el desván: “¿no hay nadie ahí, no?...”. La voz era clara, pero tenue como una hebra de viento, una voz amable, temblorosa, terrible.
Pasaron los días y su mano se recuperó bastante bien. Pero ella nunca se recuperó. Recuerdo que decía que si hubiera visto un espíritu francamente hostil que le hubiese pegado una bofetada, algo demoníaco, no la habría alterado como la alteró esa voz, la voz de una mujer resignada, golpeada por la vida, apenas audible (¿no hay nadie ahí, no?...), una voz que no espera respuesta y se ahoga de nuevo en el silencio.
La alteración de mamá siguió aumentando. Porque después de vencer sus miedos hizo la prueba, e indefectiblemente, cada vez que entraba al desván a oscuras y se quedaba allí, el silbido se presentaba. Un silbido doloroso y entre dientes, como el desvaído sollozo que se cuela por la rajadura de un muro, un llantito cansado, culpable, mecánico, una pregunta que no espera contestación, que se resigna a ser un consuelo por la propia soledad llena de miedos: ¿no hay nadie ahí, no?...
Se refugió entonces en la posibilidad de una alucinación, de una explicación que estaba más allá de sus alcances, pero que debía existir, consuelo tanto más desesperado cuanto que cada vez que entraba al desván con la luz apagada y aguardaba, reaparecía el susurro mortal y tibio “¿no hay nadie ahí, no?...”
Pero cuando encontró el cuaderno detrás del empapelado del desván, no pudo más y cayó en la insania total. Por suerte yo ya estaba lo suficientemente madura, con mis dieciséis años, como para ocuparme de ella, de su aislamiento, de su ausencia esquizofrénica delatada en una mirada que cada vez crecía más en su vidriosidad y extravío, mirando sin fin hacia el desván y sosteniendo ovillos malolientes y viejos, que ya nunca desenredaría... los últimos días sí se movía de su sillón y entraba al desván, gritando que sentía ruidos y que alguien había entrado en la casa. Pero no me dio mucho trabajo, porque murió al mes.”

La voz de mamá se había ido haciendo más débil a medida que redondeaba el relato, cuando terminó, me dijo:
-Ahora sí, podés abrirlo.
Entonces lo abrí. Me sorprendí porque estaba prácticamente vacío, sólo las tres primeras hojas del cuaderno estaban anotadas. No era un cuaderno de 1936 (la fecha en que la abuela se mudó con mamá a la casa), ni eran anotaciones suyas, como yo había supuesto; era mucho más viejo. En la primera página tenía escrito con grandes números, en buena caligrafía pero con mano muy poco firme, el año 1870, en tinta china desvaída y color café. Se trataba de un diario o de un intento de comenzar un diario que había quedado trunco a poco de comenzarlo.
Transcribo aquí las palabras relevantes:

Marzo de 1870. La casa es muy grande para que yo pueda cuidarla, ahora que me he quedado sola con mi niña. No sé que voy a hacer. Me estoy empezando a volver loca. A cada momento me parece que pueden entrar y matarme... son los ruidos. Escucho ese ruido de noche, todas las noches escucho el mismo ruido, no sé cómo puede ser, pero es el mismo ruido, y digo exactamente el mismo ruido. Es como una cascada destemplada de cristales que se rompen, parece venir del desván, pero no tengo cristales ahí, no hay nada ahí, el lugar está completamente vacío y lo mantengo bajo llave. La primera noche bajé y abrí la puertecita del cuarto, y me asomé para ver, pero no había nada en la penumbra, sólo me golpeó la vaharada insoportable del aire enrarecido. No sé cómo puede ser. En el mismo minuto, cada noche, ya espero temblando en la cama el estruendo que no falta. Pero ya no bajo a ver qué es, porque sé que no encontraré nada (...)
Después de leer y releer lo que contaba el cuaderno un buen rato, lo dejé en la mesita mientras mamá me miraba.
-¿Por qué te decidiste a revelarme el secreto justo hoy, esta noche? -le pregunté con un súbito temblor-.
Abrazándome con manos crispadas e inusitado vigor, me dijo sollozando:
-Porque antes de la cena fui a buscar un trapo para limpiar el piso sucio, y al entrar al desván, mientras tanteaba en la oscuridad, sentí una voz muy bajita, casi un silbido, en el que reconocí la voz de tu abuela que decía, al parecer, sin reconocerme: ¿No hay nadie ahí, no?...

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