sábado, 24 de diciembre de 2011

Los cazadores de fotones

No muevas a Camarina, pues lo inmóvil es mejor (pproverbio grego, citado por Erasmo, Adagios).

La segunda versión de la máquina estuvo lista antes de lo que pensábamos. Trabajando en conjunto a través de las generaciones, y ya sin el problema de las guerras y los imperios que ellas construían para perpetuarse, tardamos sólo ciento cincuenta mil años. El trabajo no fue fácil, pero tampoco nos exigió demasiado esfuerzo. Parecía faraónico el proyecto cuando la comunidad lo vislumbró por primera vez, pero una vez solucionado el problema de la invención, del cómo, el ensamblaje, por decirle así, se fue dando prácticamente solo.
La comunidad trabajaba de modo exhaustivo y bien. No en poca medida debíamos nuestra efectividad a la evolución natural: casi no teníamos cuerpo. La pasión era cosa de antes, de los cuerpos llenos de sangre humeante y hostil por su contenido de hierro; pasión básicamente triple: la que anhelaba la fusión con otras carnes semejantes por comercio sexual, la que buscaba la asimilación de las carnes diferentes por ingestión y la que buscaba la destrucción de las carnes enemigas por repulsión y destrucción. Esta carencia total de impulsos nos ayudó desde que la evolución, como dije, nos fue privando paulatinamente del envoltorio material; y era lógico: la vestidura carnal con que se envolvía el alma al llegar al mundo físico desde el mundo de la divinidad o mundo de la luz era patrimonio exclusivo de la esfera material que habitábamos. Era la Tierra quien exigía, para albergarnos, que fuésemos cargados con la vestidura del cuerpo, hecho, en definitiva -más allá de sus ilusorias complejidades-, de ella misma: la materia pesada del mundo sublunar... ya se sabe: sólo lo semejante alberga a lo semejante. Una vez que sucedió el desastre y nuestros antepasados tuvieron que abandonar la esfera nutricia que los protegía -pero también los aprisionaba- con su cárcel de gravedad y de atmósfera, aislando a la mayoría salvo a unos pocos con visión más penetrante de las armonías cósmicas, la necesidad de este cuerpo fue obsoleta, exigido como lo había sido por el enorme animal viviente al que llamábamos Tierra. Así, nuestra corporeidad se había ido lenificando desde que nos mudamos a un tímido asteroide en las afueras exteriores del sistema de Betelgeuse.
Pero faltaría a la verdad si atribuyera nuestras ventajas solamente a lo que hizo la selección natural; después de todo, también habíamos aprendido a contenernos y a sojuzgar las pocas pasiones que nos quedaban en la débil niebla que conformaba nuestros cuerpos.


El móvil para la construcción de la máquina (tanto de la primera como de la segunda versión) era, como siempre, la sed de conocer, de saber más sobre nuestro pasado, sobre todo la razón del desastre, quinientos millones de años atrás. A pesar de todos los adelantos, que incluían el prolongar la vida indefinidamente, ahora que de los tres componentes que formaron hace quinientos millones de años el cuerpo del hombre sólo quedaban el alma y el espíritu (lo cual hacía prácticamente indestructible su unión y prolongaba sin fin para cada miembro de la raza el dominio de la materia en el universo tridimensional), hacía poco que nos habíamos enseñoreado del dominio del tiempo. Tal era la funcionalidad de la máquina. Pero no era un dominio absoluto sobre el tiempo, sino una forma de débil proyección hacia el pasado, o mejor, del pasado hacia nosotros, lo que nos permitía el primer modelo. No teníamos verdadero acceso, con esta primera versión, a la realidad -perdóneseme la redundancia- real del tejido tiempo-espacio. La primera máquina nos permitió proyectar imágenes del pasado en un receptáculo