Caminábamos, por enésima vez, en la ciudad universitaria. Esa noche nos juntamos proyectando trazar un mapa de lugares mnemónicos, una especie de cartografía de los sitios más queridos para nosotros, desde que fuimos ahí por primera vez en 1989, un mapa con lugares queridos que conmovieran nuestros plexos.
Y ahí estaban. El patiecito andaluz al que, por la forma de dama de la fuente y el cuadriculado de su taza, llamamos patio de axedrés, el teatrino minúsculo, los dos bosquecitos en penumbra, y la cabeza de una diosa sin nombre.
Más allá, las pirámides (esos prismas de cemento), la casa de Brujas, con sus palmeras y sus troncos viejos a cuya vera crecen hongos y lejos, en el otro extremo, el triángulo para descenso de helicópteros.
Caminábamos inspeccionando todo, recordando las viejas épocas, cuando nos dábamos banquetes de moras tibias, en noviembre, y las chupinas de largo aliento que duraban toda una jornada, de un crepúsculo al otro del día.
A lo lejos andaba algún policía montado a caballo de esos que vigilan la casa de gobierno que queda al frente.
Más cerca, se quejaba alguna lechucita vizcachera en un tronco.
Yo recordé fugazmente cómo, en cierto lugar, supimos encontrar una cabeza de yeso amarillo toda chorreada de sebo de velas… (después supe que eso era una instalación de los chicos de Arte).
Mi amigo me dio la idea en la explanada del comedor universitario, mientras bajábamos los tres escalones… la idea de una cárcel de tiempo, no de espacio.
A mis dieciséis años, me pareció una buena idea para un cuento fantástico, y decidí acometerlo.
A unos diez pasos, un alarido suyo me sobresaltó (mirábamos hacia abajo y conversábamos sin vernos, cada uno trabajando su monólogo). Levanté rápidamente la vista hacia él, que estaba a mi lado, en la oscuridad de la noche.
Ahora que han pasado más de diecisiete años, cuento la verdad de lo que pasó.
Vi cómo, aun permaneciendo cerca de mí, al mismo tiempo, se alejaba... vi cómo nuestra noche, que hasta ese momento compartíamos, se dislocaba tremendamente, configurando una duplicación… una era la noche común, donde yo pude permanecer y otra su noche… esa que lo separó de mí, arrancándolo de un tirón. Una noche que se le volvió propia, única, y que lo apresaba a la vez que lo alejaba, haciéndolo poco a poco más borroso, envolviéndolo en su telaraña, hasta que desapareció.
Supongo que quedó apresado en un tejido de oscuridad que se le volvió una especie de cárcel temporal, en la que yacerá ahora su osamenta, aislada para siempre, prisionera de soledad eterna, preñada completamente de desgracias y derrumbamientos.
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