sábado, 24 de diciembre de 2011

Mamón

Visité Potosí y no podía dejar de conocer la Casa de la Moneda. Ese templo de la codicia humana donde se amonedó toda la riqueza del Cerro, prolijamente esquilmada con el agotamiento de la fuerza de los indios. Dicen que ya antes de descubrirse la abundancia argentífera de sus entrañas, reverberaba extrañamente en la noche, emanando un resplandor que delataba los milagros de su interior.
El edificio era un recinto colonial de particular belleza. Pero la fuente de sus energías, el corazón del lugar, estaba en el patio.
Lo que me afiebró fue el mascarón que presidía el arco principal de la entrada. Era una enorme careta grotesca, una fantochada burda pero de extrañas resonancias interiores. Tenía, indudablemente, esa rara potencia para conmover el agua de la fantasía con las ondulaciones de la inquietud.
Estaba prolijamente policromado, parecía que lo cuidaban con especial esmero. Las cejas -una levantada, rubricando la intensidad del goce- y los dientes, estaban perfilados con gran vigor. Denotaba la prolijidad de los objetos apañados, adorados. Era de proporciones extraordinariamente grandes para este tipo de ornamentos, incluso si databa de la época colonial, cuando eran más frecuentes.
Me determiné a arrancar el secreto que atesoraba la risa soez del personaje misterioso. Al otro día pregunté sobre su origen, sobre su significado. Me dio la impresión de que la sola mención del mascarón generaba una suerte de respeto y el temor de lo sagrado, de las fuerzas que pueden enojarse si se las manipula sin cuidado. Entre mis conocidos, la mayoría profesionales y hombres cultos, la reacción no era menos violenta interiormente que entre las gentes del mercado.
Vibraba por debajo un conocimiento compartido por todos, y ahí estaba el tácito acuerdo del silencio.
Pero la sonrisa macabra y la sádica mirada que lucía aquella imagen, ocultaban motivos mucho más misteriosos y oscuros de lo que, en principio, había supuesto.
Potosí está colmada de increíbles atractivos, tanto históricos como naturales, pero al recorrer sus calles o alejarse hacia las rojizas montañas que la rodean, lo único que queda realmente guardado en la retina es aquel rostro malicioso. Y es que la cara aquella no sólo habita el muro sino que de algún modo gobierna vigilante cada rincón de la ciudad, hasta en los puntos más alejados.
Mi curiosidad por saber el origen del fetiche no podía ser saciada hasta que consultara en las calles, imbuyéndome entre todas las capas sociales, en un intento de boicotear esa conspiración que respiraba toda la población del valle y cuyo foco era aquel ídolo horrible. Las miradas que se dirigían al suelo y las respuestas que me eludían al interrogar a la gente, llamaron mi atención y me decidieron a averiguar, ya no solamente quién o qué era aquella imagen, sino el porqué de las evasivas del pueblo. Nadie quería hablar del tema y yo, ahora, quería saber por qué.
-Es el símbolo de la Casa de la Moneda de Potosí –me dijo una vendedora ambulante sin siquiera mirarme. Pero yo me sentí extrañado al no encontrar relación entre aquella imagen y la acuñación de monedas, aunque convencido de que las respuestas me irían acercando, a pesar de su laconismo, a la verdad.
Ahora reía de mí la escultura enorme y tridimensional, reinando soberana en el patio central.
Después fui hasta la oficina de información y una vez allí, sin titubeos, interrogué al empleado del lugar, señalando hacia la imagen.
–No se sabe muy bien de dónde salió –fue lo único que me dijo.
La historia oficial, según me fui enterando, es que el mascarón fue tallado por un francés, Eugenio Mulón, en el siglo XIX, pero de su significado sólo hay hipótesis. Puede ser algún dios de los nativos, o la caricatura de algún funcionario de la época.
No me convenció este conocimiento. La cara no parece hija del academicismo francés del siglo XIX, sino anterior. Gusta de la espectacularidad del barroco indiano, de las ceremonias virreinales, y adolece de las hibridaciones provocadas por el entrecruzamiento de las razas. También hay quien asegura que es el rostro de Diego Huallpa, el primero que extrajo plata del Cerro Rico.
Todos los interrogados, al ver mi expresión disconforme, agregaban mecánicamente:
-Es posible que sea una burla a los españoles, por la codicia que los caracterizaba.
En definitiva ¿se trataba de un dios? ¿debía inclinarme por interpretarla como una caricatura u homenaje? ¿una burla?... La expresión de aquel rostro no encajaba bien con ninguno de esos argumentos y a la vez los permitía todos.
Regresé al hotel por la noche, decidido a consultar al dueño.
-Es el símbolo de la Casa de la Moneda –repitió el hombre.
-Es muy conocida aquí en Potosí, coreó su esposa, desde atrás del mostrador de la recepción. Intenté explicar que eso no era lo que intentaba saber, sino por qué era ése su emblema, la razón de la fealdad de sus facciones, y qué representaba, pero ambos levantaron sus hombros indiferentes. Y desviando el tema, comenzaron a dar cátedra sobre la rica historia de Potosí y sus años dorados.
Yo, a pesar de todo, estaba convencido de que en algún rincón del folclore potosino se escondía la historia detrás de aquella figura de sonrisa y mirada infames, que era la auténtica divinidad de La Villa Imperial, como la había bautizado un emperador español por el año 1550 y que, gracias a sus inagotables minas de plata (que aún hoy siguen siendo explotadas sin descanso) en la época colonial brilló con un esplendor más grande que el de las metrópolis industriales del presente.
Los propietarios del hotel, entusiasmados por su propio relato, también mencionaron que el edificio de la Casa de la Moneda era del año 1750 y que lo había construido el arquitecto Salvador de Vila por orden del rey quien, al ver que los nativos no utilizaban dinero, decidió fomentar aún más la acuñación del metal y multiplicar las monedas que tendrían, luego, circulación por todo el imperio.
Al ver que acercaban sus comentarios a donde realmente me interesaba, aproveché para recordarles mi pregunta inicial, sobre la historia de “el Mascarón” y su significado, pero inmediatamente sus miradas se desprendieron de la mía y, luego de unos segundos de silencio, el hombre me dijo:
-Mañana tiene que visitar el ojo del Inca. No se lo puede perder.