virtual con la forma de un anfiteatro, que nos entregaban espectáculos del pasado en escenificaciones acotadas a unos miles de metros cúbicos; vale decir que podíamos ver literalmente el pasado en un radio de cincuenta metros a la redonda, pero sin poder ver lo que acaecía a nuestras espaldas; teníamos un radio de visión de 180 grados, semicircular. Lo más impresionante es que si bien no podíamos manipular lo que veíamos -era sólo un espectro como el de una filmación-, sí había cierta interacción. Ellos, lo que la raza había sido cuando se la pudo llamar con justicia humanidad , hace casi quinientos millones de años, también nos veían. Nos veían como lo que éramos: gasas sutiles, nieblas nerviosas y rápidas y creían que éramos seres del pasado, no del futuro. La evolución no nos había librado completamente de la materia pesada, de la materia, digamos, configurada en átomos, aunque nuestros cuerpos eran solamente, como dije, una débil neblina gaseosa, y por diversión a veces la hacíamos adoptar la silueta de un cuerpo tal como lo habían tenido nuestros antepasados, con cuatro extremidades y la protuberancia bulbosa donde se asentaba el núcleo del sistema nervioso, en cuyo exterior se delineaban las facciones que procuraban el éxito social o la segregación según el matiz de su cutícula externa o la disposición más o menos armónica de unos mismos y monótonos órganos, a todo lo cual llamaban cabeza; cuando, al servirnos de la máquina, ellos nos veían con estas formas, caían en la estupefacción y el horror, pero nosotros los visitábamos muy esporádicamente, una vez que la primera máquina estuvo lista. Comoquiera que sea, no teníamos influencia verdadera, con nuestras acciones, sobre ese mundo fantasmagórico del pasado, fuera de sobresaltar a los temerosos que indefectiblemente nos veían, aún tomadas grandes precauciones de nuestra parte.
Pero esta máquina no nos conformaba. Nos permitía documentar cada suceso particular, es cierto; las costumbres, los trajes (¡qué afán que tenían de densificarse aún más, con trajes costosos que gravaban sus ya pesadísimas armazones biológicas!...), su sexualidad pegajosa, su lenguaje que era una flatulencia sofisticada del extremo superior del tubo digestivo, modulada como no podía serlo la del extremo inferior (aunque después aprendieron) y eso que ellos llamaban rostros. Pero aún con las abismales diferencias que nos separaban de los hombres, nuestra raza había evolucionando a partir de ellos. Ellos eran, salvando los abismos de tiempo y espacio, nuestros abuelos, y en verdad no había diferencia sustancial entre nuestra existencia y la de ellos, sino sólo gradual... todo en la estructura cósmica era cuestión, lo habíamos aprendido a los porrazos, de diferencias cuantitativas de rarefacción y condensación de una naturaleza única, cuestión de grados, no de cualidades absolutas o de naturalezas inamovibles e irreconciliables. Por eso los queríamos como a nuestros padres lejanos y el suyo era nuestro pasado.
La primera versión no nos conformaba, he dicho, porque no nos daba visión del planeta en conjunto, de la gema azul y esférica cortejando orbitalmente al Sol en elíptica danza. Y para nuestro principal motivo de curiosidad, la que siempre nos había aguijado, esto era fundamental. Hacía quinientos millones de años la Tierra había explotado súbitamente, y sólo unos pocos habían tenido tiempo de escapar de la aniquilación del planeta en los diez minutos en que se previó el desastre y se lanzó la nave nodriza. Ese acontecimiento minúsculo en los océanos estelares, pero cósmico para la humanidad, había originado el germen que había concluido con el éxodo de nuestra raza emigrando durante eones hacia Betelgeuse, donde habitamos ahora.


La primera máquina funcionaba por medio del plano astral. Sacaba provecho de las vibraciones astrales en que se filman las emociones y pensamientos humanos, (que los hombres más sabios solían llamar archivos akáshikos) y nos permitía proyectarlos en la pantalla semicircular que mencioné. Pero era una proyección tenebrosa y parcial, y por dos motivos era llamada injustamente viaje al pasado. Primero, porque la máquina funcionaba recolectando esas impresiones, esos sentimientos grabados en el éter astral, que por su misma naturaleza de sufrimiento, gozo y demás pasiones, eran borrosas, y en segundo lugar porque, así como era, era una proyección del pasado en el presente, una recolección pasiva de esa débiles imágenes formadas por un sistema casi binario y monótono de puntos de dolor y de alegría, con lo que la máquina era análoga a algo que los humanos ya conocían: una simple lectura mediúmnica, diferente sólo porque ahora el registro era realizado por un mecanismo automático y mecánico. La primera versión de la máquina era pues, un ensamblaje semisutil de un lector astral conjugado con ciertas partículas de nitrato de un raro isótopo de la plata y del impresionable bismuto, toda una variación fantástica de una cámara de fotografía o filmación astral; no era sino un aparato inmóvil, una neblina más en nuestra morada de Betelgeuse, registradora de las miasmas que habían quedado en el plano astral de nuestros antepasados, sus vivencias y dolores, a los que proyectaba en el parcial anfiteatro reducido, limitándonos a escenas pequeñas, que no satisfacían nuestra principal curiosidad: contemplar y entender el porqué de la explosión que había hecho saltar a la Tierra en fragmentos, cuyo cadáver era ahora un cinturón de asteroides congelados.
Fue entonces que se nos ocurrió una idea, que derivó en la segunda versión de la máquina; no ya una máquina inmóvil de registrar vibraciones fantasmagóricas, sino una que tuviera el poder y la inteligencia de ir realmente al encuentro del pasado, y se nos ocurrió una idea: nos percatamos de que el pasado queda registrado en los fotones que toda cosa iluminada por una fuente luminosa envía al espacio a la velocidad de la luz, pues los fotones no son más que las partículas mismas de la luz que, al chocar contra un objeto opaco, son reflejadas y lanzadas al espacio a la velocidad que les es propia. Este rebote es constante en la medida en que el objeto es iluminado por la fuente de luz y así, las oleadas de fotones que instante a instante lanza el objeto iluminado, lo “fotografían”, lo escanean en una especie de mapa que no es otra cosa sino la luz que el mismo objeto opaco refleja hacia el espacio, y ponen a viajar eternamente una fotografía cuadro por cuadro de la cosa iluminada, lo cual no es distinto de una filmación tridimensional del objeto. Este registro del propio cuerpo, fotografía hecha de pura luz y lanzada al océano del vacío interestelar, es un documento tan valioso como difícil de alcanzar: sólo concibiendo una máquina que venciera la velocidad de esos fotones, se “diera vuelta”, y recibiera el mismo bombardeo de dichos fotones, registraría la virtual filmación, pero esa máquina, para funcionar y viajar más rápido que la luz, como es sabido, no podría ser física. Por otra parte, para enfocar los fotones adecuados que atesoran y llevan en viaje eterno el registro de una escena, para discriminar entre éstos y otras infinitas oleadas de fotones que no son más que monótona grabación de oscuridad o de astros sin una importancia particular, la máquina debería ser inteligente, saber buscar su objetivo, interceptarlo, y dejar grabado en algún tipo de placa o memoria aquello que las sucesivas olas de fotones le presentasen, es decir, superada a la carrera la oleada de fotones adecuados y después de “dar la vuelta” para captar su bombardeo (lo cual sería colisionar contra ellos, ya que la máquina debería antes, para alcanzarlos, duplicar su velocidad) podría enviar la imagen hacia nuestra morada en Betelgeuse, donde todos los miembros, en un anfiteatro impaciente, estaríamos esperando la toma.