No se equivocaban al hacer la sugerencia. El ojo del Inca es el cráter de un volcán que se ha convertido en una piscina de aguas termales. Ubicado remotamente en lo alto de las montañas y rodeado por éstas por donde se mire, un baño allí es una experiencia difícil de olvidar. Y para agregar un ingrediente extra a lo místico de aquel sitio, circula la leyenda de que cerca de las seis de la tarde, un remolino en el centro del cráter comienza a succionar el agua y, con ella, a todo lo que se encuentre dentro.
-Han muerto varios –me aseguró el cuidador del lugar.

Lo cierto es que sólo después de visitar el volcán, que después de todo conocí gracias a la conversación con los dueños del hotel la noche anterior, finalmente obtuve la respuesta al misterio de aquel rostro que era el verdadero semblante de la Casa de la Moneda, y que tanto había desvelado mis noches en Potosí.
Regresando en una desvencijada camioneta por los pedregosos caminos de montaña, en una pequeña pared sobreviviente de una construcción abandonada, volví a ver, pintado por las manos de algún otro pobre diablo a quien, como a mí, también había embrujado, el mascarón. A los gritos y sacudido por el traqueteo del vehículo, pregunté directamente al chofer por qué nadie quería hablar de aquella imagen. Ya no me interesaba su origen ni el motivo de su omnipresencia, pero quería conocer qué se ocultaba detrás de las evasivas de los potosinos a hablar del asunto.
Me miró de reojo y, casi con indiferencia, intentando despejar de una vez por todas mi curiosidad con una respuesta, me dijo sin quitar la vista del camino:
-No es un dios, es el rostro de un hombre. Era un capataz de los esclavos mineros en la época colonial, que se hizo famoso por la manera en que disfrutaba al castigar con el látigo a los esclavos y verlos sangrar hasta la muerte… y agregó tímidamente la letanía compartida por todos los temerosos:
-Es el símbolo de la Casa de la Moneda, ¿sabía?...
No respondí. Mirando el camino recordé las calles de Potosí, las minas que había visitado, el edificio de la Casa de la Moneda y aquel mascarón, que ahora tenía la sangre de los esclavos detrás de su sádica mirada, a la vez que los gritos de los niños azotados se agolpaban detrás de su perniciosa sonrisa. Pero más allá de todo, no puede eludirse la realidad de que hoy, aquel esclavista es el emblema del lugar donde nació el dinero en Potosí, y de que sus ciudadanos lo toleran. Los trabajadores potosinos fueron durante mucho tiempo esclavos a fuerza del látigo y, en la actualidad, lo siguen siendo del dinero, como tal vez todos nosotros, pero allí tienen un rostro que sonríe al recordarlos sangrar.
Al poco tiempo, percibí un cambio en la actitud de los lugareños. Parecían rehuirme y se generaba una incomodidad a partir de mi presencia; algunos me evitaban simulando distracción, mientras que otros, antes amistosos, ahora no temían mostrarse abiertamente hostiles. Hasta el dueño del hospedaje donde me albergaba trocó su amabilidad en un nerviosismo que en vano se empeñaba por ocultar.

Al cabo de unos días de otras indagaciones sin fruto, volví a Córdoba y retomé mi rutina habitual.
Fue después que se armó en mi mente la explicación de la verdad y, como muchas otras veces, mi subconsciente me trajo las respuestas, en un trabajo de varias noches.
Primero asocié al monstruo, quizás por la corona de uvas que lo decora, con Baco, con Momo, el diabólico patrón de los carnavales del norte, con la abundancia del exceso y el desenfreno, y con rituales andinos perdidos.
Pero a continuación acerté con la verdad. Una verdad que ni siquiera conocía el artista que lo talló. El ídolo en realidad es Mamón, el negro dios del dinero, el demonio que incita a los hombres a todos los crímenes para su obtención. La potencia infernal cuya gematria hebrea es la cifra 136, común a las palabras escalera, dinero y miseria en hebreo. Sube por sus peldaños la miseria de las almas, a la vez que ellas descienden a los atrios de su condenación eterna.
La boca que sorbe y traga desde el fondo del lago no es sino una manifestación más de la voracidad de su potencia, que nos rige desde el inframundo… todo consume, todo succiona, todo devora, hacia la fantástica densidad que es el agujero de su corazón negro… él es el sembrador que, riendo a través de las edades, goza con nuestro apego e ignorancia, deleitándose en el disfrute de las miserias humanas y el encarcelamiento en la materia, que son su alimento y que degusta exquisitamente, la ambrosía que lo hace inmortal.

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