No fue totalmente inviable la solución del problema. Obviamente, el plan de este segundo modelo hizo parecer tan primitivo como un dinosaurio o una catapulta al primer mecanismo. Si el ingenio quería superar la velocidad de la luz, no podía ser de ningún modo algo material (al menos no fabricado con la materia configurada en átomos), como sí lo era en parte el primer modelo que usábamos. Recurrimos a unas subpartículas atómicas ante las cuales un leptón es análogo a una estrella gigante roja en relación con un leptón. Estas partículas, que habíamos descubierto hacía mucho pero que no nos habían parecido nunca particularmente útiles, tenían además de su “tamaño” una ventaja a su favor: parecían sentir un hambre atroz por los fotones, se adherían a ellos y ya nunca se separaban. Eran verdaderos cazadores de fotones. Lo que más nos costó fue manipularlos; y eso fue lo que nos llevó la mayor parte de los ciento cincuenta mil años que tardamos en tener listo el segundo prototipo. No fue fácil tampoco inculcars una conducta dirigida hacia el fin que buscábamos en los cazadores de fotones. Finalmente el mecanismo, la máquina de subpartículas, estaba lista: los cazadores de fotones, después de ser modificados, serían lanzados en un disparo desde Betelgeuse y no se adherirían a cualquier fotón, sino que, en su misma estructura, llevarían grabada la memoria del único tipo de fotones al que podían adherirse; si la avidez natural de los cazadores de fotones antes de cualquier manipulación es tan grande que triplican la velocidad de la luz cuando han “olfateado” uno para fundirse con él, con lo que escapan a cualquier agujero negro, puede escasamente imaginarse la conducta de los que fueron manipulados por nosotros: con la misma avidez por cualquier fotón, la programación insertada en su estructura los obligaba a rastrear y a seleccionar solamente aquellos fotones que, disparados hacía quinientos millones de años desde el epicentro exacto en que se encontraba en ese momento la masa esférica de la Tierra iluminada por el Sol, habían sido lanzados al cosmos en todas direcciones: obtendríamos así, cuando los interceptaran y los regresaran a Betelgeuse, una grabación tridimensional de la Tierra al momento de su explosión desde diez minutos antes de ésta, y podríamos sondear nuestro gran interrogante: el motivo de la explosión que había hecho huir un contingente de humanos en un éxodo cósmico y los había llevado a evolucionar hasta convertirse en nuestra raza.
Que para viajar al pasado es necesario superar la velocidad de la luz ya lo sabían incluso los hombres, antes del desastre; que para contemplar el pasado debíamos viajar más rápido que las olas de fotones de luz en que el pasado estaba “filmado” , es algo que habíamos descubierto nosotros, pero por la sutilidad de la máquina -en realidad no más que un bombardeo de mínimos cazadores de fotones dotados de inteligencia virtual, más rápidos que la luz y por eso mismo sutiles e inocuos- cualquier posibilidad de daño causado por la intrusión de tan insignificantes partículas en el tejido espacio-temporal del momento del desastre, hace quinientos millones de años, era calculable en cero. Pero los rayos de la máquina, viajando más rápido que la luz para alcanzar los remotos y exhaustos fotones después de quinientos millones de años de viaje, al superarlos en distancia, enfocarlos y mandarnos una imagen coherente del planeta entero como si fuera contemplado, digamos, desde su luna, viajaron realmente al pasado, doblando y triplicando la velocidad de la luz, de modo que no sólo enfocaban y se adherían a los fotones en que se había grabado el espectáculo de la tierra desde diez minutos antes de su explosión, sino que literalmente alcanzaron la tierra en ese pasado, entrando en la realidad, emprendiendo un viaje literal en el tiempo, no fantasmal, como el de la primera máquina. Entonces la aceleración de los cazadores de fotones, por más sutiles que eran, fue tan grande, que sus impactos en sucesivas oleadas fueron los que, con su famélica vehemencia sumada al mismo hecho del bombardeo a la triple velocidad de la luz, chocaron contra la tierra y no sólo registraron la explosión, sino que la causaron, porque capturar la filmación del pasado implicaba viajar literalmente al pasado y modificarlo.
Así, asistimos no ya a un espectáculo ajeno a nosotros y remotísimo en los abismos del tiempo, sino a la misma consecución (por causa nuestra, por nuestra brutal intrusión en la tranquilidad de la gema azul que danzaba muda tendiendo su cinta orbital alrededor del sol) de su explosión final, configurando un ouroboros de tiempo en que nos reconocimos causa de nuestro origen y de la destrucción de la tierra.

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